V. 1822: Las cortes.

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5. Cortes Portuguesas 1822

PORTUGAL HIZO LA INDEPENDENCIA DE Brasil. Hasta la víspera del Grito del Ipiranga, eran raras las voces entre los brasileños que apoyaban la separación completa de los dos países. La mayoría todavía defendía el mantenimiento del Reino Unido de Portugal, Brasil y el Algarve, en la forma creada por don Juan en 1815. Este era el tono de las proclamaciones del príncipe regente don Pedro, de los discursos de los diputados brasileños en Lisboa y también la línea de los editoriales del periodista Hipólito José da Costa en el Correio Braziliense, el principal formador de opinión de la prensa brasileña de la época, publicado en Londres para huir de la censura del país. Fueron el radicalismo y la falta de sensibilidad política de las cortes constitucionales portuguesas, pomposamente intituladas “Congreso Soberano”, los que precipitaron la ruptura.

     Convocadas en septiembre de 1820, un mes después de la eclosión de la Revolución Liberal de Oporto, las cortes solo comenzaron a reunirse en Lisboa el día 24 de enero del año siguiente. Antes fue necesario proceder a las elecciones de los diputados, que vendrían de todos los confines del imperio portugués. El número de representantes sería proporcional a la población de cada región, pero los esclavos estaban excluidos. Por esta razón, aunque contase con 4,5 millones de habitantes, población superior a la de la metrópoli, Brasil tuvo derecho a ocupar solamente 65 de los 181 escaños, cabiendo a Portugal cien diputados. Las demás provincias ultramarinas – caso de Angola, Mozambique y los archipiélagos de Madeira y las Azores – quedaron con los dieciséis escaños restantes. Aun así, sólo 46 brasileños tomaron posesión en Lisboa, ya en la segunda mitad de 1821. Los demás se quedaron en Brasil por dificultades de locomoción o por divergencias dentro de la propia delegación, caso de la provincia de Minas Gerais, que no envió ninguno de sus trece diputados. Esto dejó a los brasileños una minoría en proporción de dos a uno ante los portugueses.

     A pesar de la diferencia numérica, el clima al inicio llegó a ser de confraternización entre los “portugueses del continente y los de allende el mar”, como se definían los habitantes del Portugal metropolitano, de Brasil y de los otros territorios ultramarinos. “¿Cuál será el portugués europeo que no aprecie como su buen hermano al portugués de América?”, preguntaba el diputado baiano Luís Paulino Pinto da França. “La voz de la independencia, señores, desapareció en Brasil después que brilló en el horizonte de Portugal el nuevo astro”, afirmaba el pernambucano Muniz Tavares, en octubre de 1821. Se refería a las ideas defendidas por la Revolución Liberal de Oporto. En la sesión del 21 de mayo de 1822, o sea, menos de cuatro meses antes de la proclamación del Siete de Septiembre, el diputado paulista Antônio Carlos Ribeiro de Andrada Machado e Silva, hermano del ministro José Bonifacio, llegó a negar la existencia de un partido independentista en Brasil. “Que haya uno u otro loco que piense eso, puede ser, pero digo que no existe un partido de la independencia”, afirmó. “Estoy plenamente convencido de que Portugal gana con la unión de Brasil, y Brasil con la de Portugal, por eso pugno por la unión”.

     En caso de haber prevalecido la propuesta brasileña, el Imperio lusitano se habría convertido en una entidad semejante a la Commonwealth, una comunidad de países que antiguamente componían el Imperio británico y que acordaron mantener a la reina de Inglaterra como símbolo de sus vínculos incluso después de conquistar la autonomía – caso de Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Brasil tenía interés en el mantenimiento del Reino Unido por razones económicas. Antes incluso de la fuga de la familia real a Rio de Janeiro, la colonia ya se había vuelto la más rica e influyente porción de los dominios portugueses. Los grandes traficantes de esclavos, entonces el mayor negocio del Imperio, y los principales comerciantes de azúcar, tabaco, algodón, oro, diamantes y otras riquezas estaban establecidos en Brasil, en especial en Salvador y Rio de Janeiro. En algunos casos, mantenían pocas relaciones con la metrópoli. La continuidad del Reino Unido daba a esos comerciantes acceso privilegiado a las otras partes del Imperio y también al rico mercado europeo. Los portugueses metropolitanos pensaban de forma diferente, pero las divergencias tardaron algún tiempo en quedar claras.

     Las noticias de la Revolución Liberal de Oporto, ocurrida en agosto de 1820, fueron recibidas con entusiasmo en Brasil y se propagaron rápidamente por el país. El Gran Pará fue la primera provincia en adherirse a la causa constitucional. La novedad llegó a Belém a bordo del navío Nova Amazonas el día 10 de diciembre de 1820. Su portador era un joven estudiante de derecho de la Universidad de Coimbra, Filippe Alberto Patroni Martins Maciel Parente. Dueño de un carácter “ardiente y atrevido”, Patroni quedó tan entusiasmado con las noticias de la Revolución Liberal de Oporto que, sin pensarlo dos veces, abandonó los estudios en Coimbra, donde estaba próximo a concluir su curso, y embarcó inmediatamente para Belém a fin de transmitir la buena nueva a sus conterráneos. Traía en el equipaje una tipografía que daría origen al primer periódico editado en Pará, O Paraense, lanzado un año y cinco meses más tarde.

     Las tres semanas siguientes fueron de gran agitación en Belém, ciudad de 12.471 habitantes, de los cuales 5.719 eran esclavos. Una conspiración, liderada por Patroni y tramada en reuniones secretas, explotó el día 1 de enero de 1821, durante la parada militar de celebración del año nuevo, en el centro de la ciudad. El alférez de milicias Domingos Simões da Cunha, que aquel día estaba de descanso, se adelantó del lugar en que estaba y, delante del coronel João Pereira Vilaça, comandante del 1º Regimiento de Infantería de Vanguardia, disparó tres “vivas”. En los dos primeros no hubo novedad alguna. El tercero lo cambiaba todo: “¡Viva la religión católica! ¡Viva El Rey! ¡Viva la Constitución!”.

     Para sorpresa general, en vez de mandar prenderlo, el coronel repitió el grito del alférez, en el que fue seguido por toda la tropa. Era parte de la conjuración orquestada en las reuniones secretas. Testigo de la manifestación mientras se dirigía a la catedral para celebrar misa, el clérigo Romualdo Antônio de Seixas, vicario capitular y futuro gobernador del obispado del Gran Pará, relató haber sido intimidado por un oficial rebelde a mandar repicar las campanas en señal de júbilo por la revolución constitucionalista de Portugal. Llegó a protestar, pero obedeció. Más tarde, sería nombrado arzobispo de Bahía, marqués de Santa Cruz, y presidiría la solemne consagración de don Pedro II como emperador de Brasil.

     El estudiante Patroni y el alférez Simões da Cunha eran los profetas de la buena nueva que los meses siguientes habría de extenderse por Brasil y resultar en la Independencia. El día 10 de febrero de 1821 fue el momento de la adhesión de Bahía a la causa constitucional tras un rápido intercambio de tiros entre tropas leales al gobernador, el conde de Palma, y oficiales rebeldes acuartelados en el Fuerte San Pedro, en Salvador. La cabeza del Imperio, Rio de Janeiro, cayó dos semanas después. Presionado por los rebeldes, un asustado don Juan VI apareció el día 26 de febrero en las ventanas del Palacio Imperial, en el centro de la ciudad, y balbuceó las palabras con las que juró las bases de la futura Constitución a ser elaborada por las cortes.

     Por primera vez en siete siglos de monarquía portuguesa, un soberano aceptaba abrir la mano de parte de su autoridad en favor de un congreso que, convocado en rebeldía, delimitaría en adelante sus poderes. Con casi medio siglo de retraso, Brasil y Portugal eran finalmente capturados por los vientos soplados en Estados Unidos, en 1776, y en Francia, en 1789. Don Juan también acató las órdenes de embarcar de vuelta a Lisboa, dejando a su hijo don Pedro como príncipe regente de Brasil. Cuando el ministro Silvestre Pinheiro Ferreira aún intentó convencerlo para que se quedara, el rey se limitó a responder en tono desanimado: “¡Qué remedio, Silvestre Pinheiro! ¡Fuimos vencidos!”.

     Ante tantas novedades, el clima era de euforia. Aparentemente, todos – brasileños y portugueses – luchaban por la misma causa. “Se creyó que, sin la ruptura de los vínculos que ligaban a los dos reinos, se inauguraría una era de libertad, de gobierno representativo, de franquicias constitucionales a los dos lados del Atlántico”, afirmó el historiador Octávio Tarquínio de Sousa. Al poco, sin embargo, las divergencias fueron quedando más claras. Las cortes se rebelarían liberales en relación a sus propios intereses en Portugal, pero reaccionarias en lo que se refería a Brasil. Había cuentas que ajustar entre los dos lados del Atlántico. “La verdad es que la revolución portuguesa, bajo su capa liberal, de defensora de los derechos del hombre, escondía rencores y resentimientos contra la colonia que se había transformado en centro de la monarquía”, escribió Tarquínio.

     Las cortes eran una asamblea en la que tradicionalmente los reyes y la nobleza de Portugal pactaban sus relaciones. Desde la creación del reino, en el siglo XII, eran convocadas siempre que había dudas respecto de los límites y la legitimidad del poder real. Durante el reinado de Alfonso V, entre 1438 y 1481, fueron convocadas trece veces porque ese fue un periodo en que el poder del rey todavía se estaba consolidando en Portugal. En esas asambleas el soberano oía a la gran nobleza de la tierra, los jefes militares y a la alta jerarquía de la Iglesia sobre la aplicación de las leyes y el papel que él mismo desempeñaría al frente del gobierno. Fueron cayendo en desuso a medida que el poder del rey se fortaleció. En 1820, ya hacía 122 años que las cortes no eran convocadas. Ese fue el periodo del absolutismo, en que el poder del rey estuvo en auge. El soberano decidía solo, sin oír a nadie, o delegaba esta tarea en ministros poderosos, que gobernaban en su nombre, como sucedió con el marqués de Pombal durante el reinado de don José I, entre 1750 y 1777.

     Bautizadas como “Cortes Generales, Extraordinarias y Constituyentes de la Nación Portuguesa”, la asamblea convocada en 1820, además de romper el largo ayuno de esas reuniones en el siglo anterior, tenía una diferencia importante en relación a todas las que le habían precedido. Eran cortes liberales, profundamente influenciadas por las nociones de la Revolución Francesa, que defendía el fin o la drástica reducción del poder de los reyes. Cabría a esas cortes la difícil tarea de construir un nuevo y desconocido sistema político, el de monarquía constitucional, hasta entonces nunca intentado en Portugal. Aunque inspirada en las ideas francesas, era una revolución en la sombra, sujeta más a errores que a aciertos y cercada por un fuerte clima de radicalización política.

     La composición de esas cortes también se diferenciaba de las demás. En lugar de la gran nobleza de la tierra, de la alta jerarquía militar y eclesiástica, estaba integrada, en su mayoría, por sacerdotes, profesores, abogados y comerciantes – representantes de una nueva élite política e intelectual que había emergido en el país durante la permanencia de la familia real en Rio de Janeiro. Eran hombres como el exseminarista Manuel Fernandes Tomás, hijo de comerciantes de la ciudad de Figueira da Foz, héroe de guerra contra las tropas de Napoleón Bonaparte, juez en la ciudad de Oporto y fundador del Sanedrín, organización secreta de inspiración masónica donde fue tramada la Revolución Liberal de 1820. Uno de los exponentes de las cortes constituyentes, murió a los 51 años en noviembre de 1822, dos meses después de la Independencia de Brasil. Era tan pobre que no tenía dinero para comer. Sus amigos y correligionarios tuvieron que promover una lista nacional de donación para costear los gastos fúnebres. “Un ciudadano extraordinario, un hombre único, un benefactor de la Patria, un libertador de un pueblo esclavo”, escribió sobre él el poeta portugués Almeida Garrett, que una década más tarde serviría como soldado en las tropas liberales de don Pedro (Pedro IV de Portugal) en la guerra civil contra los absolutistas de don Miguel. Otro líder de las cortes, el también exseminarista y abogado José da Silva Carvalho, venía de una modesta familia de agricultores de la aldea de Viseu, región de Beiras. Con Fernandes Tomás, ayudó a fundar el Sanedrín y a provocar la revolución que pondría la casi milenaria monarquía portuguesa de rodillas.

     De Brasil también acompañaron algunos de los hombres más revolucionarios de su época. La lista incluía diversos republicanos, participantes de la Revolución Pernambucana de 1817, caso de José Martiniano de Alencar, diputado por Ceará, del vicario Virgínio Rodrigues Campelo, representante de Paraíba, de monseñor Francisco Muniz Tavares, de la delegación de Pernambuco, y de Antônio Carlos Ribeiro de Andrada e Silva (el hermano de José Bonifacio), elegido por São Paulo. Todos acababan de salir de la cárcel, después de cumplir penas que oscilaban entre los tres y cuatro años en régimen cerrado. Por Bahía fueron el médico y periodista Cipriano José Barata de Almeida, el “Baratinha”, agitador político que pasaría buena parte de su vida tras las rejas, y el cura Francisco Agostinho Gomes, sospechoso de participación en la Conspiración Baiana de 1789, también conocida como Revuelta de los Sastres. Por Rio de Janeiro, el abogado Joaquim Gonçalves Ledo, líder de la masonería, en cuyos templos serían tramados los eventos más cruciales del año de la Independencia. En la delegación de Minas Gerais, que no llegó a embarcar, estaba el diputado José de Rezende Costa, el hijo, participante de la Conspiración Minera, castigado con una pena de diez años de exilio en Cabo Verde, en África.

     Es curiosa la alta proporción de sacerdotes en la delegación brasileña, el 30% del total entre diputados y suplentes, prueba de que la Iglesia constituía uno de los pilares de la revolución en marcha en la colonia. Hacendados, abogados y médicos componían otro 30%. Los magistrados, el 20%; los militares, el 10%; cabiendo a funcionarios públicos y profesores el 10% restante. Sólo la representación de São Paulo llevó instrucciones a la constituyente portuguesa. Elaborado por José Bonifacio, con el título de “Memorias y Apuntes del Gobierno Provisional para los Señores Diputados de la Provincia de São Paulo”, el documento, entre otras propuestas, defendía “la integridad y la indivisibilidad del Reino Unido” y la igualdad de derechos entre brasileños y portugueses. En Brasil habría un gobierno centralizado al que se someterían todas las provincias.

     Al desembarcar en Lisboa, ya en la segunda mitad de 1821, sin embargo, los diputados brasileños fueron sorprendidos por diversas decisiones tomadas por las cortes en su ausencia. Todas tenían el objetivo de recolonizar Brasil anulando los privilegios y beneficios concedidos por don Juan VI en los años anteriores. Al actuar de esa forma, los representantes portugueses habían roto la promesa, contenida en el edicto de convocatoria, de no tocar asuntos del interés de Brasil antes de la llegada de sus representantes.

     En un deliberado esfuerzo por fragmentar el territorio brasileño como forma de controlarlo más fácilmente, el día 24 de abril de 1821 las cortes habían decidido dividir Brasil en provincias autónomas. Cada una de ellas elegiría su propia junta provisional de gobierno, que respondería directamente ante Lisboa, sin dar explicaciones al príncipe regente don Pedro. Al saber que Pará se adhería a la revolución constitucionalista, el diputado Fernandes Tomás propuso que aquella parte del país pasase a ser llamada provincia de Portugal, sin ningún vínculo con el resto de Brasil. El proyecto fue aprobado el 5 de abril de 1821, antes de que los diputados brasileños llegasen a Lisboa en condiciones de contestarlo. “Se realizaba así el plan poco a poco revelado de dividir Brasil, de anularlo y de fragmentarlo en meras provincias ultramarinas de Portugal”, anotó Octávio Tarquínio de Sousa. En Rio de Janeiro, don Pedro se sentía cada vez más aislado. “Me quedé regente, y hoy soy capitán general, porque sólo gobierno la provincia (de Rio de Janeiro)”, se quejaría meses más tarde en una carta a su padre, don Juan VI.

     Las medidas más drásticas llegaron el día 29 de septiembre. Anulaban los tribunales de justicia y otras instituciones creadas por don Juan en Rio de Janeiro, restablecían el antiguo sistema de monopolio comercial portugués sobre los productos comprados o vendidos por los brasileños y, finalmente, determinaban que el príncipe regente don Pedro volviese inmediatamente a Lisboa y de allí pasase a viajar de incógnito por España, Francia e Inglaterra. Para asegurar que sus resoluciones fuesen cumplidas, en octubre las cortes nombraron nuevos gobernadores de armas para cada provincia, en la práctica interventores militares encargados de preservar el orden y sofocar cualquier tentativa de autonomía, que, igualmente, sólo obedecerían las órdenes de Lisboa. La suma de todas estas decisiones devolvía a Brasil a la condición de colonia de Portugal, que regía hasta la llegada de la corte, en 1808.

     El tono de los discursos entre los diputados portugueses era incendiario. Al pedir más tropas para Bahía en la sesión del 21 de mayo de 1822, José Joaquim Ferreira de Moura afirmó que la población brasileña estaba “compuesta de negros, y de mulatos, y de criollos y de europeos de diferentes caracteres”, o sea, gente de segunda clase, para ser tratada con palos y látigo. Poco más de un mes después, Xavier Monteiro llamaba a don Pedro “un muchacho vacío de experiencia, arrebatado por el amor a la novedad y por un insaciable deseo de figurar, vacilante en los principios, incoherente en la acción, contradictorio en las palabras”. En un tono todavía más duro, otro representante portugués, Barreto Feio, se refería al heredero de la corona como “un mancebo ambicioso y alucinado a la cabeza de un puñado de facciosos”. El día de la discusión del decreto que determinaba la vuelta de don Pedro a Lisboa, Fernandes Tomás alertó de que “el Soberano Congreso no da al príncipe opiniones, sino órdenes”. Y remataba de forma insolente: “No eres digno de gobernar, ¡vete!”.

     En esa época, las comunicaciones entre Brasil y Portugal eran muy lentas. Un viaje de Salvador a Lisboa tardaba 65 días. Desde Rio de Janeiro, setenta días. Por eso, es natural que los diputados brasileños tardasen meses en tomar posesión y, una vez instalados en Lisboa, tuviesen dificultades en saber de las novedades políticas de Brasil. Lo mismo pasaba con las decisiones de las cortes que afectaban a los intereses brasileños. Por esta razón, sólo el día 9 de diciembre de 1821 el navío Infante Dom Sebastião atracó en Rio de Janeiro con las noticias de que las secretarías gubernamentales en Brasil serían cerradas y que don Pedro debería embarcar para Lisboa.

     La reacción de los brasileños al tener conocimiento de noticias tan humillantes y contrarias a sus intereses fue de rebelión. Manifiestos y peticiones contra las cortes y pidiendo la permanencia de don Pedro en Brasil comenzaron a ser organizados en São Paulo, Minas Gerais y en la propia capital. “Rio de Janeiro hervía con panfletos, periódicos, clubes, sociedades predicando la separación”, apuntó el historiador Hernâni Donato. Encargado de los negocios de Austria en Brasil, el barón Wenzel de Mareschal registró en sus anotaciones del 24 de octubre de 1821: “Es increíble cómo las medidas de las cortes lograron en tan poco tiempo desorganizar enteramente este país y crear un odio profundo contra el nombre portugués, a la par que un espíritu de independencia imposible de reprimir más largamente”.

     En Rio de Janeiro, el centro de la conspiración era una modesta celda en el Convento de Santo Antônio, situado a cierta distancia de Carioca. Su ocupante, fray Francisco de Santa Teresa de Jesús Sampaio, estaba ligado a la masonería y fue el autor de la representación que, en nombre de los habitantes de la ciudad, sería entregada al príncipe pidiendo que se quedase en Brasil. En total, la petición tenía 8 mil firmas – número asombroso para una ciudad de apenas 120 mil habitantes. La fecha escogida, el 9 de enero de 1822, pasaría a la historia como “o Dia do Fico” o Día de la Permanencia. Al recibir el documento de manos del presidente del Senado de la Cámara, José Clemente Pereira, don Pedro anunció la decisión de permanecer en Brasil, contrariando las órdenes de las cortes.

     La famosa declaración de Permanencia envuelve un misterio. Según el historiador Tobias Monteiro, al recibir la petición, don Pedro habría dicho: “Convencido de que la presencia de mi persona en Brasil interesa al bien de toda la nación portuguesa, y conocido que la voluntad de algunas provincias así lo requiere, demoraré mi salida hasta que las cortes y mi Augusto Padre y Señor deliberen a este respecto, con perfecto conocimiento de las circunstancias que han ocurrido”. Esta es la versión que consta en los autos del consejo municipal y del edicto publicados el mismo día – una respuesta prudente, sin rupturas, en la que invocaba “el bien de toda la nación portuguesa”. Misteriosamente, al día siguiente un nuevo edicto fue publicado con palabras más enérgicas. “Como es por el bien de todos y por la felicidad general de la nación, estoy preparado: ¡diga al pueblo que me quedo!”, habría sido la respuesta de don Pedro. No se sabe quien la cambió, pero la nueva versión estaba más de acuerdo con las expectativas de los masones de Rio de Janeiro, mentores de la petición.

     Los brasileños escasamente tuvieron tiempo de conmemorar la Permanencia. En el intento de forzar al príncipe a retroceder y obedecer las órdenes de las cortes, el general Jorge de Avilez Juzarte de Sousa Tavares, comandante de la División Auxiliadora, principal guarnición militar portuguesa en Rio de Janeiro, ocupó el cerro de Castelo, elevación que antiguamente dominaba el centro y la zona portuaria de la ciudad. En la puerta del teatro de São João, donde don Pedro compareció la noche del día 11, el teniente coronel portugués José Maria da Costa lanzó un desafío: “Habremos de llevarlo por las orejas”, gritó. “La tropa va a cercarlo y prenderlo”. Se refería a un plan secreto, urdido por parte de las tropas, para secuestrar al príncipe y llevarlo por la fuerza a bordo de la fragata União, ya preparada para transportarlo con la familia de vuelta a Lisboa.

     La ciudad amaneció en un clima de guerra, con brasileños y portugueses listos para la batalla. Del lado brasileño, concentradas en el campo de Santana (actual plaza de la República) había 8 mil personas armadas, incluyendo soldados, pero también “frailes a caballo armados con pistolas, cuchillos y simples palos, […] negros cargando forraje y mijo para los animales o llevando en la cabeza tableros con dulces y refrescos para los hombres”, en descripción de la viajera inglesa Maria Graham. Los portugueses estaban en inferioridad numérica – cerca de 2 mil soldados – pero mejor entrenados y organizados. El mismo día, los ánimos por fin se calmaron con la noticia de que el general Avilez se disponía a retirar sus hombres a Praia Grande, en Niterói, al otro lado de la bahía de Guanabara. Fue un gran alivio. El comercio reabrió sus puertas y la ciudad volvió a funcionar. Don Pedro mandó bloquear las tropas de Avilez por tierra y mar y determinó que embarcasen para Lisboa, orden que el general cumplió el día 15 de febrero.

     Un mes más tarde, el día 5 de marzo, un nuevo escuadrón portugués, comandado por Francisco Maximiliano de Souza, apareció en la entrada de la bahía de Guanabara. Traía 1.200 soldados destinados a sustituir a las fuerzas del general Avilez. Una vez más, don Pedro se mantuvo inflexible. Los navíos entraron en la bahía, pero tuvieron que mantenerse a distancia del alcance de los cañones de las fortalezas cariocas y con las tropas imposibilitadas para desembarcar. Los oficiales sólo pudieron ir a tierra después de jurar obediencia al príncipe regente. Los navíos fueron reabastecidos, los soldados recibieron sus sueldos y, el día 23 de marzo, todos zarparon nuevamente hacia Lisboa. Pero dejaron atrás una preciosa contribución para las fuerzas de la naciente Marina brasileña: la fragata real Carolina, con 44 cañones.

     El primer gran enfrentamiento entre portugueses y brasileños resultó en una tragedia familiar que abatió profundamente el ánimo de don Pedro. Amedrentado por los rumores sobre el plan de secuestro durante el motín de la División Auxiliadora, don Pedro decidió proteger a la familia enviando a la princesa Leopoldina a la Real Hacienda de Santa Cruz, más apartada de la ciudad. Fue un viaje incómodo, por carreteras agujereadas y bajo el calor sofocante del alto verano carioca. Embarazada de ocho meses, Leopoldina llevaba en brazos a su hijo mayor, João Carlos, de apenas diez meses, frágil y enfermo. El principito, heredero del trono, murió el día 4 de febrero después de 28 horas seguidas de convulsiones.

     Al dar la noticia al recién nombrado ministro José Bonifácio, don Pedro se mostraba inconsolable:

Llorando escribo ésta para decirle que venga mañana, a la hora acostumbrada, porque yo allá no puedo ir, ya que mi querido hijo está exhalando el último suspiro y así no durará una hora. Nunca tuve – y Dios permita que no tenga otra – ocasión igual a ésta como fue el darle el último beso y dejarle la última bendición paterna. Calcule por el amor que tiene a su familia y a mi hijo, cuál será el dolor que me traspasa el corazón.

     En otra carta, a su padre don Juan VI, acusó a las tropas portuguesas y prometió venganza: “La División Auxiliadora […] fue la que asesinó a mi hijo, el nieto de Su Majestad. En consecuencia, es contra ella que levanto mi voz”.

     A partir de ahí, las relaciones entre brasileños y portugueses se agriaron decisivamente. En Lisboa, los diputados brasileños eran blanco de mofas en las calles y abucheados en el recinto de las cortes. Irritado con este trato, el baiano Cipriano Barata avisó en la sesión del 1 de julio de 1822: “¿Y qué hacemos los brasileños? Nada más nos queda sino que llamemos a Dios y a la Nación por testigos, nos cubramos de luto, pidamos nuestros pasaportes y nos vayamos a defender nuestra patria”. En octubre, el ambiente se volvió de tal forma insoportable que Cipriano y otros seis diputados huyeron, sin pasaporte, a Inglaterra y, de allí, embarcaron de vuelta a Brasil.

     Con la expulsión del general Avilez y la prohibición del desembarco de las tropas de refuerzo enviadas por Lisboa, Rio de Janeiro y gran parte de las regiones Sur y Sudeste estaban libres de cualquier presión militar. El día 16 de enero, una semana después del Día de la Permanencia, don Pedro organizó su primer gobierno en Brasil. Estaba liderado por el paulista José Bonifácio, el hombre cuyos consejos e influencia serían decisivos en las acciones del príncipe en el camino a la independencia. Bonifacio actuó rápido. Con una serie de decretos, restauró la administración de las diversas provincias a partir de Rio de Janeiro. También anunció que la ejecución de cualquier orden de las cortes sería ilegal sin el previo consentimiento del príncipe regente. Por fin, convocó un “Consejo de Procuradores Generales de las Provincias”, luego sustituido por una Asamblea Constituyente encargada de elaborar las primeras leyes del futuro Brasil independiente. Eran todas decisiones típicas de un país ya autónomo, que desautorizaba cualquier interferencia de Portugal en sus destinos.

     En mayo, don Pedro aceptó el título de “Defensor Perpetuo y Protector de Brasil”, que le fue ofrecido también por iniciativa de la masonería. La primera semana de agosto, el príncipe lanzó un manifiesto a los brasileños. Redactado por el masón Gonçalves Ledo, el texto decía que estaba acabado “el tiempo de engañar a los hombres” y terminaba con la siguiente exclamación: “Habitantes de este vasto y poderoso Imperio – está dado el gran paso para vuestra independencia y felicidad […] ya sois un pueblo soberano”. Un segundo manifiesto, en el mismo tono, fue dirigido “a los gobiernos y naciones amigas”. Al enviar copia del documento a los diplomáticos residentes en Rio de Janeiro, José Bonifacio anunció que “Brasil se considera tan libre como el reino de Portugal, sacudido el yugo de la sujeción e inferioridad con que el reino hermano lo pretendía esclavizar […] pasando a proclamar solemnemente su independencia”.

     Las cortes respondieron en el mismo tono. Prohibieron el embarque de armas y refuerzos para las provincias obedientes a Rio de Janeiro y determinaron que don Pedro disolviese el nuevo gobierno, cancelase la convocatoria de la Constituyente y arrestase a los ministros contrarios a las decisiones de Lisboa. En un discurso contra los “facciosos y rebeldes” brasileños, el diputado Borges Carneiro amenazó: “Muéstrese que aún tenemos un perro guardián, o un león, tal que, si lo soltamos, ha de traerlos a obedecer a las cortes, al rey y a las autoridades constituidas”. Fueron esas las órdenes insolentes que don Pedro recibió de manos del sofocado mensajero Paulo Bregaro al caer la tarde del 7 de septiembre de 1822, en los márgenes del riachuelo Ipiranga.

Laurentino Gomes

 

 

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Despertar español

Ay patria,

con malos padres y con malos hijos,

o tal vez nada más desventurados

en el gran desconcierto de una crisis

que no se acaba nunca,

esa contradicción que no nos deja

vivir nuestro destino,

a cuestas cada cual

con el suyo en un ámbito despótico.

 

Ay, patria,

tan anterior a mí,

y que yo quiero, quiero

viva después de mí – donde yo quede

sin fallecer en frescas voces nuevas

que habrán de resonar hacia otros aires,

aires con una luz

jamás, jamás anciana.

 

Luz antigua tal vez sobre los muros

dorados

por el sol de un octubre y de su tarde:

reflejos

de muchas tardes que no se han perdido,

y alumbrarán los ojos de otros hombres

– quién sabe- y sus hallazgos.

Jorge Guillén

Jorge Guillén

IV. 1822: Los brasiles de don Juan.

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4. Desembarco de la princesa Leopoldina

AL VOLVER A LISBOA, EN abril de 1821, el rey don Juan VI dejó atrás dos brasiles enteramente diferentes. Por un lado, había un país transformado por la permanencia de la corte en los trópicos, ya con los pies firmes en el turbulento siglo XIX, bien informado de las novedades que rediseñaban el mundo en la época y envuelto en dilemas muy semejantes a los conflictos que agitaban la naciente opinión pública en Europa y en los Estados Unidos. Este era un Brasil muy pequeño, de apenas algunos miles de personas, que tenía su epicentro en Rio de Janeiro, la modesta villa colonial de 1807 convertida en una ciudad con trazas y refinamientos de capital europea en los trece años siguientes. Por otro, un vasto territorio, aislado e ignorante, no muy diferente del lugar salvaje y escasamente poblado que Pedro Álvares Cabral había encontrado trescientos años antes al atracar en Bahia. Estos dos brasiles convivían de forma precaria y se ignoraban mutuamente. Cabría al príncipe don Pedro y a su mano derecha, José Bonifácio de Andrada e Silva, la tarea de hacerlos caminar juntos rumbo a la Independencia.

     El Brasil transformado tenía compositores, maestros, bailarines, cantores, arquitectos, pintores, científicos, profesores, escuelas de enseñanza superior, libros y periódicos, fábricas de herramientas, pólvora y tejidos, molinos de harina de trigo, tiendas que vendían las últimas novedades venidas de Londres y París, navíos que ya usaban la novísima tecnología de la navegación a vapor. Era el Brasil que en Rio de Janeiro se exhibía en los conciertos del Real Teatro de São João, en las misas y Te Deum de la Capilla Real, en las ceremonias del besamanos en el Palácio da Quinta da Boa Vista y en los salones frecuentados por el cuerpo diplomático, por los oficiales y comerciantes extranjeros y por la nueva corte creada por don Juan después de su llegada a Brasil, constituida por barones del azúcar, vizcondes del café, marqueses de la ganadería, condes de las minas de oro y diamantes y gentilhombres del tráfico de esclavos, entonces todavía el gran negocio brasileño.

     Era una nobleza inflada por el régimen de toma y daca que se estableció entre la riqueza colonial y la destituida corte portuguesa refugiada en Brasil después de la invasión de Portugal por las tropas del emperador Napoleón Bonaparte. El periódico Aurora Fluminense, dirigido por el poeta, librero y futuro diputado liberal Evaristo da Veiga, escribió que la monarquía portuguesa, después de 736 años de existencia, tenía dieciséis marqueses, ocho vizcondes, cuatro barones y 26 condes, mientras que la brasileña, con apenas ocho años, ya ostentaba 28 marqueses, dieciséis vizcondes, 21 barones y ocho condes. El también liberal padre Diogo Antônio Feijó describía esa nueva corte como “una aristocracia fantástica”, a la que “faltaba dinero, grandes acciones, vasto saber y prestigio”.

     Localizada en el centro de Rio de Janeiro, repleta de tiendas con artículos franceses, la calle del Ouvidor sería en la época el equivalente hoy a la calle Oscar Freire, centro del comercio de artículos de lujo en São Paulo. Al pasear por ella, el aventurero alemán Carl Seidler registró: “Las clases superiores se visten según el último figurín parisino y no es raro que exageren ridículamente las modas importadas”. Otro viajero, el francés Jacques Arago, quedó sorprendido al visitar la Biblioteca Real traída de Portugal por don Juan. Con 60 mil volúmenes y obras raras, era una de las mayores del mundo. Situada, no obstante, en un país de gente analfabeta, estaba vacía. “Grande y bella y enriquecida con las mejores obras literarias, científicas y filosóficas de las naciones civilizadas, está perfectamente desierta y desconocida por los brasileños”, lamentó Arago. “La visité dos veces, y las dos me encontré ahí solo con el director”.

     El otro Brasil de don Juan – pobre, descalzo y atrasado – todavía cazaba y esclavizaba indios indómitos que atacaban haciendas en el interior del país, viajaba a pie, en canoas o a lomo de mulas que atravesaban carreteras embarradas y agujereadas, vivía en chozas con paredes de troncos, suelo de tierra batida y techo de paja, se alimentaba de la pesca y de una agricultura rudimentaria, no sabía leer y escribir ni tenía acceso a ninguna información sobre lo que pasaba algunos kilómetros más allá de sus comunidades aisladas. Al visitar esa parte de Brasil, entre 1816 y 1822, el botánico francés Auguste de Saint-Hilaire quedó impactado con lo que vio. “Allí no interesan sino los asuntos ligados a la cría de ganado; la ignorancia es extrema”, afirmó al describir a los habitantes de la región de Campos Gerais, en el interior de Paraná. “Encontré por todas partes gente hospitalaria, excelente, a la que no faltaba inteligencia, pero cuyas ideas eran tan limitadas que la mayoría de las veces yo no conseguía conversar más de quince minutos”.

     Poco más adelante, al pasar por la ciudad de Paranaguá y por la vecina villa de Guaratuba, Saint-Hilaire encontró personas en estado de desnutrición tan profunda que habían adquirido el hábito de comer tierra intentando reponer vitaminas y sales minerales.

Esta condenable práctica comúnmente se transforma en una pasión incontrolable, y a veces se ven negros con mordaza en la boca rodando por la tierra para poder aspirar un poco de polvo. Los comedores de tierra prefieren la que es sacada de los hormigueros de las termitas, y hay personas que mandan esclavos a buscar un terrón de esos termiteros para con ellos regalarse.

     La práctica se extendió tanto que el párroco local abrió una campaña contra ella y contó a Saint-Hilaire que no daba confesión a un esclavo o a cualquier otra persona sin antes preguntarle si comía tierra.

     Estos dos brasiles tenían algunos rasgos en común. Uno de ellos era la aversión al trabajo y la total dependencia de la mano de obra esclava. Seidler hizo un retrato devastador de la relación entre esclavos y señores en Rio de Janeiro, una sociedad que se pretendía desenvuelta y cosmopolita, pero que estaba, en opinión del viajero alemán, marcada por la “excesiva pereza e indolencia”:

Madame tiene sus esclavas, dos, tres, seis u ocho, según el infeliz esposo abra la bolsa, y esas criadas negras nunca pueden alejarse de la inmediata proximidad de su severa dueña, deben entenderla y hasta interpretarle la mirada. Estaría de más exigir que la señora, ya fuese la mujer de un simple tabernero, se sirviera ella misma un vaso de agua, aunque la jarra estuviera a su lado sobre la mesa. Tan dulce es poder tiranizar. De cocinar y lavar, entonces, ni se hable: para semejante trabajo de esclavos Dios creó a los negros…

     Saint-Hilaire también habla de la aversión al trabajo al pasar por Campos Gerais de Paraná: “Como en el resto de Brasil, todo el mundo trabaja lo menos posible. La vida de los hombres muy pobres difiere poco de la de los indios salvajes. Sólo plantan lo estrictamente necesario para el sustento de la familia y pasan meses enteros perdidos en la selva”. En Curitiba, entonces una villa de 11.014 habitantes, encontró una población diferente, pero blanca y europea, muy educada y hospitalaria. A pesar de ello, se sorprendió con su indolencia: “El capitán mayor estaba obligado a demarcar la cantidad de tierra que cada uno debía sembrar, metiendo de vez en cuando a algunos perezosos en la cárcel, con el fin de intimidar a los otros”.

     Otro rasgo común era la astucia y la falta de transparencia en las relaciones comerciales – el famoso carácter o “jeitinho brasileiro”, que ya amedrentaba a los viajeros extranjeros aquí llegados por primera vez después de la apertura de los puertos. Al describir el comportamiento de los comerciantes baianos, el inglés Thomas Lindley afirmó:

En sus negocios, prevalece la astucia mezquina y bellaca, principalmente al efectuar las transacciones con extranjeros, a los que piden el doble del precio que acabarán aceptando por su mercancía, mientras procuran devaluar lo que habrán de obtener a cambio, utilizando todos los artificios a su alcance. En una palabra: salvo algunas excepciones, son personas enteramente desprovistas del sentimiento de honradez, no poseyendo aquel sentido general de rectitud que debe presidir toda y cualquier transacción entre los hombres.

     En 1822, Brasil tenía cerca de 4,5 millones de habitantes – menos del 3% de su población actual – divididos en 800 mil indios, 1 millón de blancos, 1 millón 200 mil esclavos (africanos o descendientes) y 1 millón y medio de mulatos, pardos, cobrizos y mestizos. Resultado de tres siglos de mestizaje racial entre portugueses, negros e indios, esta última parcela de población componía un grupo semilibre, que se extendía por las zonas interiores y vivía sometido a las leyes y voluntades de los caciques locales.

     La masa poblacional todavía se concentraba en la franja litoral entre la ciudad gaucha de Rio Grande y la bahía de Marajó, en el estuario del río Amazonas, pero el mapa de Brasil ya tenía más o menos sus contornos actuales, con dos excepciones: la provincia Cisplatina, que ganaría su independencia como Uruguay en 1828, y el estado de Acre, que en la época formaba parte de Bolivia y sería comprado por el barón de Rio Branco e incorporado al territorio brasileño a comienzos del siglo XX.

     Una novedad fue la llegada de suizos a la futura Nova Friburgo, en la sierra fluminense, en 1818, dando inicio a la inmigración extranjera en Brasil. De los primeros 2 mil inmigrantes, 531 murieron de hambre, enfermedades y violencia – 26,5% del total -, pero la colonia se desquitó y hoy es una agradable estación de veraneo. Formaba parte de un proyecto de “blanqueo” de la población, defendido por diferentes ministros y consejeros de la corona, en Portugal y en Brasil. Le cupo a una de las colonas suizas de Nova Friburgo, Maria Catarina Equey, el honor de amamantar al príncipe Pedro de Alcântara, futuro emperador Pedro II, nacido el 2 de diciembre de 1825. La familia imperial creía ser más saludable emplear en esa tarea a una mujer blanca, europea y católica que a las negras amas de leche tan comunes en las casas de los señores de esclavos del Brasil colonial.

     Ningún otro periodo de la historia brasileña testimonió cambios tan profundos, decisivos y acelerados que los trece años de permanencia de la corte portuguesa en Rio de Janeiro. En el espacio de menos de una década y media, Brasil dejó de ser una colonia cerrada y atrasada y comenzó a pavimentar su camino rumbo a la independencia. Presionado por las circunstancias, durante ese periodo don Juan tomó innumerables decisiones que resultaron en un impulso de prosperidad sin precedentes en la historia de la América portuguesa. La providencia más importante fue la apertura de los puertos, anunciada en Salvador el día 28 de enero de 1808, una semana después de que la familia real atracara en Bahia. Combinada con otras dos medidas – el fin de la prohibición de manufacturas y la concesión de libertad de comercio -, representaba en la práctica el fin del periodo colonial brasileño. Por primera vez, en más de tres siglos, el país estaba libre del régimen de monopolio portugués para integrarse al sistema internacional de producción y comercio.

     Principal beneficiaria de la apertura de los puertos, la Inglaterra de la Revolución Industrial inundaría Brasil con sus productos. Eran tejidos de algodón, lino y lana, piezas de vidrio, botas y zapatos, armas de fuego y municiones, hilos, clavos y cuerdas, serruchos, martillos, palas y hachas, utensilios de toda naturaleza que llegaban a precios muy accesibles y prácticamente sin competidores. En 1822, la mitad de los 434 navíos extranjeros atracados en Rio de Janeiro era inglesa. Las exportaciones británicas a Brasil alcanzaban los 2 millones de libras anuales, cuatro veces lo que el gobierno conseguía recaudar en tasas e impuestos en el país entero en aquel año.

     Don Juan mandó mejorar la comunicación entre las diversas regiones, estimular la población y el aprovechamiento de las riquezas de la colonia. La apertura de nuevas carreteras ayudó a romper el aislamiento que hasta entonces vigoraba entre las provincias. Su construcción estaba oficialmente prohibida por ley desde 1733. Las áreas más remotas fueron exploradas y cartografiadas. La navegación fluvial también fue estimulada. El primer barco a vapor, comprado en Inglaterra en 1818 por Felisberto Caldeira Brant Pontes de Oliveira e Horta, rico fabricante y futuro marqués de Barbacena, comenzó a navegar un año más tarde en las aguas del Recôncavo Baiano. Las ciudades más próximas a la corte crecieron en tamaño y riqueza. Convertida en capital del imperio colonial portugués, Rio de Janeiro pasó por transformaciones drásticas. La población, que, en 1808, era de apenas 60 mil habitantes, saltó a 112.695 en 1821, incluyendo el área rural, ahora repleta de granjas y casas de campo habitadas por nobles y extranjeros. El número de esclavos se triplicó.

     La creación de una escuela de medicina en Salvador y otra en Rio de Janeiro inauguró la enseñanza superior en Brasil. Después vinieron una escuela de técnicas agrícolas, un laboratorio de estudios y análisis químicos y la Academia Real Militar, cuyas funciones incluían la enseñanza de ingeniería civil y minera. Una nueva estructura del Estado, que hasta entonces funcionaba en Portugal, se transfirió a Brasil con la organización del Supremo Consejo Militar y de Justicia, la Casa de Súplicas (que sería el equivalente hoy al Supremo Tribunal Federal), de la Intendencia General de Policía de la Corte (mezcla de prefectura con secretaría de seguridad pública), del Erario Regio, del Banco de Brasil, del Consejo de Hacienda y del Cuerpo de la Guardia Real. En el Real Teatro de São João se presentaban cantantes, compositores, bailarines y compañías teatrales venidas de Europa.

     Un cambio de gran impacto fue la aparición de la prensa, prohibida en Brasil hasta 1808. Ella cambió el ambiente intelectual y político del país y pasó a diseminar y debatir las ideas políticas que llegaban de Europa y Estados Unidos. En sus primeros trece años de funcionamiento, la prensa estaba sometida a tres instancias de censura. “Quien quisiese, en Brasil, publicar algo, recorría un largo camino”, escribió la historiadora Isabel Lustosa, autora de un excelente estudio sobre el tema. Todo original debía, inicialmente, ser enviado al ministro de Negocios Extranjeros y de la Guerra. De allí, si se aprobaba, seguía para el Despacho de la Corte y, finalmente, para la Real Mesa Censora. Con la creación de la Imprenta Regia, comenzó a circular, el día 10 de septiembre de 1808, la Gazeta do Rio de Janeiro, primer periódico publicado en territorio nacional. Solo imprimía noticias del interés del gobierno. El mismo año fue lanzado en Londres, para huir de la censura, el Correio Braziliense, del periodista Hipólito José da Costa. La censura cayó, finalmente, con un decreto del 2 de marzo de 1821. A partir de ahí, todo ciudadano podría manifestar sus opiniones sin censura previa.

     Libres de la censura, los periódicos se transformaron rápidamente en el escenario en que se trataban los principales debates durante la Independencia y el Primer Reinado. El año de la Independencia ya había 53 periódicos en circulación en todo el imperio. Los nombres eran reveladores de las ideas que defendían: O Repúblico, O Tribuno do Povo, A Nova Luz Brasileira, Aurora Fluminense, Sentinela da Liberdade. Algunos defendían la deportación y el confinamiento de todos los nacidos en Portugal. Otros eran francamente republicanos. Fue este “el laboratorio donde tuvieron lugar embrionarias e imprevisibles formas de competición política”, según Isabel Lustosa.

     Como resultado, el país vivió “un momento extremadamente vibrante, donde se asistió a un proceso de liberalización política sin precedentes en nuestra historia”, en evaluación de la historiadora. “Cada cual escribía y firmaba lo que bien entendía”. Los artículos, a veces publicados en periódicos manuscritos, cuya tirada no iba más allá de algunas decenas de ejemplares distribuidos de mano en mano, incluían “el insulto, la indecencia, los ataques personales, las descripciones deformadoras de aspectos morales o físicos” y muchas veces resultaban en agresiones corporales. Curiosamente, como se verá en el capítulo 7, hasta el príncipe regente y futuro emperador participaba de los debates impresos escribiendo artículos firmados con seudónimos.

     Un ejemplo de ese nuevo ambiente intelectual puede ser observado en un anuncio publicado en el periódico Volantim, el 5 de octubre de 1822. Ofrecía libros de pensadores franceses hasta entonces prohibidos:

En la tienda de Paulo Martim, nuevamente se encuentra la obra Contrato Social, o Principios del Derecho Público, traducida del original francés de Rousseau, en portugués, a 2$880 en folleto; y encuadernado 3$600; así como el original en francés, un volumen en encuadernación dorada por 4$000 rs. Esta obra, otrora prohibida, hoy debe ser una obra que todos deben leer.

     La música era, de lejos, el arte preferido por la corte portuguesa en Rio de Janeiro. El pintor Jean-Baptiste Debret, que llegó a Brasil con la Misión Artística Francesa de 1816, estimó que don Juan gastaba 300 mil francos anuales, una fortuna para la época, en el mantenimiento de la Capilla Real y su cuerpo de artistas, que incluían “cincuenta cantores, entre ellos magníficos virtuosi italianos, de los cuales algunos famosos castrati, y cien ejecutores excelentes, dirigidos por dos maestros de capilla”. En 1811, llegó a Rio de Janeiro el más renombrado músico portugués, el maestro Marcos Antônio da Fonseca Portugal. Hasta la partida de la corte, en 1821, compondría innumerables piezas y músicas sacras en homenaje a los grandes eventos de la corona. En 1816, el compositor y maestro austríaco Sigismund Neukomm llegó a Brasil.

     Uno de los mejores organistas de su época, nacido en Salzburgo, Austria, en 1778, Neukomm fue alumno de Joseph Haydn y colega de estudios de Ludwig van Beethoven, en Viena. En Brasil, compuso 71 obras, que hasta hoy sorprenden a los especialistas por su refinamiento y complejidad. Incluyen la Marcha triunfal à grande orquestra, una orquestación de seis valses del príncipe don Pedro, de quien fue profesor, además de una marcha sinfónica, una misa y un Te Deum para la ceremonia de aclamación de don Juan VI, en 1818. Otra gran contribución suya fue el registro de cantigas del violinista y compositor Joaquim Manuel Gago da Camera.

     En Rio de Janeiro, donde vivó cinco años, Neukomm frecuentaba la casa del barón Von Langsdorff, cónsul general de Rusia, cuya mujer era su alumna. Era un punto de encuentro de músicos, compositores y cantantes de la corte, que allí se reunían para conocer y ejecutar las novedades llegadas de Europa. Entre los frecuentes estaban la princesa y futura emperatriz Leopoldina y su marido, don Pedro. Los dos eran amigos del padre José Maurício Nunes Garcia, también profesor de música de don Pedro al lado de Marcos Antônio Portugal y Neukomm. Mulato y padre de seis hijos, el padre está considerado hoy el más importante compositor brasileño de la corte de don Juan. Neukomm le tenía gran admiración y amistad. Después de verlo dirigir la primera ejecución del Requiem de Mozart en suelo brasileño, escribió, en 1820, un artículo fascinado para el periódico Allgemeine Musikalische Zeitung, de Leipzig, elogiando el desempeño del amigo brasileño.

     La obra musical de Neukomm es relativamente bien conocida. Su trayectoria personal, al contrario, permanece rodeada de misterios. Uno de ellos es su actividad política. Algunos historiadores levantan la sospecha de que habría sido un espía al servicio de Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, el más poderoso ministro de Francia a comienzos del siglo XIX. Como la corte portuguesa adoraba la música y Neukomm era uno de los maestros más prometedores de la época, esto habría facilitado su acceso al círculo próximo a don Juan, con el objetivo de informar a Talleyrand de las alianzas y conspiraciones en marcha en Rio de Janeiro. Un segundo enigma tiene que ver con su vida privada. Guapo, famoso, soltero y sin hijos, Neukomm tiene su nombre en una lista de cuatro homosexuales no asumidos de la corte de don Juan, elaborada por el antropólogo Luiz Mott, fundador y expresidente del Grupo Gay de Bahia. Los otros tres serían don João de Almeida de Melo e Castro, conde de las Galveias; Francisco José Rufino de Sousa Lobato, vizconde de Vila Nova da Rainha; y el propio don Juan.

     En los trece años de don Juan en los trópicos, Brasil fue redescubierto por los extranjeros, autorizados por primera vez a visitar la hasta entonces misteriosa y prohibida colonia portuguesa. Misiones artísticas, científicas y culturales escudriñaron su territorio documentando paisajes, riquezas y tipos humanos. El pintor Debret, principal nombre de la Misión Artística Francesa de 1816, se convertiría en gran amigo de don Pedro I. Al lado de Nicolas-Antoine Taunay, dejó el registro más precioso de aquel momento de gran transformación en la realidad brasileña.

     Los cambios tendrían su punto culminante el 16 de diciembre de 1815. Ese día, víspera de la conmemoración del 81 cumpleaños de doña María I, “la reina loca”, don Juan promovió a Brasil a la condición de Reino Unido con Portugal y el Algarve, quedando Rio de Janeiro como sede oficial de la corona. Había dos objetivos en la medida. El primero era homenajear a los brasileños que lo habían acogido en 1808. El otro era reforzar el papel de la monarquía portuguesa en las negociaciones del Congreso de Viena, en el que las potencias victoriosas en la guerra contra Napoleón discutían el futuro de Europa. Con la elevación de Brasil a la categoría de Reino Unido, sugerida por el ministro francés Talleyrand, la corte portuguesa demostraba al mundo que no estaba de hecho refugiada en los trópicos y ganaba el pleno derecho de voz y voto en el congreso, aunque estuviese a miles de kilómetros de Lisboa, la capital hasta entonces reconocida por los demás gobiernos europeos.

     Mientras Brasil prosperaba, su antigua metrópoli vivía una crisis sin precedentes. Los trece años que don Juan VI permaneció en Rio de Janeiro fueron de grandes sufrimientos para el pueblo portugués. Entre 1807 y 1814 Portugal perdió medio millón de habitantes. Un sexto de la población pereció de hambre o en los campos de batalla o simplemente huyó del país. Nunca, en toda su historia, el país había perdido un número tan grande de habitantes en tan poco tiempo. La apertura de los puertos de la antigua colonia, en 1808, y el tratado especial de comercio con los ingleses, en 1810, habían sido golpes durísimos para los comerciantes portugueses, que hasta entonces intermediaban en todos los trueques de Brasil con la metrópoli y el resto del mundo. Perjudicado por la competencia británica, el comercio de Portugal con Brasil se desplomó. Las exportaciones a la colonia, que eran de 94 millones de cruzados entre 1796 y 1807, cayeron a apenas 2 millones de cruzados en los diez años siguientes. En el sentido contrario, las exportaciones de Brasil a Portugal se redujeron de 353 millones de cruzados a la mitad, 189 millones. En 1810, un total de 1.214 navíos portugueses entraron en el puerto de Rio de Janeiro. Diez años más tarde, en 1820, no pasaron de 212, siendo que, de ellos, solamente 57 venían de Lisboa.

     En Portugal, se alimentaba la esperanza de que, terminada la guerra contra Napoleón, el tratado con Inglaterra sería revocado y la corte volvería a Lisboa. No aconteció ni lo uno ni lo otro. El tratado continuaría en vigor aun por mucho tiempo. Y don Juan simplemente no quería volver. Los resentimientos explotaron la mañana del 24 de agosto de 1820, cuando tropas rebeldes se reunieron en el campo de Santo Ovídio, en la ciudad de Porto, y se declararon contra el dominio inglés. Tres semanas después, el 15 de septiembre, la revuelta llegó a Lisboa, donde se registraron varias manifestaciones populares pidiendo el fin del absolutismo monárquico. El día 27 fue constituida en la ciudad de Alcobaça la Junta Provisional Preparatoria de las Cortes, que quedaría encargada de redactar una nueva Constitución liberal. Las cortes eran un consejo de Estado previsto en el régimen monárquico portugués, que se había reunido por última vez en 1698, más de 120 años antes. Su simple convocatoria, después de tanto tiempo ausente del escenario político portugués, indicaba en qué medida el poder del rey estaba amenazado. Por decisión de los insurrectos, la dinastía de Braganza sería perdonada, pero el regreso del rey a Portugal era una cuestión de honor.

     En abril de 1821, don Juan embarcó de vuelta a Lisboa. Antes de partir, recibió del ministro Tomas Antônio Vilanova Portugal una carta en tono profético:

La unión de Portugal con Brasil no puede durar mucho. Si S.M. tiene nostalgia de la cuna de sus abuelos, regrese a Portugal; pero si quiere tener la gloria de fundar un gran Imperio y hacer de la Nación brasileña una de las mayores potencias del globo, permanezca en Brasil. Donde Su Majestad vaya, será suyo; la otra parte la ha de perder.

     La profecía habría de realizarse más rápido de lo que el ministro tal vez imaginase. La elevación de Brasil a la condición de reino unido, seis años antes, era la confirmación de una realidad nueva e irreversible. El espíritu de la independencia planeaba sobre los brasileños. El nuevo país enfrentaba grandes dificultades, pero nada de esto parecía atemorizar a los resueltos brasileños de 1822 ante la perspectiva de conducir su propio destino tras más de tres siglos de sometimiento a Portugal. La confusión política reinante en la metrópoli daría una contribución decisiva para que los acontecimientos siguiesen en esa dirección.

Laurentino Gomes

III. 1822: Un país improbable.

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3. Aclamação do rei Dom João VI no Rio de Janeiro

LOS SUEÑOS DE LOS BRASILEÑOS DE 1822 eran grandiosos. Querían liberarse de tres siglos de dependencia de Portugal y levantar en América un vasto imperio – uno de los mayores que la humanidad había conocido hasta entonces. El nuevo país que pretendían organizar se desdoblaba desde las profundidades de la selva Amazónica, casi en la franja de la cordillera de los Andes, hasta las planicies de las pampas del Sur, dibujando en el camino una línea de casi 10 mil kilómetros de litoral, treinta veces la distancia entre París y Londres, las dos grandes capitales europeas de la época. Con más de 8 millones de kilómetros cuadrados de superficie, tenía casi el tamaño del territorio europeo y era más grande que el área continental de los Estados Unidos. Dentro de él la diminuta metrópoli portuguesa cabría 93 veces. Los problemas, no obstante, eran proporcionales al tamaño de esos sueños.

 

     Quien observase Brasil en esa época tendría razones de sobra para dudar de su viabilidad como país. La víspera del Grito del Ipiranga, Brasil lo tenía todo para resultar fallido. De cada tres brasileños, dos eran esclavos, negros libertos, mulatos, indios o mestizos. Era una población pobre y carente de todo. El miedo a una rebelión esclava revoloteaba como una pesadilla para la minoría blanca. Los analfabetos sumaban más del 90% de los habitantes. Los ricos, aunque muy ricos, eran pocos y, en su mayoría, ignorantes. Había una pequeña élite intelectual, bien preparada en la Universidad de Coimbra, pero también estaba dividida por divergencias políticas entre monárquicos absolutistas y constitucionalistas, conservadores y liberales, republicanos y federalistas, entre otras corrientes. El aislamiento y las rivalidades entre provincias predecían una guerra civil que podría resultar en una fragmentación territorial, como ocurría en las colonias vecinas de la antigua América Española.

 

     Junto a la bancarrota, el nuevo país no tenía ejército, barcos, oficiales, armas o municiones para sustentar la guerra por su independencia que se anunciaba larga, cara y extenuante. En Bahia, campo de batalla decisivo en esa guerra, en 1822 el pago del sueldo de oficiales y soldados estaba atrasado dos meses por falta de dinero en las arcas de la provincia. Los cañones, decrépitos y sin munición, no funcionaban. Los soldados iban descalzos y llevaban espingardas para matar pajaritos. En Portugal, la situación también era de dificultades, pero de allá cada día llegaban noticias de nuevas precauciones destinadas a ahogar a los dispersos partidarios de la independencia brasileña. La metrópoli movilizaba recursos para proteger sus intereses en América. Sus tropas ya existentes en Brasil estaban mejor entrenadas y organizadas que las precarias y, en rigor, todavía inexistentes fuerzas armadas locales.

 

     “A primera vista, las posibilidades de éxito parecían muy remotas: el tesoro estaba vacío y el país, dividido, mientras que Portugal conseguía préstamos y aumentaba sus fuerzas con navíos y hombres”, escribió el historiador británico Brian Vale en el libro Independence or Death, sobre la Guerra de Independencia brasileña. “Sería una cuestión de tiempo el que los brasileños fueran subyugados. Sólo asumiendo el control de los mares podrían cortar las rutas de abastecimiento portuguesas, expulsar sus tropas y asegurar la independencia del territorio. Pero ¿cómo? Brasil no tenía Marina de guerra, barcos o provisiones ni oficiales o marineros fiables”.

 

     Al regresar a Lisboa en abril de 1821, el rey don Juan VI dejó atrás un Brasil profundamente transformado por las decisiones que había tomado en sus trece años de permanencia en Rio de Janeiro, como se verá más detalladamente en el próximo capítulo. Su última disposición antes de partir, sin embargo, resultó desastrosa para Brasil, que intentaba dar los primeros pasos como nación independiente. El rey mandó vaciar las arcas del Banco de Brasil y empaquetar de prisa el oro, los diamantes y otras piedras preciosas guardadas en el tesoro. Creado en 1808 para financiar los gastos de la corte, el banco ya estaba mal de las piernas. Su patrimonio apenas cubría un quinto de los títulos y billetes que emitió en ese periodo. Sin reservas, quebró tres meses después de la partida del rey. Entre julio de 1821, fecha en que dejó de cumplir sus compromisos, y 1829, año en que finalmente fue liquidado por don Pedro I, funcionó como un negocio arruinado sin crédito alguno en el mercado.

 

     Por eso, al asumir el gobierno en la condición de príncipe regente nombrado por su padre, don Pedro encontró los cofres vacíos. Los gastos públicos sumaban 5.600 contos de réis, cerca de 300 millones de reales en valores de hoy, lo que representaba más del doble de la recaudación de impuestos en las provincias que reconocían su autoridad. O sea, por cada real ingresado, don Pedro gastaba dos. Para pagar la deuda serían necesarios, por tanto, dos años de recaudación de impuestos, sin gastar nada más, lo que obviamente era imposible, porque el nuevo país tenía todo por hacer y estaba cercado de amenazas por todos lados. Como resultado, en diciembre de 1821, la deuda nacional alcanzaba 9.800 contos de réis, cerca de 1,9 millones de libras esterlinas o 600 millones de reales actuales, valor que se triplicaría en los cinco años siguientes a medida que un gobierno frágil y desesperado ordenaba gastos sin tener de donde sacar.

 

     “De ninguna parte viene nada”, se quejaba don Pedro a don Juan VI, en septiembre de 1821. “Todas las instituciones y secretarías se pararon; los que comen de la nación son innumerables […], no hay dinero […], no sé lo que he de hacer”. El príncipe también protestaba por la corrupción y los desmanes en la administración del dinero público. Acusaba a los directores del fallido Banco de Brasil de haber contribuido a quebrar la institución. “El banco, lo devaluaron sus dilapidadores, que son los mismos que lo administraban”. En una carta del 17 de julio había dicho: “No hay mayor desgracia que esta en que me veo, que es desear hacer el bien y arreglar todo y no tener con qué”.

 

     En otra carta, escrita el 24 de junio de 1821, el joven príncipe, de apenas 22 años, se mostraba asustado con los desafíos que la historia le imponía. Imploraba a su padre que lo dispensase del cargo y lo llamase de vuelta a Portugal: “Pido a Su Majestad que cuanto antes me haga partir”. Tres meses después, el 21 de septiembre de 1821, por tanto, un año antes del Grito del Ipiranga, repetía la súplica: “Pido a Su Majestad, por todo cuanto hay de más sagrado, que quiera dispensarme de este empleo que seguramente me matará por los continuos y horrorosos debates que tengo, unos ya a la vista, y otros mucho peores para el futuro”.

 

     En el esfuerzo de comprar navíos, contratar oficiales y marineros mercenarios y mantener encendida la esperanza de vencer a Portugal en la guerra por la independencia, el gobierno tomó dos medidas. Una de ellas fue, a ejemplo de la metrópoli, recurrir a préstamos internacionales. Los dos primeros, contraídos en 1824 y 1825, totalizaron 3.685.000 libras esterlinas, aproximadamente 1,2 billones de reales en valores de hoy, pero solo 3 millones de libras entraron de hecho en los cofres nacionales. El resto fue retenido por los bancos como prima de riesgo y pago de intereses anticipados. El nuevo país ya nacía endeudado y así permanecería los dos siglos siguientes.

 

     La segunda medida implicó una práctica también conocidísima por los brasileños hasta hace algunos años: la inflación. El tesoro compraba planchas de cobre por 500 a 600 réis la libra (poco menos de medio kilo) y acuñaba monedas con un valor facial de 1.280 réis, más del doble del coste original de la materia prima. O sea, era dinero podrido, sin consistencia, pero ayudaba al gobierno a pagar sus gastos y deudas a corto plazo. Don Pedro había aprendido la astucia de su padre, don Juan, que también recurrió a la fabricación de dinero en 1814 al percibir que los recursos públicos serían insuficientes para cubrir los gastos de la perdularia corte que había cruzado el Atlántico en 1808.

 

     En esa época, el patrón monetario internacional eran las monedas de plata del peso español, también conocidas como silver dollar (dólar de plata). Hasta la llegada de la corte portuguesa, una moneda de plata valía en Brasil 750 réis portugueses. En 1814, sin embargo, don Juan mandó derretir todas las monedas guardadas en Rio de Janeiro y acuñarlas de nuevo con un valor facial de 960 réis. O sea, de un día para otro la misma moneda pasó a valer un 28% más. Con ese dinero milagrosamente revalorizado, don Juan pagó sus gastos, pero el cambio luego fue notado por el mercado, que rápidamente reajustó el valor de la moneda para reflejar la devaluación. La libra esterlina que hasta entonces era cambiada por 4 mil réis paso a ser cotejada a 5 mil réis. Los precios de los productos en general subieron en la misma proporción.

 

     A las dificultades financieras se sumaban los problemas económicos. La Independencia de Brasil aconteció en medio de una transformación importante en la economía brasileña. La producción de azúcar y la explotación de oro y diamantes estaban en decadencia. Eran las dos grandes riquezas que habían sostenido la prosperidad de la colonia y su metrópoli en los siglos anteriores. Muy dependiente de la mano de obra esclava, la producción azucarera entró en declive debido al creciente combate al tráfico negrero por Inglaterra y al cambio de tecnología en los mercados competidores. Más próxima a los mercados consumidores de Estados Unidos y Europa, la isla de Cuba había adoptado máquinas movidas a vapor, lo que volvió su producción más eficiente y barata con relación a la brasileña. La novedad, en lugar del azúcar, era la producción de algodón, destinada a abastecer los novísimos talleres mecánicos de la Revolución Industrial inglesa. Las estadísticas revelan un drástico cambio en el perfil de la economía pernambucana en ese periodo. El valor de las salidas de algodón por el puerto de Recife saltó del 37% del total de las exportaciones en 1796 al 83% en 1816. Mientras tanto, el azúcar declinó del 54% a un escaso 15% en el mismo periodo.

 

     En las antiguas regiones productoras de oro y diamantes, la prosperidad dio lugar a la inseguridad. Minas Gerais todavía era la provincia más populosa de Brasil, con cerca de 500 mil habitantes, pero el eje de la economía comenzaba a trasladarse rápidamente hacia el sur, en dirección al valle del Paraíba, región de los cultivos de café. Cultivado en huertas y jardines botánicos hasta el comienzo del siglo XIX, este producto se volvería rápidamente la nueva estrella en la pauta de las exportaciones. Las ventas anuales por el puerto de Rio de Janeiro aumentaron de media tonelada, en 1800, a 6.723 toneladas, en 1820. Veinte años más tarde, en 1840, ya eran el 44% de las exportaciones brasileñas.

3. Cultivo de café

 

     Como resultado de la apertura de los puertos y de la libertad de comercio concedida por don Juan en 1808, había surgido un creciente mercado brasileño exportador y un próspero sistema de cambios internos entre las provincias, que ya no dependían del monopolio ni de la intermediación de la metrópoli portuguesa. Rio Grande do Sul vendía salazón de carne a Europa, Estados Unidos, África y también a Rio de Janeiro, Salvador y Recife. Recibía a cambio productos industrializados del exterior y azúcar, cachaza, harina de mandioca y otras mercadurías del propio mercado brasileño. Minas Gerais y el valle del Paraíba abastecían a la capital de carne de ganado, quesos y productos agrícolas. Con el dinero, sus campesinos compraban sal, azúcar, tejidos, herramientas, máquinas e instrumentos que, por el puerto de Rio de Janeiro, llegaban de otras provincias o de Inglaterra. En el interior de Ceará, de Piauí y de Marañón se producía ganado, vendido a las provincias vecinas como carne seca, manteca y cuero curtido o en rebaños que atravesaban el sertão – regiones poco pobladas del interior del país – abriendo nuevas rutas de comunicación.

 

     Este nuevo mercado interno, que contribuía a aproximar los intereses entre los brasileños de las diferentes provincias, era perjudicado, sin embargo, por la excesiva carga tributaria. Eran impuestos existentes desde la época de la colonia para favorecer el monopolio portugués o creados por don Juan después de 1808 para sostener los gastos de la corte en Rio de Janeiro. En la tentativa de reanimar la economía, ya el primer mes después de la partida de don Juan para Portugal, don Pedro abolió el impuesto a la sal y sobre la navegación de cabotaje, dos barreras que hasta entonces encarecían la producción de carne en salazón y el comercio regional. Pero esto no bastó para enfrentar las grandes urgencias de aquella época.

 

     Brasil necesitaba economizar cada centavo de su enflaquecida economía y, para dar ejemplo, el príncipe tomó medidas drásticas de contención de los gastos domésticos. Recortó su propio salario, concentró las secretarías públicas en el Palacio Real, donde vivía, y se mudó al Palacio da Quinta da Boa Vista, antigua residencia de don Juan VI, donde hoy funciona el Museo Nacional y el zoológico de Rio de Janeiro. También vendió 1.134 de los 1.290 animales de las cuadras reales, citadas por el cónsul inglés James Henderson, en la época de don Juan, como unas de las más onerosas del mundo. Para reducir los gastos en la compra de mijo, los esclavos de la hacienda real de Santa Cruz, situada en los alrededores de la ciudad, fueron obligados a producir el patio del propio palacio el forraje que serviría de ración a los 156 caballos y mulas restantes, además de lavar las ropas de don Pedro, su familia y sus empleados. “Comencé a ahorrar bastante, empezando por mí”, explicó, orgulloso, a su padre en la carta del 17 de julio de 1821. “Estos cambios se hicieron casi gratis, porque los esclavos […] son los trabajadores.”

 

     Los préstamos internacionales, la fabricación artificial de dinero, el paquete de estímulos a las actividades económicas y el recorte en los gastos domésticos de la corte eran, todas, medidas paliativas. Apenas postergaron la solución de los problemas financieros. Pero había otros, todavía más graves, conspirando contra el éxito del nuevo Brasil. De todos ellos, el mayor eran las divergencias internas. Ni de lejos los brasileños estaban de acuerdo respecto del rumbo a seguir.

 

     En septiembre de 1822, solo Rio de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais se adhirieron a la independencia proclamada por don Pedro en los márgenes del Ipiranga. Las demás provincias o todavía estaban bajo el control de las tropas portuguesas, caso de Bahia, o discrepaban de la idea de cambiar la tutela hasta entonces ejercida por Lisboa por un poder centralizado en Rio de Janeiro, caso de Pernambuco, que reivindicaba mayor autonomía regional. En el Norte, Pará y Marañón se mantuvieron fieles a los portugueses. Durante algunos meses, obedeciendo las órdenes de las cortes de Lisboa, ambas provincias llegaron a declararse separadas del resto de Brasil y unidas directamente a Portugal. En el Sur, las fuerzas estaban divididas entre los intereses brasileños y portugueses. En la provincia Cisplatina (actual Uruguay), el comandante del regimiento portugués, Álvaro da Costa de Souza Macedo, anunció que solo acataría las órdenes de las cortes y acantonó sus fuerzas en Montevideo. Fue sitiado por las tropas brasileñas comandadas por Carlos Frederico Lecor, barón y futuro vizconde de Laguna, en una guerra que se prolongaría por casi dos años.

 

     El 17 de noviembre de 1822, más de dos meses después de la Proclamación de la Independencia, la Junta Interina de Marañón anunció que se mantenía fiel a Portugal, sin adherirse a la causa de don Pedro I:

 

El deber y el interés unen esta provincia a Portugal. Ni el interés ni el deber la une al continente brasileño que de hecho se separe de la mayor parte de la monarquía portuguesa. La divergencia de votos e intereses entre las provincias septentrionales y australes de Brasil disuelve los vínculos sociales que las unían […] en Portugal hay salida para nuestros productos territoriales; en el sur de Brasil no tenemos mercado.

 

     El historiador Marco Morel comparó la situación brasileña durante los dos años que siguieron al Grito del Ipiranga a la de un gran rompecabezas. Cada pieza del tablero representaría una provincia, que sería retirada del juego en caso de que hubiesen prosperado en aquel periodo las amenazas de separación territorial. Primero saldría Bahia, ocupada militarmente desde febrero de 1822 por las tropas del general portugués Ignácio Luís Madeira de Melo, fiel a las cortes de Lisboa. Después, Marañón, Piauí, Pará y Amazonas, región a esas alturas aun fiel a la metrópoli. Por fin, dejarían el juego Pernambuco, Ceará, Alagoas, Paraíba y Rio Grande do Norte. Eran las cinco provincias del área de influencia de la Confederación del Ecuador, movimiento separatista surgido en 1824 a raíz de la decisión de don Pedro I de disolver la primera constituyente brasileña. Las piezas que quedasen en el tablero serían hoy Brasil, con el agravante de que un país así debilitado no sólo perdería Uruguay, proclamado independiente en 1828, sino probablemente también Rio Grande do Sul en la Revolución Farroupilha de 1835-1845. O sea, quedaría una fracción del país actual, con un territorio inferior al de Argentina. “El rompecabezas nacional, para ser recompuesto, costó muchas vidas que quedaron por las plantaciones, bosques, mares, ríos y calles”, escribió Morel. “El cuadro que se presentaba era el de un Brasil dividido en regiones marcadas por las distancias y por los intereses locales”, completó el historiador baiano Luís Henrique Dias Tavares.

 

     La llegada de la familia real portuguesa a Rio de Janeiro, en 1808, había funcionado, la primera vez, como centro aglutinador de los intereses de las diferentes provincias y grupos regionales. En el entender del historiador pernambucano Manuel de Oliveira Lima, al huir de Napoleón Bonaparte, que invadió Portugal, y trasladar la corte a Brasil, don Juan VI se convirtió en “el verdadero fundador de la nacionalidad brasileña”. Dio el primer paso capaz de asegurar la integridad del territorio, que hasta entonces funcionaba como una constelación de provincias aisladas, dispersas y rivales. Pero todo esto era muy reciente en comparación con los tres largos siglos de colonización, en los que esas provincias se habían relacionado directamente con la metrópoli portuguesa. Por esa razón, en 1822 la noción de identidad nacional implantada por don Juan era todavía muy tenue.

 

     Una prueba de la fragilidad regional puede ser medida en la delegación brasileña enviada a Portugal para participar en las votaciones de las cortes entre 1821 y 1822. Brasil tenía derecho a 65 diputados, pero solo 46 comparecieron en las sesiones de Lisboa, lo que los dejaba en minoría frente a la representación portuguesa, compuesta por cien delegados. A pesar de la inferioridad numérica, los brasileños se dividieron en las votaciones. Con raras excepciones, los delegados de las provincias de Pará, Marañón, Piauí y Bahia se alinearon con los intereses portugueses y votaron sistemáticamente contra las propuestas brasileñas de las demás regiones. “No somos diputados de Brasil […] porque cada provincia se gobierna hoy independientemente”, constató, desolado, el padre Diego Antônio Feijó, representante paulista y fututo regente del Imperio. “Nosotros somos, sí, independientes, pero no constituídos”, escribía algún tiempo después el fraile pernambucano Joaquim do Amor Divino Caneca. “Aún no formamos sociedad imperial, excepto en el nombre”.

 

     Además de las divisiones regionales, estaban las divergencias políticas. Como se vio en el capítulo anterior, era una época revolucionaria, en la que el mundo entero debatía intensamente cuál sería la forma ideal de organizar y gobernar las sociedades. El poder de los reyes estaba siendo contestado, pero había muchas dudas respecto de cómo sustituirlo por otro más legítimo y eficaz. En Brasil, el proyecto de independencia tenía amplia aceptación, pero pocos estaban de acuerdo respecto a lo que hacer con el nuevo país después de conquistada la autonomía. A falta de partidos políticos organizados, estas nociones eran debatidas y defendidas en iglesias, clubes y sociedades secretas, como la masonería. Allí se agrupaban, por un lado, monárquicos constitucionalistas, y por el otro, los republicanos.

 

     Estos grupos tenían visiones bien diferentes sobre el futuro de Brasil. El primero defendía la continuidad de la monarquía, dejando a don Pedro como soberano. Su poder, sin embargo, sería limitado por una constitución, que definiría los derechos de las personas y la organización del gobierno en el nuevo país. El segundo grupo defendía una ruptura más radical con el pasado. En la república, en lugar de un rey o emperador, Brasil tendría un presidente elegido por el pueblo, con un mandato temporal y también limitado por la constitución. Incluso entre estos grupos aun había los defensores de la continuidad del Reino Unido de Brasil, Portugal y el Algarve, creado en 1815 por don Juan VI, y aquellos que proponían la completa independencia de la antigua metrópoli.

 

     La república era, obviamente, la propuesta que más atemorizaba a quien tenía intereses establecidos. Romper con el orden vigente y ampliar la participación en las decisiones del poder, dejaba el futuro mucho más incierto y amenazador, especialmente para aquellos que tenían mucho que perder. Un panfleto de autoría de José Antonio de Miranda, publicado en Rio de Janeiro en 1821, preguntaba:      

 

¿Cómo es posible hacer una república de un país vastísimo, desconocido todavía en gran parte, lleno de selvas, infinitas, sin población libre, sin civilización, sin artes, sin carreteras, sin relaciones mutuamente necesarias, con intereses opuestos y con una multitud de esclavos, sin costumbres, sin educación, ni civil ni religiosa y hábitos antisociales?

 

     Además, como se vio en el capítulo anterior, la república era una formula relativamente nueva en la historia de la humanidad, poco probada en la práctica. El ejemplo más exitoso era el de Estados Unidos, que se habían vuelto independientes en forma republicana menos de medio siglo antes. Otras experiencias, más desalentadoras, venían de los países vecinos, las antiguas colonias españolas envueltas en interminables guerras civiles, en las que ya despuntaban los primeros caudillos que habrían de marcar la historia de la América Latina independiente.

 

     La víspera de embarcar de vuelta para Lisboa, en 1821, don Juan VI dio un sabio consejo a su hijo don Pedro, nombrado príncipe regente: “Pedro, si Brasil se ha de separar, antes sea para ti, que me has de respetar, que para cualquiera de esos aventureros”.

 

     En esta frase había tres mensajes. El primero: después de todas las transformaciones ocurridas desde 1808, la independencia brasileña parecía inevitable. El segundo: el proceso de separación tenía que ser controlado por la monarquía portuguesa y por la real familia de Braganza. El tercer y último mensaje decía que don Pedro necesitaba evitar a toda costa que el nuevo país cayese en manos de los republicanos. En las palabras cifradas de don Juan, eran esos los “aventureros” que estaban haciendo la independencia de la vecina América española.

 

     Cabría al ministro José Bonifácio de Andrada e Silva poner en práctica el proyecto de don Juan. Como líder de los monárquicos constitucionalistas, Bonifácio sostenía que, en la hipótesis de la república, Brasil se sumergiría en una guerra civil y se fragmentaría en pequeñas repúblicas rivales – exactamente como venía ocurriendo en la América española. En ese caso, tal vez el sueño de la independencia ni siquiera se realizase, porque sería más fácil para Portugal controlar las diferentes regiones rivales e impedir que ganasen autonomía. Solo la permanencia del príncipe regente en Rio de Janeiro garantizaría la integridad territorial brasileña y el éxito en la lucha contra los portugueses. “¿Será posible que Su Alteza Real ignore que un partido republicano, más o menos fuerte, existe diseminado aquí y allí, en muchas de las provincias de Brasil, por no decir en todas ellas?”, preguntaba a don Pedro el presidente de la Cámara de Rio de Janeiro, José Clemente Pereira. “Señor, si Su Alteza Real nos deja, la desunión es indudable. El partido de la Independencia, que no duerme, levantará su imperio, y en tal desgracia, ¡oh! qué de horrores y de sangre, qué terrible escena a los ojos de todos se levanta”.

 

     Al final, prevaleció el proyecto de los monárquicos constitucionalistas liderados por José Bonifácio. Era lo que ofrecía menos riesgos en aquel momento. Brasil se mantuvo unido bajo el gobierno del emperador Pedro I, cuyos poderes, al menos teóricamente, fueron limitados por una Constitución liberal. Las divergencias regionales y las tensiones sociales fueron sofocadas a costa de guerras, prisiones, exilios y persecuciones. Fue ese el camino largo y penoso, repleto de dudas, sangre y sufrimiento que Brasil recorrió para declarar su independencia.

Laurentino Gomes

II. 1822: El vendaval.

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2. La Revolución Francesa

DIEZ KILÓMETROS AL NORTE DEL CENTRO de París hay un tesoro generalmente ignorado por los millones de turistas que todos los años invaden la capital francesa. Es la basílica de San Dionisio (Saint-Denis, en francés), monumento gótico del siglo XII localizado en las proximidades del Estadio de Francia, en el que la selección brasileña de fútbol perdió de forma humillante la final de la Copa del Mundo de 1998. En la cripta de esa catedral, existen dos grandes cajas de piedra escondidas en un corredor mal iluminado y cubiertas por lápidas de mármol en las que están grabadas decenas de nombres y fechas. Guardan los huesos de los reyes de Francia y son un testimonio aterrador de la tempestad política que barrió el mundo en las décadas que precedieron la Independencia de Brasil.

 

     Patrón de Francia, San Dionisio es personaje de historia insólita. Según la tradición, salió de Italia el año 250 en compañía de otros seis misioneros con el objetivo de evangelizar la Galia, región bajo dominio romano habitada por los galos, el pueblo bárbaro célebre por el cómic de Astérix y Obélix. Perseguido por las autoridades romanas, acabó decapitado en la colina de Montmartre, hoy lugar de otra iglesia famosa, la del Sacré Coeur (Sagrado Corazón), pero su martirio tuvo un desenlace inesperado. Reza la leyenda que, en cuanto el verdugo asestó el golpe mortal, el santo se levantó, cogió su propia cabeza, que, separada del cuello, se desangraba en el suelo, y con ella entre las manos caminó cerca de seis kilómetros hasta un antiguo cementerio galo-romano, donde finalmente se tumbó y fue sepultado. Sobre su tumba, transformada en centro de peregrinación en la Edad Media, el rey Dragoberto I mandó erguir una iglesia sobre la cual después sería construida la catedral destinada a ser la necrópolis real de Francia. Allí serían enterrados durante mil años todos los reyes franceses, con excepción de tres.

     Esta práctica milenaria fue interrumpida de forma violenta por la Revolución Francesa. En 1793, los revolucionarios invadieron la catedral, saquearon los túmulos reales y arrojaron todos los huesos en un terreno baldío de la vecindad. Durante un cuarto de siglo, los restos mortales de los hombres y mujeres más poderosos de Francia permanecieron abandonados en medio del lodo y el matorral. En 1817, después de la restauración de la monarquía, el rey Luís XVIII ordenó que fuesen devueltos a la basílica. El problema fue que, a esas alturas, era imposible saber qué hueso pertenecía a qué rey o reina. La solución fue lacrarlos todos juntos en dos cajas de piedra, donde hoy costillas y fémures medievales se mezclan de forma indistinta con cráneos renacentistas y clavículas modernas.

 

     El osario de San Dionisio de París es un ejemplo del embrollo de la historia entre el fin del siglo XVIII y el comienzo del XIX. Fue en ese clima en el que se dio la Independencia de Brasil. Si hasta los huesos de los reyes podían ser metidos en una fosa común, ¿qué límite habría para la furia de las ideas revolucionarias que asolaban el mundo en aquel periodo? Y no eran reyes cualesquiera. En los túmulos profanados yacían los restos de Clóvis I, que se convirtió en el primer rey de los francos tras derrotar en el año 486 a Afranio Siagrio, el último gran general romano del norte de la Galia. Su conversión al cristianismo fue un paso decisivo para la consolidación de la nueva religión en los territorios que hoy componen Francia. En una tumba vecina estaban los huesos de Carlos Martel, el hombre que, al vencer en la batalla de Poitiers, en 732, impidió que los moros, ya dueños de la península Ibérica, ocupasen el resto de Europa y barriesen del continente los últimos vestigios de la civilización occidental establecida por los romanos. Su nieto, Carlomagno, está considerado hoy el “padre de Europa”. Como emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, aseguró la reunificación del continente devastado por las guerras entre los señores feudales en la Edad Media. Allí también estaba sepultado el fulgurante Luis XIV, llamado el “Rey Sol” y autor de la frase “El Estado soy yo”, símbolo del poder absoluto de los monarcas en el siglo XVII. En resumen, eran hombres que habían creado un orden propio que los revolucionarios franceses se encargaron de echar abajo.

     La Revolución Francesa barrió el mundo con el ímpetu de un vendaval. Estalló en 1789 con la caída de la Bastilla – prisión parisina donde eran encerrados criminales comunes y disidentes políticos -, llevando a miles de condenados a la guillotina, la máquina de cortar cabezas inventada por el médico Joseph-Ignace Guillotin. Se estima que más de 17 mil personas fueron ejecutadas en plaza pública. Otras 23 mil habrían muerto sin juicio o derecho a defensa. Entre las víctimas, estaban nada menos que el rey Luis XVI y la reina María Antonieta, decapitados en 1793. Las ejecuciones eran una tentativa de purgar los vicios del viejo régimen monárquico, que la revolución buscaba derribar. El furor de esa tempestad fue tan grande que, a primera vista, nadie conseguiría controlarla, ni siquiera sus propios líderes. Se transformó luego en una “revolución autofágica”, o sea, un movimiento que devoraba sus fuerzas internas. En la fase más aguda del terror, varios líderes importantes de la revolución, como los abogados Maximiliano Robespierre y George Jacques Danton acabaron muertos en la guillotina. Otra víctima famosa fue el científico Antoine-Laurent de Lavoisier, considerado el “padre de la química moderna” y autor de la frase “En la naturaleza nada se pierde, nada se crea, todo se transforma”.

 

     Sumergida en el caos político, Francia se vio amenazada de invasión por sus vecinos. Eran todos países dominados por regímenes monárquicos, cuyos soberanos no se conformaban con la novedad en pleno corazón de Europa ni querían que se transformase en ejemplo para el resto del continente. Es en ese momento cuando entra en escena un joven oficial llamado Napoleón Bonaparte. Durante los años siguientes, Napoleón se revelaría el mayor genio militar que la humanidad había conocido desde el Imperio Romano. En una serie de victorias fulminantes, a él le cupo imponer por la fuerza de los cañones las ideas que la Revolución fracasó en poner en práctica en los acalorados debates de las asambleas generales. Imbuido de los ideales revolucionarios de 1789, pero consciente de que eran necesarios orden y fuerza para ejecutarlos, Napoleón destronó, prendió, exiló y humilló a los monarcas del continente. En 1804, se consagró emperador de los franceses y pasó a poner a sus propios parientes en los tronos de los reinos que había subyugado. También implementó un programa de reformas que rediseñaría el mapa político de Europa y creaba nuevos patrones de organización y gobierno de las sociedades a partir de entonces.

     A mediados del siglo XIX, el efecto de la revolución se había extendido como una onda sísmica por el mundo. Todos los gobiernos europeos habían sido afectados por convulsiones políticas, incluyendo la conservadora Inglaterra. Las únicas excepciones eran los dos grandes imperios situados en la franja oriental del continente, Rusia y el Imperio Otomano, pero éstos también caerían de forma estrepitosa en las décadas siguientes. Los demás habían sido obligados por la presión de las calles a hacer concesiones hasta entonces consideradas inadmisibles. La Iglesia, sólido pilar del viejo orden, fue perseguida y expropiada en varios países. Solo en Francia, entre 2 mil y 3 mil curas y monjas fueron ejecutados. Al igual que la basílica de San Dionisio, centenares de templos, conventos y monasterios fueron profanados. El propio papa sería hecho prisionero. “Todo lo que es sólido se descompone en el aire”, proclamaría el pensador alemán Karl Marx, padre de la ideología comunista que habría de radicalizar aun más los cambios en el transcurso del siglo XX. “La gran lección de la Revolución Francesa fue que”, después de ella, “ningún régimen sería legítimo sin la participación popular”, escribió T. C. W. Blanning, profesor de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra.

 

     Otro acontecimiento, igualmente decisivo, había precedido al vendaval francés. Fue la Independencia de los Estados Unidos, que resultó en la creación de la primera democracia republicana de la historia moderna. Al separarse de la monárquica y conservadora Inglaterra, en 1776, trece años antes de la Caída de la Bastilla, los norteamericanos crearon el laboratorio donde serían probadas con éxito las ideas que los filósofos iluministas habían desarrollado en las décadas anteriores. Es preciso recordar que, hasta entonces, todo el poder emanaba del rey y en su nombre era ejercido. Era así como los países habían sido gobernados desde siempre. Pensadores como el escocés David Hume, el inglés John Locke y los franceses Montesquieu, Jean-Jaques Rousseau, Denis Diderot y Voltaire sostenían, sin embargo, que era posible limitar el poder de los reyes o hasta incluso gobernar sin ellos. El Iluminismo preconizaba una nueva era, en que la razón, la libertad de expresión y de culto y los derechos individuales predominarían sobre los derechos divinos invocados por los reyes y por la nobleza para mantener sus privilegios.

     Durante mucho tiempo todo esto funcionó apenas como teoría, intensamente discutida en los salones y cafés parisinos. Hasta entonces, democracia y república eran conceptos probados por breves periodos en la Antigüedad, especialmente en Grecia y en Roma, en ciudades o territorios muy pequeños. ¿Sería posible aplicar esas teorías al mundo moderno para gobernar sociedades mayores y más complejas? Cupo a los norteamericanos demostrar que, sí, era posible invertir la pirámide del poder. A partir de ahí, todo el poder emanaría del pueblo (por medio de elecciones directas) y en su nombre sería ejercido (por sus representantes en el parlamento o en la presidencia de la República). La figura del rey se volvía innecesaria.

 

     El paradigma de la nueva era aparecía pues en el certificado de nacimiento de los Estados Unidos. Redactada por el abogado, hacendado y futuro presidente Thomas Jefferson, la declaración de independencia americana anunciaba que “todos los hombres nacen iguales” y con algunos derechos inalienables, incluyendo la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La afirmación cambiaba todo porque, hasta entonces, estos derechos eran siempre concedidos por alguien – el rey, el emperador, el papa -, y de la misma forma podrían ser tomados o comprados, dependiendo de las circunstancias. El texto de Jefferson serviría de inspiración para que, trece años después, el marqués de Lafayette, noble francés que había luchado al lado de los norteamericanos en la Guerra de Independencia contra Inglaterra, escribiese la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Proclamada por los revolucionarios franceses, sería adoptada un siglo y medio más tarde, con algunas adaptaciones, como la carta de principios de las Naciones Unidas: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.

     La Revolución Francesa y la Independencia Americana son las más conocidas, aunque no las únicas, transformaciones provocadas por el poder corrosivo de las ideas en las décadas que precedieron la Independencia brasileña. Prácticamente todas las áreas de actuación humana fueron afectadas por ellas, incluyendo las artes, la ciencia y la tecnología.

     En la música, Ludwig van Beethoven, considerado el mayor compositor de todos los tiempos, sorprendía al mundo en Viena con los acordes de la Quinta sinfonía y de la Heroica. En la literatura, el alemán Johann Wolfgang von Goethe escribía los dos volúmenes de Fausto, su ópera prima, en la que el protagonista, Mefistófeles, se debate entre un mundo armónico (aunque monótono y previsible) de paz, belleza y seguridad y las tentaciones de otro mundo instigador y desafiante – el de las transformaciones aceleradas en un escenario repleto de miedo, muerte e inseguridad respecto al futuro. En Madrid, el pintor Francisco de Goya también revolucionaba el arte pintando figuras y ambientes sombríos, que incluían los fusilamientos en masa ejecutados por las tropas de Napoleón al invadir España, en 1808. La obra de estos tres artistas tiene en común la peculiaridad de retratar en tonos épicos los tiempos tenebrosos que la humanidad vivía en aquel momento.

 

     Todo cambió también en sanidad y en medicina. La creación de las primeras policías sanitarias en Europa y el descubrimiento de la vacuna contra la varicela consiguieron controlar las epidemias que hasta entonces diezmaban a gran parte de la población. La reducción de la mortalidad por el control de las enfermedades, combinada con nuevas técnicas agrícolas, que aumentaron la oferta de alimentos en Europa durante el siglo XVIII, produjo una revolución demográfica en el continente. La población de algunos países más que se dobló; en Francia, saltó de 20 millones a 30 millones de habitantes. Todo esto significaba más gente para los levantamientos revolucionarios en las calles y también más carne para los cañones de las guerras y conflictos de aquel periodo. Se calcula que más de 3 millones de personas habrían muerto durante las guerras napoleónicas, entre 1792 y 1815, lo que representaba cerca del 2% del total de la población de Europa en la época.

     Hubo también profundos cambios en la tecnología. A finales del siglo XVIII, los ingleses reinventaron los medios de producción con la máquina de vapor. Hasta entonces, toda la capacidad de producción estaba limitada a la fuerza física del cuerpo humano, de algunos animales de carga empleados en esas actividades (como bueyes, caballos y camellos) o a precarios ingenios mecánicos, como norias, poleas y molinos de viento. Con el uso de la tecnología del vapor, los ingleses consiguieron multiplicar esa producción en escala exponencial en los primeros años. En menos de un siglo, el volumen de comercio en los puertos de Londres se triplicó. Entre 1800 y 1830, el consumo de algodón por las industrias textiles en la región de Liverpool saltó de 5 millones a 220 millones de libras, aumentando 44 veces en apenas tres décadas. Esta nueva escala, hasta entonces nunca vista, exigía nuevos consumidores. Por esta razón, los ingleses defendían el liberalismo económico, doctrina que predica la libertad de comercio sin restricciones de fronteras nacionales. Sus fábricas producían cantidades monumentales de tejidos, herramientas y máquinas y querían venderlos donde hubiese consumidores interesados en comprarlos.

 

     Además de cambiar la escala mundial de producción de bienes y mercadurías, la Revolución tuvo un impacto gigantesco en los transportes y en las comunicaciones. Un viaje entre Inglaterra y Australia, que tardaba seis meses en la época de los barcos de vela, fue reducido a cinco semanas con la introducción de los navíos a vapor. Entre Portugal y Brasil, la reducción fue de dos meses a quince días. Hasta 1810, una paloma mensajera tardaba una semana para llevar una carta de Londres a París. Con los barcos de vapor, el tiempo disminuyó a dos días. Con la invención del telégrafo, en 1832, el mismo mensaje podía ser transmitido en una fracción de hora. Máquinas de producir papel e imprentas movidas a vapor también redujeron el coste de libros y periódicos transformándolos en productos accesibles a las capas más pobres de la población. Eran los vehículos de las nuevas ideas que estaban transformando el mundo. A comienzos del siglo XIX, ya había 278 periódicos editados en Londres.

     La oleada de innovaciones en Europa y Estados Unidos llegaría con algún retraso a Brasil, pero tuvo un efecto igualmente devastador. Situada al otro lado del mundo, la América portuguesa fue mantenida hasta 1808 como una colonia analfabeta, aislada y controlada con rigor. La prohibición de manufacturas incluía la industria gráfica y la publicación de periódicos. La circulación de libros estaba sometida a tres instancias de censura. El derecho de reunión era vigilado. La educación se limitaba a los niveles más básicos y a una minoría muy restringida de la población. De cada diez brasileños, solo uno sabía leer y escribir. Las primeras universidades solo aparecerían a comienzos del siglo XX. En un discurso en las cortes de Lisboa, el 2 de septiembre de 1822, el diputado piauiense Domingos da Conceição reivindicaba el estado de ignorancia en que vivían inmersos los 70 mil habitantes de su provincia, todos analfabetos. “Son 70 mil ciegos que desean la luz de la instrucción pública”, afirmó. En esa época, Piauí apenas tenía tres escuelas de enseñanza elemental, situadas a 340 kilómetros (setenta leguas, según el diputado) una de otra. El salario de un profesor, de 60 mil reis anuales, equivalía a un tercio de lo que se pagaba a un capataz de esclavos en las haciendas.

 

     Era una situación muy diferente a la de los Estados Unidos, donde la cultura protestante había creado una colonia alfabetizada, emprendedora, habituada a participar de las decisiones comunitarias y a mantenerse bien informada sobre las novedades que llegaban de Europa. En 1776, el año de la independencia, el nivel de vida en Estados Unidos ya era superior al de su propia metrópolis, Inglaterra. La circulación de periódicos llegaba a 3 millones de ejemplares al año, marca que Brasil solo alcanzaría dos siglos después. Como la práctica religiosa incluía leer la Biblia en casa y en los cultos dominicales, hasta los esclavos estaban alfabetizados. El índice de analfabetismo se aproximaba a cero. Había nueve universidades, incluyendo la prestigiosa Harvard, fundada en 1636. El espíritu emprendedor hizo florecer una próspera industria naval, fuerte lo suficiente para que en 1801 el nuevo país ya tuviese una Marina de guerra en condiciones de bloquear y bombardear Trípoli, la capital de Libia, en represalia por los ataques de piratas que sus navíos sufrían en la costa de ese país.

     A pesar del aislamiento y del atraso, las ideas revolucionarias llegaban a Brasil, pero generalmente de forma clandestina, en publicaciones de contrabando o reuniones de sociedades secretas, como la masonería. Viajaban también en el equipaje de la pequeña élite brasileña que tenía la oportunidad de estudiar en Coimbra y otras universidades europeas al final del periodo colonial. En 1787, cuando todavía era embajador en París, Thomas Jefferson fue abordado por el carioca José Joaquim da Maria, el Vendek, estudiante de la universidad de Montpellier. Quería ayuda de los Estados Unidos para hacer una revolución en Brasil. Jefferson, que tenía otras preocupaciones más urgentes, lo rechazó, pero discutió el llevar el caso al Departamento de Estado americano. Vendek murió al año siguiente, antes de volver a Brasil. Esas ideas estarían detrás de la Conspiración Minera, de la Revuelta de los Sastres en Bahia, de la Revolución Pernambucana de 1817, de la propia Independencia en 1822 y de otros innumerables movimientos de rebelión regional, como la Confederación de Ecuador, en 1824. “Las revoluciones se contagian como la sarna”, escribiría en 1823 un asustado Francisco Sierra y Mariscal, rico armador de Bahia, dueño de los navíos que hacían el comercio entre Lisboa y América del Sur.

 

     Las actas del proceso judicial de la Conspiración Minera registran la aprensión de una gran cantidad de libros prohibidos en casa de uno de los conspiradores, el clérigo Luís Vieira da Silva, en la ciudad de Mariana. Abarcaba la edición íntegra de la Enciclopedia, escritos de Montesquieu e innumerables obras de historia, geografía, ciencias naturales – todas en francés y vetadas por la censura de la corona portuguesa. En 1794, el conde de Resende, entonces virrey de Brasil ordenó una investigación para averiguar las actividades de la Sociedad Literaria de Rio de Janeiro, grupo que se reunía periódicamente para discutir las novedades que llegaban de fuera de la colonia. La indagación apuntó varios entusiastas de la Revolución Francesa. Lo más sorprendente es que en la lista de acusados no solo había intelectuales, como profesores, médicos, curas, poetas y abogados. Incluía también un ebanista, un zapatero, un orfebre y un tallista. Como testigos, fueron llamados sastres, grabadores y torneros.

     Algunos años más tarde, en 1798, la llamada Revuelta de los Sastres (también conocida como Conjuración Baiana), en Salvador, implicó igualmente a personas de origen humilde que, en la investigación ordenada por la corona portuguesa, fueron acusadas de “francesía”, o sea, defender las nociones y los principios políticos de la Revolución Francesa e imitar a los revolucionarios hasta en la forma de vestirse. Uno de los líderes de la revuelta, João de Deus Nascimento, mulato libre y sastre, proponía que “todos se hiciesen franceses para vivir en igualdad y abundancia”. Fue ejecutado y descuartizado en una plaza del centro de la capital. Su cabeza quedó expuesta frente a la casa en que vivía. Los demás pedazos del cuerpo, dejados a la intemperie en varios puntos de la ciudad para que fueran consumidos por el tiempo.

 

     El acceso a estas novedades por las capas más pobres de la población era la prueba de que la colonia brasileña, sin universidades, sin libros, sin periódicos o comunicaciones regulares, seguía atentamente los acontecimientos en Europa. Y esto sería decisivo al llegar el momento de romper lazos con Portugal. Habituada a tres siglos de letargo, la antigua América portuguesa sería sacudida por el vendaval de las nuevas ideas que barría el mundo. Un nuevo país nacería de la tempestad.

Laurentino Gomes.   

I. 1822: El grito.

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El grito de Ipiranga

EL DESTINO CRUZÓ EN EL CAMINO de don Pedro una situación incómoda y nada elegante. Al aproximarse al riachuelo del Ipiranga, a las 16h30 del 7 de septiembre de 1822, el príncipe regente, futuro emperador de Brasil y rey de Portugal, tenía dolor de barriga. La causa de los disturbios intestinales es desconocida. Se cree que habría sido algún alimento en mal estado ingerido el día anterior en Santos, en el litoral paulista, o el agua contaminada de los caños y fuentes que abastecían las reatas de mulas en la sierra del Mar. Testigo de los acontecimientos, el coronel Manuel Marcondes de Oliveira Melo, subcomandante de la guardia de honor y futuro barón de Pindamonhangaba, usó en sus memorias un eufemismo para describir la situación del príncipe. Según él, a intervalos regulares, don Pedro se veía obligado a apearse del animal que lo transportaba para “aprovisionarse” en la densa maleza que cubría los márgenes de la carretera.
La montura usada por don Pedro ni de lejos recordaba al fogoso caballo alazán que, medio siglo más tarde, el pintor Pedro Américo colocaría en el cuadro Independencia o muerte, la más conocida escena de la Independencia de Brasil. El coronel Marcondes se refiere a un “bayo amarillento”. Otro testigo, el padre minero Belchior Pinheiro de Oliveira, cita una “bella bestia baya”. En otras palabras, un animal sin ningún encanto, aunque fuerte y confortable para subir la sierra del Mar en aquella época de caminos empinados, embarrados y agujereados.
Fue, por tanto, como un simple mulero, cubierto por el barro y por el polvo del camino, bregando con las dificultades naturales del cuerpo y de su tiempo, como don Pedro proclamó la Independencia de Brasil. La escena real es bucólica y prosaica, más brasileña y menos épica que la retratada en el cuadro de Pedro Américo. Y, aún así, importantísima. Ella marca el inicio de la historia de Brasil como nación independiente.
El día 7 de septiembre amaneció claro y luminoso en los alrededores de São Paulo. El litoral paulista, sin embargo, estaba frío, húmedo y tomado por la niebla. Faltaba todavía una hora para la salida del Sol cuando don Pedro salió de Santos, pequeña ciudad de 4.781 habitantes, donde pasó el día anterior inspeccionando las siete fortalezas que guarnecían la entrada por mar y visitando a la familia del ministro José Bonifacio de Andrada e Silva. Su comitiva era relativamente modesta para la importancia de la jornada que iba a emprender. Además de la guardia de honor, organizada los días anteriores de forma improvisada en las ciudades del valle de Paraíba, mientras viajaba de Rio de Janeiro para São Paulo, acompañaban a don Pedro el coronel Marcondes, el padre Belchior, el secretario itinerante Luís Saldanha da Gama, futuro marqués de Taubaté, el ayudante Francisco Gomes da Silva y los criados particulares Jõao Carlota y Jõao Carvalho Raposo.
Eran todos muy jóvenes, comenzando por el propio don Pedro, que cumpliría 24 años un mes después, el día 12 de octubre. Saldanha da Gama, de 21 años, ejercía las funciones de secretario itinerante, camarero y estribero mayor del príncipe. Tenía el privilegio de ayudarlo a vestirse y a montar a caballo. Con 31 años, Francisco Gomes da Silva, también llamado “el Chalaza” – palabra que significa burlón, vividor o bromista -, acumulaba las atribuciones de “fiel amigo y secretario, recadero y confidente” de don Pedro, según el historiador Octávio Tarquínio de Sousa. O sea, era un hace-de-todo, encargado de conseguir mujeres para el príncipe, proteger sus negocios y secretos personales y defenderlo en cualquier circunstancia, por más difícil y extraña que fuese. Marcondes tenía 42 años. El padre Belchior Pinheiro de Oliveira, el mayor de todos, nació en Diamantina en fecha incierta, entre 1775 y 1779. Por lo tanto, tendría entre 43 y 47 años. Se convirtió en testigo del Grito del Ipiranga por casualidad. Vicario de la ciudad minera de Pitangui, masón y sobrino de José Bonifacio, fue elegido diputado por Minas Gerais para las cortes constituyentes portuguesas, convocadas el año anterior. En esa condición, debería estar en Lisboa participando de los debates. La delegación minera, sin embargo, fue la única en permanecer en permanecer en Brasil debido a las divergencias internas y a las incertidumbres respecto de lo que pasaba en Portugal.
En las primeras dos horas, aún bajo la luz difusa del amanecer, la comitiva recorrió en barco los canales y ríos de agua oscura de los mangotales entre Santos y el puerto fluvial de Cubatão, villorrio con menos de doscientos habitantes al pie de la sierra del Mar. En ese lugar, don Pedro encontró los animales ensillados y el resto de la guardia que lo acompañaría hasta São Paulo. La subida a la sierra, sin embargo, tuvo que ser retrasada. Postrado por los problemas intestinales, el príncipe se refugió en la modesta posada situada cerca del puerto. Maria do Couto, responsable del establecimiento, le preparó un té de hojas de guayabera, remedio ancestral usado en Brasil contra la diarrea.
La acción del té alivió temporalmente los dolores del príncipe, pero le dio ánimo para proseguir el viaje. A media mañana, la comitiva comenzó la lenta subida por la calzada del Lorena. Era una de las más sinuosas y pintorescas carreteras de Brasil. Bautizada con el nombre del capitán general Bernardo José de Lorena, que la mandó construir en 1790 siguiendo una antigua vereda de los padres jesuitas, soportaba el incesante tráfico de las caravanas de mulas que bajaban o subían la sierra con mercadurías del puerto de Santos. Tenía ocho kilómetros de extensión, tres metros de anchura y más de 180 curvas en zigzag debruzadas sobre el precipicio. El declive del terreno era tan empinado y peligroso que los viajeros tardaban por lo menos dos horas para llegar a la cima de la sierra. Al pasar por allí diecisiete años más tarde, el misionero metodista norteamericano Daniel P. Kidder anotó:

Se oía primero la voz áspera de los muleros, arreando sus animales, resonando tan encima de nuestras cabezas que parecía salir de las nubes. Después se oía el clac-clac de las patas herradas de los animales en las piedras y se avistaban las mulas en el esfuerzo de agarrarse a la ladera, pareciendo arrastradas por los pesados fardos que cargaban. Era preciso apartarse a un lado de la carretera y dejar pasar los diversos grupos de mulas. Luego el tropel iba desapareciendo y también las voces de los muleros y de los compañeros se perdían abajo en la floresta.

     El francés Hércules Florence, que también recorrería la calzada de Lorena en 1825, tres años después de la Independencia, registró que Cubatão era un depósito comercial muy frecuentado, aunque no pasase de “una población con veinte o treinta casas”. En los ocho días que permanecería en el lugar, vio llegar todos los días tres o cuatro caravanas. Eran, según él, convoyes bien organizados, compuestos de cuarenta a ochenta mulas y divididos en grupos de menos de ocho animales, que quedaban bajo la responsabilidad de un mulero. “Bajaban de São Paulo cargadas de azúcar grueso, aguardiente y tocino, y volvían con sal, vinos portugueses, vidrios y herramientas”, relató Florence. Encontró la subida a la sierra pésima debido a la mala pavimentación, hecha de grandes losas que se movían fácilmente bajo el peso de las caravanas y volvía la jornada muy agotadora. “Trepamos la mitad del camino a pie, a fin de preservar nuestros animales”, relató. “A cada paso, las bestias paraban jadeantes de cansancio”.
Desde lo alto de la sierra se tardaban más de seis horas para atravesar el trecho de planicie en dirección a la capital paulista, incluyendo parada de una hora para almuerzo y descanso. Por eso, sólo al caer la tarde de aquel 7 de septiembre la comitiva llegó a la colina del Ipiranga. Por orden del príncipe, que más de una vez se vio compelido a interrumpir su jornada debido a los cólicos intestinales, la guardia de honor se adelantó y lo esperó en una venta situada seiscientos más al frente, junto al riachuelo que se haría famoso antes del anochecer.
En tupi-guaraní, Ipiranga significa “río rojo” debido a las aguas fangosas del riacho. En aquella época, a pesar de la tonalidad oscura, era un arroyo de aguas limpias en medio de rozas y pastizales salpicados por los termiteros de alquerías y sitios que se extendían en un lugar yermo, de población diseminada. De las márgenes del Ipiranga hasta la ciudad de São Paulo había apenas ocho casas, donde vivían 42 personas. Hoy, el riacho es un canal de desagüe encajonado bajo el asfalto y el cemento de una de las mayores metrópolis del planeta. De los 24 manantiales originales, situados dentro del Parque Estatal de las Fuentes del Ipiranga, cuatro desaparecieron por la reducción de la capa freática en la región. Algunos kilómetros delante, después de recibir una cantidad monumental de basura y descargas domésticas e industriales, desagua en el río Tamanduateí. Allí, el índice de polución es altísimo. La tasa de oxígeno, próxima a cero en los meses sin lluvias, hace de él un riachuelo muerto, incapaz de albergar peces o cualquier otra forma de vida.
En 1822, don Pedro aún estaba en lo alto de la colina cuando llegó al galope, viniendo de São Paulo, el alférez Francisco de Castro Canto y Melo. Ayudante de órdenes, amigo de don Pedro y hermano de Domitila de Castro Canto y Melo, la futura marquesa de Santos, el alférez era parte de la comitiva que había salido de Rio de Janeiro con el príncipe tres semanas antes en dirección a São Paulo. También había bajado la sierra del Mar el día 5 de septiembre, pero en Cubatão fue despachado de vuelta por don Pedro, con órdenes para avisarlo de cualquier novedad venida de Rio de Janeiro – señal de que, por intuición o información, don Pedro era consciente de que algún acontecimiento muy grave le aguardaba en aquellos días. Y fue exactamente eso lo que ocurrió allí en la colina del Ipiranga.
Al encontrarse con la comitiva real, Canto y Melo traía noticias inquietantes, pero ni siquiera tuvo tiempo de transmitirlas a don Pedro. Tras él llegaron dos mensajeros de la corte de Rio de Janeiro. Exhaustos y sofocados, Paulo Bregaro, oficial del Supremo Tribunal Militar, y el mayor Antonio Ramos Cordeiro habían recorrido a caballo cerca de quinientos kilómetros en cinco días prácticamente sin dormir. Eran portadores de mensajes urgentes enviados por José Bonifácio y la princesa Leopoldina, mujer de don Pedro y encargada de presidir las reuniones del consejo de ministros en ausencia del marido. Antes de partir de Rio de Janeiro, Bregaro había recibido de Bonifácio instrucciones categóricas respecto de la urgencia del viaje: “Si no revientas una docena de caballos en el camino, nunca más serás correo. ¡Tú verás!”.
Los meses anteriores habían sido de gran tensión y enfrentamiento entre portugueses y brasileños. Había resentimientos y desconfianzas acumulados a los dos lados del Atlántico. En Portugal, se conspiraba para que Brasil volviese a la condición de colonia, situación que perduró durante más de tres siglos hasta la llegada de la familia real portuguesa a Rio de Janeiro, en 1808, huyendo de las tropas del emperador francés Napoleón Bonaparte. El rey don Jõao VI volvió a Portugal en abril de 1821, después de nombrar al hijo don Pedro príncipe regente de Brasil. Atrás, quedaba un país transformado. Entre los muchos cambios ocurridos en esos trece años, Brasil había sido promovido, en 1815, a Reino Unido con Portugal y el Algarve. Por eso, en 1822 todo el esfuerzo de los brasileños estaba concentrado en asegurar la autonomía y los beneficios ya conquistados con don Jõao. También por esa razón las noticias recibidas por don Pedro aquel 7 de septiembre eran tan malas.
El día 28 de agosto, el bricbarca Três Corações atracó en el puerto de Rio de Janeiro trayendo las últimas novedades de Portugal. Eran papeles explosivos. Incluían los decretos en que las cortes constituyentes portuguesas en la práctica destituían a don Pedro del papel de príncipe regente y lo reducían a la condición de mero delegado de las autoridades de Lisboa. Sus decisiones tomadas hasta entonces quedaban anuladas. A partir de aquel momento, sus ministros serían nombrados en Portugal y su autoridad ya no se extendería por todo Brasil. Quedaría limitada a Rio de Janeiro y regiones vecinas. Las demás provincias pasarían a regularse directamente desde Lisboa. Las cortes también determinaban la apertura de proceso contra todos los brasileños que contrariasen las órdenes del gobierno portugués. El objetivo principal era el ministro José Bonifácio, defensor de la Independencia y gran aliado de don Pedro.
Convocadas en ausencia de don Jõao VI, las cortes venían tomando decisiones contrarias a los intereses de Brasil desde el año anterior. A finales de 1821, habían ordenado la vuelta de don Pedro a Portugal, de donde pasaría a viajar de incógnito por Europa con el objetivo de “educarse”. El príncipe decidió quedarse en Rio de Janeiro, pero desde entonces su poder venía siendo reducido. Tribunales y secretarías en funcionamiento en Brasil durante la permanencia de la corte habían sido extintos o transferidos a la antigua metrópolis. Las provincias recibieron órdenes para elegir cada una su propia junta de gobierno, que se dirigiría directamente a Lisboa y no al príncipe en Rio de Janeiro. En otra tentativa de aislar a don Pedro, las cortes habían nombrado gobernadores de armas, o sea, interventores militares, encargados de mantener el orden en cada provincia y que solo obedecían órdenes de la metrópoli. La radicalización se expresaba en el tono de los discursos en Lisboa. El diputado portugués Borges Carneiro había llamado a don Pedro “desgraciado y miserable rapaz” o simplemente “el muchachito”.
La correspondencia entregada por los dos mensajeros a don Pedro en la colina del Ipiranga reflejaba ese momento máximo de enfrentamiento entre Brasil y Portugal. Una carta de la princesa Leopoldina recomendaba al marido prudencia y que oyese con atención los consejos de José Bonifácio. El mensaje del ministro decía que informaciones venidas de Lisboa daban cuenta del embarque de 7.100 soldados que, sumados a los seiscientos que ya habían llegado a Bahia intentarían atacar Rio de Janeiro y vencer a los partidarios de la independencia. Ante eso, Bonifácio afirmaba que solo había dos caminos para don Pedro. El primero seria partir inmediatamente para Portugal y allí quedar prisionero de las cortes, condición en la que ya se encontraba su padre, don Jõao VI. El segundo era quedase y proclamar la Independencia de Brasil, “haciéndose su emperador o rey”.
“Señor, el dado está lanzado y de Portugal no hemos de esperar sino esclavitud y horrores”, escribiría Bonifácio. “Venga Su Alteza Real cuanto antes, y decídase, porque vacilación y medidas de agua tibia […] para nada sirven, y un momento perdido es una desgracia. Una tercera carta, del cónsul británico en Rio de Janeiro, Henry Chamberlain, mostraba cómo Inglaterra analizaba la situación política en Portugal. Según él, se hablaba en Lisboa de apartar a don Pedro de la condición de príncipe heredero como castigo por sus repetidos actos de rebeldía contra las cortes constituyentes. La carta de Leopoldina, la más enfática de todas, terminaba con una frase que no dejaba dudas sobre la decisión a tomar: “Señor, la manzana está madura, ¡cójala!”.
Cuatro años más tarde, en declaración por escrito, el padre Belchior registró lo que había presenciado a continuación:

Don Pedro, temblando de rabia, arrancó de mis manos los papeles y, arrugándolos, los pisó y los dejó en la hierba. Yo los arreglé y los guardé. Después se volvió hacia mí y dijo:
– ¿Y ahora, padre Belchior?
Yo respondí rápidamente:
– Si Su Alteza no se hace rey de Brasil será prisionero de las cortes y, tal vez, desheredado por ellas. No hay otro camino sino la independencia y la separación.
Don Pedro caminó algunos pasos, silenciosamente, acompañado por mí, Cordeiro, Bregaro, Carlota y otros, en dirección a los animales que se encontraban a la vera del camino. De repente, se detuvo ya en medio de la carretera, diciéndome:
– Padre Belchior, ellos lo quieren, tendrán su responsabilidad. Las cortes me persiguen, me llaman con desprecio niñato y brasileño. Pues ahora verán cuánto vale el niñato. De hoy en adelante están rotas nuestras relaciones. Nada más quiero con el gobierno portugués y proclamo Brasil, para siempre, separado de Portugal.
Respondimos inmediatamente, con entusiasmo:
– ¡Viva la Libertad! ¡Viva Brasil separado! ¡Viva don Pedro!
El príncipe se volvió para su ayudante de órdenes y dijo:
– Diga a mi guardia, que acabo de proclamar la independencia de Brasil. Estamos separados de Portugal.
El teniente Canto y Melo cabalgó en dirección a una venta, donde se encontraban casi todos los dragones de la guardia.

     Por la descripción del padre Belchior no hubo sobre la colina del Ipiranga el grito “Independencia o Muerte”, hecho célebre un siglo y medio después por el actor Tarcísio Meira, en el papel de don Pedro en un filme de 1972. El famoso grito aparece en otro relato, del alférez Canto y Melo, registrado bastante más tarde, cuando el acontecimiento ya había entrado en el panteón de los momentos épicos nacionales. La versión del alférez, de tono obviamente militar, muestra un príncipe resoluto y determinado. Por ella, don Pedro habría leído la correspondencia y, “después de un momento de reflexión”, habría explotado, sin pestañear: “¡Ahora! ¡Independencia o muerte! ¡Estamos separados de Portugal!”.
El tercer testigo, el coronel Marcondes, infelizmente no estaba en lo alto de la colina del Ipiranga, en condiciones de esclarecer las contradicciones entre los relatos del padre Belchior y del alférez Canto y Melo. Marcondes, como ya se vio, recibió órdenes de don Pedro para adelantarse con la guardia de honor y en aquel momento descansaba con sus soldados en una venta próxima al riachuelo, lugar hoy conocido como “Casa del Grito”. Por precaución, sin embargo, había destacado un vigía para avisarlo de la eventual aproximación del príncipe. Fue desde ese punto de observación que Marcondes primero vio a Bregaro y a Ramos Cordeiro, los dos mensajeros de la corte, cruzar al galope rumbo a la colina. Pasados algunos instantes, notó que el centinela venía en sentido contrario, en dirección a la guardia de honor. Avisaba de la llegada de don Pedro, también al galope.
El relato del coronel:

Pocos minutos podrían haber pasado después de la retirada de los referidos viajeros (Bregaro y Cordeiro), de repente percibimos que el guarda, que estaba de vigía, venía apresuradamente en dirección al punto en que nos encontrábamos. Comprendí lo que aquello quería decir e, inmediatamente, mandé formar la guardia para recibir a don Pedro, que debía entrar en la ciudad entre dos flancos. Pero tan apresurado venía el príncipe, que llegó antes que algunos soldados tuviesen tiempo de alcanzar sus sillas de montar. Serían las cuatro de la tarde, más o menos. Venía el príncipe delante. Viéndolo volverse para nuestro lado, salimos a su encuentro. Delante de la guardia, que describía un semicírculo, detuvo su animal y, con la espada desenvainada, bramó:
– ¡Amigos! ¡Están, para siempre, rotos los lazos que nos unían al gobierno portugués! ¡Y en cuanto a los lazos de esa nación, os invito a hacer esto!
Y arrancando del sombrero que traía la cinta azul y blanca, la arrojó al suelo, siendo en esto acompañado por toda la guardia que, quitándose de los brazos el mismo distintivo, le dio igual destino.
– ¡Y viva Brasil libre e independiente! – gritó don Pedro.
A lo que, desenvainando también nuestras espadas, respondimos:
– ¡Viva Brasil libre e independiente! ¡Viva don Pedro, su defensor perpetuo!
Y aún rugió el príncipe:
– Será nuestra divisa de ahora en adelante: ¡Independencia o Muerte!
Por nuestra parte, y con el más vivo entusiasmo, repetimos:
– ¡Independencia o Muerte!

     La proclamación de don Pedro descrita por el coronel Marcondes es llamada por algunos historiadores “Segundo Grito del Ipiranga”. Aconteció algunos minutos después del primero, ya a media ladera de la colina, cerca de cuatrocientos metros del riacho. Es interesante observar las sutilezas entre los dos gritos del Ipiranga. El primero ocurrió de forma más simple, en presencia de un grupo restringido, y revela trazos de indecisión en la actitud de don Pedro. El segundo, solemne y convencido, ante la guardia de honor, es el quedó registrado en la memoria nacional. El relato del padre respecto de ese segundo grito confirma la versión de Marcondes, aunque con palabras diferentes. Por él, ante la guardia, el príncipe repitió, ahora en tono más enfático, la declaración que hiciera momentos antes:

– Amigos, las cortes portuguesas quieren esclavizarnos y perseguirnos. De hoy en adelante, nuestras relaciones están rotas. Ningún lazo nos une ya.
Y, arrancando del sombrero el lazo azul y blanco, decretado por las cortes como símbolo de la nación portuguesa, lo tiró al suelo, diciendo:
– ¡Lazo fuera, soldados! Viva la Independencia y la libertad de Brasil.
Respondimos con un viva a Brasil independiente y a don Pedro.
El príncipe desenvainó la espada, en lo que fue acompañado por los militares. Los acompañantes civiles se quitaron los sombreros. Y don Pedro dijo:
– Por mi sangre, por mi honor, por mi Dios, juro hacer la libertad de Brasil.
– Juramos, respondimos todos.
Don Pedro envainó nuevamente la espada, en lo que fue imitado por la guardia, se puso al frente de la comitiva y se volvió poniéndose de pie en los estribos:
– Brasileños, nuestra divisa de hoy en adelante será Independencia o Muerte; y nuestros colores, verde y amarillo, en sustitución de los de las cortes.

     Aunque haya pasado a la historia como el marco decisivo del rompimiento de los vínculos coloniales entre Brasil y Portugal, el lema “Independencia o Muerte” nunca fue exclusivo de los brasileños. Acuñado dentro de las logias masónicas de finales del siglo XVIII, fue usado en la época en las diversas luchas de liberación nacional alrededor del mundo. Aun hoy aparece, por ejemplo, en la letra del Himno Nacional de Rumanía, en un verso que dice:

En el brazo armado a fuego de vuestros hidalgos,
¡Independencia o Muerte! gritamos vehementes

     Aquel fin de tarde de septiembre de 1822, acompañado por la guardia de honor, después rebautizada con el pomposo nombre de “Dragones de la Independencia”, don Pedro fustigó a su “bayo amarillento” para vencer los últimos cinco kilómetros del total de setenta que recorrería aquel día. Faltaba una hora para la puesta de sol cuando entró en São Paulo saludado por las campanas de las iglesias y por los escasos moradores que se aglomeraban en las calles de tierra batida. Exhausto, sucio y todavía debilitado por los problemas intestinales, se recogió en el Palacio de los Gobernadores, el mismo que lo había hospedado días antes al llegar de Rio de Janeiro.
Las noticias de los extraordinarios acontecimientos de aquella tarde en las márgenes del Ipiranga se extendieron rápidamente. Frente al pequeño teatro del Pátio do Colégio un grupo de partidarios de la independencia ligado a la Iglesia y a la masonería se reunió para decidir lo que hacer. Era preciso homenajear al príncipe, pero nadie sabía cómo proceder. Obviamente, no había tiempo de preparar un Te Deum o una recepción de gala, como las circunstancias pedían. Era necesario improvisar. Por eso, se decidió aprovechar la escenificación de la pieza El convidado de piedra, anunciada para aquella noche. A don Pedro le gustaba el teatro y su presencia en el palco principal ya estaba confirmada. “Dijeron que era necesario que se declarase monarca y formar una monarquía brasileña”, relató cuarenta años más tarde el padre Ildefonso Xavier Ferreira, integrante del grupo. “Nadie lo merecía más que el ínclito príncipe de Portugal, que nos acababa de dar la independencia”. El propio Ildefonso fue el encargado de realizar la aclamación.
Don Pedro entró en el teatro a las 21h30 y, como estaba previsto, se dirigió al palco principal sin saber del homenaje que le dispensarían a continuación. Antes de que el espectáculo comenzase, el padre Ildefonso se levantó del palco número 11, donde se reunía el grupo de masones, y se dirigió a la platea. Allí, se puso de pie en la tercera bancada, justo frente al lugar ocupado por el príncipe, respiró hondo y se preparó para cumplir su papel. En el momento de hacer la aclamación, sin embargo, se detuvo inseguro y se resistió por algunos segundos. “Temía que el príncipe no aceptase”, contó después. “Entonces, yo sería preso como revolucionario”. Por fin, reunió coraje y soltó el vozarrón: “¡Viva el primer rey brasileño!”.
Para su alivio, don Pedro se inclinó en señal de aprobación y agradecimiento. Fue la indicación para que todo el teatro se viniese abajo y repitiese el grito del padre Ildefonso: “¡Viva el primer rey brasileño!”, explotó la multitud.
Animado por la repercusión, el padre Ildefonso repitió el grito tres veces. “Se convirtió en el héroe de la noche ante aquél que había sido el héroe del día”, en la inspirada definición de Octávio Tarquínio de Sousa.

Laurentino Gomes.

 

Supremacía blanca, cuerpos racializados y violencia colonial en Estados Unidos. Diálogo con Meztli Yoalli Rodríguez.

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Necesitamos contrarrestar y desestabilizar al sistema colonial y capitalista que nos está despojando no sólo territorio, sino incluso busca despojarnos de la palabra y de la existencia. Esta es una pelea por la vida”

Entrevista realizada por Alí Majúl | Canal Cultura 

Meztli Yoalli Rodríguez, nació y creció en México, antropóloga y feminista antirracista. Actualmente realiza doctorado en la Universidad de Texas en Austin. Trabaja temas en torno al racismo, sexismo, perspectivas descoloniales, violencia estatal, política de la muerte, y el papel de los afectos y emociones en la producción de otras formas de política. Es parte de Chulita Vinyl Club, colectiva de mujeres de color que tocan viniles. Hoy nos habla y analiza lo sucedido en Charlottsville, el riesgo del programa DACA, la geopolítica de la muerte, políticas de deportación de Trump y otros temas que surgieron en este encuentro.

  1. Antes de nada, antes de incendiarnos…

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Umberto Eco: “Las redes sociales generan una invasión de imbéciles”

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El pensador y escritor Umberto Eco se despidió de nuestro mundo hace ya casi un año, pero antes de eso, dejó constar su dura opinión sobre el efecto que estaban teniendo las redes sociales en la sociedad.

Por el mostrador.cl

“Las redes sociales han generado una invasión de imbéciles que le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios”, sentenció, y eso a pesar de que no vivió para ver a youtuber dar de comer galletas con dentífrico a personas sin techo.

   “El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

  Si bien la Red supone la democratización de la difusión del…

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Así es cómo las instituciones utilizan el miedo para gobernar el mundo

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El miedo se produce por un sentimiento de inquietud causado por un peligro real o imaginario, y acaba consolidándose como una sensación de inseguridad que, desde lo individual, se vuelve colectiva. Así, el miedo de una sociedad es el estado de inseguridad. Y, ¿quién protege a la sociedad? Los gobernantes.

 Por Juan Pérez Ventura* | United Explanations

El miedo se produce por un sentimiento de inquietud causado por un peligro real o imaginario, y acaba consolidándose como una sensación de inseguridad que, desde lo individual, se vuelve colectiva. Así, el miedo de una sociedad es el estado de inseguridad.

Y, ¿quién protege a la sociedad? Los gobernantes. De ellos depende la seguridad de las personas, siempre y cuando haya algún temor que las inquiete o preocupe. Con ausencia de miedo, el individuo no necesita ser protegido por nadie. Y eso no conviene a los gobernantes.

A través de la historia…

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6 películas que presentan dilemas morales (Y te dejan preguntándote qué tan buena persona eres)

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¿Recuerdan cuando eramos niños y la línea entre lo correcto y lo incorrecto estaba claramente marcada?

Por Flipeipe* – La Cápsula 

Bueno, a medida que vamos creciendo nos damos cuenta que el mundo rara vez nos presenta decisiones a blanco y negro, sino que pintaremos nuestra vida con una extensa tonalidad de grises (quizás hasta 50 tonalidades de gris)

Por lo general en el cine se apiadan de nosotros y nos presentan historias con un compás moral claro, villanos definidos y héroes cuasi perfectos, lo cual nos permite descansar de los dilemas diarios.

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Un héroe y un villano claramente diferenciados.

Otras veces, los realizadores prefieren dejarnos con dilemas morales que nos enfrentan con nuestra propia naturaleza, desafiando nuestras expectativas y recordándonos que en la vida nunca nada es tan sencillo.

A continuación, 6 películas que desafían tu sentido de moralidad y te enfrentan contigo mismo. (Puede contener SPOILERS)

6) Watchmen (2009):

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