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 Edward Bernays, pionero en el estudio de la psicología de masas, escribió en su libro “Propaganda” en 1928: “… la manipulación deliberada e inteligente de los hábitos y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible, que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados y nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados y nuestras ideas sugeridas, en gran medida, por hombres de los que nunca hemos oído hablar”. Asimismo, fundamenta el sustento de todos los sistemas de gobierno en la manipulación de la opinión pública, al afirmar que “… los gobiernos, ya sean monárquicos, constitucionales, democráticos o comunistas dependen de la aquiescencia de la opinión pública para llevar a buen puerto sus esfuerzos y, de hecho, el gobierno sólo es gobierno en virtud de esa aquiescencia pública”.

 En otro de sus libros, “Cristalizando la opinión pública”, desentraña los mecanismos cerebrales del grupo y la influencia de la propaganda como método para unificar su pensamiento. Así, según sus palabras, “… la mente del grupo no piensa, en el sentido estricto de la palabra. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones. A la hora de decidir, su primer impulso es, normalmente, seguir el ejemplo de un líder en quien confía”, por lo que la propaganda del establishment será dirigida no al sujeto individual, sino al grupo en el que la personalidad del individuo se diluye y queda envuelta en retazos de falsas expectativas creadas y anhelos comunes que lo sustentan.

 Harold Lasswell estudió las técnicas de propaganda e identificó una forma de manipular a las masas, basada en “inyectar en la población una idea concreta con ayuda de los medios de comunicación para dirigir la opinión pública en beneficio propio y conseguir la adhesión de los individuos a un ideario político sin tener que recurrir a la violencia”, fruto del encefalograma plano de la conciencia crítica de la sociedad favorecido por la práctica periodística mediatizada por la ausencia de objetividad y por el finiquito del código deontológico, que tendría su plasmación en la implementación de la autocensura y en la sumisión a la línea editorial del medio de comunicación, lo que convierte al periodista en mera correa de transmisión de los postulados del sistema dominante. Éste utilizaría la dictadura invisible del consumismo compulsivo de bienes materiales para anular los ideales del individuo primigenio y transformarlo en un ser acrítico, miedoso y conformista que pasaría a engrosar, ineludiblemente, las filas de una sociedad homogénea, uniforme y fácilmente manipulable mediante las técnicas de manipulación de masas.

 Herbert Marcuse en su libro “El hombre unidimensional” explica que “… la función básica de los medios es desarrollar pseudonecesidades de bienes y servicios fabricados por corporaciones gigantes, atando a los individuos al carro del consumo y la pasividad política”, caldo de cultivo del virus patógeno conocido como autocracia, especie de parásito endógeno de otros sistemas de gobierno que, partiendo de la propuesta partidista y elegida mediante elecciones libres, una vez llegada al poder se metamorfosea en presidencialismo con claros tintes totalitarios, lo que confirma el aforismo de Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto, corrompe absolutamente”.

(Extraído de “El Poder y la manipulación de masas” de Germán Gorraiz López, Analista. Twitter: @germngorraiz)
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