I. 1889: El príncipe y el astronauta.

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“Ustedes hicieron una República que no sirve para nada. Aquí ahora, como antes, continúan mandando los Caiado”

(CAPITÁN FELICÍSSIMO DO ESPÍRITO SANTO CARDOSO, bisabuelo del presidente Fernando Henrique Cardoso, en un telegrama enviado desde Goiás a su hijo, Joaquim Inácio, que ayudó a proclamar la República en 1889)


 EN LAS ÚLTIMAS SEMANAS DE 1889, la tripulación de un navío brasileño anclado en el puerto de Colombo, capital de Ceilán (actual Sri Lanka), fue cogida por sorpresa por las noticias alarmantes que llegaban del otro lado del mundo. El crucero Almirante Barroso partió de Rio de Janeiro el 27 de octubre del año anterior para una gran aventura. El objetivo era completar en menos de dos años la circunnavegación del globo terrestre, expedición de 36.691 millas náuticas o cerca de 68 mil kilómetros. Para realizar tan importante y arriesgada misión la Marina de Brasil designó algunos de sus mejores oficiales y marineros y una de sus embarcaciones de guerra más modernas. Movido a propulsión mixta – a vela y vapor -, el Almirante Barroso pesaba 2.050 toneladas, tenía 71 metros de eslora, llevaba 340 tripulantes y viajaba equipado con seis cañones y diez ametralladoras. Desde su partida había sido objeto de homenajes y recepciones calurosas en diversos puertos extranjeros.

     Después de cruzar el temido cabo de Hornos, en extremo sur del continente americano, el navío brasileño pasó algunas semanas en Valparaíso, en Chile, donde la tripulación fue cumplimentada con un baile de gala ofrecido por las autoridades locales. Después, se enfrentó al inmenso y todavía relativamente desconocido océano Pacífico, con escalas en Sídney, en Australia; Yokohama y Nagasaki, en Japón, Shanghái y Hong Kong, en China; y Aceh, en Indonesia. Fueron meses de aislamiento del resto del mundo, comunicándose raramente con Brasil. Una semana antes de la Navidad de 1889, al atracar en Colombo, el almirante Custódio José de Mello, comandante del navío, encontró esperándole un telegrama con una noticia extraordinaria.

     Brasil República… – anunciaba el mensaje. – Misma bandera sin corona

     Despachado desde Rio de Janeiro el día 17 de diciembre, el telegrama, en realidad, sólo confirmaba los rumores que la tripulación había oído en la escala anterior, en Indonesia. Conforme a las noticias de segunda mano transmitidas por la tripulación de un barco holandés allí anclado, el gobierno de Brasil había sido derribado. Aún más, el país pasaba por un drástico cambio de régimen. El Imperio brasileño, hasta entonces visto como la más sólida, estable y duradera experiencia de gobierno en América Latina, con 67 años de historia, se desmoronaba la mañana del 15 de noviembre. La Monarquía cedía su sitio a la República. El austero y admirado emperador Pedro II, uno de los hombres más cultos de la época, que ocupó el trono casi medio siglo, fue obligado a salir del país con toda la familia imperial. Vivía ahora exiliado en Europa, desterrado para siempre del suelo en que nació. Mientras tanto, el mando de la nueva República había sido entregado a las manos de un mariscal ya anciano y bastante enfermo, el alagoano Manoel Deodoro da Fonseca.

     A primera vista, eran informaciones tan improbables que, en la escala indonesia, Custódio de Mello prefirió ignorarlas y seguir el viaje en la creencia de que el Imperio brasileño continuaba fuerte y sólido, como siempre lo fue. Estaba tan seguro de eso que, el día 2 de diciembre, cumpleaños del emperador Pedro II, ordenó que la bandera imperial fuese izada a bordo y saludada por toda la tripulación, como mandaba el reglamento de la Marina y como si ningún cambio hubiese ocurrido en Brasil. El telegrama recibido en Ceilán, sin embargo, no dejaba lugar a dudas. El país se convertía, de hecho, en una República. Según las instrucciones oficiales enviadas desde Rio de Janeiro, la bandera nacional continuaba prácticamente la misma, con su largo rectángulo verde superpuesto por un rombo amarillo. Sólo desaparecía la corona imperial, que hasta entonces ocupaba el centro del pabellón. Pero hasta aquel momento nadie sabía exactamente qué colocar en lugar de la corona. El comunicado avisaba que el navío recibiría la nueva y definitiva bandera republicana cuando llegase a Nápoles, en Italia, meses más tarde. Un segundo telegrama decía que, hasta entonces, el comandante habría de improvisar:

Ice ahora misma (bandera) nacional, sustituyendo corona estrella roja.     

     En resumen, mientras no se supiese exactamente qué símbolo habría en el centro de la bandera republicana, Custódio de Mello sólo debía cambiar la corona imperial por una estrella roja – coincidentemente, el símbolo del Partido de los Trabajadores que, un siglo más tarde, asumiría el gobierno de la República brasileña. A falta de informaciones más precisas, el almirante decidió seguir al pie de la letra las instrucciones telegráficas: llamó a su oficial inmediato y le ordenó que dibujase deprisa una estrella roja, luego cosida sobre la corona que hasta entonces figuraba en las diversas banderas usadas en el navío. Había, además, un segundo problema que resolver, éste todavía más complicado que el primero. Era la presencia a bordo del segundo teniente Augusto Leopoldo de Saxe-Coburgo y Braganza, de 22 años, más conocido como el príncipe don Augusto.

     Hasta la partida de Rio de Janeiro, don Augusto era una de las figuras más importantes de la jerarquía social brasileña. Hijo de la princesa Leopoldina, fallecida algunos años antes, y nieto del emperador Pedro II, tenía la condición de presunto heredero al trono, en el cuarto puesto de la línea sucesoria del Imperio, después de su tía, la princesa Isabel, de su primo, Pedro de Alcântara, y de su hermano mayor, Pedro Augusto. Tamaño prestigio hizo de él un tripulante especial del Almirante Barroso, objeto de deferencias en todas las escalas hechas por el navío. El telegrama recibido en Colombo, sin embargo, lo transformaba en una excentricidad a bordo. Como el gobierno provisional republicano había expulsado a toda la familia imperial del territorio nacional, don Augusto estaba impedido de continuar viaje como oficial de la Marina. Debía desembarcar inmediatamente. Más todavía, en la práctica, mientras cruzaba el océano Pacífico, había perdido no sólo el puesto de oficial y el título de príncipe, sino la propia ciudadanía brasileña. Era en aquel momento un hombre sin patria.

     Esta incómoda circunstancia ponía al príncipe don Augusto en una situación parecida a la que, un siglo después, afrontaría el astronauta soviético Sergei Krikalev. El 18 de mayo de 1991, o sea, 101 años después de la Proclamación de la República en Brasil, Krikalev fue lanzado al espacio desde la base soviética de Baikonur, en Kazajistán, propulsado por un cohete Próton. Estaba en la órbita de la Tierra a bordo de la estación MIR cuando le llegó la noticia de que su país dejaba de existir. La Unión Soviética, una de las más sólidas instituciones de la historia de la humanidad a lo largo del siglo XX, reventaba bajo la presión de la Glasnost, el proceso de apertura política desencadenado algún tiempo antes por el líder Mikhail Gorbachev. Las incertidumbres políticas de aquel momento obligaron a Krikalev a continuar su periplo espacial durante más de cinco meses, el doble del tiempo previsto inicialmente, hasta que las nuevas autoridades decidieron traerlo de vuelta, el 25 de marzo de 1992. Los 313 días que permaneció a la deriva en el espacio, sumados a los de las otras misiones en que participó, lo transformaron en el ser humano que más tiempo ha permanecido en órbita hasta hoy, un total de 803 días, nueve horas y 39 minutos.

     En el caso del Almirante Barroso, Brasil, tal y como la tripulación lo conocía antes de la partida de Rio de Janeiro, también dejó de existir a finales de 1889, pero la situación del príncipe era incluso más incierta que la del astronauta soviético. Al final, tras una larga espera en el espacio, Krikalev consiguió volver a su país, Rusia. Don Augusto no tendría esa oportunidad. El telegrama recibido por Custódio de Mello era categórico respecto de las intenciones del nuevo gobierno provisional republicano.

     – Príncipe pida dimisión servicio, determinaba de forma seca el mensaje.

     Al mostrar el telegrama a don Augusto, Custódio de Mello estaba visiblemente constreñido ante las órdenes que llegaban de Rio de Janeiro. Además de heredero al trono, el príncipe había sido hasta entonces un oficial ejemplar de la Marina brasileña. Durante los años anteriores, su dedicación al servicio militar siempre había sido elogiada. En 1886, al hacer un viaje de instrucción a Estados Unidos, a bordo del mismo crucero Almirante Barroso, bajo el mando del almirante Luís Filipe de Saldanha da Gama, fue recibido en audiencia por el presidente Stephen Grover Cleveland. Nada de esto, sin embargo, sería tenido en cuenta en aquel momento crítico. Tras leer el documento en silencio, don Augusto trató de ganar tiempo. Respondió que sólo tomaría una decisión después de consultar con su abuelo, el emperador Pedro II.

     – Su Alteza haga como le convenga – le respondió el almirante.

     Las horas siguientes fueron de gran tensión y expectativa. Con la connivencia de la tripulación don Augusto consiguió comunicarse por telegrama con su abuelo, a esas alturas ya exiliado en Europa. La respuesta vino luego, patriótica, pero inútil ante la urgencia de la decisión a ser tomada:

     – Sirva a Brasil, su abuelo Pedro.

     A la mañana siguiente, 18 de diciembre, don Augusto buscó al comandante para informarle que, en vez de renunciar, admitía pedir una licencia del servicio militar brasileño por seis meses. Aliviado, Custódio de Mello telegrafió inmediatamente al nuevo ministro republicano de Marina, el almirante Eduardo Wandenkolk, comunicándole la decisión. Recibió una respuesta igualmente ambigua, pero suficiente para sellar el destino del joven príncipe:

     – Príncipe pida renuncia al cargo, otorgo licencia.

     Hechas las cuentas de cuánto debía recibir por los servicios prestados en los meses anteriores, don Augusto desembarcó del Almirante Barroso el día 20 de diciembre. Antes fue homenajeado con una última y emocionada cena en los salones del Hotel Oriental, frecuentado por los extranjeros que visitaban la capital de Ceilán. Allí, el príncipe distribuyó parte de sus pertenencias a sus colegas de uniforme. Al más pobre, le dio un piano, que había dejado en el Palacio Leopoldina, en Rio de Janeiro. A otro, le entregó su espada, pidiendo, conmovido, que la llevase de vuelta a Brasil. Por fin, trasladó el resto de su equipaje a otro barco y, de Colombo, siguió al encuentro de sus familiares en Francia. Moriría en Austria, 32 años más tarde, sin jamás haber pisado nuevamente suelo brasileño.

Laurentino Gomes

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1889: Cómo un emperador cansado, un mariscal vanidoso y un profesor agraviado contribuyeron al fin de la Monarquía y a la Proclamación de la República de Brasil.

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“¡Señor Barón, Su Excelencia está preso!” 

(TENIENTE ADOLFO PENA, al dar la voz de prisión al Barón de Ladário, ministro de Marina, en la mañana del 15 de noviembre de 1889)


EL QUINCE DE NOVIEMBRE ES una fecha sin prestigio en el calendario civil brasileño. Al contrario que el Siete de Septiembre, Día de la Independencia, conmemorado en todo el país con desfiles escolares y militares, el festivo de la Proclamación de la República es una fiesta tímida, generalmente ignorada por la mayoría de personas. Su popularidad ni de lejos se compara con la de algunas celebraciones regionales, como el Dos de Julio en Bahia, el Trece de Marzo en Piauí, el Veinte de Septiembre en Rio Grande do Sul o el Nueve de Julio en São Paulo. Estas efemérides exaltan victorias, enfrentamientos o revueltas locales, respectivamente, de la expulsión de los portugueses de Salvador; la Batalla del Jenipapo en el sertón piauiense al final de la Guerra de Independencia; el inicio de la Guerra de los Farrapos y la Revolución Constitucionalista liderada por los paulistas en 1932. Son eventos históricos que no todos los brasileños conocen, pero con los que la población local se identifica fuertemente. Esto no ocurre con la fecha de creación de la República brasileña.

     Personajes republicanos como Benjamin Constant, Quintino Bocaiúva, Rui Barbosa, Deodoro da Fonseca y Floriano Peixoto son nombres omnipresentes en las plazas y calles de las ciudades brasileñas, pero pregunta a cualquier estudiante de enseñanza media quiénes fueron estos hombres y la respuesta ciertamente tardará en venir. En las escuelas se enseña más sobre el portugués Pedro Alvares Cabral, descubridor de las tierras de Santa Cruz, como aún se conocía a Brasil en 1500, o Tiradentes, el héroe de la Conspiración Minera de 1789, que sobre los creadores de la República, episodio bastante más reciente, ocurrido hace poco más de un siglo. La historia republicana es menos conocida, menos estudiada e incluso menos celebrada que la de los héroes y eventos del Brasil monárquico e imperial, que cubren un periodo más corto, de sólo 67 años.

     A juzgar por la memoria ciudadana nacional, Brasil tiene una República poco amada.

     Este extraño fenómeno de indiferencia colectiva encuentra sus explicaciones en la forma como se procesó el cambio de régimen. El día 15 de noviembre amaneció repleto de promesas cuyo significado en la época las masas pobres, analfabetas y recién salidas de la esclavitud desconocían. En las proclamas y discursos de los propagandistas republicanos, se anunciaba el fin de la tiranía representada por el “poder personal” del emperador Pedro II. Se decía que un carcomido sistema de castas y privilegios, heredado también de la época de la colonización portuguesa, acababa de ser tirado por tierra. En la nueva era de prosperidad general, inaugurada por la República, la construcción de un futuro glorioso estaba al alcance de la mano. Habría menos injusticia y más oportunidades generales. Llamados a participar de la conducción de los destinos nacionales, todos los brasileños tendrían, finalmente, vez, voz y voto.

     Había, sin embargo, una contradicción entre las promesas y la realidad de aquel momento. Al contrario de lo que hacían suponer los discursos y anuncios oficiales, la República brasileña no resultó de una campaña con una intensa participación popular. En su lugar, fue establecida por un golpe militar con escasa y tardía participación de los líderes civiles. A pesar de la intensa propaganda republicana por medio de la prensa, panfletos, reuniones y comicios, la idea del cambio de régimen político no prosperaba entre la población. En la última elección parlamentaria del Imperio, realizada el 31 de agosto de 1889, el Partido Republicano obtuvo solamente dos diputados y ningún senador. Los votos recogidos por sus candidatos en todo el país no llegaron al 15% del total escrutado. El resultado era peor que el obtenido cuatro años antes, en el proceso de 1885, cuando fueron elegidos para la Cámara tres diputados republicanos, entre ellos los futuros presidentes de la República Prudente de Morais (1894-1898) y Campos Salles (1898-1902). Sin eco en las urnas, los civiles encontraron en los militares el elemento de fuerza que les faltaba para el cambio de régimen. La República brasileña nació desligada de las calles. “El pueblo asistió a aquello atónito”, según una famosa frase del periodista Arístides Lobo, testigo de los acontecimientos.

     Otra incongruencia aparece en la forma como esta historia viene siendo contada. “Un paseo militar” es la descripción más común que se ve en los libros sobre la Proclamación de la República. La facilidad con que se derribó un  régimen y se proclamó otro la mañana del 15 de noviembre, sin reacción popular, sin intercambio de disparos, sin protestas, parecía confirmar, una vez más, el mito de que las transformaciones políticas brasileñas se procesan siempre de forma pacífica. Esta imagen, sin embargo, se desenfoca por completo cuando se avanza un poco en el calendario. Derribada la Monarquía, el sueño de libertad y ampliación de derechos rápidamente se disipó. En algunos años, el país estaba sumergido en una dictadura bajo el mando de Floriano Peixoto, el “Mariscal de Hierro”, a quien todavía hoy se le atribuye el papel de salvador de la República.

     La sangre que dejó de correr en 1889 se vertió en profusión en los diez años siguientes, resultado del choque entre las expectativas y la realidad del nuevo régimen. Dos guerras civiles, sumadas a la Revuelta de la Armada, dejarían marcas profundas en el imaginario brasileño. En el sur, los dos años y medio de combates de la Revolución Federalista costaron la vida de más de 10 mil pica-paus y maragatos, como eran llamados los combatientes de los dos lados del conflicto. En el sertón de Bahia, el sacrificio épico del pueblo de Canudos resultó en la muerte de otras 25 mil personas y en una historia de humillación para el Ejército brasileño, derrotado en tres expediciones consecutivas por un bando de forajidos y sertaneros pobres y mal armados, bajo el liderazgo mesiánico de Antônio Conselheiro, al que se le atribuía, erróneamente, la amenaza de la restauración de la Monarquía. Sumadas las 35 mil víctimas, la República pagó en sangre un precio infinitamente mayor que la Guerra de Independencia, cuyo número de muertos quedó entre 2 mil y 3 mil combatientes brasileños y portugueses.

     Las heridas abiertas en estos conflictos marcaron profundamente la primera fase republicana brasileña, en la que los militares intentaron organizar el nuevo régimen mediante la censura de prensa, el Parlamento cerrado más de una vez, la prisión y la deportación de opositores políticos a los confines de la Amazonia. La devolución del poder a los civiles, con Prudente de Morais y Campos Salles, respectivamente tercero y cuarto presidentes, no aproximaría el poder a las calles. La llamada República Vieja, periodo que va hasta 1930, se caracterizaría por una ecuación política muy semejante a la de los últimos años del Imperio. En esta República – también conocida como “de los Gobernadores” o “del Café con Leche” – no habría lugar para el pueblo, tanto como no lo había en la de los militares de 1889. Quien mandaba era la misma aristocracia rural que había repartido las cartas en la época de la Monarquía.

     La disparidad entre las promesas y la práctica republicanas esclarece, en parte, la actual falta de prestigio del Quince de Noviembre en el calendario civil nacional.

     Aún hoy, pocos eventos de la historia brasileña están tan repletos de controversia como la caída de la Monarquía, en 1889. En el libro Da Monarquia à República: momentos decisivos, la profesora Emília Viotti da Costa, de la Universidad de São Paulo, hace una detallada reconstrucción respecto de la forma como esa secuencia fue narrada e interpretada por los historiadores, cronistas, científicos sociales y otros estudiosos en los últimos 124 años. Según ella, esta es una historia marcada por el permanente conflicto entre vencedores y vencidos, entre republicanos y monárquicos, entre militares y civiles, a los que más tarde vinieron a unirse los muchos decepcionados con la experiencia republicana.

     Según la versión de los vencedores, la República habría sido siempre una aspiración nacional. Si ideario estaría en la génesis de la Conspiración Minera, de la Revolución Pernambucana de 1817, en la Confederación del Ecuador en 1824, en la Revolución de los Farrapos de 1835 y en innumerables otros conflictos y rebeliones sofocados primero por la corona portuguesa, y después, por el Imperio brasileño. Según este punto de vista, la Monarquía habría sido una solución apenas temporal, impuesta por las élites brasileñas sobre la voluntad de la nación en nombre de la defensa de sus intereses personales o de clase. La República sería, por tanto, una etapa inevitable del proceso histórico nacional, sólo aplazada por las circunstancias de cada momento.

     En la versión de los derrotados, al contrario, el Imperio, en puesto de ruina, habría sido la salvación de Brasil. Sin Monarquía, argumentan, el país se habría fragmentado fatalmente en la época de la Independencia, en tres o cuatro naciones autónomas que hoy heredarían como denominador común sólo sus raíces coloniales y la lengua portuguesa. Al emperador le cupo el papel de mantener a Brasil unido, apaciguar los conflictos, tratar con tolerancia y generosidad a los adversarios, además de convertir un territorio salvaje y escasamente habitado en un país integrado y respetado entre las demás naciones. Desde esta perspectiva, la Monarquía tendría raíces culturales e históricas más profundas que la República en la nacionalidad brasileña, con fuerza suficiente para afrontar los desafíos del futuro, en caso de no haber sido abortada por un traicionero cuartelazo la mañana del 15 de noviembre de 1889.

     Observando el pasado, se percibe que las dos visiones carecen de consistencia. La proclamación de la República fue más el resultado del agotamiento de la Monarquía que del vigor de las ideas y de la campaña republicanos. “La República fue el resultado lógico de la descomposición del régimen monárquico”, afirmó el historiador pernambucano Oliveira Lima. Durante 67 años, el Imperio brasileño funcionó como un gigante con pies de barro. Los salones del Imperio intentaban imitar el ambiente y los hábitos de Viena, Versalles y Madrid, pero la estructura real se componía de pobreza e ignorancia. Había una flagrante contradicción entre la corte de Petrópolis, que se juzgaba europea, y la situación social dominada por la mano de obra cautiva, en la que más de 1 millón de esclavos eran considerados propiedad privada, sin derecho alguno a la ciudadanía. En este Brasil de fingimiento, destacaba una nobleza constituida, en su mayoría, por hacendados dueños o traficantes de esclavos. Eran ellos los sustentáculos del trono que, en contrapartida, les confería títulos de nobleza no hereditaria, tan efímera como la misma experiencia monárquica brasileña.

     Toda esta complexión política comenzó a colapsar en 1888, con la firma de la Ley Áurea, que abolía la esclavitud en el país. Los barones del café del Valle del Paraíba, que dependían de la mano de obra cautiva, se sintieron traicionados por la corona. Si hubiera dependido de ellos, la esclavitud habría continuado algunos años más. En el asunto de la abolición, sostenían que los propietarios debían ser indemnizados por el Estado. Y esto no ocurrió. Como resultado, la ley Áurea le dio más combustible a la causa republicana. Muchos antiguos señores de esclavos, que hasta algunos meses antes se decían fieles súbditos del emperador, se adhirieron rápidamente a la República.

     En su estudio sobre la Proclamación de la República, el historiador pernambucano José Maria Bello demostró que republicanos civiles y militares fueron sólo una parte de las fuerzas que, directa o indirectamente, contribuyeron a la caída del Imperio. Una de ellas – y tal vez la más fuerte – era la compuesta por los propios monárquicos, “para los cuales el Imperio había perdido su último encanto”. Este “vasto y peligroso partido de los derrotados” incluía a liberales, reformadores, abolicionistas y federalistas – gente como el pernambucano Joaquim Nabuco y el baiano Rui Barbosa que, hasta la víspera del Quince de Noviembre, se mantenían en cierta forma fieles a la Monarquía, pero exigían de ella reformas capaces de dar alguna perduración al régimen. Estaba también el grupo de los “disgustados y displicentes”, como los hacendados heridos por la abolición de la esclavitud. Todos estos grupos, directa o indirectamente, unieron fuerzas para dar el empujón fatal que sellaría el destino del Imperio brasileño.

     Súmase a esto el descontento reinante en los cuarteles desde el final de la Guerra del Paraguay, factor decisivo en la caída de la Monarquía. Oficiales y soldados se consideraban maltratados por el gobierno del Imperio. De ahí a conferir carta blanca al mariscal Deodoro da Fonseca para derribar el trono fue sólo un paso. “La intervención militar en la política y en la sociedad es síntoma de flaqueza tanto del Estado como de la sociedad”, observó el historiador norteamericano Frank D. McCann, autor de Soldados de la patria, un secundado estudio sobre la historia del Ejército brasileño. “El sentimiento más generalizado no era el de la creencia en la República, sino el del escepticismo hacia las instituciones monárquicas”, registró el brasileño Oliveira Vianna al reflexionar sobre las promesas del Brasil monárquico, con sus instituciones liberales, los rituales de la nobleza y sus palacios de cristal en Petrópolis, y la dura realidad de la esclavitud, del analfabetismo y del fraude electoral.

     El Imperio brasileño cayó inerte, incapaz de movilizar fuerzas y reaccionar contra el golpe liderado por Deodoro. A pesar de todas las evidencias de una conspiración en marcha, el emperador Pedro II permaneció en Petrópolis hasta la tarde del 15 de noviembre, ignorando los consejos para actuar de alguna forma. Al llegar a Rio de Janeiro, había perdido un largo y precioso tiempo, creyendo ingenuamente que al final todo volvería a la normalidad. “Conozco a los brasileños, esto va quedar en nada”, había dicho aquel día. Sólo en la madrugada del 16 de noviembre, cuando el gobierno provisional republicano ya había sido anunciado, fue cuando don Pedro reunió a sus consejeros más próximos e intentó en vano organizar un nuevo gobierno. Ya era tarde. En las provincias, la única reacción a favor de la Monarquía ocurrió en Bahia, sorprendentemente liderada por el mariscal Hermes Ernesto da Fonseca, comandante de Armas de Salvador y hermano de Deodoro. Al recibir las noticias del golpe en Rio de Janeiro, Hermes da Fonseca anunció que permanecería fiel al emperador. Capituló algunas horas más tarde al saber que su propio hermano lideraba la conjuración republicana y que don Pedro II, a esas alturas, ya iba camino del exilio en Europa. “En verdad, la monarquía no fue derribada, ella se desmoronó”, anotó el periodista francés Max Leclerc, que recorría Brasil en esa época.

     A pesar de todas las conquistas de su largo reinado, el legado de don Pedro II permanece todavía hoy envuelto en controversias. Buena parte de ellas resultan, obviamente, del cambio de régimen, en 1889. Don Pedro era, en aquel momento, la personificación de la Monarquía. Enturbiar su imagen representaba, para los vencedores republicanos, una conveniente forma de legitimar al nuevo régimen. La campaña republicana se esforzó siempre en señalarlo como un hombre discrecional, detentor de un poder personal nocivo para las instituciones. Para los perdedores monárquicos, al contrario, el Quince de Noviembre representaba el fin de un sueño, en el cual el emperador era el depositario de las grandes esperanzas por las que el país estaría muchas décadas recuperándose en el futuro. Algunos historiadores, afines al antiguo régimen, se esforzaron en crear la figura de un soberano austero, culto y educado, bien intencionado y totalmente dedicado al interés público, cuya acción era constantemente solapada por ministros y jefes políticos corruptos e interesados. Es el caso de Oliveira Vianna, autor del hoy clásico El ocaso del Imperio. “Eran realmente los ministros los que desfiguraban las intenciones del monarca”, escribió el historiador. “Eran los ministros los verdaderos culpables de todas las deformaciones del régimen”.

     Igualmente discutible es también hoy el papel desempeñado por el otro protagonista de esta historia, el alagoano Manoel Deodoro da Fonseca, un militar anciano y enfermo, cuyas fuerzas en 1889 se encontraban tan agotadas como las del propio emperador Pedro II. Convertido tardíamente a las ideas republicanas, Deodoro actuó aparentemente movido más por el resentimiento contra el gobierno imperial que por cualquier convicción ideológica. Como se verá en los capítulos iniciales de este libro, el mariscal se resistió hasta donde pudo a promover el cambio de régimen, como exigían los líderes civiles y los militares encabezados por el profesor y teniente coronel Benjamin Constant. Al contrario de lo que reza la historia oficial, en ningún momento el mariscal proclamó la República a lo largo de aquel día 15 de noviembre y sólo lo hizo avanzada la noche, ante la presión de sus compañeros de armas y también por la torpeza política del emperador que, en una desastrosa e inútil tentativa de resistencia, designó para la jefatura del gobierno justamente  al mayor de todos los adversarios políticos de Deodoro, el senador liberal gaucho Gaspar Silveira Martins.

     Transcurrido más de un siglo de los eventos de 1889, ¿qué evaluación se podría hacer hoy de la República brasileña?

     Una república puede tener muchas caras. De los 193 países que actualmente componen la Organización de las Naciones Unidas (ONU), 149 se definen como republicanos, o sea, el 77% del total. Difícil, no obstante, es la tarea de establecer con claridad el régimen que los gobierna. Corea del Norte, por ejemplo, es oficialmente llamada “república democrática popular”, aunque sea gobernada por una dinastía, la de los Kim. El poder hereditario, que pasa de una generación a otra dentro de la misma familia, es una característica de los regímenes monárquicos. China se autodenomina igualmente una “república popular”, pero está gobernada por una oligarquía de partido único, comunista en teoría y capitalista en la práctica, con escasa participación popular. Inglaterra, con su estable y secular sistema representativo, en el que todo el poder, de hecho, emana del pueblo y en su nombre es ejercido, podría ser considerada hoy una democracia republicana. Prefiere, sin embargo, ser llamada monarquía parlamentaria, en la que la reina ejerce un papel meramente figurativo. Brasil, Argentina, Alemania y Estados Unidos son repúblicas federales, pero cada cual tiene su propio sistema electoral, diferentes instituciones y diferentes grados de autonomía para sus estados y provincias.

     La nomenclatura, por tanto, no explica por sí sola lo que es un régimen republicano. Para entenderlo, es preciso estudiar las raíces de cada pueblo y su cultura, o sea, el complejo conjunto de creencias, valores, sueños, aspiraciones y dificultades que lo mueve o paraliza a lo largo de la historia.

     Durante décadas, el brasileño rechazó, con cierta razón, identificarse con su tortuosa historia republicana, permeada de golpes militares, dictaduras, intervenciones y cambios bruscos en las instituciones y brevísimos periodos de ejercicio de la democracia. La buena noticia es que esa historia poco amada tal vez esté finalmente cambiando. Brasil exhibe hoy al mundo casi tres décadas de ejercicio continuado de democracia, sin rupturas. Esto nunca antes pasó. Es la primera vez que todos los brasileños están siendo, de hecho, llamados a participar de la construcción nacional. A pesar de las dificultades obvias del presente, las promesas republicanas comienzan a ser puestas en práctica en forma de más educación, más salud, más trabajo y más oportunidades para todos.

     Es curioso observar que este momento de transformación coincide también con otro fenómeno enteramente nuevo en la sociedad brasileña. Es el interés por el estudio de la historia de Brasil. Puede ser observado en el mercado editorial de libros, que nunca vendió tantas obras sobre el tema, y en el gran número de titulares de revistas, sites de internet y otras publicaciones dedicadas al asunto. ¿Por qué su historia se hizo un tema popular en los últimos años? Existen varias respuestas posibles, pero una de ellas es seguramente que los  brasileños están mirando al pasado en busca de explicaciones para el país de hoy. De esta manera buscan también equiparse más adecuadamente para la construcción del futuro. Esto es también una excelente noticia. Una sociedad que no estudia su historia no puede entenderse a sí misma porque desconoce sus raíces y las razones que la trajeron hasta aquí. Y, si no consigue entenderse a sí misma, probablemente tampoco estará preparada para construir su futuro de forma organizada. El estudio de la historia es hoy, quizá más que cualquier otra disciplina, una herramienta fundamental en la construcción del Brasil de nuestros sueños en un nuevo ambiente de democracia.

     El propósito de este libro es ofrecer una modesta contribución en este ambiente de transformación y renovado interés por la historia de Brasil. Fiel a la fórmula de mis obras anteriores – 1808 y 1822 – procuro usar aquí el lenguaje y la técnica periodísticas como recursos que creo capaces de hacer de la historia un tema accesible y atrayente para un público más amplio, no habituado a interesarse en el asunto. Creo que, escrita en el lenguaje adecuado, la historia puede volverse un tema interesante, irresistible y divertido sin, no obstante, patinar en la banalidad. Este desafío es hoy especialmente importante cuando de trata de atraer la atención de una generación joven bastante opuesta a la lectura.

     Como obra de cuño periodístico, este libro no pretende, ni podría, ofrecer respuestas a las cuestiones más profundas envueltas en la historia republicana, sobre la cuales innumerables y buenos estudiosos académicos ya se volcaron con diferentes grados de éxito a lo largo de los años. El objetivo es tan sólo relatar bajo la óptica del reportaje algunos de los momentos más cruciales de esta época, como forma de sacarlos de la relativa oscuridad en que se encuentran hoy en la memoria nacional. Cabrá a los lectores reflejar si de ellos es posible sacar lecciones que sean útiles en la edificación del futuro. “Cualquiera que sea el futuro, para nosotros, que creemos en una nación fuerte e indivisible, es consolador ver los obstáculos vencidos”, observó cierta vez el historiador Américo Jacobina Lacombe. “Esto nos anima a entrever un futuro justo y próspero”.

     Finalmente, una breve explicación sobre la estructura de este libro: los capítulos 1 y 2 anticipan, como en fotografías instantáneas, dos momentos de la Proclamación de la República. El primero es un acontecimiento repleto de simbolismo – la pintoresca historia de un príncipe de la familia imperial cogido por sorpresa por el cambio de régimen, destituido de sus títulos y honores y de la misma condición de ciudadano brasileño mientras tripulaba un barco de la Marina de Guerra nacional al otro lado del planeta. El segundo es una descripción de la secuencia de eventos en las horas que precedieron a la caída del Imperio. Los cuatro capítulos siguientes ofrecen un panorama del Segundo Reinado, un perfil del emperador Pedro II y de las transformaciones del revolucionario siglo XIX que afectarían profundamente al ambiente político, económico y social de Brasil. Los capítulos 7 al 13 tratan sobre la campaña republicana, la Cuestión Militar, la Abolición, en 1888, y de sus protagonistas. Los capítulos 14 al 17 retoman, con mayor detalle, los eventos relacionados con el cambio de régimen, el exilio y la muerte de Pedro II en Europa. La parte final del libro está dedicada a la implantación y consolidación del nuevo régimen, incluyendo un pequeño balance, en el último capítulo, de la historia republicana brasileña hasta los días actuales.

Laurentino Gomes,

Ytu, São Paulo, abril de 2013

y XXII. 1822: El fin.

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HASTA EN LA MUERTE DON PEDRO continuó dividido entre Brasil y Portugal. En 1972, año del Sesquicentenario de la Independencia, sus restos mortales fueron trasladados de la Iglesia de São Vicente de Fora, lugar de su sepultura en Lisboa, al Mausoleo del Ipiranga, en São Paulo, donde hoy es venerado por los brasileños. Su corazón, sin embargo, permanece guardado en la iglesia de Lapa, situada en la heroica ciudad de Oporto y fundada en el siglo XVIII a iniciativa de un músico y misionero paulista, el padre Ângelo de Sequeira. Fue su último deseo antes de morir, en señal de gratitud a los “tripeiros”, como son cariñosamente conocidos los habitantes de Oporto y en cuya compañía había enfrentado los momentos más inciertos y difíciles de su vida, en la guerra contra su hermano don Miguel.

     Don Pedro murió en los brazos de la emperatriz Amélia a las dos y media de la tarde del 24 de septiembre de 1834, faltándole dos semanas y media para cumplir los 36 años. La autopsia, hecha al día siguiente, reveló un cuadro devastador. La tuberculosis le había consumido todo el pulmón izquierdo, inundado por un líquido negro y sanguinolento. Apenas una pequeña porción de la parte superior aún le funcionaba. El corazón y el hígado estaban hipertrofiados, o sea, mucho más grandes de lo normal. Los riñones, donde le fue encontrado un cálculo, presentaban un color blanquecino. El bazo, reblandecido, comenzaba a disolverse.

     Los trastornos físicos, que ya eran antiguos en don Pedro, se agravaron en la guerra contra su hermano. Durante el Cerco de Oporto comenzó a sentir cansancio, irregularidad en la respiración, palpitaciones nocturnas y sobresaltos al despertar. Un edema en los pies indicaba problemas circulatorios. “Don Pedro creía ser un hombre físicamente robusto, fuerte, resistente”, observó el historiador Eugénio dos Santos. “La verdad era, no obstante, otra. Se alimentaba mal, descansaba poco, se gastaba excesivamente”. Epiléptico desde la infancia, sufría una deficiencia renal y vomitaba con frecuencia. Aventurero y atrevido, se partió varias costillas en caídas del caballo. Las enfermedades venéreas eran recurrentes, como él mismo registró en sus famosas cartas a la marquesa de Santos.

     Ante un cuadro de salud tan frágil, sus días finales fueron sorprendentes. Don Pedro afrontó la muerte tal como vivió, manteniendo un ritmo intenso de actividades. En su último compromiso oficial, el 27 de julio, había ido a Oporto. Fue recibido con fuegos artificiales, repique de campanas, salvas de cañones y festejos en las calles. Allí pasó diez días animados y felices. Al partir sabía que jamás volvería: “Adiós, Oporto, nunca más te veré”, dijo. Su salud empeoraba rápidamente. Pálido, tenía la piel macilenta y precozmente envejecida. La larga barba escondía un rostro flaco, en el que destacaban los ojos hundidos, sin brillo y rodeados de grandes ojeras.

     Las primeras semanas de septiembre, tuvo una noche repleta de malos presagios. Soñó que moriría el día 21. Esto se lo contó a la emperatriz Amélia. Falló por sólo 72 horas. Mientras agonizaba en el palacio de Queluz, construido en el siglo anterior por su abuelo, don Pedro III de Portugal – y en el mismo lecho en que su madre, Carlota Joaquina, le dio a luz -, promovió sucesivas reuniones con diputados, ministros y auxiliares, en las que tomó decisiones, pidió providencias, distribuyó consejos y, finalmente, presentó respetos a todos aquellos que consideraba merecedores de su gratitud. A instancia suya, los diputados decretaron la mayoría de edad de la reina doña Maria II, cuyo primer acto oficial fue conceder a su padre la Gran Cruz de la Orden Torre y Espada, la más alta condecoración portuguesa.

     Aún en su lecho de muerte, aconsejó a su hija que concediese la libertad a todos los presos políticos, sin excepción. Pidió también que, en su entierro, no hubiese exequias reales, como mandaba el protocolo. Quería ser enterrado en un ataúd de madera sencillo, como un soldado, comandante del Ejército portugués. Después, mandó llamar a un soldado del Batallón de Cazadores 5, famoso por su resistencia en el Cerco de Oporto, del que era coronel honorario. La elección recayó sobre el soldado número 82, Manuel Pereira, de 37 años, nacido en la isla de San Jorge, en las Azores. Reclinado sobre las almohadas de la cama, don Pedro rodeó con su brazo derecho el cuello del compañero de trincheras y le susurró: “Transmite a tus camaradas este abrazo en señal de la justa tristeza que me acompaña en este momento, y del aprecio que siempre tuve a sus relevantes servicios”. Con temblor en las piernas, el soldado tuvo un repentino llanto y fue consolado por el emperador moribundo.

     Algunas semanas más tarde, un niño de mirada triste y melancólica, el futuro emperador Pedro II de Brasil, recibió dos cartas en Rio de Janeiro. Traían noticias de la muerte de su padre. La primera, de su madrastra Amélia, le daba detalles de la autopsia y le enviaba, al fin, el mechón de cabello que el pequeño príncipe había pedido algún tiempo antes a don Pedro en el intento de mitigar la nostalgia que lo dilaceraba. La segunda carta era de José Bonifácio, compañero de su padre en la Independencia brasileña: “Hoy […] le doy el pésame por la irreparable pérdida de su augusto padre, mi amigo. […] Don Pedro no murió, sólo mueren los hombres comunes, y no los héroes… su alma inmortal vive en el cielo para hacer la felicidad futura de Brasil…”.

     Por un curioso fenómeno fotoquímico, el corazón de don Pedro se expande continuamente dentro del ánfora de cristal en que fue depositado tras su muerte, en 1834. Hoy, está tan deformado que la Venerable Hermandad de Nuestra Señora de Lapa, responsable de su conservación, decidió resguardarlo de la curiosidad pública manteniéndolo sellado en la oscuridad detrás de una pared de la iglesia. La lápida de piedra que guarda el ánfora sólo es abierta en ocasiones muy especiales. Una de ellas ocurrió en enero de 2015, para la filmación del documental O sentido da vida, producido por el cineasta Fernando Meirelles. En presencia de diversas autoridades, historiadores y periodistas, la lápida fue retirada de la pared de la iglesia de Lapa. Después, el presidente de la Cámara Municipal de Oporto, Rui Moreira, sacó las cinco llaves que, mantenidas bajo su custodia, permiten la apertura de la urna, de donde finalmente fue retirado por algunos minutos el corazón del héroe de la Independencia de Brasil.

     Actualmente, diecisiete lugares públicos de la ciudad de Oporto llevan nombres asociados a los acontecimientos y personajes de la historia del Cerco. La calle Nueve de Julio recuerda el día de la llegada del pequeño y precario ejército liberal, venido de las Azores, en 1832. Otra calle, la del Heroísmo, antigua calle del Prado, homenajea la desesperada resistencia de los soldados el 29 de septiembre de 1832. En esa fecha, día de San Miguel, santo protector del rey don Miguel I, las tropas miguelistas rompieron las trincheras cavadas por los liberales, ocuparon barrios importantes y por poco no sellaron el destino de don Pedro en Oporto. En la vecina Vila Nova de Gaia, famosa por los depósitos de vino de Oporto, la calle General Torres celebra la memoria de José Antônio da Silva Torres, comandante de las líneas de defensa de la estratégica sierra del Pilar.

     Las estatuas de don Pedro IV a caballo ocupan también lugares destacados en las dos mayores ciudades portuguesas. En Oporto está situada en la plaza de la Libertad, la antigua plaza Nueva, donde fueron ahorcados y descuartizados los jefes liberales tras la ascensión de don Miguel al trono. En Lisboa, puede ser observada en la plaza Rossio, en Cidade Baixa. Los dos monumentos generalmente producen sensación de extrañeza a los turistas brasileños en Portugal, que no reconocen en las facciones del rey allí tallado en bronce al héroe del Grito del Ipiranga.

     Curiosamente, los portugueses de hoy tampoco saben respecto del jovial príncipe casi imberbe que hizo la Independencia brasileña. Con el cabello acaracolado más largo, la calva levemente pronunciada y la mirada austera, el don Pedro IV de Portugal parece más viejo, más sabio y más sufrido que el don Pedro I de Brasil. Es como si, después de abdicar al trono brasileño, se hubiese reencarnado en Portugal en la piel de alguno de sus ancestros más remotos. En 1834, el coronal inglés Hugh Owen lo describió de la siguiente forma: “Larga y cerrada barba negra molduraba el pálido, picado y enérgico rostro del emperador; la mirada firme, penetrante y altiva encaraba a la persona a quien se dirigía y le constreñía muchas veces a bajar los ojos”.

     Como un espíritu luminoso de dos siluetas, repartido en la muerte entre las dos patrias en que nació, vivó, luchó y murió, don Pedro permanece hoy como un lazo de aproximación entre brasileños y portugueses.

     A pesar de las divergencias del pasado y de las incertidumbres de un mundo en rápido proceso de transformación en el presente, Brasil y Portugal han conseguido mantener y reforzar con relativo éxito sus vínculos ancestrales. En la primera mitad del siglo XX, por tanto, bastante después de la Independencia, más de 1 millón de portugueses emigraron a Brasil. sus descendientes directos – hijos, nietos y bisnietos – son estimados hoy en 25 millones de personas. Es un grupo que incluye nombres famosos como las actrices Marília Pêra y Fernanda Montenegro, el director Antunes Filho, el escritor Rubem Fonseca, las cantantes Fafá de Belém y Fernanda Abreu, el músico y escritor Tony Bellotto (nieto de portugueses, a pesar del apellido italiano), la presentadora Ana Maria Braga, el médico Drauzio Varella, el futbolista Zico y los empresarios Abilio Diniz y Antônio Ermírio de Moraes, este fallecido en 2014.

     A partir de la década de 1990, la ola migratoria se invirtió. Portugal fue invadido por dentistas, publicistas, enfermeras, manicuras, administradores de empresa brasileños, entre otros profesionales, que actualmente forman la mayor comunidad extranjera en territorio portugués, estimada en 120 mil personas. Todos los años, más de 1 millón de pasajeros atraviesan el Atlántico en viajes de turismo o negocios entre los dos países. La producción cultural brasileña – en especial la música, el cine, las telenovelas y miniseries de televisión – es admirada y ávidamente consumida en Portugal. En la economía, ocurre lo opuesto. Hay cerca de setecientas empresas portuguesas en territorio brasileño, algunas de las cuales son líderes en sectores estratégicos como transportes, comunicaciones, energía, producción de alimentos y comercio.

     Estos números son una prueba de que, dos siglos después, el sueño del Reino Unido alimentado por innumerables brasileños y portugueses hasta 1822 todavía se mantiene vivo. Es un reino menos formal que el imaginado por don Juan VI, don Pedro I y José Bonifácio de Andrada e Silva, pero más sólido y duradero porque tiene sus raíces plantadas en la lengua y en la cultura que siempre funcionaron como identidad entre estos dos pueblos.

Laurentino Gomes

XXI. 1822: La guerra de los hermanos.

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CUANDO ERAN ADOLESCENTES EN RIO de Janeiro, los hermanos Pedro y Miguel tenían entre sus diversiones favoritas los juegos de guerra. El pintor francés Jean-Baptiste Debret cuenta que los príncipes “organizaban y comandaban ejércitos formados por los hijos de los esclavos, de negritos y mestizos”, que se enfrentaban en la Quinta da Boa Vista, en São Cristóvão, donde vivían, o en la Real Hacienda de Santa Cruz, donde pasaban las vacaciones de verano. En una de esas ocasiones, Debret presenció “un asalto victorioso de chiquillos capitaneados por don Pedro sobre la guardia real de São Cristóvão, obligando a huir a los soldados”. En 1832, esos inocentes juegos de críos se tornarían realidad. Durante los dos años siguientes, los dos hermanos protagonizarían la más larga y cruenta guerra civil de la historia de Portugal. El enfrentamiento entre los liberales, bajo el mando de don Pedro, y los absolutistas, liderados por don Miguel, dejó miles de muertos en los mares, campos y ciudades y abrió heridas que tardarían más de un siglo en cicatrizar.

     Diferentes en todo, los hermanos nacieron con el sino cambiado en relación a los padres. Don Pedro, el preferido de don Juan, heredaría la índole de la madre, Carlota Joaquina. Era activo, inquieto, aventurero y enamoradizo. Don Miguel, el protegido de Carlota, tenía el carácter del padre. Menos impulsivo que su hermano, estaba apegado a la etiqueta, a la tradición y al protocolo. Sus rasgos físicos delicados alimentaban los rumores de que tenía inclinaciones homosexuales, sospecha que también acompañó a su padre en Brasil. El periodista José Antônio Dias Lopes, gran especialista en historia gastronómica portuguesa y brasileña, descubrió otra diferencia, muy curiosa, entre los dos príncipes: a don Miguel, al contrario que a toda la descendencia de los Braganza, no le gustaban el caldo de gallina ni los pollos asados en manteca, manjares favoritos de don Pedro y su padre, don Juan. Su plato predilecto era la carne de caza.

     En una familia marcada por la intriga y por las conspiraciones, hasta su filiación era puesta en duda. Don Miguel nació en 1802, cuando el matrimonio de sus padres ya flaqueaba. Los rumores, obviamente nunca comprobados, lo señalaban como el resultado de un romance entre Carlota Joaquina y don Pedro José Joaquim Vito de Meneses Coutinho, sexto marqués de Marialva, de quien habría heredado los rasgos físicos y el gusto por la equitación. Laura Junot, marquesa de Abrantes – mujer del general Jean Andoche Junot, comandante de las tropas francesas que invadieron Portugal en 1807 -, divulgó en sus memorias una versión aún más mordaz. Según ella, don Miguel sería hijo de João dos Santos, casero de la Quinta do Ramalhão, donde Carlota Joaquina acostumbraba a veranear. Una coplilla popular de la época satirizaba la supuesta traición:

Dom Miguel não é filho / D’El Rei Dom João

É filho de João dos Santos / Da quinta do Ramalhão

Nem de Pedro / Nem de João

Mas do caseiro / Do Ramalhão       

     Diferentes en la apariencia, en el carácter y en los gustos personales, los hermanos habrían de diverger profundamente también en política. Masón, admirador de Napoleón Bonaparte y lector de los ilustrados franceses, don Pedro fue un monarca liberal y modernizador de las leyes y costumbres de su tiempo. Don Miguel, al contrario, era conservador, contrario al régimen constitucional y adepto al absolutismo real. Fueron estas divergencias las que desembocaron en la guerra civil.

    Desde la muerte de don Juan VI, en 1826, la crisis política portuguesa se había agravado. Dos decisiones tomadas por don Pedro todavía en Rio de Janeiro – la amnistía a los presos políticos y la concesión de una Constitución liberal – dividieron a Portugal por la mitad. “El país profundo, rural, tradicionalista, legitimista, clerical, cerrado sobre sí mismo, se identificaba con don Miguel”, anotó el historiador portugués Eugénio dos Santos. “Don Pedro recogía la simpatía de una franja de población urbana, […] de intelectuales y burgueses, muchos de ellos fugitivos del régimen absoluto”.

     En la ciudad de Oporto, en cuanto se supieron las decisiones de don Pedro, el gobernador militar, el general João Carlos de Saldanha de Oliveira e Daun, nieto del marqués de Pombal, se adhirió a los liberales y envió una delegación a Lisboa para exigir el inmediato juramento de la nueva Carta constitucional. Los absolutistas reaccionaron con levantamientos militares en varias ciudades. Todavía esperanzado con una solución pacífica, don Pedro nombró a su hermano regente de Portugal en un decreto del 3 de julio de 1827, pero impuso dos condiciones: don Miguel debía jurar la nueva Constitución y casarse con su sobrina y legítima heredera al trono, Maria da Glória, que se convertiría en reina de hecho cuando alcanzase la mayoría de edad.

     Aparentando aceptar las exigencias de su hermano, don Miguel dejó el exilio en Viena y desembarcó en Lisboa el día 22 de febrero de 1828. Fue recibido con júbilo por los absolutistas. En su condición de regente, en marzo disolvió las cámaras, cesó al gobierno, prohibió la ejecución del himno constitucional, apartó a los gobernadores liberales y convocó las cortes para decidir quien asumiría el trono en lugar de don Juan VI. En julio de 1828, él mismo fue declarado rey legítimo con mandato retroactivo al 10 de marzo de 1826, fecha de la muerte de su padre, lo que anulaba todos los actos de don Pedro y también ilegitimaba la pretensión de su hija, Maria da Glória, al trono portugués.

     Entronizado con el nombre de don Miguel I, el nuevo rey tenía el apoyo de la gran nobleza, cuyos intereses estaban amenazados por los liberales, y de la Iglesia católica, que lo veía como la salvación contra las semillas anticlericales plantadas por la Revolución Francesa. Sacerdotes y obispos usaban los púlpitos de las iglesias en todo el país para envenenar al pueblo contra la transformación de los tiempos. El día 15 de marzo de 1829, el Vaticano anunció la excomunión de todos los liberales portugueses. En enero de 1834, ya al final de la guerra, el mismo don Pedro sería excomulgado por el papa Gregorio XVI. “Su Majestad ha sido elegido para expulsar de este Reino escogido a los Masones, que son los más astutos y fieles discípulos que el demonio ha tenido”, disertó en 1832 el predicador real del palacio de Bemposta, Francisco do Santíssimo Coração de Maria Cardoso e Castro Magalhães, refiriéndose a la campaña de don Miguel contra la masonería, sustentáculo de los liberales.

     En los meses siguientes a la aclamación de don Miguel, el clima de terror se instaló entre los portugueses. En marzo de 1829, había 23.190 personas en las prisiones. Otras 40.790 habían emigrado a América o países vecinos. Se construyeron horcas en varias ciudades para ejecutar a los adversarios políticos. Se estima en 1.122 el total de opositores asesinados. El episodio de mayor repercusión fue el ahorcamiento de diez liberales el día 7 de mayo de 1829 en Oporto. Después de ejecutados en dos patíbulos levantados en la plaza Nova, actual plaza de la Libertad, a los muertos se les cortaron las cabezas que quedaron expuestas varios días en las ciudades de Oporto, Feira, Aveiro y Coimbra. En el mismo proceso, otras trece personas fueron condenadas al exilio en África e India. Antes de partir, cuatro de ellas recibieron azotes en plaza pública. El nuevo gobierno también confiscó 17.317 propiedades y mandó quemar 868 casas. “Lo peor era el odio, el odio que se propagaba como una mancha corrosiva”, registró el coronel jubilado inglés Hugh Owen, residente en la ciudad de Oporto y testigo ocular de la guerra civil.

     Incapaces de resistir el ímpetu absolutista, el general Saldanha y los demás jefes liberales de Oporto huyeron a Inglaterra y España, desde donde comenzarían a tramar la destitución del nuevo rey. Ya en julio de 1828, mes de la ascensión de don Miguel al trono, una revuelta liberal irrumpió en la isla Terceira, en las Azores, que se convertiría en los años siguientes en un santuario de la resistencia contra el absolutismo. Allá se trasladaron en marzo del año siguiente los líderes refugiados en Inglaterra. El 11 de agosto, una flota miguelista trató de reconquistar la isla. Al intentar desembarcar en la actual playa de la Victoria, fue rechazada por la tropa mandada por el conde de Vila Flor, futuro duque de Terceira. Fortalecidos, los liberales comenzaron a ocupar las islas vecinas hasta que consiguieron dominar todo el archipiélago.

     Los acontecimientos de Portugal estimularon en don Pedro I, ya impopular y desprestigiado en Brasil, su conocida atracción por los grandes desafíos. A los 23 años se había convertido en el héroe del nuevo mundo al proclamar la Independencia brasileña. Ahora, era su tierra natal, el viejo terruño portugués, la que lo atraía y fascinaba. La causa era noble y ofrecía unas oportunidades únicas de gloria. “Don Pedro sentía así la irresistible seducción del papel que le destinaba la Historia”, escribió el historiador Tobias Monteiro. “Ser el reformador de las instituciones políticas de Portugal y prolongar en el Viejo Mundo la obra de reconstrucción liberal iniciada en América”. La guerra contra don Miguel sería su último acto como hombre de dos patrias, en la definición de Octávio Tarquínio de Sousa: “La de adopción (Brasil) lo abandonaba, mientras que la de nacimiento (Portugal) lo atraía”. Por la causa de su hija, Maria da Glória, don Pedro consumiría sus últimos tres años de vida.

     A mediados de 1828, aún sin saber del golpe emprendido por su hermano en Lisboa, don Pedro decidió enviar a Maria da Glória a Viena, donde quedaría al cuidado de su abuelo, Francisco I, hasta el momento del planeado matrimonio con su tío. La princesa zarpó de Rio de Janeiro bajo la protección del marqués de Barbacena, todavía fiel aliado del emperador brasileño. Al llegar a Gibraltar, Barbacena tuvo conocimiento de las alarmantes noticias de Portugal y decidió cambiar de planes. Desconfiando de un apoyo velado del gobierno austríaco a don Miguel, llevó a Maria da Glória a Inglaterra y, después de seis meses de expectativa, la devolvió a su padre en Rio de Janeiro.

     Después de abdicar al trono brasileño, en 1831, don Pedro asumió el título de duque de Braganza y desembarcó en Europa en busca de apoyo diplomático y financiero para la guerra contra su hermano. A primera vista, el escenario le parecía favorable. En Francia, el nuevo rey liberal, Luis Felipe, era su primo. En Inglaterra también hubo cambios. El conservador lord Wellington, héroe de la victoria contra Napoleón Bonaparte en Waterloo, fue sustituido en la jefatura del gobierno por lord Grey, también afecto a la causa liberal. Al caer, Wellington se inclinaba a reconocer a don Miguel como legítimo gobernante de Portugal. El nuevo gabinete decidió postergar la decisión y dar alguna oportunidad a los opositores comandados por don Pedro. La simpatía política, sin embargo, no se convirtió de inmediato en apoyo militar y financiero. El duque de Braganza fue homenajeado y tratado con deferencia tanto en Londres como en París, pero ninguno de los dos gobiernos estuvo de acuerdo en darle el soporte necesario.

     El fracaso de las primeras negociaciones obligó a don Pedro a iniciar la campaña contra su hermano en condiciones precarias. Al partir de las Azores, el 27 de junio de 1832, mandaba un ejército romántico, que tenía entre sus filas a dos futuros escritores y poetas famosos – Alexandre Herculano y Almeida Garrett -, pero cuyas perspectivas de victoria parecían remotas. La tropa estaba compuesta por 7.500 voluntarios, muchos de ellos sin ningún entrenamiento militar, mientras que el ejército de don Miguel sumaba una fuerza diez veces mayor, de 80 mil oficiales y soldados regulares. Por la falta de dinero, el pago de los sueldos iba tres meses atrasado.

     Sin alternativas, sólo le quedaba a don Pedro gastar parte de la fortuna que había acumulado en Brasil. Todavía en las Azores, autorizó el reintegro de 12 mil libras esterlinas de su cuenta del banco Rothschild para financiar los gastos del ejército. También buscó seducir a portugueses ricos ofreciéndoles ventajas en los negocios públicos en caso de victoria. Uno de ellos, Joaquim Pedro Quintela do Farrobo, segundo barón de Quintela, aceptó ayudar a los liberales a cambio de la promesa de que tendría por doce años el monopolio de la distribución de tabaco en Portugal. Pagó por el contrato 1.200 contos anuales, mientras que en Lisboa había ofertas de 1.400 contos anuales. El deterioro de 6 millones de cruzados a la Hacienda pública fue el precio cobrado por la ayuda en un momento de desesperación.

     Al anochecer del día 7 de julio de 1832, los centinelas miguelistas apostados en Villar do Paraíso, aldea de pescadores al sur del río Duero, descubrieron en la línea del horizonte las velas de la escuadra liberal, que se aproximaba a la costa portuguesa. Cerca de las nueve de la noche, los tambores anunciaron la noticia a todos los habitantes de la ciudad. El desembarco comenzó al final de la mañana del día siguiente. El lugar escogido, Arnosa de Pampelido, es una playa de arenas gruesas batida por el viento situada en la localidad de Mindelo, algunos kilómetros al norte de Oporto. En la época era también conocida como la playa de los Ladrones debido a las bandas de salteadores y contrabandistas que la frecuentaban. Hoy rebautizada como playa de la Memoria, se destaca en el paisaje por un obelisco al pie del cual una placa pintada por los gamberros anuncia: “Donde el viejo Portugal acaba y el nuevo comienza”.

     Para los habitantes de Oporto, fueron horas de tensión y miedo. Todos creían que la ciudad – la segunda más importante de Portugal, después de la capital, Lisboa – sería atacada por los liberales y que el ejército miguelista la defendería hasta el último hombre. Curiosamente, no fue lo que ocurrió. Los miguelistas evacuaron Oporto sin intercambiar tiros con la menguada fuerza liberal que se aproximaba. Este permanece hasta hoy como el mayor misterio de la guerra civil portuguesa. Los oficiales de don Miguel no sólo dejaron de proteger la ciudad, sino que allí abandonaron miles de armas, balas y municiones, incluyendo cincuenta cañones. Ni siquiera se preocuparon de mantener los dos puntos estratégicos vitales de la región – la fortaleza de Foz, crucial para el control de las entradas y salidas de barcos en el estuario del Duero, y la importantísima sierra del Pilar, desde donde se tiene el dominio de ambos márgenes del río, incluyendo la ciudad de Oporto y su vecina Vila Nova de Gaia.

     Si los absolutistas hubieran mantenido esas dos posiciones, la derrota de don Pedro habría estado sellada nada más empezar. Al desembarcar, el ejército liberal estaba exhausto y hambriento. Su artillería no pasaba de un obús y dos cañones que, en ausencia de animales de carga, eran tirados con mucho sacrificio por los soldados. Los historiadores barajan tres posibles explicaciones para el comportamiento misterioso de los absolutistas. En una primera hipótesis, habrían tenido como objetivo aislar a los liberales en Oporto, transformando la ciudad en una ratonera, de la que sólo saldrían humillados o muertos. La segunda estaría relacionada con las supuestas y veladas simpatías del principal comandante miguelista, el vizconde de Santa Marta, a la causa de don Pedro. La tercera explicación sería la incompetencia pura y simple, de la que los oficiales de don Miguel darían renovadas pruebas a lo largo de la guerra.

     A falta de un caballo de gran porte, don Pedro entró en Oporto montando un percherón, pequeño animal de carga y trabajo que un vecino atento a la causa liberal le proveyó en el trayecto de la playa a la ciudad. Era el sino irónico que lo acompañaba en los momentos de gloria: había sido en un animal tosco como éste, un “penco” en la descripción del padre Belchior, en el que hizo el Grito del Ipiranga, diez años antes. Sus soldados lo acompañaban llevando en la boca de los fusiles manojos de hortensias recogidos al borde del camino, y cuyos pétalos azules y blancos reproducían los colores símbolo de la monarquía constitucional. Las horcas de la plaza Nova fueron desmontadas. Los presos, liberados. El verdugo João Branco, odiado por la crueldad con la que ejecutaba a los adversarios, fue fusilado a tiros de espingarda. Los residentes, no obstante, reaccionaron con una mezcla de alivio y aprehensión. La ciudad famosa por las luchas libertarias, de la que siete siglos antes el príncipe Alfonso Henriques saliera para expulsar a los moros de Lisboa y consolidar el reino de Portugal, celebraba la llegada del ejército liberal, pero sabía que el futuro era incierto y peligroso.

     Los temores se confirmaron más tarde. Lo que parecía un paseo al comienzo rápidamente se transformó en una pesadilla. Las fuerzas miguelistas abandonaron la ciudad, pero no la guerra. Al contrario, después de la primera retirada, cerraron un arco en torno a Oporto, impidiendo la entrada de personas, armas, municiones y alimentos. Los liberales, de hecho, habían caído en una ratonera. Los meses siguientes fueron de hambre, enfermedad, desesperación y mucho sacrificio. Ninguna ayuda llegaba de fuera. Bacalao, carne, aceite, cebollas y otros ingredientes de la cocina tradicional local desaparecieron del mercado. Hambrientos, soldados y moradores cazaban perros, gatos, burros, caballos y roedores en terrenos baldíos y áreas pantanosas. La madera de las casas era usada para encender hogueras con las que se intentaba apaciguar el frío. En marzo el pagamento del sueldo de la tropa ya iba un año atrasado. Una epidemia de cólera diezmó a millares de personas.

     En medio de la adversidad don Pedro se reveló el jefe militar delicado y carismático que habría de quedar para siempre en la memoria de la ciudad de Oporto. Le cabía al “rey-soldado”, como pasó a ser llamado desde entonces, cuidar de la defensa de la ciudad y también alimentar y celar por la supervivencia de cerca de 60 mil habitantes, prisioneros del cerco junto con su ejército. Los días lluviosos de invierno, recorría la ciudad a pie, con las botas cubiertas de barro y usando un capote militar largo hasta los pies, que lo protegía del frío. Incansable e hiperactivo, se implicaba en todo. Bajaba a las trincheras, orientaba a los tiradores, supervisaba los almacenes, visitaba hospitales y heridos, participaba de las reuniones para la toma de decisiones estratégicas. A veces, se exponía a riesgos innecesarios. En un lugar llamado Batería Victoria, situado en la parte alta de la ciudad, una bala disparada desde el margen opuesto del río Duero mató a un oficial que estaba a su lado. Otra rebotó en la pared de la iglesia vecina y pasó rozando la cabeza del emperador.

     Curiosamente, a pesar de la situación angustiosa, todavía encontraba tiempo para pasear, divertirse y, detalle aún más sorprendente, cortejar. Al partir a la guerra, había dejado a la emperatriz Amélia y a sus dos hijas – Maria da Glória y Maria Amélia – en Francia. Después, incomodadas por el trato poco cortés recibido de las autoridades francesas, las tres se mudaron a Inglaterra, de donde partirían para Lisboa en septiembre de 1833. Cuando ya llevaba lejos de su mujer diecinueve largos meses, don Pedro buscó consuelo en brazos plebeyos. Todavía en las Azores, mientras organizaba la expedición, se enredó con una monja, Ana Augusta Peregrino Faleiro Toste, de 23 años, campanera del convento de la Esperanza en la isla Terceira. Con ella, la famosa “máquina triforme” del emperador entraría en acción una vez más: Ana Augusta dio a luz al último hijo bastardo de don Pedro, un niño que, bautizado con el mismo nombre que el futuro Pedro II de Brasil – Pedro de Alcântara -, murió pronto y fue enterrado con honores por los jefes liberales isleños. Algunos historiadores dicen que don Pedro habría tenido un último lance amoroso durante el Cerco de Oporto, con una comerciante de lozas de la calle Assunção. El resultado en este caso habría sido una infección venérea, con la que el emperador conviviría hasta su muerte en septiembre de 1834.

     Iniciado en julio de 1832, el Cerco de Oporto duró hasta mediados del año siguiente. En total los miguelistas hicieron 29 ataques a la ciudad. Algunos fueron repelidos de forma desesperada por los liberales cuando los adversarios ya ocupaban calles y plazas importantes. Según los cálculos del coronel Owen, el total de muertos entre los liberales fue de 2.792 soldados. O sea, de cada dos voluntarios que habían embarcado con don Pedro en las Azores, uno murió. El ejército miguelista, sin embargo, tuvo bajas mucho mayores, 23.004 hombres. Las víctimas civiles fueron estimadas en cerca de 3 mil, de las cuales mil alcanzadas por el fuego de los cañones y fusiles y 2 mil por enfermedades.

     En medio de la carnicería, hubo también episodios pintorescos que hoy forman parte del anecdotario de la historia portuguesa. Uno de ellos fue el fiasco de un arma que se esperaba decisiva para la victoria de los miguelistas. Era un poderoso cañón-obús Paixhans donado a don Miguel por João Paulo Cordeiro, que se había enriquecido con el monopolio del comercio de tabaco con Brasil. Bautizado como “mata-malhados” en referencia al apodo con el que los liberales eran conocidos (malhados), el cañón fue llevado en comitiva desde Lisboa a Oporto durante varias semanas. De tan pesado, eran necesarias trece yuntas de bueyes para arrastrarlo por las carreteras y caminos agujereados. Se cuenta que en todas las ciudades y pueblos por los que pasaba era expuesto a la visita de los habitantes y rociado con agua bendita por los párrocos y frailes adeptos a la causa absolutista.

     Posicionado en los barrancos del río Duero, con el cañón apuntando al centro de la ciudad de Oporto, después del primer tiro, sin embargo, el “mata-malhados” se reveló una decepción. El disparo era tan potente que reventaba los tímpanos de los artilleros. La violencia del estampido descolocaba el arma de su posición, haciendo que perdiese la mira. Calibrarla de nuevo exigía enorme esfuerzo, a tal punto que los miguelistas desistieron de usar toda su capacidad de tiro y pasaron a cargarlo con sólo media carga de pólvora. Al cabo de algunos días, se volvió tan inofensivo que se convirtió en motivo de mofas entre los abnegados moradores de Oporto.

     El cerco fue roto gracias a una rápida secuencia de acontecimientos que cambiarían el rumbo de la guerra en menos de dos meses. En Londres, el embajador informal de los liberales, don Pedro de Sousa Holstein, marqués de Palmela, consiguió de los ingleses, después de mucha insistencia, el apoyo que don Pedro buscaba desde el comienzo de la campaña. El día 1 de junio de 1833, cinco navíos de guerra a vapor británicos, mandados por el almirante Charles Napier, aparecieron en la desembocadura del río Duero trayendo piezas de artillería, 150 marineros y 322 soldados experimentados y bien entrenados. Tres semanas después, Napier burló la vigilancia del enemigo y, en un golpe de audacia, desembarcó en el Algarve, extremo sur del territorio portugués, 2.500 soldados al mando del duque de Terceira. Esta tropa avanzó rápidamente por el Alentejo en dirección a Lisboa, mientras que en el mar el genial Napier obtenía una victoria memorable al destruir la escuadra de don Miguel cerca del cabo San Vicente. En seguida, sus barcos entraron por el Tajo y bloquearon la capital que, sin resistencia, fue ocupada el día 24 de junio.

     El día 28, don Pedro dejó Oporto en dirección a la capital, donde fue recibido triunfalmente. La guerra en Portugal, sin embargo, estaba lejos de terminar. Don Miguel se refugió en Santarém, tradicional reducto absolutista, y de allí pasó a dirigir la resistencia en las ciudades del interior. La capitulación sólo llegó el 26 de mayo de 1834. Según las condiciones del tratado de rendición, firmado en la localidad de Évora Monte, don Miguel pudo partir con seguridad hacia el exilio, ahora con carácter definitivo.

     Incluso después de la capitulación oficial, los absolutistas impondrían un último y siniestro sacrificio a los habitantes de la heroica ciudad de Oporto. La noche del 16 de agosto de 1833, los miguelistas que se retiraban de la ciudad resolvieron incendiar los almacenes de la Compañía de Viñedos del Alto Duero, en Vila Nova de Gaia, donde estaban guardados 17.374 barriles de vino y 533 de aguardiente. El objetivo era evitar que las existencias fuesen vendidas o hipotecadas por los ingleses para financiar la reconstrucción nacional planeada por los liberales. Olas de fuego bajaron en dirección al Duero como un torrente de lava volcánica. El río se tiñó de rojo. El daño, de 2.500 contos de réis, fue un durísimo golpe a las ya abatidas finanzas nacionales.

     Al final de la guerra, el coronel Owen hizo una lista de veinte factores que habrían contribuido al triunfo liberal contra todas las aparentes adversidades. La victoria al comienzo de la campaña era tan improbable que Owen bautizó su lista como “los veinte milagros”. “Nunca hubo una causa perdida en el abismo de lo imposible como la de los liberales”, explicó. “Nunca ninguna otra fue auxiliada por tantos acontecimientos imprevistos e improbables”. La lista incluía el cambio de escenario político en Europa, la incompetencia de los ministros y oficiales de don Miguel, “la energía inaudita y sin parangón de los habitantes de Oporto” y, finalmente, la última y más importante de todas las explicaciones: “La milagrosa conservación de la existencia de don Pedro, que duró el tiempo necesario para la ejecución de sus planes, bajo el padecimiento de una dolencia mortal”.

     El legado de don Pedro en la historia portuguesa sería largo y profundo. Con pequeñas alteraciones, la Constitución liberal otorgada en 1826 regiría los destinos del país hasta 1910, año de la Proclamación de la República. Los colores azul y blanco, símbolos de la monarquía liberal de su hija, doña Maria II, se mantendrían en la bandera hasta ser sustituidos, ese mismo año, por los colores actuales, verde y rojo, emblema de los republicanos. Su obra modernizadora de leyes y costumbres maduró con el fin de la guerra contra su hermano. Por un lado, actuó con rigor al confiscar los bienes de la Iglesia católica, extinguir el diezmo que gravaba algunas actividades económicas para sostener a los conventos y, finalmente, expulsar de Portugal a las órdenes y autoridades eclesiásticas que habían apoyado la causa absolutista. Por otro, impidió la venganza de los liberales más exaltados, que defendían la prisión y las penas de muerte para los derrotados. En su lugar, concedió una amnistía a los adversarios y permitió que su hermano partiese hacia el exilio, sin represalias. Era su rasgo característico – imponerse primero y contemporizar después. “Sólo vencía para perdonar”, afirmó el historiador Alberto Pimentel.

     El pueblo portugués, sin embargo, quería sangre. Nadie se conformaba con el trato generoso dispensado a los hombres que tantos sufrimientos habían impuesto al país. Cierta noche, al llegar al teatro San Carlos, en Lisboa, don Pedro fue rodeado por la multitud enfurecida, que lanzaba barro y piedras a su carruaje. Indiferente a los gritos y ofensas, subió al palco acompañado de su mujer e hijas. La platea lo recibió con lentos abucheos. Algunas personas lanzaron monedas en su dirección, insinuando que había vendido su propio honor al contemporizar con los derrotados. Pálido, el emperador tuvo un acceso de tos. Su pañuelo blanco quedó rojo de sangre. Estaba tuberculoso. Sorprendida por la escena, la multitud hizo silencio. Don Pedro guardó el pañuelo y, con voz ronca, ordenó que siguiese el espectáculo. Era el anuncio del fin. La gloria alcanzada en los campos de batalla se cobraría de él un precio altísimo, aún mayor del que ya había pagado al abdicar al trono brasileño en 1831: su propia vida.

Laurentino Gomes

XX. 1822: Adiós a Brasil.

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EL ACERVO DEL MUSEO IMPERIAL de Petrópolis, en Rio de Janeiro, guarda uno de los intercambios de correspondencia más tristes jamás registrados en la historia brasileña. Son las cartas entre don Pedro I, después de abdicar al trono brasileño, y su hijo, el futuro emperador Pedro II, entonces un niño de sólo cinco años, que su padre dejaba en Brasil sin esperanzas de volver a verlo.

     Padre e hijo no tuvieron tiempo de despedirse en la madrugada del 7 de abril de 1831, fecha de la abdicación de don Pedro I. Amenazado por los tumultos que tomaban las calles de Rio de Janeiro y los aledaños de la Quinta da Boa Vista, en São Cristóvão, el emperador se esfumó en la oscuridad y se refugió en la fragata inglesa Warspite, que lo esperaba a alguna distancia de la playa de Caju. Iba acompañado de su mujer, la emperatriz Amélia, y de la pequeña reina de Portugal, Maria da Glória. Antes de partir, en un gesto de gran significado político que habría de enriquecer su ya debilitada imagen personal, nombró a su ex adversario José Bonifácio de Andrada e Silva tutor de los cuatro huérfanos reales que quedaban atrás: don Pedro II y sus hermanas Januária, de nueve años, Paula Mariana, de ocho, y Francisca, de seis. Cuando salió de palacio, los niños estaban durmiendo. El historiador Tobias Monteiro cuenta que don Pedro se acercó a la cama de cada uno de ellos y los besó en silencio, conteniendo las lágrimas a duras penas.

     El impacto de esta ruptura familiar, forzada por los acontecimientos políticos, puede ser medido por la correspondencia entre padre e hijo en los años siguientes. La primera carta es del pequeño don Pedro II, un crío flacucho, melancólico y solitario, que quedó huérfano de madre con sólo un año y ahora perdía también a su padre. En ausencia de la familia, cabría a las élites brasileñas prepararlo para asumir el trono a los catorce años y servir al Estado en el largo y relativamente estable Segundo Reinado, entre 1840 y 1889, año de la Proclamación de la República. El emperador niño supuestamente escribió esta primera carta con la orientación de sus criadas al despertarse la mañana siguiente y descubrir que su padre, su hermana mayor y su madrastra se habían ido para siempre. En ella, pide a don Pedro que, a pesar de la distancia, no lo olvide:

Mi querido padre y mi señor

Cuando me levanté y no encontré a Su Majestad Imperial y a mamá para besarle la mano, no me pude consolar ni puedo, mi querido papá. Pido a Su Majestad Imperial que nunca se olvide de este hijo que siempre ha de guardar obediencia, respeto y amor al mejor de los padres tan pronto perdido para su hijo. Beso respetuoso las augustas manos de Su Majestad Imperial. Este de Su Majestad Imperial añorante y obediente hijo, Pedro.

     La segunda carta guardada en los archivos del Museo Imperial es la respuesta de don Pedro I, escrita el 12 de abril de 1831, cinco días después de la abdicación, ya a bordo del navío inglés:

Mi querido hijo y mi emperador. Mucho le agradezco la carta que me escribió. Mal la pude leer porque las lágrimas eran tantas que me impedían ver. […] ¡Dejar hijos, patria y amigos, no puede haber mayor sacrificio! […] Acuérdese siempre de su padre, ame a su patria y la mía, siga los consejos que le den aquellos que cuidan de su educación y cuente con que el mundo le ha de admirar. […] Reciba la bendición de su padre que se retira nostálgico y sin más esperanzas de verle. Don Pedro de Alcántara.

     En otra carta, en el mismo año, el pequeño don Pedro II, atormentado por la nostalgia, pide que su padre le envíe un mechón de pelo como recuerdo. Es una cartita corta, de letra trémula, que él, a pesar de su poca edad, aparentemente intentó escribir solo: “Mi querido padre y mi señor. Tengo mucha añoranza de Su Majestad Imperial y mucha pena de no besarle la mano. Como obediente y respetuoso hijo, Pedro, pido a Su Majestad Imperial un trozo de su cabello […]”.

     En total, padre e hijo intercambiaron 39 cartas entre 1831 y 1834, año de la muerte de don Pedro I (Pedro IV de Portugal), en Queluz.  En el acervo del Museo Imperial hay también una carta que la joven emperatriz Amélia escribió a su hijastro don Pedro II al partir para Europa:

Hijo mío del corazón y mi Emperador. ¡Adiós, niño querido, delicia de mi alma, alegría de mis ojos, hijo que mi corazón había adoptado! ¡Adiós para siempre! […] ¡Ah, querido niño, si yo fuese tu verdadera madre, si mi vientre te hubiese concebido, ningún poder valdría para separarme de ti, ninguna fuerza te arrancaría de mis brazos! […] Pero tú, ángel de inocencia, y de hermosura, no me perteneces sino por el amor que dediqué a tu augusto padre. ¡Adiós pues, para siempre!

     Después, en la misma carta, Amélia hacía una llamada a las madres brasileñas para que, en su ausencia, adoptasen al “huérfano coronado”.

     A pesar de la fuerte carga emocional contenida en algunos textos, ésta es, obviamente, una correspondencia de Estado, que excede los límites de la comunicación trivial entre dos personas comunes y mortales. Como ocupantes o herederos de los tronos de Brasil y Portugal, Amélia, don Pedro I y don Pedro II eran también instituciones, y sus mensajes, cuidadosamente escritos y observados por los asesores que los rodeaban, indican hoy los rumbos que pretendían dar a la política en los dos países. En una carta de 1833 (dos años después de su abdicación), don Pedro I aconseja a su hijo mantener el sistema de monarquía constitucional, el único capaz de evitar la guerra civil y la “desmembración” de Brasil. También le sugiere que tome clases de historia y geografía. “Estudia y […] hazte digno de gobernar tan grande Imperio”, afirma. Es un tono meditado y cuidadoso, de quien escribe consciente de la repercusión que tales orientaciones tendrían en la vida política brasileña y en la biografía del propio autor. Ejemplo de esto es el consejo que un don Pedro más serio, más sabio y maduro – muy diferente al “Diablillo” de las antiguas cartas a la marquesa de Santos – envía a su hijo el 11 de marzo de 1832:

El tiempo en que se respetaba a los príncipes únicamente por ser príncipes se acabó. En el siglo en que estamos, en que los pueblos están bastante instruidos de sus derechos, es menester que los príncipes igualmente sean y reconozcan que son hombres y no divinidades, y que les es indispensable tener muchos conocimientos y buena opinión para que puedan ser antes amados que incluso respetados.

     Cuatro razones contribuyeron de forma decisiva en la abdicación de don Pedro I en 1831. Las dos primeras, ya vistas anteriormente, fueron los escándalos de su vida privada y su notoria oscilación entre los intereses brasileños y portugueses. Su relación con la marquesa de Santos y la muerte de la popular emperatriz Leopoldina, llorada hasta por los esclavos y las personas más humildes, causaron perturbación en un país aún muy católico y conservador, cuya población consideraba ese tipo de comportamiento intolerable. Las condiciones del tratado de reconocimiento de la Independencia, en las que se acordaba indemnizar a los portugueses, eran señaladas por los brasileños como la prueba definitiva de que el soberano se inclinaba más a agradar a sus compatriotas de nacimiento que a los de su patria de adopción. Todo esto hizo que don Pedro perdiese rápidamente el aura de héroe de la Independencia conquistada en 1822.

     Un tercer motivo de la abdicación fue la larga y extenuante guerra contra Argentina por el control de la provincia Cisplatina, el actual Uruguay, también llamada Banda Oriental por su localización geográfica, al este del río de la Plata. “Uno de los despojos del desmembrado imperio colonial español”, en definición de los historiadores István Jancsó y André Roberto de A. Machado, la provincia fue invadida en 1816 por las tropas del príncipe regente don Juan, en represalia contra España que, aliada de Napoleón, tomó de Portugal la ciudad de Olivenza en 1801. Cinco años más tarde, fue oficialmente incorporada al Imperio brasileño para alivio de las oligarquías locales. Sin la protección de la antigua metrópoli española, los hacendados vivían hasta entonces aterrados por las bandas armadas que invadían sus propiedades para robar ganado. La tregua fue, no obstante, pasajera.

     En 1825, Juan Antonio Lavalleja inició una insurrección con el objetivo de separar la Cisplatina de Brasil e incorporarla a las Provincias Unidas del Río de la Plata, conglomerado de regiones relativamente autónomas de cultura española que daría origen a la República Argentina. Don Pedro reaccionó declarando la guerra a los argentinos sin evaluar adecuadamente las consecuencias de su movimiento. Con el Imperio virtualmente roto, envuelto en problemas financieros, políticos y diplomáticos, el emperador no estaba en condiciones de movilizar los recursos necesarios para mantener la campaña militar en el sur. Impopular desde el comienzo, la guerra segó la vida de cerca de 8 mil brasileños. Además de drenar los recursos del tesoro nacional, azotó a las demás regiones con los temidos reclutamientos forzosos, en los que los jóvenes eran capturados a la fuerza para integrar las tropas en un conflicto que los brasileños, en rigor, no identificaban como de su interés.

     El Imperio acabó derrotado de forma humillante en 1827, cuando las fuerzas argentinas y uruguayas masacraron a los brasileños en la localidad de Ituzaingó. La paz vendría el 27 de agosto de 1828 con la firma del tratado arbitrado por Inglaterra que dio la independencia a Uruguay. El nuevo país nacía para servir de tapón, o parachoques, entre los intereses de Brasil y Argentina en el estratégico desfiladero del rio de la Plata, región que Portugal y España se habían disputado de forma encarnizada durante los tres siglos de la colonización. El emperador fue identificado como el gran culpable de la derrota. “La pérdida del territorio uruguayo fue un duro golpe a su imagen de depositario de la herencia de los Braganza en el conjunto de América, de cuya integral preservación su responsabilidad era intransferible”, observaron István Jancsó y André Roberto de A. Machado. “El hechizo que hizo del príncipe el libertador y Defensor Perpetuo de Brasil, por aclamación de los pueblos, se rompió”.

     Dos efectos colaterales de la Guerra Cisplatina fueron el agravamiento de la crisis financiera y la indisciplina en los cuarteles. En 1828 más de la mitad del presupuesto público se gastaba en los departamentos militares. Sin recaudación de impuestos suficiente para cubrir los gastos, fue necesario buscar nuevos préstamos externos. La inflación se disparó. En los ocho primeros años de país independiente, las emisiones de dinero más que se duplicaron, saltando de 9.171 contos en 1822 hasta 20.350 en 1830. En 1829, el papel moneda circulaba en São Paulo con una devaluación superior al 40%, haciendo que un billete de mil réis fuese cambiado por menos de seiscientos réis. Nadie creía en el dinero brasileño.

     La agitación en los cuarteles, a su vez, era consecuencia de la contratación de un número cada vez mayor de mercenarios extranjeros para suplir a las tropas nacionales. Al llegar a Brasil, los nuevos soldados eran sometidos a una dura disciplina, que incluía el azote con vergajos – exactamente como el país acostumbraba a tratar a sus esclavos negros. Esto resultó en una explosión de odio en las calles de Rio de Janeiro en 1828. Un soldado alemán fue prendido y condenado a recibir azotes por una pequeña falta disciplinaria. Antes de que el castigo llegase a su fin, sus compañeros se rebelaron y liberaron al prisionero. Un oficial que intentó controlarlos fue asesinado. Todos los batallones extranjeros de la ciudad, formados por irlandeses, franceses, suizos y alemanes, inmediatamente se solidarizaron con los rebeldes. Embriagados y sin control, los mercenarios comenzaron una oleada de saqueos por toda la ciudad, sólo contenida con mucho esfuerzo. El saldo del enfrentamiento fue pavoroso: cuarenta personas muertas del lado brasileño contra 120 soldados extranjeros.

     Todas estas dificultades convergieron en la cuarta y definitiva razón del desgaste del emperador: la permanente inestabilidad política del Primer Reinado, resultante, en gran medida, del carácter impulsivo y autoritario del soberano. La disolución de la Constituyente, en 1823, la censura a la prensa, la persecución de periodistas, excompañeros de la masonería y adversarios políticos en general, el cruel trato a los mártires de la Confederación del Ecuador y otras decisiones minaron rápidamente la ya precaria red de apoyo que el emperador consiguió tejer al inicio de su reinado.

     En nueve años en el trono brasileño, don Pedro cambió diez veces de gobierno – de media, más de una al año. En total, tuvo 45 ministros en este periodo, un tercio de los cuales era portugués de nacimiento. Su autoridad fue constantemente desafiada por una oposición cada vez más fuerte y bien organizada, que usaba la prensa para propagar sus ideas. En 1830, ya había cerca de veinte periódicos en circulación en Rio de Janeiro y más de cincuenta en todo el Imperio – la mayoría ligados a los liberales adversarios del emperador.

     En 1829, la Cámara de los Diputados intentó aprobar la recusación de dos ministros, el de Justicia, Lúcio Soares Teixeira de Gouveia, y el de la Guerra, el general Joaquim de Oliveira Alves, acusados de mala administración y abuso de poder. El blanco no eran exactamente los ministros, sino el propio monarca. Según la Constitución de 1824 le cabía exclusivamente a él nombrar y cesar a los ministros. En el episodio de la recusación, el parlamento también reivindicaba esta prerrogativa, lo que significaba reducir el poder imperial. Don Pedro venció por escasa mayoría – 39 votos a 32 -, pero la situación se complicó al año siguiente, con la elección de la nueva legislatura, en que la oposición salió reforzada. Sorprendido por el tono agresivo del intercambio de comunicaciones entre el emperador y los opositores, el conde Alexis de Saint-Priest, representante de Francia en Rio de Janeiro, definió la situación política brasileña de la siguiente manera: “Nadie puede gobernar, todo el mundo intriga y las relaciones del gobierno con sus adversarios no son de lucha, sino de conspiración”.

     La crisis política estaba directamente ligada a la disputa entre portugueses y brasileños, fuerte lo suficiente para contaminar al círculo más próximo al emperador. En diciembre de 1829, don Pedro cambió una vez más el gobierno y entregó el cargo más importante a Felisberto Caldeira Brant Pontes, el influyente marqués de Barbacena que, en su condición de representante de Brasil en Londres, tantos servicios prestó al Imperio. Barbacena intentó conducir un gobierno conciliador, empeñado en establecer un puente de diálogo entre un parlamento fortalecido en las recientes elecciones y un soberano cada vez más celoso de su autoridad. Una de sus exigencias para asumir el cargo, no obstante, fue que don Pedro se librase del supuesto “gabinete secreto”, o sea, de la influencia de sus amigos portugueses, señalada como nociva en su relación con la Cámara y el Senado. Don Pedro cedió y despidió de palacio a Francisco Gomes da Silva, el Chalaza, y a João Rocha Pinto, también mencionado como integrante del “gabinete secreto”. Ambos fueron enviados a Europa donde pasarían a vivir con una generosa pensión vitalicia financiada por el tesoro brasileño.

     El astuto Chalaza más tarde encontró una forma de vengarse de Barbacena. Al desembarcar en Europa se dedicó a recoger indicios de corrupción contra el nuevo ministro. Una de las irregularidades estaba relacionada con el primer préstamo externo contraído por Brasil, por valor de 3 millones de libras esterlinas, negociado por Barbacena y otro diplomático brasileño, Manuel Rodrigues Gameiro Pessoa, futuro vizconde de Itabaiana, en un banco inglés el 20 de agosto de 1824. Aunque eran diplomáticos del Imperio – o sea, funcionarios públicos -, Barbacena y Gameiro recibieron una comisión de 59.998,10 libras esterlinas, equivalente al 2% sobre el total del préstamo. Otro porcentaje del mismo valor habría sido pagado a los banqueros y negociadores ingleses. Según la declaración de Chalaza, Barbacena también había manipulado los tipos de cambio y engordado muchos de sus gastos mientras era representante de Brasil en Europa. El efecto de la intriga envenenó de tal modo las relaciones del emperador con el ministro que Barbacena acabó cesado y humillado públicamente, aunque las denuncias nunca fueron debidamente comprobadas.

     Fuera del gobierno, Barbacena reforzó el ya poderoso bloque de la oposición. Además de publicar en los periódicos detalles molestos de la negociación del segundo matrimonio de don Pedro con Amélia (ya citados en el capítulo 18), envió al emperador, el día 15 de diciembre de 1830, una osada carta, en la que avisaba que su ex aliado podía acabar sus días “en alguna prisión de Minas, en calidad de loco, y realmente sólo un loco sacrifica los intereses de una nación, de su familia y de la realeza en general a los caprichos y seducciones de criados mercachifles portugueses”. Finalmente, alertaba de que, en caso de que el soberano continuase comportándose de aquella forma – “portugués y absoluto de corazón” -, su ruina sería inevitable. “La catástrofe, que plazca a Dios no sea general, aparecerá en pocos meses; tal vez no llegue a seis”. La profecía se cumpliría antes del  plazo previsto. Don Pedro caería menos de cuatro meses después.

     Los últimos meses del reinado de don Pedro fueron de tumultos y sobresaltos en todo el país. Una ola de rumores comentaba que el emperador preparaba un golpe absolutista, mediante el que cambiaría la Constitución de 1824 con el objetivo de reforzar aún más sus propios poderes y subyugar al parlamento. Los rumores tenían fundamento. Algún tiempo antes, don Pedro llegó a hacer una consulta a dos de sus auxiliares más próximos – su confesor, fray Antônio da Arrábida, y Francisco Vilela Barbosa, el marqués de Paranaguá – respecto de la conveniencia de reformar la constitución. Fray Arrábida le desaconsejó llevar el proyecto adelante de manera enfática: “Queme, Señor, el papel que contenga este requisito, que sólo pensado se juzgaría crimen. […] Él nos arrastraría a la más espantosa ruina”.

     Un evento en Francia contribuyó a agriar los ánimos. Fue la caída del rey Carlos X, un defensor tardío del absolutismo real, en julio de 1830. En su lugar, los franceses colocaron en el trono al liberal Luis Felipe, también llamado “el rey burgués” porque tenía el apoyo de la nueva clase de ricos y comerciantes sin títulos de nobleza que, desde la Revolución Francesa, agitaba los cimientos del poder en el país. El cambio, intensamente celebrado por los liberales brasileños, produjo una tragedia en São Paulo. La noche del 20 de noviembre, el periodista italiano Juan Bautista Líbero Badaró fue asesinado de un tiro en el estómago en la puerta de su casa. Badaró era redactor del periódico Observador Constitucional, que sostenía la causa de los liberales y ayudó a organizar una manifestación de júbilo por los acontecimientos de Francia. Sus últimas palabras fueron: “Muere un liberal, pero no muere la libertad”. El crimen incendió los ánimos de los paulistas y puso a la otrora fiel provincia contra el emperador. Un periódico exaltado llegó a señalar a don Pedro I como ordenante del asesinato.

     Atemorizado por el rumbo de los acontecimientos, don Pedro decidió ir a Minas en compañía de la emperatriz Amélia. Esperaba que los mineros lo acogiesen con el mismo entusiasmo de la épica jornada que antecedió a la Independencia en 1822. Juzgaba que de allí volvería regenerado y fortalecido, exactamente como ocurrió la víspera del Grito del Ipiranga. Esta vez, sin embargo, cosechó un resultado opuesto. Fue un viaje lento y triste. Saliendo de Rio de Janeiro el 29 de diciembre, don Pedro sólo llegó a Vila Rica (actual Ouro Preto), la capital de la provincia, casi dos meses después, el 22 de febrero. Encontró un clima tan malo entre la población que estuvo en la ciudad sólo dos días. En Barbacena, el paso de la comitiva coincidió con la celebración de las exequias de Líbero Badaró. En vez de celebrar la presencia del soberano, las campanas de las iglesias doblaron el toque de difuntos. En otras localidades, las casas en que estuvo hospedado fueron apedreadas tras su salida.

     Al volver a Rio, el 11 de marzo, casi tres meses después de su partida, fue recibido con frialdad por los brasileños. Los portugueses, en contrapartida, decidieron homenajearlo. La organización de las manifestaciones le cupo a una organización llamada Columnas del Trono, defensora del absolutismo real, que pregonaba “el emperador sin tramojo”, o sea, sin el parlamento. Fue el estopín de un enfrentamiento que pasaría a la historia como la “Noche de las Garrafadas” y tuvo como epicentro la calle Quitanda, reducto del comercio lusitano.

     Al anochecer del día 11, un grupo de portugueses puso faroles en sus casas y encendió hogueras dando vivas al emperador. Los brasileños respondieron al día siguiente con manifestaciones capitaneadas por el periodista paraibano Antônio Borges da Fonseca, federalista y redactor del periódico O Repúblico, que se oponía a don Pedro. El domingo, día 13, la situación se puso más tensa cuando el grupo de Borges da Fonseca apagó algunas hogueras y rompió a pedradas cristales de ventanas y faroles de las casas portuguesas. Los adeptos al emperador reaccionaron de forma violenta, atacando a los brasileños con piedras, trozos de vidrio y botellas rotas. Varias personas resultaron heridas.

     Los tumultos continuaron durante tres días y contribuyeron a desgarrar definitivamente las relaciones del emperador con la Asamblea Legislativa. El día 17, una reclamación firmada por 24 parlamentarios liderados por el senador paulista Nicolau Pereira de Campos Vergueiro fue entregada a don Pedro. Exigía medidas contra los portugueses que habían atacado a brasileños en la Noche de las Garrafadas. En caso contrario, decía el texto, quedaría el pueblo brasileño autorizado a “vengar él mismo por todos los medios su honor y orgullo maculados”. Era, en la práctica, un ultimátum. Más que eso, “un anuncio de revolución”, como observó el historiador Tobias Monteiro. Don Pedro ignoró el documento. La revolución comenzó en seguida.

     El día 1 de abril, cuando un grupo de gente pasaba frente al Pazo Imperial, en el centro de la ciudad, el emperador se asomó a una ventana para saludar a sus fieles. En otras circunstancias, era costumbre que todos se quitaran el sombrero en señal de respeto al monarca. Esta vez, nadie se descubrió. El día 3 se reanudaron los desórdenes. A plena luz del día, bandas armadas recorrían las calles amenazando a las personas y rompiendo ventanales. La calle Direita fue escenario de tumultos y asesinatos.

     El día 5, don Pedro destituyó una vez más al gobierno, investido apenas tres semanas antes y formado sólo por brasileños. En su lugar nombró a un equipo de gobierno sin autoridad ni apoyo político. El día 6, la multitud comenzó a aglomerarse en el campo de Santana, tradicional punto de manifestaciones políticas. El objetivo era forzar al emperador a restablecer el Gobierno disuelto el día anterior. Al tener conocimiento de la exigencia, que le fue canalizada por tres jueces, don Pedro se mantuvo inflexible. “Todo lo haré para el pueblo, pero nada por el pueblo”, respondió. De vuelta a la plaza, los jueces fueron recibidos por la multitud con gritos de “Muerte al traidor” y “¡A las armas!”.

     A las once y media de la noche, los militares comenzaron a abandonar los cuarteles para unirse al pueblo en el campo de Santana. Entre ellos estaban los oficiales y soldados del Batallón del Emperador, encargado de proteger la Quinta da Boa Vista. Poco después de las tres de la madrugada, abandonado y sin un sólo centinela para guarnecer las puertas del palacio, don Pedro entregó la carta de abdicación al mayor Miguel de Frias e Vasconcelos, ayudante del general Francisco de Lima e Silva (padre del futuro duque de Caixas), que también se había adherido a los rebeldes. Pidió que el texto fuese leído al pueblo y a la tropa reunidos en la plaza: “Usando el derecho que la Constitución me concede, declaro que he muy voluntariamente abdicado en la persona de mi muy amado y apreciado hijo el Sr. Don Pedro de Alcântara. Boa Vista, siete de abril de 1831, décimo de la Independencia y del Imperio”.

     Faltaba poco para la salida del sol cuando el emperador dejó el palacio vestido de paisano – una chaqueta marrón y sombrero redondo. En ausencia de la guardia de honor, dos diplomáticos, representantes de Inglaterra y de Francia, lo acompañaron hasta la fragata Warspite, donde permaneció los seis días siguientes. En este periodo, recibió los respetos del cuerpo diplomático, la visita de antiguos colaboradores y aprovechó para hacer un inventario de los bienes que dejaba en Brasil. Según sus cuentas, había acumulado un patrimonio estimado en mil contos de réis. Era una gran fortuna, pero de lejos la mayor de Brasil. Los estudios hechos por el historiador João Luís Ribeiro Fragoso basados en los inventarios de los hombres ricos de Rio de Janeiro de la época revelan, por ejemplo, que al morir, en 1808, el comerciante portugués Braz Carneiro Leão tenía una fortuna de 1.500 contos de réis, o sea, un 50% mayor que la del futuro emperador. Si se añade la inflación durante el periodo, la diferencia todavía sería superior.

     La lista de bienes de don Pedro incluía casas, terrenos, títulos de inversión, diversos esclavos, sesenta carruajes, diamantes y objetos de oro y plata. Después de inventariar su patrimonio, pidió que le enviasen a bordo un pequeño ajuar para el viaje: dieciocho sábanas, doce fundas de almohada, doce toallas y “dos orinales imperiales”. El 12 de abril, cargó su propio equipaje – en el que había una caja con tenedores y cubiertos de plata y “algunos sacos llenos de oro en polvo” – al mudarse a la fragata Volage, más grande y confortable, en la que zarpó al día siguiente.

     Mientras que el emperador partía para Europa, la abdicación era conmemorada por los brasileños con un entusiasmo todavía mayor que el de la proclamación de la Independencia nueve años antes. El Siete de Abril se convirtió en nombre de plazas y lugares públicos por todo el país – caso de São Paulo, que venera la fecha en una de sus calles más famosas, situada en el centro de la ciudad. También daría popularidad a los acordes del Himno Nacional, que hoy resuenan por los estadios de fútbol del mundo entero en cada partido de la selección brasileña. La música de Francisco Manuel da Silva fue compuesta originalmente en 1822, para su ejecución por banda en conmemoración de la Independencia de Brasil, pero nunca tuvo una gran repercusión popular ni fue adoptada como himno oficial. En 1831, añadió nuevos versos y pasó a llamarse Himno al Siete de Abril, en celebración de la caída de don Pedro I. La letra, atribuida al juez y poeta piauiense Ovídio Saraiva de Carvalho e Silva, decía en sus versos finales:

Nuevas generaciones sostengan / De la Patria el vivo esplendor,

Sea siempre nuestra gloria / El día libertador

     En las décadas siguientes, el Himno al Siete de Abril se reveló de múltiples usos. En 1841 fue ligeramente modificado para homenajear a don Pedro II, recién coronado emperador. Finalmente, en 1890, un año después de la Proclamación de la República, sería adoptado como Himno Nacional, con letra de Joaquim Osório Duque Estrada, escogida en concurso público diecinueve años más tarde.

Laurentino Gomes

XIX. 1822: El rey portugués.

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DON JUAN VI MURIÓ DE forma misteriosa el 10 de marzo de 1826, dos meses antes de cumplir 59 años. Su agonía comenzó la semana anterior, con una crisis de hígado que lo hacía vomitar una sustancia verdosa y amarga producida por la bilis. A la mañana siguiente, mejor dispuesto, pidió que lo llevasen a dar un paseo en carruaje a lo largo del río Tajo. El día 4, parecía recuperado. Se despertó y desayunó, con el apetito de siempre, un pollo colorado, queso, tostadas y naranjas producidas en el norte de África. Tras ingerir las frutas, sin embargo, tuvo una nueva crisis, devastadora y sin retorno, con vómitos y convulsiones. La hipótesis del envenenamiento, muy comentada en la época, cobró aliento recientemente con los análisis de los restos mortales de don Juan hechos durante los trabajos de restauración de la iglesia de São Vicente de Fora, en Lisboa, donde fue sepultado. El estudio indicó una elevada concentración de arsénico en las vísceras, en cantidad suficiente para matarlo en pocas horas.

     ¿Quién asesinó al rey de Portugal? En 1826, los dos mayores interesados en la desaparición de don Juan VI eran su mujer, la reina Carlota Joaquina, que contra él intentó innumerables conspiraciones fracasadas, y el hijo menor de la pareja, el príncipe don Miguel, segundo en la línea sucesoria al trono y que ya una vez intentó un golpe infructuoso contra su padre. En una conversación con el embajador británico William Court, dos meses más tarde, la propia reina reforzaría los rumores al decir que su marido había sido “envenenado por los bandidos que lo rodeaban”. Dio hasta la composición de la sustancia utilizada para matarlo: un compuesto del arsénico llamado agua tofana.

     La noticia del fallecimiento del rey produjo una ola de conmoción que atravesó el Atlántico y causó una tormenta en Rio de Janeiro. En principio, con la Independencia, todos los vínculos que unían Brasil a Portugal se habían roto. El propio don Pedro había reafirmado esto a orillas del Ipiranga al anunciar que “ningún lazo más nos une a Portugal”. En otra declaración famosa, contenida en la carta a su padre ya citada en este libro, dijo: “De Portugal nada, nada; no queremos nada”. La muerte de don Juan demostró que eran afirmaciones más retóricas que prácticas. Por más que se declarase brasileño de corazón, don Pedro continuaba ligado a la antigua metrópoli por lazos poderosos, que incluían también la sucesión al trono lusitano.

     Al tener conocimiento oficial de la muerte de su padre, el día 24 de abril, don Pedro recibió también los papeles timbrados con la notificación de que era el legítimo heredero del trono portugués. Le bastaba decir sí para usar dos coronas, la de Brasil, ya suya en su condición de emperador, y la de Portugal, como sucesor de don Juan. Obviamente, no era una decisión tan simple. Tal vez en ningún otro momento de su vida don Pedro se había enfrentado con un dilema tan complicado de resolver.

     En caso de que decidiese acumular las dos coronas y volviese a Lisboa, ciudad donde nació, anularía la Independencia de Brasil, cuya ruptura con Portugal costó sangre y mucho sufrimiento en la guerra acabada apenas dos años antes. En otra alternativa también difícil de aceptar, si continuase gobernando desde Rio de Janeiro, Portugal sería devuelto a la condición de colonia de Brasil, situación que de hecho estuvo en vigor durante la permanencia de la corte de don Juan en los trópicos, entre 1808 y 1821. Rechazar la corona portuguesa implicaba igualmente consecuencias drásticas. Había una guerra en marcha en Portugal, entre liberales y absolutistas. Don Pedro era visto como una esperanza de solución por los liberales y en hipótesis alguna podía omitirse.

     Amedrentado con la encrucijada que el destino colocaba en su camino, el emperador pidió orientación a ocho consejeros. Uno de ellos, fray Antônio da Arrábida, su fiel confesor y portugués de nacimiento, opinó que no había mal alguno en asumir las dos coronas, siempre que Portugal y Brasil fuesen mantenidos como reinos autónomos bajo el liderazgo del mismo monarca. Los brasileños, sin embargo, fueron mayoritariamente contrarios a la propuesta. “Todos los argumentos que empleamos en defensa de nuestra independencia se volverían contra Su Majestad”, alertó Felisberto Caldeira Brant Pontes, el marqués de Barbacena. Sugirió que don Pedro conservase la corona portuguesa sólo el tiempo necesario para garantizar la independencia de las dos naciones y poner algún orden en la agitada situación política en Lisboa. Significaba confirmar la regencia de su hermana, Isabel Maria (nombrada por don Juan VI en los días finales de su agonía), dar amnistía a los presos políticos y una constitución a Portugal, convocar las cortes para refrendarla y abdicar en favor de su hija Maria da Glória, entonces todavía una niña de siete años.

     Don Pedro acató el parecer de Barbacena y dio la noticia en la sesión inaugural de la primera legislatura del parlamento brasileño, en mayo de 1826: “Ahora conozcan algunos brasileños incrédulos que el interés por Brasil y el amor por su independencia es tan fuerte en mí que abdiqué a la corona portuguesa para no comprometer los intereses de Brasil, del cual soy defensor perpetuo”. La reacción entre los parlamentarios fue de entusiasmo. Incluso hasta férreos opositores, como el diputado minero Bernardo Pereira de Vasconcelos, futuro ministro del Imperio, elogiaron el gesto. “Este reconocimiento consolida el sistema brasileño, llenando de alegría el corazón de los brasileños”, afirmó Vasconcelos, para seguido reafirmar “las virtudes por las que el mundo ya da a Su Majestad Imperial el nombre de héroe del siglo XIX”.

     Don Pedro fue rey de Portugal, con el nombre de Pedro IV, entre el 20 de marzo y el 2 de mayo de 1826, fecha de la abdicación en favor de su hija Maria da Glória. En la práctica sólo ejerció sus poderes durante una semana, a partir del 26 de abril, día en que aceptó oficialmente la corona que le era ofrecida por los papeles que llegaron de Lisboa. En esos escasos siete días tomó decisiones de gran impacto. La más importante fue dar a los portugueses una nueva Constitución. La anterior, votada por las cortes en 1822, había sido revocada en mayo del año siguiente por el movimiento conocido como Vilafrancada – insurrección contra los liberales encabezada por el infante don Miguel en la ciudad de Vila Franca de Xira, que disolvió las cortes y rehabilitó a don Juan VI en la condición de rey absoluto.

     La nueva Constitución de don Pedro era una copia casi literal de la brasileña, otorgada por el emperador dos años antes, como muestra un documento hoy guardado en el Museo Imperial de Petrópolis. Es el proyecto de la nueva carta constitucional portuguesa con las enmiendas hechas en el texto de la ley brasileña por orden del emperador. Las anotaciones, garabateadas con la letra de Francisco Gomes da Silva, el Chalaza, amigo y secretario particular de don Pedro, revelan cambios cosméticos. Donde estaba escrito, por ejemplo, “Imperio de Brasil” pasó a constar “Reino de Portugal”. Innovaciones como el Poder Moderador, incluidas en la Constitución brasileña de 1824, fueron mantenidas íntegras en Portugal. Como resultado, Brasil y su antigua metrópoli quedaban a partir de aquel momento bajo el amparo de la misma ley – una constitución sorprendentemente avanzada y liberal para la época, como se vio en uno de los capítulos anteriores.

     La intervención de don Pedro en los asuntos portugueses ocurrió en circunstancias delicadas. Al morir, don Juan VI dejó un país al borde de la ruptura política y profundamente debilitado por la pérdida de Brasil, su mayor y más rica colonia. Sus últimos años de reinado habían sido de mucho sufrimiento para el soberano y sus súbditos. En la vuelta a Lisboa, en julio de 1821, la nao en que viajó quedó incomunicada en los muelles por orden de las cortes, como si trajese a bordo no al rey de Portugal, sino a un enemigo o una enfermedad contagiosa. A parte de sus acompañantes les fue prohibido desembarcar, al ser acusados de corrupción en Brasil (el caso del vizconde de Rio Seco) o considerados enemigos del nuevo régimen instalado en Lisboa. Desde la tribuna, el diputado Manuel Borges Carneiro avisó: “Sepa esta corte infame, corrupta y depravada que la nación portuguesa no ha de tener con ella contemplación alguna”. Cuando, finalmente, fue autorizado a poner los pies en tierra, don Juan se sorprendió al verse transformado en mero fantoche de las cortes, impedido para nombrar a sus propios ministros o tomar las decisiones más esenciales de gobierno. La situación cambió con la Vilafrancada de mayo de 1823 que, además de disolver las cortes, elevó al infante don Miguel al puesto de comandante del Ejército portugués.

     Restituido en sus poderes, no por ello don Juan tuvo paz. Al contrario, el enemigo ahora estaba dentro de casa. Carlota Joaquina, que había sido desterrada de la corte en 1822 por rehusar jurar la nueva Constitución liberal, recuperó sus privilegios y se alió con el príncipe don Miguel en un nuevo golpe, la Abrilada, así bautizado debido a la fecha en que fue provocado, abril de 1824. Esta vez, el blanco era el propio rey. Transformado en virtual prisionero de su hijo y su mujer, don Juan fue salvado por la intervención de los ingleses, que lo acogieron a bordo de uno de sus barcos. Don Miguel fue destituido del mando de las armas y enviado al exilio en Austria, de donde volvería en 1828 para usurpar el trono proclamándose rey absoluto. El resultado fue la guerra civil portuguesa – tema del capítulo 21 de este libro -, en la que el destino de la corona portuguesa fue decidido en el campo de batalla estando a un lado el usurpador, don Miguel, y al otro su hermano, don Pedro, padre de la legítima sucesora, la futura reina Maria II.

     Todos estos acontecimientos pusieron a don Pedro en el centro del ruedo político de Portugal. Al contrario de lo que había prometido a los brasileños, jamás podría librarse de él. La concesión de la nueva constitución, seguida de la abdicación en favor de la princesa Maria da Glória, lo transformó en avalista del proceso político portugués, cabiéndole a él asegurar que los derechos de su hija serían respetados hasta que alcanzase la mayoría de edad y asumiese el trono. Al mismo tiempo, esto lo debilitaba cada vez más en Brasil. Las desconfianzas en relación a don Pedro eran tantas que algunos brasileños lo acusaban hasta de mantener en Rio de Janeiro un supuesto “gabinete secreto” – un equipo paralelo de gobierno, liderado por el Chalaza e integrado exclusivamente por los amigos portugueses del emperador.

     La creciente implicación en los asuntos de Portugal hizo de don Pedro un soberano equilibrista con un pie a cada lado del Atlántico. Era una situación ambigua, que persistía desde 1822. En la práctica, él pasó buena parte del Primer Reinado gobernando simultáneamente dos países: Brasil, en su condición de emperador, y Portugal, como padre de la reina niña. Esta mezcla de intereses hacía que los representantes brasileños en Europa ocupasen gran parte de su tiempo empeñados en discutir cuestiones relacionadas con Portugal como si fuesen temas brasileños. De la misma forma, los diplomáticos extranjeros establecidos en Rio de Janeiro eran constantemente accionados por don Pedro para intervenir en la delicada situación política lusitana.

     Un ejemplo de este malabarismo fue el lento proceso de reconocimiento de la Independencia brasileña. Los dos primeros monarcas en aprobar el Brasil independiente fueron los obás Osemwede, de Benim, y Osinlokun, de Lagos, dos reinos situados en la costa africana, por una razón obvia: eran, junto con Luanda, en Angola, los mayores exportadores de esclavos para los labrantíos y ciudades brasileñas. Seguidamente vino el reconocimiento por parte de los Estados Unidos, en mayo de 1824, también por una fuerte motivación política y económica. Medio siglo después de hacerse independientes de Inglaterra, los norteamericanos ya comenzaban a emerger como la nueva potencia continental. En diciembre de 1823, el presidente James Monroe proclamó la doctrina que llevaría su nombre y pautaría desde entonces la política exterior de Estados Unidos: “América para los americanos”. Cualquier intervención europea en el continente sería contraria a sus intereses y considerada, por lo tanto, un acto de hostilidad por el gobierno de los Estados Unidos. Brasil estaba incluido en la esfera de influencia de la nueva potencia.

     En el caso de Portugal, el reconocimiento no vino hasta 1825, después de una larga y tortuosa negociación. Al proclamar su Independencia, Brasil deshizo la red de negocios, privilegios, cargos y lazos familiares que durante más de trescientos años prevalecía entre la colonia y la metrópoli. Era complicado revolver en todo eso sin abrir heridas y provocar resentimientos. Había también sutilezas diplomáticas que precisaban ser tenidas en cuenta. Mantener el linaje real portugués en Brasil facilitaría el reconocimiento por parte de las potencias europeas, en la época reunidas bajo la bandera de la Santa Alianza, que defendía el derecho ancestral de los reyes a gobernar los pueblos por herencia y delegación divina. Además de esto, por vanidad personal, don Juan VI quería mantener el título de emperador de Brasil aunque sólo con carácter honorífico. Su hijo se obstinaba en contrariarlo.

     La solución encontrada fue pintoresca. Por el tratado denominado “paz y alianza”, negociado en Lisboa y Rio de Janeiro por el diplomático británico Charles Stuart, el rey don Juan VI reconocía “a Brasil la categoría de imperio independiente y separado del reino de Portugal y el Algarve, y a su sobretodo muy amado y apreciado hijo don Pedro por emperador, cediendo y transfiriendo por su libre voluntad la soberanía de dicho imperio a su mismo hijo y a sus legítimos sucesores”. O sea, don Juan reconocía el imperio de Brasil y asumía él mismo el título de emperador para, seguidamente, transferirlo de buena voluntad a su hijo don Pedro. En la práctica, la independencia dejaba de ser una conquista de los brasileños para convertirse en una concesión del rey de Portugal. Además, por una cláusula todavía más curiosa, don Juan VI mantenía formalmente, como era su deseo, el título de emperador honorífico de Brasil hasta su muerte, como si don Pedro ocupase el trono como mero delegado del soberano portugués y no por la libre elección de los brasileños. “Todo se resumía a un negocio de familia”, señaló el historiador Luiz Lamego. “El padre cedía al hijo la colonia, reservándose, no obstante, el título de emperador”.

     Según el artículo tercero del tratado, don Pedro también se comprometía a rehusar cualquier propuesta de anexión de otras colonias portuguesas al nuevo Imperio brasileño. El objetivo era bloquear al poderoso lobby de traficantes de esclavos asentados en Salvador y Rio de Janeiro, interesado en incorporar a Brasil las regiones abastecedoras de mano de obra cautiva en África. Cuando llegaron a Angola las noticias del Grito del Ipiranga, también comenzaron a circular panfletos imprimidos en Brasil, obviamente por orden del lobby esclavista, invitando a la colonia de Benguela a unirse al Imperio brasileño. Al entender de los traficantes, si una parte del territorio africano fuese reconocida como brasileña, el futuro el abastecimiento de esclavos podría ser considerado un asunto doméstico. Así, sería posible burlar las presiones británicas a favor de un tratado internacional para prohibir el tráfico negrero en todo el Océano Atlántico – prohibición ya en vigor en el Atlántico norte desde 1810.

     Como curiosidad, cabe registrar que las conversaciones para el reconocimiento de la Independencia escondían un plan secreto para llevar a don Juan VI de vuelta a Brasil. Su autor fue don Pedro de Sousa Holstein, entonces marqués y más tarde duque de Palmela. No conforme con perder Brasil, que él definía como “tan bella y vasta herencia” portuguesa, en 1824 Palmela sugirió a Inglaterra que aprovisionase barcos con el objetivo de escoltar a don Juan a Bahia. Según sus cálculos, el rey sería reconocido y aclamado en Salvador, de donde seguiría para Rio de Janeiro, cumplimentando el mismo trayecto que había recorrido en 1808. Palmela creía que la fidelidad de don Pedro le impediría tomar las armas contra su padre. El plan fracasó porque el gobierno inglés, a esas alturas ya empeñado en reforzar sus lazos comerciales con el nuevo Brasil independiente, se negó a facilitar la ayuda pedida por Palmela.

     Como principal negociadora del reconocimiento del Brasil independiente, Inglaterra se valió de su poder económico y político para sacar ventaja de la nueva situación. En 1825, Brasil ya era el tercer mercado más importante de productos ingleses, gracias al ventajoso tratado comercial firmado por don Juan en 1810 que concedía a Inglaterra tarifas de importación inferiores a las de sus competidores en los puertos brasileños. El tratado vencía en julio de 1825, y todo el esfuerzo de los ingleses se concentró en convencer a don Pedro para renovarlo a cambio del reconocimiento de la Independencia. Y así pasó. Además de asegurar la prórroga de las ventajas aduaneras para sus productos, Inglaterra perpetuó en el Brasil independiente algunos de los privilegios de los que gozaba en Portugal, como el derecho a nombrar magistrados especiales con la misión de juzgar todas las causas que implicasen a ciudadanos británicos. Los mismos ingleses residentes en el país elegirían a esos jueces, que sólo podrían ser destituidos por el gobierno brasileño mediante la previa aprobación del representante de Inglaterra.

     El intercambio de cartas entre don Pedro I y don Juan VI revela que padre e hijo mantuvieron una actitud cordial hasta el fin de las negociaciones y que conocían los riesgos implicados. “Su Majestad verá que puse de mi parte todo cuanto pude y, por mí, con dicho tratado, está hecha la paz”, escribió el emperador brasileño en septiembre de 1825, pidiendo a su padre que ratificase el acuerdo celebrado en Rio de Janeiro con la intermediación del embajador británico. En la misma carta, admitía que las concesiones hechas a Portugal – y “difíciles y bastante arriesgadas” – iban más allá de lo aceptable por los brasileños y ciertamente lo dejarían más frágil en el juego político del Primer Reinado. Dos meses más tarde, al comunicarle la ratificación del tratado, don Juan le recomendaba prudencia: “Tu no desconoces cuántos sacrificios he hecho por ti, sé agradecido y trabaja también por tu parte para cimentar la recíproca felicidad de estos pueblos que la Divina Providencia confió a mi cuidado, y esto dará gran placer a este padre que tanto te ama y su bendición te deja”.

     Con la firma del tratado, el camino estaba abierto para que todas las demás monarquías europeas reconociesen al Brasil independiente. La primera fue la propia Inglaterra, seguida de Austria, gobernada por el padre de la emperatriz Leopoldina, Francisco I, todavía a finales de 1825. Después Francia, Suecia, Holanda y Prusia. Los términos de la negociación con Portugal, sin embargo, causaron indignación entre los brasileños y contribuyeron a desgastar la imagen de don Pedro, en especial cuando se tuvo conocimiento de una cláusula secreta por la cual Brasil se comprometía a pagar a los portugueses la cuantía de 2 millones de libras esterlinas en concepto de indemnización. Parte de ese dinero sería destinado a cubrir las deudas que Portugal había contraído con Inglaterra con el propósito de movilizar tropas, barcos, armas y municiones para combatir la emancipación de Brasil entre 1822 y 1823. Las propiedades y otros bienes portugueses confiscados durante los conflictos también serían devueltos a sus dueños originales. En resumen, después de ganar la guerra les tocaba a los brasileños resarcir los perjuicios de sus adversarios derrotados. Los opositores acusaron a don Pedro de “comprar la independencia”.

     En verdad, don Pedro pagaría por su doble papel un precio mucho más elevado que la indemnización asegurada a Portugal. Sería la pérdida misma del trono brasileño, en 1831.

Laurentino Gomes

XVIII. 1822: La marquesa.

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18. Marquesa de Santos

EL RETRATO MÁS CONOCIDO DE LA MARQUESA de Santos es de autoría del pintor Francisco Pedro do Amaral, discípulo del francés Jean-Baptiste Debret en la Academia Imperial de Bellas Artes. El cuadro muestra una mujer de rostro redondo, ojos grandes y negros, cejas espesas y bien delineadas, labios finos y nariz levemente puntiaguda. Los contornos de la boca le dan un aire serio y enigmático. El cuello es largo y delgado. El cuerpo de curvas generosas indica un peso por encima del que recomendaría el patrón de belleza actual. El conjunto no llega a ser bello ni sensual, pero revela una persona altiva, atrayente y determinada.

     Testigos de la época confirman esta impresión. Felisberto Caldeira Brant Pontes, vizconde y después marqués de Barbacena, la definió como “mediocremente bonita”. Condy Raguet, representante de los Estados Unidos en Rio de Janeiro, anotó que ella consiguió encantar a don Pedro “sin poseer una gran belleza que la recomendase”. Otro diplomático, el conde de Gestas, cónsul general de Francia en Brasil, afirmó que poseía “un exterior agradable que puede pasar por belleza en un país donde ésta es rara”. Para el aventurero alemán Carl Seidler, “la marquesa no era absolutamente bonita, y era de una corpulencia fuera de lo común”. El también alemán Carl Schlichthorst añadió que “no le falta bastante gordura, lo que corresponde al gusto general”.

     Los pocos textos de autoría de la marquesa que han sobrevivido al paso del tiempo indican que, aunque poderosa, era semianalfabeta, como el resto de casi la totalidad de los brasileños de aquel tiempo. Un ejemplo es la carta sin puntuación y repleta de faltas de ortografía que envió a don Pedro en 1828, ya en la fase final de su romance: “Siñor. Perdoneme que le diga esto no necesito concejos no soi como Su Majetad mis respuestas nasen de mi corazon”.

     El romance de don Pedro I con la paulista Domitila de Castro Canto e Melo – nombre completo de la marquesa – se entrelaza y confunde con el Grito del Ipiranga. Es la gran historia de amor que sirve de molde a la proclamación de la Independencia de Brasil. Sus huellas están en los personajes, en el calendario, en el paisaje y en todos los acontecimientos decisivos de la más importante semana de la historia brasileña, como se puede observar en la lista siguiente:

  1. Uno de los testigos del Grito del Ipiranga, el alférez Francisco de Castro Canto e Melo, era hermano de Domitila. Había salido de Rio de Janeiro con el reducido grupo que acompañaba al príncipe regente a São Paulo y dejó un registro precioso de los acontecimientos a orillas del Ipiranga;
  2. Santos, la ciudad que el entonces príncipe regente visitó la víspera de la Proclamación de la Independencia, prestaría su nombre al título nobiliario con el que don Pedro premiaría a la amante algunos años más tarde – marquesa de Santos. Esto por sí solo es un misterio, pues Domitila vivía en São Paulo y no consta que tuviese ninguna relación especial con la ciudad del litoral paulista;
  3. En el lugar exacto de la Proclamación, la colina del Ipiranga, estaba situada la casa de campo del coronel jubilado João de Castro Canto e Melo, padre de Domitila. El historiador Alberto Rangel asegura que don Pedro ya había visitado esa casa. Habría sido su primer compromiso al llegar a São Paulo dos semanas antes;
  4. Rumores nunca confirmados dicen que don Pedro y Domitila se encontraron en la casa del coronel Canto e Melo en los momentos que precedieron al Grito, razón por la cual el príncipe habría ordenado que la guardia de honor se adelantase y lo esperase en la venta próxima al riacho Ipiranga;
  5. En otra versión, don Pedro habría descendido la sierra de Mar el día 5 de septiembre con el propósito de encontrarse a escondidas con su amante, lejos de los ojos curiosos de los habitantes de la pequeña ciudad de São Paulo. La visita a las fortalezas y a la familia de José Bonifácio, motivo alegado para el viaje, sería una mera disculpa para el encuentro amoroso;
  6. Según esas habladurías, Domitila habría viajado a Santos el mismo día 5 de septiembre en una expedición aparte, teniendo la precaución de no participar en ninguna ceremonia u homenaje prestados al príncipe en el litoral paulista.

     Ninguno de estos rumores ha sido comprobado, pero hay fuertes evidencias de que el día 7 de septiembre de 1822 don Pedro tenía una agenda paralela a la de los asuntos de Estado en la cama de la mujer que fue la mayor de todas sus muchas pasiones, arrolladora al punto de comprometer su imagen y el propio desenlace del Primer Reinado.

     Un año mayor que el príncipe, Domitila nació en São Paulo el día 27 de diciembre de 1797. Su padre, azoreño de la isla Terceira y coronel retirado de caballería, se decía amigo de don Juan VI y era conocido como “quebra vinténs” (rompe-ochavos). A simple vista, el mote se debería a la gran fuerza física del coronel, capaz de quebrar una moneda de cobre con los dedos. Carlos Oberacker Jr., biógrafo de la emperatriz Leopoldina, afirma, sin embargo, que en lenguaje popular de la época “vintém” era sinónimo de virginidad. El apodo sería, por tanto, una referencia a la vida sexual del “quebra vinténs”.

     En enero de 1813, todavía una adolescente de quince años, Domitila se casó con el alférez minero Felício Pinto Coelho de Mendoça. Comenzó ahí una impresionante historia reproductora que la llevaría a concebir por lo menos dieciséis veces, de las cuales vinieron catorce hijos de tres hombres diferentes. En 1819, ya madre de dos hijos con Felício, quedó embarazada en un aparente caso extraconyugal. El marido la acusó de adulterio con el coronel Francisco de Assis Lorena, hijo del gobernador que había construido la famosa “calzada de Lorena”, la carretera recorrida en la sierra de Mar por don Pedro el día de la Independencia. En el Brasil de aquella época, las traiciones generalmente resultaban en crímenes de honor – siempre que el rival no fuese el emperador de Brasil, como se verá en los párrafos siguientes. En un país profundamente católico y conservador, la vigilancia de la moralidad de las familias era severa y a veces cruel.

     Según una costumbre del siglo XVI heredada de Portugal, en el Brasil colonia se tenía el perverso hábito de poner a escondidas, durante la noche, un guiñapo con pequeños cuernos colgado en la puerta de los maridos y mujeres traicionados. El hombre víctima de traición era llamado “corno” o “corno manso”, expresión usada todavía hoy entre los brasileños. Era una forma de exponer en público, de forma traicionera y encubierta por la noche, lo que todo el mundo sabía por los cuchicheos en las calles y esquinas. En el caso de Domitila, no hay noticias de que la pareja hubiera sido víctima del famoso guiñapo de cuernos, pero el desenlace fue el previsible: además de procesarla por adulterio, el marido traicionado intentó matarla a cuchilladas. A pesar de gravemente herida, Domitila sobrevivió y se refugió en casa de su padre, donde el príncipe regente la encontró dos semanas antes del Grito del Ipiranga.

     Según el historiador Alberto Rangel, Domitila fue presentada a don Pedro por el hermano de ella, que lo acompañaba desde Rio de Janeiro. La víspera de la entrada en São Paulo, el 24 de agosto de 1822, el príncipe habría ido a visitar a la familia Canto e Melo, en la casa vecina a la colina del Ipiranga. Domitila vivía un momento de gran angustia y tensión. Además de haber intentado matarla, el exmarido reivindicaba la guarda de los hijos de la pareja. Por eso, con la ayuda de su hermano, intercedió ante don Pedro para que interfiriese a su favor en el proceso. Después de este primer encuentro, cuyos detalles son desconocidos, habría habido otro, casual, en una de las calles de la ciudad.

     El príncipe pasaba a caballo cundo se cruzó con Domitila siendo transportada por dos esclavos en una litera. El galante don Pedro se apeó del caballo y la saludó, enalteciendo su belleza. Después, dispensó a los esclavos y, ayudado por la guardia de honor, sostuvo él mismo una de las varas de la litera. Domitila no perdió la oportunidad: “¡Qué fuerte es Su Alteza!”, habría reaccionado. A lo que don Pedro respondió: “Nunca más Su Excelencia tendrá negritos como esos”. Seguidamente, la llevó a hombros hasta su casa. Menos de una semana después, la lluviosa noche rasgada por relámpagos del 29 de agosto de 1822, ambos durmieron juntos por primera vez en los aposentos de Domitila situados en la calle Ouvidor, actual José Bonifácio, en el centro de São Paulo.

     Don Pedro y Domitila nunca más serían los mismos. Ambos pagarían un alto precio por la pasión avasalladora que los consumió desde entonces. Ella reforzaría en él la imagen de un hombre promiscuo e inconsecuente, capaz de negociar en la cama los altos intereses del Estado a cambio de favores sexuales. Al saber del nuevo romance, el emperador Francisco I, padre de la emperatriz Leopoldina, anotó en el margen de la comunicación que recibió del barón Wenzel de Mareschal, representante de la corte de Viena en Rio de Janeiro: “Qué miserable hombre es mi yerno”. Domitila igualmente pasaría a la posteridad de forma peyorativa, como la amante interesada que habría seducido al príncipe y futuro emperador en busca de cargos, dinero, promociones y privilegios de toda naturaleza. “Don Pedro inició en São Paulo con doña Domitila de Castro la aventura romántica de mayor repercusión de su vida, su gran amor, sobrepasando la alcoba para reflejarse en las relaciones de familia, en la política, en el comportamiento del futuro monarca, en su concepto dentro y fuera de Brasil”, afirmó Octávio Tarquínio de Sousa.

     En realidad, don Pedro inició en São Paulo no sólo uno, sino dos romances. Además de Domitila, comenzó a enamorar a su hermana, Maria Benedita, ocho años mayor que él y casada con el portugués Boaventura Delfim Pereira. Ella concibió del emperador a comienzos de 1823, pero, en este caso, no hubo delito de honor. Al contrario, el marido traicionado fingió no tener conocimiento de la historia. Además de soportar todo en silencio, bautizó con su nombre al hijo bastardo de don Pedro con Maria Benedita. Rodrigo Delfim Pereira nació en Rio de Janeiro el 4 de noviembre de 1823 y murió en 1891, a los 67 años, en Lisboa.

     Como recompensa, Boaventura fue promovido al cargo de superintendente de la Real Hacienda de Santa Cruz, después administrador de las Imperiales Casas y Haciendas, montero (o chambelán) de la emperatriz Leopoldina y, por fin, barón de Sorocaba, título que ostentó por el resto de su vida con su mujer, de quien nunca se separó. Comportamiento muy diferente tuvo la propia Domitila. El romance paralelo habría sido el motivo de un misterioso atentado que Maria Benedita sufriría la noche del 23 de agosto de 1827, cuando su carruaje fue alcanzado por dos tiros de pistola en la ladera de la Gloria, en Rio de Janeiro. Una investigación rápidamente archivada por orden de don Pedro apuntó a la ya entonces marquesa de Santos como sospechosa de ser la ordenante de la tentativa de homicidio contra su hermana.

     La ascensión de Domitila en la corte de don Pedro fue meteórica. El primer fruto de su nueva relación con don Pedro vino de los tribunales. La actuación promovida por su exmarido Felício, que hasta la víspera de la Independencia se atrasaba en la justicia de São Paulo, se resolvió rápidamente por la providencial buena voluntad de la Iglesia católica. Por mediación del monarca, el proceso canónico de anulación de matrimonio quedó listo en apenas 48 horas y, sin ningún pudor, invirtió el contenido de las acusaciones. La sentencia, firmada el 5 de marzo de 1824 por el canónigo José Caetano Ferreira de Aguiar, culpó al exmarido de adulterio y malos tratos, mientras que Domitila era señalada como esposa de “buena conducta” – decisión sorprendente, una vez que, a esas alturas, Brasil entero sabía que era la amante de don Pedro.

     Aunque pasara de acusador a reo, el exmarido dejó de defenderse en el proceso para facilitar la resolución. A cambio de la buena conducta y de la promesa de jamás volver a importunar a su exmujer, fue nombrado administrador de la factoría imperial de Periperi. La segunda parte del trato fue quebrantada una única vez, cuando Felício inadvertidamente escribió una carta a un amigo en la que criticaba la relación de Domitila con el emperador. El contenido de la correspondencia llegó a conocimiento de don Pedro que, enfurecido, cabalgó cerca de sesenta kilómetros para aplicarle una zurra con sus propias manos. Después, obligó al alférez a firmar un papel en el que se comprometía nuevamente a nunca más incomodar a Domitila. Esta vez, Felício no sólo cumplió el acuerdo sino que, algún tiempo después, se sometió a la humillación de pedir a su exmujer que intercediese ante el emperador para ser promovido a sargento mayor de la localidad de Pilar da Serra.

     El 16 de enero de 1827, también el exsuegro Felício Moniz Pinto Coelho da Cunha (padre del alférez) se juzgó con derecho a escribir a Domitila en busca de favores. Le pidió ayuda para vender a los ingleses sus terrenos mineros en la provincia de Minas Gerais. El precio estimado era de 1 millón de cruzados, pero el exsuegro prometía pagar a la marquesa una comisión “como si fuesen vendidos por 2 millones”. No se sabe si la venta se realizó, pero la carta comprueba que Domitila era “accesible a sospechosos negocios lucrativos”, en opinión de Octávio Tarquínio de Sousa.

     Algunos meses después de iniciada la relación, Domitila se mudó de São Paulo a Rio de Janeiro por invitación de don Pedro que, en una carta, le anunciaba la decisión de ir a buscarla con la familia, “que aquí no ha de morir de hambre, muy especialmente mi amor, por quien estoy preparado para hacer sacrificios”. El emperador la albergó al principio en una casa amarilla situada en el relativamente modesto barrio de Mato Porcos, actual Estácio, pero luego fue trasladada a un lujoso palacete adosado al muro del palacio de Quinta da Boa Vista, donde hoy funciona el Museo del Primer Reinado. El historiador Alberto Rangel afirma que en los aposentos del emperador existiría una salida secreta por la que él escapaba durante la noche para encontrarse a escondidas con su amante.

     Discreta al inicio, la presencia de la “favorita” (designación dada a Domitila por el diplomático austríaco Wenzel de Mareschal) más tarde se volvió motivo de escándalo en Rio de Janeiro. En septiembre de 1824, le fue impedida la entrada al Teatrinho Constitucional de São Pedro, donde se presentaban los actores de la Compañía Apolo y sus Bambalinas. Al saber de la noticia, don Pedro dio órdenes para que el intendente general de la policía, Francisco Alberto Teixeira de Aragão, nombrado por influencia de Domitila, suspendiese las representaciones de la pieza teatral, sacase a los actores del edificio y mandase quemar sus pertenencias en una hoguera frente a la iglesia de Santana.

     Otro incidente aconteció en Semana Santa de 1825. Cuando Domitila subió a la tribuna reservada a las damas del Pazo para asistir a las ceremonias religiosas, las señoras de la nobleza se retiraron en protesta. Para reparar la ofensa, días después, don Pedro la elevó al puesto de dama de honor de la emperatriz Leopoldina. De esta forma, confería a su amante el derecho de ocupar un lugar privilegiado en todas las reuniones, paseos, viajes y otros eventos de la corte. El 12 de octubre, cumpleaños de don Pedro, le dio el título de vizcondesa de Santos, “por los servicios prestados a la emperatriz”, según el decreto. En la misma fecha al año siguiente la promovió, finalmente, a marquesa de Santos, título con el que pasaría a la historia.

     Las regalías y los privilegios se extendieron a la familia de la amante. Sus hermanos y parientes recibieron empleos, títulos y prebendas de don Pedro. Su padre murió el 2 de noviembre de 1826 y fue enterrado con honores de Estado en el convento de Santo Antônio. El pomposo funeral, al que fue invitado todo el cuerpo diplomático y las más altas autoridades del Imperio, costó 628.280 réis, el precio de seis esclavos o seis caballos de raza, pagados por don Pedro I, que también anunció que honraría todas las eventuales deudas que el muerto hubiese dejado en la plaza.

     La comunidad extranjera de Rio de Janeiro quedó impresionada con el poder de la amante de don Pedro. El diplomático norteamericano Condy Raguet decía, con cierta exageración, que ningún despacho imperial se obtenía sin el patrocinio de Domitila. “La pasión del emperador por esa mujer llega al punto de hacerle olvidar la moral y las buenas costumbres”, añadió Lorenzo Westin, cónsul general de Suecia. “Ella saca partido de esto para enriquecerse”. Charles Stuart, negociador británico del tratado de reconocimiento de la Independencia de Brasil por Portugal en 1825, afirmó que se debía “a la influencia de la señora Domitila de Castro la remoción de un obstáculo que habría hecho malograr todas las negociaciones”. Mareschal, el representante de Austria, decía que “quien pretende favores o gracias le hace la corte, es el canal de las promociones”.

     Durante los siete años de duración del romance, Domitila concibió por lo menos cinco veces de don Pedro. En la primera, algunas semanas después del Grito del Ipiranga, abortó o dio a luz a un niño prematuro. De la segunda, nació Isabel Maria, el 23 de mayo de 1824 – dos días después del anuncio de la sentencia de divorcio en que la madre era señalada como una “esposa de buena conducta”. Don Pedro no la reconoció inmediatamente como hija, pero dos años después, cuando el poder de Domitila llegó a su auge, le brindó todos los honores posibles. Isabel consiguió el título de duquesa de Goiás y el derecho a ser llamada “Alteza”, tratamiento normalmente reservado a las princesas, fue condecorada con la Ordem do Cruzeiro y de Santa Isabel y cambió el nombre de tres de los navíos de la nueva Marina de guerra brasileña. Cuando don Pedro abdicó al trono, Isabel Maria estudiaba en el Sacré Coeur de París, uno de los colegios más caros y exclusivos de la época, cuyo predio alberga hoy el Museo Rodin. Otros dos hijos murieron prematuramente. La última hija, Maria Isabel de Braganza, futura condesa de Iguazú, nació el 28 de febrero de 1830, cuando el emperador ya había expulsado a Domitila de Rio de Janeiro para casarse con la segunda emperatriz, Amélia.

     El romance de don Pedro con la marquesa de Santos originó uno de los conjuntos de documentos más pintorescos de la historia brasileña. Son las más de 170 cartas que el emperador escribió a su amante entre 1822 y 1829. Al comienzo, el trato es cariñoso, como “Mi amor de mi corazón”, “Mi amor, mi Titila” y “Mi amor y mi todo”. Las firmas varían entre “El Diablillo”, “Fuego, Fueguito”, “Pedro” y “El Emperador” – éste usado en las cartas de celos o cuando el romance se enfriaba. Con mucha frecuencia, él se refería a Domitila de forma paternal, como “hija” o a sí mismo como “tu hijo”. Por las cartas se sabe que don Pedro colmaba a su amante de regalos. La lista incluye carne de caza, un cuarto de vaca, la mitad de un pavo, perdices y otras aves, una cestita de fresas, quesos e higos, capullos de rosa, trozos de cintas, ramos de flores, papel, rosas y lirios blancos; y también joyas carísimas, como un medallón con la efigie del emperador (cuatro contos de réis) y una pulsera de cuentas de oro con cierre de brillantes.

     El estilo de los mensajes varía de acuerdo con la temperatura del romance. Algunos eran fútiles y hasta infantiles. Otros, repletos de pasión, erotismo y celos. “Te mando un par de medias negras, y no te las pongas sin otras por debajo”, le pedía don Pedro el 2 de diciembre de 1827. “Muy corto te está el vestido de algodón. […] Bien me quieras y a nadie más…”. Hay también cartas sinceras que dejan entrever el lado humano del monarca: “Yo soy emperador, pero no me vanaglorio de ello, pues sé que soy un hombre como los demás, sujeto a vicios y virtudes como todos lo están”.

     Están por último las cartas groseras, con descripciones y vocabulario más propios de una tienda al borde de la carretera que de un palacio imperial. El historiador Alberto Rangel observó que los lectores de hoy deberían estar agradecidos a don Pedro I por “no saber ocultar ni mantener o disfrazar sus sentimientos con […] buenas palabras”. Alguna de esa correspondencia se ocupa de detalles curiosos respecto de la anatomía del emperador en un lenguaje crudo. “Tu cosa está sin novedad, está bien, y las zonas han disminuido, ahora ya no los tengo tan delgados y por eso la orina sale clara”, anunciaba don Pedro en una carta sin fecha. “Tu cosa” eran, obviamente, los genitales del emperador y el texto da a entender que, mientras se relacionaba con la marquesa, aparentemente contrajo una enfermedad venérea, dolencia común en la época. En otra carta, don Pedro volvería a referirse a sus propios genitales de forma aún más divertida – “máquina triforme”. También insinúa haber traicionado a su amante y se dice arrepentido:

Desgraciado de aquel hombre que una vez desajusta la máquina triforme, porque después, para volver a arreglarla, cuesta diablos, y mucho más desgraciado soy yo por haber hecho […] este desarreglo con ofensa hacia ti, hija mía. […] No hablo de cosas pasadas, pues el remedio es la enmienda, sólo hago llorar por haberlas hecho. […] Es un apuro decir la verdad y no quererte esconder nada que me obligue a hacerte esta participación.

     En tono más cariñoso, don Pedro comunica el envío de un regalo el 12 de octubre de 1827 (fecha del cumpleaños de él): “Hija mía, ya que no puedo arrancarme el corazón para mandártelo, recibe estos dos pelos de mi bigote, que me arranqué ahora mismo”. Alberto Rangel cuenta que junto a la correspondencia de don Pedro conservada en la Biblioteca Nacional de Rio de Janeiro existe “un paquete de papel, conteniendo pelos de sospechoso origen”, que serían “más recónditos” que los del bigote citados en esta carta.

     Mientras Domitila crecía en prestigio, la emperatriz Leopoldina se sumergía cada vez más profundo en el abismo depresivo que la llevaría a la muerte en diciembre de 1826. La primera humillación impuesta por don Pedro a su mujer fue la elevación de la amante al cargo de dama de honor de la corte. Significaba “infligir a la emperatriz el más odioso de los disgustos, esto es, su presencia, desde que salía de sus aposentos privados”, según observó la inglesa Maria Graham, profesora de la princesa Maria da Glória. Desesperada por las demostraciones públicas de infidelidad de su marido, Leopoldina llegó a pedir a su padre, Francisco I, que la aceptase de vuelta en Viena. Ante la demora de la respuesta, especuló con abandonar el palacio, recogerse en el convento de la Ayuda en Rio de Janeiro y allí aguardar la respuesta de su padre.

     El culmen de las humillaciones fue el viaje de dos meses que el emperador emprendió a Bahia entre febrero y abril de 1826, muy diferente de las precarias cabalgadas a Minas Gerais y São Paulo en vísperas del Grito del Ipiranga. La flota, compuesta por cuatro navíos, transportaba más de doscientas personas, que incluían a la amante Domitila, la emperatriz Leopoldina, la princesa Maria da Glória, diversos barones, vizcondes, secretarios particulares, miembros del clero, funcionarios públicos y militares de alta patente. Las provisiones para el viaje, compradas en Rio de Janeiro, incluían ochocientas gallinas, trescientos pollos, doscientos patos, veinte pavos, cincuenta palomos, 260 docenas de huevos, treinta cerdos adultos y quince lechones, treinta carneros, seis cabras, diez cajas de vino francés, siendo cuatro de Château Margaux y seis de Larose Médoc, además de una gran cantidad de frutas, verduras, legumbres, galletas, café, té, jalea, chocolate y quesos.

     Durante la travesía entre Rio de Janeiro y Salvador, don Pedro solía pasear por el combés acompañado de Domitila y de la princesa Maria da Glória. También cenaban juntos, mientras que Leopoldina hacía sus comidas sola en sus aposentos. En la capital bahiana, el emperador y su amante se hospedaron en el mismo inmueble. Leopoldina, en otro vecino. “El viaje de la corte a Bahia provocó un gran escándalo, pues el emperador, al hacerse acompañar por la emperatriz, su hija mayor y su amante titular, chocó lógicamente con todo el mundo”, señaló Wenzel de Mareschal.

     Una última humillación le estaba reservada a Leopoldina ya en su lecho de muerte. En diciembre de 1826, mientras la emperatriz agonizaba en el palacio de Quinta da Boa Vista, la marquesa de Santos intentó usar su prerrogativa de dama de la corte para entrar en el cuarto. Fue detenida en la puerta por la marquesa de Aguiar y por el ministro Francisco Vilela Barbosa, marqués de Paranaguá. “Por favor, mi señora, aquí no”, le dijo el marqués. Ofendida, Domitila se retiró, pero se quejó a don Pedro que, en represalia, destituyó a Vilela Barbosa del ministerio y castigó a todos los funcionarios implicados en el episodio. La muerte de Leopoldina, sin embargo, fue un golpe fatal en el romance del emperador con la marquesa.

     Viudo, don Pedro sabía que, para mantener el prestigio del trono brasileño frente a las potencias extranjeras, necesitaba casarse nuevamente con una princesa europea. Domitila, obviamente, era un contratiempo en las negociaciones y debía ser apartada de la corte lo más rápidamente posible. “Matrimonio prometedor, con el actual estado de las cosas, no se consigue sin tiempo ni paciencia”, avisó desde Londres el marqués de Barbacena, encargado de buscar una candidata en Europa. Atemorizadas por la mala reputación del emperador, señalado como un mujeriego incorregible cuya conducta habría sido la responsable de la muerte de Leopoldina, por lo menos diez princesas rechazaron la proposición de casarse con él en segundas nupcias.

     Ya en la cuarta negativa, don Pedro se mostraba profundamente constreñido. “Cuatro rechazos recibidos en silencio son suficientes para mostrar al mundo entero que yo busqué cumplir mi deber intentando casarme”, escribió a su exsuegro, Francisco I. “Recibir un quinto rechazo implica deshonra no sólo a mi persona, sino al imperio; por tanto, estoy firmemente decidido a desistir de la empresa”. En agosto de 1828, envió nuevas instrucciones al marqués de Barbacena indicando que, para no correr el riego de nuevos rechazos, podía ser más flexible en las negociaciones:

Mi deseo, y gran fin, es obtener una princesa que por su nacimiento, hermosura, virtud, instrucción, venga a hacer mi felicidad y la del Imperio. Cuando no sea posible reunir las cuatro condiciones, podréis admitir alguna disminución en la primera y en la cuarta, mientras que la segunda y la tercera sean constantes.

     En resumen, la novia podía no ser muy noble y hasta un poco ignorante, mientras que fuese bonita y virtuosa. Y fue, de hecho, lo que sucedió.

     Con la ayuda de sus diplomáticos en Europa, el suertudo don Pedro encontró no sólo una princesa virtuosa, sino una mujer bellísima en la flor de sus diecisiete años. Su nobleza, no obstante, era de segunda línea. Nacida en Milán el 31 de julio de 1812, Amélia Augusta Eugênia Napoleona de Beauharnais era nieta de la emperatriz Josefina, primera mujer de Napoleón Bonaparte. Su padre, Eugênio de Beauharnais, fue uno de los grandes generales del imbatible Ejército francés y consiguió de Napoleón, como recompensa por sus victorias, el título de virrey de Italia. Su linaje estaba, por tanto, contaminado por lazos familiares con el “ogro usurpador”, el emperador francés que durante un cuarto de siglo humilló a los tronos europeos.

     Como estirpe, los Beauharnais no igualaban a los Habsburgo austríacos de la primera emperatriz, Leopoldina – éstos, sí, nobles de primera línea, admirados, respetados y reconocidos por todas las monarquías europeas. Nada de esto, sin embargo, parecía incomodar a don Pedro. Al final, él admiraba a Napoleón, de quien ya había sido pariente una vez, en su primer matrimonio, como se vio antes. Y, por encima de todo, Amélia era una mujer deslumbrante. “El original es muy superior al retrato”, avisó Barbacena al anunciar el resultado de la negociación finalmente exitosa, en mayo de 1829, en una carta acompañada del retrato de la princesa. “Mi entusiasmo es tan grande que sólo me falta estar loco”, respondió el emperador brasileño.

     Amélia llegó a Rio de Janeiro en octubre de 1829, casi tres años después de la muerte de Leopoldina. Al desembarcar, llevaba un vestido color de rosa adornado con encajes. Don Pedro quedó tan impresionado que se desmayó en el combés del navío. Inmediatamente, creó en su honor una de las condecoraciones más bonitas y deseadas del Imperio brasileño, la “Orden de la Rosa”, cuyo lema sería, sugerentemente, “Amor y Fidelidad”. Aunque joven y bonita, sin embargo, Amélia no era una ingenua. La primera disposición de la nueva emperatriz fue poner orden en casa. Cambió criados y camareros e impuso una nueva etiqueta a las malas costumbres de la corte de Rio de Janeiro. Cambió hasta el idioma. Desde su llegada, se habló francés. También apartó de palacio a todos los amigos desacreditados del emperador y echó a la hasta entonces mimada hija de Domitila, la duquesa de Goiás, despachada para un internado en París.

     El emperador lo aceptó todo con resignación. Y fue recompensado por ello. La segunda emperatriz le dio a don Pedro una hija más, Maria Amélia Augusta, nacida en 1831 y fallecida en 1853, antes de cumplir los 22 años. Fue, principalmente, una compañera fiel y dedicada hasta el fin de su vida. Después de su llegada, hay vagas referencias a romances pasajeros de don Pedro, como el hijo que tuvo con la monja del convento de la Esperanza en la isla Terceira, en las Azores. Pero nada que se compare al fuego de los años vividos con Domitila. Se puede decir que, en la medida de lo posible, don Pedro fue un hombre sorprendentemente fiel a Amélia.

     Antes de caer en los brazos de la adorable Amélia, sin embargo, don Pedro tuvo que librarse de una obstinada Domitila, que insistía en no dejar la corte. Al comienzo de las negociaciones en Europa, ante el rechazo de las otras princesas, aún hubo una recaída en el romance. Domitila salió de Rio de Janeiro hacia São Paulo en junio de 1828, volvió en abril de 1829 y partió definitivamente en agosto, una vez más, embarazada del emperador. Don Pedro nunca llegó a ver a la última hija de la pareja, Maria Isabel, nacida en São Paulo. Los deberes de Estado hablaban más alto. Al final, el tono de las cartas era frio y distante. Las rúbricas del comienzo del romance – “El Diablillo” y “Fuego Fueguito” – dan lugar al seco y protocolario “El Emperador”.

     “Siento mucho perder tu compañía, pero no hay más remedio”, avisó don Pedro a Domitila el 10 de julio de 1829, cuando Amélia ya estaba camino de Brasil. La marquesa lo ignoró. El día 17 de agosto mandó notificarle que tenía siete días para dejar Rio de Janeiro bajo amenaza de quitarle todos los beneficios concedidos hasta entonces. También mandó tapiar la salida secreta de la Quinta da Boa Vista que conducía al palacete de la amante y amenazó con reabrir el proceso del misterioso atentado sufrido por Maria Benedita, la baronesa de Sorocaba, en el que Domitila estaba señalada como sospechosa. Esta vez, la marquesa cedió.

     La última carta de Domitila a don Pedro es triste y melancólica, como todas las grandes historias de amor que se acaban, pero llena de dignidad. El texto, gramaticalmente correcto, indica que fue escrito por otra persona bajo la dirección de la marquesa:

Señor.

Parto esta madrugada y permítaseme, todavía esta vez, besar las manos de S.M. (Su Majestad) por medio de ésta, ya que mis infortunios y mi mala estrella me roban el placer de hacerlo personalmente. Pediré constantemente al cielo que prospere y haga venturoso a mi emperador. Y en cuanto a la marquesa de Santos, señor, pide por último a S.M. que, olvidando como ella tantos disgustos, sólo se acuerde, a despecho de las intrigas, que ella en cualquier parte que esté sabrá conservar dignamente el lugar a que S.M. la elevó, así como ella sólo se acuerda de lo mucho que le debe a S.M., que Dios vigile y proteja como todos precisamos. De S.M. súbdita, muchas gracias,

Marquesa de Santos

     Al regresar a São Paulo, Domitila dejó atrás la vida de escándalos. El día 14 de junio de 1842, ocho años después de la muerte de don Pedro en Portugal, se casó en Sorocaba con el brigadier Rafael Tobias de Aguiar, uno de los grandes jefes liberales de la provincia. Con él tuvo seis hijos más. Terminó su vida como una gran dama de la sociedad paulista. En su mansión, situada a pocos metros del Pátio do Colégio, se realizaban saraos literarios y reuniones benéficas. El poeta bahiano Castro Alves se la presentó. Domitila también se dedicó a las obras de caridad. Entre otras, sostenía a una asociación de prostitutas y madres solteras. Isabel Burton, mujer del escritor, traductor y cónsul británico Richard Burton, que la conoció ya en la vejez, registró:

Conocimos en São Paulo a un personaje fascinante. Era la marquesa de Santos. […] Era ciertamente una gran dama, muy simpática, absolutamente encantadora, sabedora de una infinidad de aventuras de Rio de Janeiro, de la corte y de la familia imperial y de las cosas de aquel tiempo. […] Tenía bellos ojos negros, llenos de simpatía, inteligencia y conocimiento del mundo.

     En una de sus visitas, Isabel fue recibida en la cocina por Domitila, “sentada en el suelo fumando, no un cigarro, sino una cachimba”. El hábito de fumar en pipa era común entre las mujeres de la época.

     La marquesa de Santos falleció de enterocolitis el día 13 de noviembre de 1867 y fue enterrada en el cementerio de la Consolación, cuyas tierras habían sido donadas por ella a la ciudad de São Paulo. En su testamento, mandó perdonar deudas y distribuir dinero a los pobres, dio la libertad a cuatro esclavos y encomendó setenta misas: veinte por los esclavos muertos y cincuenta por su propia alma.

Laurentino Gomes

XVII. 1822: Los huérfanos.

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EN 1820, DOS AÑOS ANTES de la independencia, Francisco Estevão Raimundo Cailhé de Geines – un coronel francés aventurero, jugador profesional y residente en Rio de Janeiro – presentó al intendente general de la policía de la corte, Paulo Fernandes Viana, un memorándum en tono premonitorio: “Toda la revolución que se efectúe en Brasil será la sublevación de los esclavos que, rompiendo sus hierros, incendiarán ciudades y plantaciones y degollarán a los blancos”.

     Al año siguiente circuló en la ciudad un panfleto alertando del riesgo de que se repitiese en Brasil el baño de sangre ocurrido en 1791 en la isla de Santo Domingo, donde hoy se sitúan Haití y la República Dominicana, durante una rebelión de los negros cautivos. “Los esclavos son siempre enemigos naturales de sus señores”, decía su autor, José Antonio de Miranda. “Son controlados por la fuerza y por la violencia”. Y añadía:

En cualquier parte donde los blancos son muchos menos que los esclavos y donde haya muchas razas de hombres, una desmembración o cualquier otro choque entre partidos pueden ir unidos a la sentencia de muerte y a un bautismo general de sangre para los blancos, como pasó en Santo Domingo y podrá pasar en todo lugar en que los esclavos sean superiores en fuerza y número a los hombres libres.

     Un poco más tarde, en abril de 1823, Maria Bárbara Garcez Pinto, dueña de esclavos en la Ensenada Baiana, escribía a su marido, que se encontraba en Portugal, diciéndose escandalizada con las noticias de que los negros de la región habían enviado peticiones a las cortes de Lisboa reivindicando la libertad: “Los criollos de Cachoeira hacen requerimientos para ser libres”. En otras palabras, ¡los esclavos negros nacidos en Brasil osaban pedir, organizadamente, la libertad! “[…] Están chiflados, y a látigo se les trata…”.

     En 1824, el minero Felisberto Caldeira Brant Pontes, futuro marqués de Barbacena, defendía en un informe a Londres la importación de mercenarios europeos, “hombres altos y claros”, para promover el blanqueamiento de la población brasileña y evitar que “los naturales del país se reduzcan a enanos color de cobre”. Brant también se preocupaba por la “peste revolucionaria” que podría propagarse “en un país con tantos negros y mulatos”.

     Estos documentos revelan el clima de miedo entre la parcela más privilegiada de la sociedad brasileña durante la independencia. “Son indicios del pesimismo sobre el futuro de Brasil que prevalecía en la época”, según observó el historiador Hendrik Kraay, profesor de la Universidad de Calgary, en Canadá. En el gran enfrentamiento de opiniones e intereses observado en el periodo, la amenaza de una rebelión esclava era vista como un peligro más urgente y temible que todas las demás dificultades. Era éste el enemigo común, el verdadero fantasma que sobrevolaba el horizonte del joven país. Y contra él se unieron los nacidos aqueste y allende mar, monárquicos y republicanos, liberales y absolutistas, federalistas y centralistas, masones y católicos, comerciantes e industriales, civiles y militares.

     Todos estos grupos, que formaban hasta entonces la dispersa y desorganizada élite brasileña, eran conscientes de que el enorme foso de desigualdad abierto en los tres siglos anteriores de explotación de mano de obra esclava podría revelarse incontrolable si las nuevas ideas libertarias que llegaban de Europa y Estados Unidos animaban a los cautivos a rebelarse contra sus opresores. El sentimiento de miedo funcionó como amalgama de grupos antagónicos en la época de la independencia, según la historiadora Maria Odila Leite da Silva Dias. Ante una amenaza mayor – la de la rebelión esclava y el previsible caos resultante de una guerra civil de naturaleza étnica – conservadores y liberales convergieron en torno al emperador para preservar sus intereses. De esta forma, Brasil consiguió romper sus vínculos con Portugal sin alterar el orden vigente. “La solución monárquica […] ofrecía la garantía de una revolución desde arriba hacia abajo, prescindiendo de una gran movilización popular”, resumió la historiadora Emília Viotti da Costa.

     Las tensiones latentes mantenidas bajo control por la corona portuguesa en el periodo colonial afloraron de forma violenta debido a los ecos de la Revolución Francesa y a su desdoblamiento en Portugal y Brasil. Fue como si una olla a presión entrase de repente en proceso de ebullición sin una válvula que dejase escapar el vapor. El nuevo ambiente de las ideas revolucionarias y la movilización para las luchas de la Independencia inocularon en los esclavos esperanzas de mejora que no se concretaron. “En Portugal se ha proclamado una Constitución que nos iguala a los blancos”, anunció el negro Argoim, líder de una rebelión esclava que movilizó a 21 mil hombres en el interior de Minas Gerais en 1821, al tener conocimiento de la Revolución Liberal de Oporto. “¡Vedad vuestra esclavitud: ya sois libres. En el campo del honor derramad la última gota de sangre por la Constitución que han hecho nuestros hermanos en Portugal!”. Los rebeldes luego se darían cuenta de que la revolución de Portugal era liberal sólo en la metrópoli y nada más atañía a los blancos.

     Otro ejemplo de las expectativas despertadas en los esclavos es el gran número de peticiones que esa parcela de población dirigió a la Asamblea Constituyente de 1823. En una de ellas, Inácio Rodrigues y un grupo de esclavos pidieron que los diputados sirviesen de mediadores en una larga disputa judicial que entablaron con su propietaria, Águeda Caetana, acusada de tratarlos de forma violenta e inhumana. Por esto, reivindicaban la manumisión en los tribunales. Los parlamentarios se ocuparon del caso durante tres sesiones. Los adjetivos usados en sus pronunciamientos rebelan la forma peyorativa con que los blancos veían a los cautivos de entonces: “miserables, desgraciados, infelices, huérfanos, pródigos, mentecatos, desvalidos”. Al final, los diputados llegaron a la conclusión de que no era tarea de ellos resolver la disputa y enviaron el caso al emperador Pedro I que, a su vez, también se negó a interferir en el proceso alegando respeto al derecho de propiedad.

     En la Guerra de Independencia, miles de cautivos reclutados por el Ejército y por la Marina defendieron la causa brasileña esperando, a cambio, obtener la libertad. “Pusieron armas en manos de negros nuevos cuando los recuerdos de la patria, del navío negrero y del mercado de esclavos aún les estaban frescos en la memoria”, anotó la inglesa Maria Graham refiriéndose al peligro de incorporar esclavos recién llegados de África – los negros nuevos – a las fuerzas nacionales en lucha contra los portugueses. Terminada la guerra, todo continuó como antes. Los esclavos quedaron así en la condición de huérfanos de la Independencia, tanto como los indios, los libertos, los mulatos, los mestizos, los analfabetos y los pobres en general que componían la vasta mayoría de los brasileños y cuyas condiciones de vida permanecieron inalteradas.

     Hacía más de trescientos años que el incesante tráfico de negros africanos sostenía la prosperidad de la economía colonial. Los esclavos eran el motor de las explotaciones de algodón, tabaco y caña de azúcar, y también de las minas de oro y plata que drenaban riqueza para la metrópoli. Sólo durante el siglo XVIII habían entrado en Brasil casi 2 millones de esclavos para trabajar en las regiones auríferas de Minas Gerais, Goiás y Mato Grosso. La presencia de tantos cautivos era potencialmente explosiva. El pavor a las rebeliones de esclavos quitaba el sueño a las familias blancas, acaudaladas y bien educadas.

     En la llamada Revuelta de los Alfayates, ocurrida en Salvador a mediados de 1798, los revoltosos fijaron manifiestos manuscritos en lugares públicos de la ciudad exigiendo “el fin del detestable yugo metropolitano de Portugal”, la abolición del esclavismo y la igualdad para todos los ciudadanos, “especialmente mulatos y negros”. Los más radicales pregonaban el ahorcamiento de parte de la población blanca de Salvador. La represión del gobierno portugués fue durísima. Fueron encarcelados 47 sospechosos, de los que nueve eran esclavos. Tres de ellos – todos mulatos libres – acabaron decapitados y descuartizados. Los pedazos de sus cuerpos fueron espetados en estacas por las calles de la capital, donde permanecieron hasta descomponerse totalmente. Dieciséis prisioneros consiguieron la libertad. Los demás fueron desterrados a África. Entre 1807 y 1835, los esclavos promovieron más de dos decenas de revueltas y conspiraciones en Bahia. En una de ellas, seiscientos negros salidos de los astilleros, donde trabajaban en la construcción y reparación de barcos pesqueros, atacaron Salvador y su región gritando “Libertad, vivan los negros y sus reyes… y mueran los blancos y mulatos”.

     De todos los problemas brasileños de la Independencia, la esclavitud fue el más camuflado y peor resuelto. Sirvió también para exponer una singular contradicción en el pensamiento de los hombres más revolucionarios de la época. Documentos, manifiestos y discursos hablaban de libertad, derechos para todos y participación popular en las decisiones, pero sus autores convivían naturalmente con la esclavitud, como si la defensa de esas ideas no se refiriese a los negros. Inácio José de Alvarenga Peixoto, líder de la Conspiración Minera, era dueño de 57 esclavos. Cipriano Barata, el incendiario periodista baiano defensor de ideas libertarias que le valieron muchos años de prisión, tenía cinco negros cautivos. Los revolucionarios republicanos de Pernambuco en 1817, aunque defendían los derechos de los hombres contra la tiranía de los reyes, debatieron divulgar un documento en el que tranquilizaban a los dueños de fábricas y grandes propietarios rurales. Bajo el nuevo régimen, explicaban, la esclavitud sería mantenida: “La sospecha se ha insinuado a los propietarios rurales: creen que la benéfica tendencia de la presente revolución liberal tiene por fin la emancipación indistinta de los hombres de color y esclavos […]. Patriotas, vuestras propiedades, aun las más opuestas al ideal de justicia, serán sagradas”.

     En un comunicado secreto al ministro británico George Canning, el 31 de diciembre de 1823, el cónsul general de Inglaterra en Rio de Janeiro, Henry Chamberlain, se decía sorprendido por la fuerza del tráfico de esclavos en Brasil:

No hay diez personas en todo el imperio que consideren este comercio como un crimen o lo afronten bajo otro aspecto que no sea el de ganancias o pérdidas. […] Acostumbrados a no hacer nada, a ver trabajar sólo a los negros, los brasileños en general están convencidos de que los esclavos son necesarios como animales de carga, sin los cuales los blancos no podrían vivir.

     Por convicción, algunos de los hombres más poderosos de la época defendían el fin del tráfico negrero y la abolición de la esclavitud. Por la fuerza de las circunstancias, sin embargo, fueron incapaces de poner en práctica sus ideas. Es el caso de nada menos que del emperador Pedro I, autor de un documento sorprendente de 1823 guardado hasta hoy en el Museo Imperial de Petrópolis. En él, el emperador defiende el fin de la esclavitud en Brasil. Las ideas allí expresadas son claras, lógicas y de una lucidez que podrían ser rubricadas por cualquiera de los grandes abolicionistas que, medio siglo más tarde, dominarían la escena política brasileña.

     “Nadie ignora que el cáncer que roe a Brasil es la esclavitud, es necesario extinguirla”, escribió don Pedro I en el documento de 1823. Según él, la presencia de los esclavos deformaba el carácter brasileño porque “nos hacen unos corazones crueles e inconstitucionales y amigos del despotismo”. Observaba también que “todo señor de esclavos desde pequeño comienza a mirar a sus semejantes con desprecio”. Seguidamente, afirmaba que Brasil podría vivir sin la esclavitud y proponía que el tráfico negrero fuese prohibido como primer paso para la total abolición del cautiverio: “Un hábito que hace contraer semejantes vicios debe ser extinguido”. De este modo, “los señores mirarán a los esclavos como a sus semejantes y así aprenderán por medio del amor a la propiedad a respetar los derechos del hombre, que el ciudadano que no conoce los derechos de sus conciudadanos tampoco conoce los suyos y es desgraciado toda la vida”.

     Si, un año después de la Independencia, hasta el emperador estaba contra la esclavitud ¿por qué continuó existiendo en Brasil durante tanto tiempo? La respuesta muestra que no siempre la voluntad de quien está en el poder es suficiente para cambiar el curso de la historia. Existen presiones que las circunstancias ejercen sobre ellos y limitan sus acciones y decisiones. Brasil estaba de tal forma viciado y dependiendo de la mano de obra esclava que, en la práctica, su abolición en la Independencia se reveló impracticable. Defendida en 1823 por Bonifácio y por el propio don Pedro, sólo vendría 65 años más tarde, ya al final del siglo.

     El tráfico de esclavos era un negocio gigantesco, que movía centenas de barcos y miles de personas a ambos lados del Atlántico. Incluía agentes en la costa de África, exportadores, armadores, transportistas, aseguradores, importadores y mayoristas que revendían en Rio de Janeiro a cientos de pequeños traficantes regionales que, a su vez, se encargaban de redistribuir la mercancía en las ciudades, haciendas y minas del interior del país. Los lucros del negocio eran astronómicos. En 1810, un esclavo comprado en Luanda por 70 mil réis, era revendido en el Distrito Diamantino, en Minas Gerais, por hasta 240 mil réis, o tres veces y media el precio pagado por él en África. En 1812, la mitad de los treinta mayores comerciantes de Rio de Janeiro se componía de traficantes de esclavos.

     Ante este escenario, mantener la esclavitud y proteger a los grandes propietarios contra una eventual rebelión de los cautivos fue una de las monedas de cambio que don Pedro y su ministro José Bonifácio de Andrada e Silva usaron en 1822 para la defensa de su proyecto monárquico constitucional. Bonifácio, un abolicionista convencido, envió a Pernambuco en julio de 1822 un emisario con la promesa de que, a cambio de apoyo, el gobierno imperial protegería a los fabricantes de azúcar de una eventual rebelión esclava. Para confirmar los temores de la “azucarocracia” pernambucana, en febrero del año siguiente, el gobernador militar de la provincia, Pedro da Silva Pedroso, lideró una rebelión de negros y mulatos, en la cual prometía represalias contra blancos y “encalados”. El trauma de la “pedrosada”, como fue conocido el movimiento, sirvió de lección para que las élites locales se identificasen de una vez por todas con el régimen imperial.

     En la Bahia de 1822, según el historiador Luís Henrique Dias Tavares, para la mayoría de los propietarios de esclavos, tierras, plantaciones de caña, destilerías, ganaderías y pudientes era indiferente que Brasil fuese monárquico absolutista o constitucional, se separase o permaneciese vinculado a Portugal, con una única condición: la garantía de que la esclavitud permaneciese intocable. “Valía para esa clase social baiana lo que fuera más seguro para que no quebrase el tráfico negrero y el sistema de trabajo esclavo”, escribió Dias Tavares. “Las proclamas de las villas del Recôncavo […], en junio de 1822, veían en el reconocimiento de la autoridad del príncipe regente don Pedro el mejor y más seguro camino hacia la independencia sin la ruptura del orden. O sea, sin afectar al tráfico de esclavos y a la esclavitud”.

     La esclavitud estaba de tal forma enraizada en Brasil que resistió a todas las presiones ejercidas contra ella por Gran Bretaña, la mayor potencia económica y militar de la época y cuya opinión pública exigía la inmediata abolición del tráfico negrero. En 1810, el entonces príncipe regente don Juan firmó con Inglaterra un tratado comercial que incluía una cláusula sobre el tema. “Una abolición gradual del tráfico de esclavos es prometida por parte del regente de Portugal y los límites del mismo tráfico, a lo largo de la costa de África, serán determinados”, rezaba el documento. Nada pasó. En 1815, en el Congreso de Viena, bajo presión de todas las partes, los representantes portugueses pactaron un acuerdo por el cual quedaba prohibido el comercio negrero en aguas al norte del Ecuador y se comprometían también a implicarse en nuevas negociaciones con el objetivo de acabar definitivamente con el tráfico entre África y Brasil. Don Juan ratificó el tratado en junio de 1815. Y, una vez más, todo quedó en el papel.

     En las negociaciones para el reconocimiento de la Independencia, la abolición del tráfico se convirtió en una cuestión de honor para el gobierno británico. “Que el gobierno brasileño nos comunique su renuncia (al tráfico africano) y el señor Andrada puede estar seguro de que esa sola y única condición decidirá la voluntad de este país (Inglaterra) y facilitará enormemente el establecimiento de una amistad y de cordiales relaciones entre Gran Bretaña y Brasil”, afirmaba el ministro George Canning en un comunicado al cónsul Henry Chamberlain en Rio de Janeiro. “El mejor camino para lograrlo (el reconocimiento del nuevo Imperio) es la declaración por parte de Brasil de que renuncia al comercio de esclavos”.

     Como resultado de esas negociaciones, don Pedro firmó en 1826 un nuevo acuerdo con Gran Bretaña, en el cual se comprometía a extinguir el tráfico cuatro años más tarde, en 1830. La decisión fue refrendada por una ley brasileña en 1831, que también declaraba libres a todos los esclavos venidos de fuera del Imperio e imponía penas a los traficantes. Como en las ocasiones anteriores, no pasó de una promesa. Nunca se importaron tantos esclavos como después de ese acuerdo. Entre 1830 y 1839 entrarían en Brasil más de 400 mil negros africanos. El motivo fue el crecimiento de los cultivos de café. Las nuevas haciendas necesitaban brazos y el tráfico era la solución. La oferta de nuevos cautivos fue tan grande que hubo una caída de los precios, de setenta libras esterlinas por cabeza en 1830 a 35 libras en 1831. El tráfico sólo acabaría después de 1850. “El interés de los agricultores fue más poderoso que el respeto a los convenios internacionales”, observó el historiador Oliveira Lima.

     Durante el debate para la ratificación del tratado de 1826, el diputado Raimundo José da Cunha Matos, representante de Goiás, resumió las preocupaciones de los señores esclavistas que dominaban el parlamento. Según él, el tratado era “un insulto al honor, a los intereses, a la dignidad, a la Independencia y a la soberanía de la nación brasileña” por las siguientes razones: “ataca a la ley fundamental del imperio; perjudica enormemente al comercio nacional; arruina la agricultura, vital para la existencia de las personas; aniquila la navegación; asesta un golpe cruel a los ingresos del Estado; además de ser prematuro y extemporáneo”. Concluía su justificativa con un argumento sorprendente: los cristianos que compraban esclavos estaban realmente librándolos de la muerte o de algún destino más cruel que la esclavitud en las selvas africanas. Por “destino más cruel”, se entendía en la época el canibalismo, la idolatría y la homosexualidad entre otros “horrores”.

     Una única voz se levantó en defensa del tratado: el paraense don Romualdo Antonio de Seixas, arzobispo de Bahia. Mientras todos los demás parlamentarios se alternaban en el estrado para defender la esclavitud, don Romualdo argumentó que la inmediata suspensión del infame comercio con África era el mejor camino para la construcción de un Brasil más libre y civilizado. Por contrariar los intereses de la aristocracia rural, don Romualdo no fue reelegido en la siguiente legislatura de 1830. Tampoco volvió al parlamento su protegido en Pará, el diputado José Tomás Nabuco de Araújo, que tuvo que conformarse con el cargo de presidente de la provincia de Paraíba. Uno de los nietos de Nabuco de Araújo, el pernambucano Joaquim Nabuco, nacido en 1849, se convertiría en el mayor de todos los abolicionistas brasileños.

     Las expectativas frustradas en 1822 se materializarían en innumerables rebeliones durante los años siguientes por todo Brasil y contribuyeron a aumentar las dificultades de la Regencia, periodo de transición entre la abdicación de don Pedro I en 1831, y la mayoría de edad de su hijo, don Pedro II, en 1840. Movimientos como la Guerra de los Cabanos en Pernambuco (1832-1835), la Balaiada en Marañón y Pauí (1838-1841), la Cabañada en Pará (1835-1840) y la Revuelta de los Malienses en Bahia (1835) tenían un carácter difuso, con reivindicaciones a veces difíciles de entender, pero nacieron siempre de las clases más humildes de la población dejada al margen del proceso de independencia. Es un pasivo que, en rigor, Brasil carga hasta hoy.

Laurentino Gomes

La luz de los peces: un juego de niños

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Foto archivo Canal Cultura

“Cuando se piensa en un libro infantil sobre poesía, todo el mundo espera que empiece a pasar por nuestra imaginación un desfile de animales: el gatito, el perrito, el osito, muchos animales rimando en diminutivo. Parece como si los niños poetas tuvieran que estar siempre entre los animales de una granja, o de un zoológico, o pensando en el perro del vecino” (1).

Por: Natalia S. Moreno para Canal Cultura

En la carrera de Creación Literaria de la Universidad Central, nos han dicho en varias ocasiones que cuando escribamos para niños no debemos pensar que son tontos, hay que exigirles en la lectura, así como las películas de Disney que proponen giros narrativos, plasman el viaje del héroe y trabajan temas tan complejos como la muerte.

Tener 6 años, no saber amarrarse los zapatos, creer en Papá Noel, dibujar soles verdes y cielos rojos…

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XVI. 1822: La masonería.

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UNO DE LOS MITOS DE LA HISTORIA de Brasil está relacionado con el papel desempeñado por la masonería en 1822. De acuerdo con el mito, la separación de Portugal habría sido enteramente tramada y decidida dentro de las logias masónicas en los meses que precedieron al Grito del Ipiranga. La masonería tuvo un papel fundamental en la Independencia, pero es un error citarla como un grupo homogéneo. Ni de lejos los masones fueron unánimes en sus opiniones. Al contrario, fue allí donde se trabaron algunas de las discusiones más acaloradas del periodo e implicaron a nada menos que al joven príncipe regente y futuro emperador Pedro I.

     En 1822, la masonería brasileña estaba dividida en dos grandes facciones. Ambas eran favorables a la independencia, pero una de ellas, liderada por Joaquim Gonçalves Ledo, defendía ideas republicanas. La otra, de José Bonifácio de Andrada e Silva, creía que la solución era mantener a don Pedro como emperador en régimen de monarquía constitucional. Estos dos grupos se disputaron el poder de forma apasionada, incluyendo prisiones, persecuciones, exilios y purgas, como ya se vio en el capítulo XIV.

     Por curiosidad e interés en vigilar y controlar las diversas corrientes políticas de la época, don Pedro participó activamente de las dos facciones. Frecuentaba las logias del grupo de Gonçalves Ledo reunidas en el Grande Oriente do Brasil, pero también estuvo en la fundación del Apostolado da Nobre Ordem dos Cavaleiros de Santa Cruz, disidencia liderada por José Bonifácio. En lugar de “logias”, el Apostolado tenía “conferencias”, bautizadas significativamente “Independencia o Muerte”, “Unión y Tranquilidad” y “Firmeza y Lealtad”. Elegido “arconte rey” en la primera sesión, don Pedro juró “promover con todas sus fuerzas y a costa de su propia vida y hacienda la integridad, independencia y felicidad de Brasil como reino constitucional, oponiéndose tanto al despotismo que lo altera como a la anarquía que lo disuelve”. Era el programa de gobierno de José Bonifácio.

     En las logias masónicas fueron estudiadas, discutidas y aprobadas varias decisiones importantes, como el manifiesto que dimanó en el Dia de la Permanencia (el 9 de enero de 1822), la convocatoria de la Constituyente, los detalles de la aclamación de don Pedro como “defensor perpetuo de Brasil” y, finalmente, como emperador, el día 12 de octubre. “Inmensa fue la contribución de la masonería al movimiento de la Independencia”, afirmó el historiador Octávio Tarquínio de Sousa. “Esa actividad encubierta, esos juramentos en secreto dejan fuera de duda que la independencia ya estaba decidida algunos meses antes de septiembre de 1822 y cómo el príncipe se dio sin reservas a la causa brasileña”.

     En una época en que todavía no había partidos políticos organizados, fue el trabajo de las sociedades secretas el que llevó la semilla de la independencia a las regiones más distantes y aisladas del territorio brasileño. El historiador Manuel de Oliveira Lima dice que la masonería funcionó en 1822 como “una escuela de disciplina y de civismo y un lazo de unión entre esfuerzos dispersos y dispersivos”. Un ejemplo es la lejana villa de São João da Parnaíba, responsable del primer clamor de la Independencia en Piauí en octubre de aquel año. La iniciativa partió de la logia masónica local, liderada por el juez de derecho João Cândido de Deus e Silva y por el coronel Simplício Dias da Silva.

     Formado en Coimbra, el coronel Simplício era uno de los hombres más ricos de Brasil. Su padre, el capitán Domingos Dias da Silva, portugués de nacimiento, tenía 1.200 esclavos y, a finales del siglo XVIII, llegó a sacrificar 40 mil bueyes al año, transformados en cecina, manteca y cuero curtido. Tras la apertura de los puertos, en 1808, estos productos eran transportados en una flota privada de cinco navíos que cruzaban el Atlántico en dirección a Europa, Estados Unidos y a las capitales del Nordeste y Sur del país – sin ninguna intermediación de la metrópoli, lo que distanciaba al coronel de los intereses portugueses. En la época de la Independencia, Simplício acumuló una fortuna tan grande que mantenía una orquesta particular en sus dominios, refinamiento difícil de imaginar en aquel tiempo. Había regalado a don Pedro un racimo de bananas de tamaño natural, todo de oro macizo con incrustaciones de piedras preciosas. También sostenía una capilla y un párroco exclusivos en la catedral de la ciudad, donde su sepulcro exhibe hoy una variada simbología masónica, según un estudio hecho por el historiador piauiense Diderot Mavignier.

     A comienzos del siglo XIX, la masonería era una organización altamente subversiva, comparable a lo que sería la internacional comunista en el siglo XX. En sus reuniones se conspiraba para la implantación de las nuevas doctrinas políticas que estaban transformando el mundo. Cabía a sus agentes propagar esas novedades en las “zonas calientes” del planeta. La más caliente de todas era, obviamente, América que, después de tres siglos de colonización, comenzaba a liberarse de sus antiguas metrópolis y a probar esas nuevas ideas políticas implantando regímenes hasta entonces prácticamente desconocidos, como la república. La presencia de militares e intelectuales masones extranjeros en las guerras de independencia del continente durante este periodo es notable. Según el historiador Oliveira Lima, “muestra bien que las ideas subversivas de la soberanía eran divulgadas por las sociedades secretas, […] y pasaban de un país a otro, de un continente a otro, con celeridad y eficacia”.

     En Brasil hay dos casos paradigmáticos. El primero es el del general francés Pierre Labatut, que capitaneó las tropas brasileñas en la guerra de Independencia en Bahia. Labatut es todavía hoy un personaje misterioso. Las informaciones sobre él son relativamente escasas. Se sabe que nació en la ciudad francesa de Cannes, sirvió en el Gran Ejército de Napoleón Bonaparte, luchó contra los ingleses en Estados Unidos y, algún tiempo después, estuvo al lado de Simón Bolívar haciendo la independencia de Venezuela. Habría llegado a Rio de Janeiro después de indisponerse con el gran libertador de la América española. Curiosamente, sin que hubiese más referencias sobre su pasado, fue inmediatamente contratado por don Pedro para mandar el ejército en Bahia. ¿De dónde venía tanto prestigio?

     El historiador baiano Braz do Amaral da una pista: la indicación para el puesto nació dentro de la masonería. Su nombre fue sugerido a José Bonifácio por fray Francisco de Santa Teresa de Jesus Sampaio, importante líder masónico de Rio de Janeiro (ya citado en el capítulo V), en cuya celda del convento de Santo Antônio fueron tramados algunos de los lances decisivos de la Independencia. Otro historiador, el norteamericano Neill W. Macaulay Jr., afirma que, antes de embarcar para Bahia, Labatut prestó juramento en una sesión del Grande Oriente, entidad máxima de la masonería brasileña. Todos estos indicios sugieren que el general francés fue un agente internacional empeñado en diseminar las ideas planteadas por la Revolución Francesa.

     Otro caso curioso es el del portugués João Guilherme Ratcliff, uno de los reos de la Confederación del Ecuador. Masón y republicano, viajó por distintos países y aprendió varias lenguas. Todavía en Portugal, fue uno de los líderes de la revolución liberal de Oporto en 1820. Al año siguiente, redactó el decreto de destierro de la reina Carlota Joaquina, que había rechazado prestar juramento a la nueva constitución liberal a la vuelta de la corte de don Juan a Lisboa. Ratcliff pagaría un alto precio por su actitud. En 1823 huyó de Portugal después del golpe absolutista de don Miguel, que disolvió las cortes constituyentes. Pasó por Inglaterra, por los Estados Unidos y llegó a Pernambuco en plena efervescencia revolucionaria.

     Luego fue detenido y enviado a Rio de Janeiro. En un decreto del 10 de septiembre de 1824, don Pedro ordenó que él y sus compañeros fuesen “breve, verbal y sumarísimamente sentenciados”. Condenado a muerte en la horca, pronunció desde lo alto del patíbulo un discurso antes de ser ejecutado el día 17 de marzo de 1825: “¡Brasileños! Muero inocente por la causa de la razón, la justicia y la libertad. Plazca a los cielos que mi sangre sea la última que se derrame en Brasil y en el mundo por motivos políticos”. En una versión nunca comprobada, su cabeza habría sido salada y enviada secretamente por don Pedro a su madre Carlota Joaquina, como venganza por el decreto de destierro de 1821.

     Los orígenes de la masonería se pierden en las brumas del tiempo. Por la falta de documentos, las informaciones tienen más el aspecto de leyenda que de realidad contrastable. Entre los masones, se cree que las sociedades secretas serían herederas de los símbolos y códigos de los antiguos constructores del templo de Salomón, en Jerusalén, o incluso de las pirámides de Egipto. Esos secretos habrían llegado a Occidente con los caballeros templarios, orden creada por la Iglesia en tiempos de las Cruzadas para proteger las reliquias sagradas y el camino de los peregrinos europeos que se dirigían a Tierra Santa. A comienzos del siglo XIV, los templarios habían acumulado tanto prestigio y dinero que su poder rivalizaba con el de los reyes y el del propio papa. Entre otras propiedades, eran dueños de un tercio de todos los inmuebles de la ciudad de París. También se habían convertido en un banco internacional, financiando las guerras y expediciones de los monarcas europeos.

     Entre sus grandes deudores estaba el rey de Francia, Felipe IV. Sin condiciones para pagar su deuda, habría convencido al papa Clemente V para extinguir la orden y confiscar sus tesoros. El último gran maestre templario, Jacques de Molay, fue ejecutado en París en 1314. Muchos de los monjes guerreros, sin embargo, sobrevivieron a la persecución. Parte de ellos se refugió en Escocia, considerada la cuna mundial de la masonería. Otros fueron acogidos en la ciudad de Tomar, en Portugal, por el rey don Dinis. El dinero y los conocimientos de los templarios sirvieron para financiar y viabilizar a partir del siglo XIV las grandes navegaciones portuguesas, cuyas carabelas ostentaban como símbolo la cruz roja de la Orden de Cristo, nueva denominación dada a los templarios por don Dinis.

     Los primeros grupos masónicos habrían surgido de los canteros de las obras en la Edad Media, en la construcción de las grandes catedrales que hoy deslumbran a turistas y peregrinos. Los profesionales responsables de esas obras estaban altamente cualificados, reuniendo conocimientos de arquitectura, ingeniería, escultura, ebanistería, forja, carpintería, entre otras cualificaciones, lo que les aseguraba una remuneración y un tratamiento privilegiados. Para defender sus intereses, los maestros constructores se reunían en gremios, asociaciones precursoras de los actuales sindicatos que también servían de escuela, donde el conocimiento especializado pasaba de una generación a otra. En Inglaterra, los locales de las reuniones eran llamados lodges, más tarde traducidos al portugués como “lojas”.

     En 1717, año oficial del nacimiento de la masonería, los cuatro lodges de Londres se unificaron en una única Gran Logia. La primera reunión se realizó en una cervecería llamada Goose and Gridiron, situada en el patio de la catedral de Saint Paul. A esas alturas, sin embargo, los masones apenas guardaban secretos profesionales. Tenían una agenda política. Empeñados en combatir la tiranía de los reyes absolutistas, luchaban contra la esclavitud y por leyes que asegurasen el derecho de defensa, la libertad de pensamiento y de culto, la participación en el poder y la ampliación de oportunidades para todos. Esto los enfrentaba a la nobleza que hasta entonces mandaba en los destinos de los pueblos.

     La masonería estaría virtualmente detrás de todas las grandes transformaciones  ocurridas en los dos siglos siguientes. En la Revolución Francesa, creó el lema “libertad, igualdad y fraternidad”. En una de sus logias fue compuesta la Marsellesa, marcha revolucionaria adoptada después como himno de Francia. Y también en las logias masónicas fue acuñada la expresión “Independencia o Muerte”, usada por don Pedro en las márgenes del riacho Ipiranga, como ya se vio en capítulo anterior. Tres libertadores de la América española, Simón Bolívar, Bernardo O’Higgins y José de San Martín, frecuentaban la misma logia en Londres, la Gran Reunión Americana, situada en el número 27 de Grafton Street. Su fundador, el venezolano Francisco de Miranda, había sido colega de George Washington, primer presidente norteamericano, en una logia masónica de Filadelfia, en los Estados Unidos.

     En ningún otro episodio la actuación de la masonería fue tan decisiva como en la Independencia norteamericana. De los 56 hombres que discutieron la aprobación de la Declaración de Independencia, cincuenta eran masones, incluyendo a Benjamin Franklin y al propio George Washington, en la época gran maestre de la Logia Alejandría. Los símbolos masónicos están hoy en el billete de un dólar y repartidos por la arquitectura de la capital norteamericana, como muestra el libro El símbolo perdido, del escritor Dan Brown. Son obeliscos, estrellas, escuadras, plomadas y compases, columnas con ramas de acacia en alto relieve, la letra G (de god, en inglés) y el gran ojo, que todo lo ve.

     En Brasil, la Independencia fue proclamada por un gran maestre masón, don Pedro I. Y la República, por otro, el mariscal Deodoro da Fonseca. Entre los doce presidentes de la Primera República, ocho eran masones. Todo el primer gobierno era masón, incluyendo a Rui Barbosa, Quintino Bocaiuva y Benjamin Constant. Las primeras logias masónicas habían surgido en el país ya al final del periodo colonial. Existen vagas referencias, todas sin comprobación, de la presencia de masones en la Conspiración Minera de 1789 y en la Conjura Baiana, también conocida como Revuelta de los Sastres, de 1798. Álvares Maciel, principal ideólogo de los conspiradores mineros, pertenecía a una sociedad secreta llamada Illuminati. La misma bandera diseñada por los rebeldes, un triángulo verde sobre un fondo blanco con las palabras Libertas Quae Sera Tamen (Libertad, aunque tardía), sería una referencia a la simbología masónica. La frase y el triángulo fueron mantenidos en la actual bandera del estado de Minas Gerais, pero el color verde dio su lugar al rojo.

     En Pernambuco, está comprobada la presencia de la masonería a partir de 1796, año de la fundación del Areópago de Itambé por Manuel de Arruda Cámara, sacerdote carmelita paraibano, médico por la Universidad de Montpellier con paso por Coimbra y gran defensor de las ideas políticas francesas. Arruda Cámara fue iniciado en la “hermandad” mientras estaba en Europa. De vuelta a Brasil, resolvió propagar las nuevas doctrinas bajo el disfraz de academias científicas y literarias. Era una forma de burlar la severa vigilancia de la corona portuguesa sobre la circulación de esas ideas.

     El Areópago de Itambé fue disuelto cinco años más tarde, cuando la justicia real descubrió un complot para la creación de una república en Pernambuco con el apoyo del entonces primer cónsul francés, Napoleón Bonaparte. La propuesta resurgiría en 1817. Entre los integrantes del Areópago de Arruda Cámara estaban los industriales de una familia rica y tradicional, los Cavalcanti, condenados a cuatro años de prisión acusados de participar en la conspiración republicana. Sueltos, fundarían en una de sus fábricas una “Escuela Democrática” bautizada Academia Suassuna, en realidad un disfraz más para el funcionamiento de una logia masónica.

     Datan también de ese periodo las divergencias entre las muchas corrientes de la masonería brasileña. El historiador Evaldo Cabral de Mello afirma que la Revolución Pernambucana de 1817 fue “una insurrección que escapó al control de la masonería portuguesa y fluminense”. Según él, mientras las logias de Rio de Janeiro permanecieron hasta las vísperas de la Independencia controladas de cerca por el Gran Oriente Lusitano, que defendía el punto de vista de la corona portuguesa, la rama de Pernambuco se afilió a la masonería inglesa por mediación de Domingos José Martins, líder de la rebelión de 1817. Desde entonces, las logias pernambucanas se habían vuelto “exclusivamente brasileñas”, prohibiendo la entrada a portugueses.

     Una curiosidad es que había logias masónicas en funcionamiento en la propia corte del rey don Juan VI. Dos de ellas, fundadas en Rio de Janeiro en 1815, se llamaban Beneficência y São João de Bragança. El nombre de la segunda sería un homenaje velado a don Juan, sospechoso de tener conocimiento y tolerar las actividades de la masonería en las dependencias del palacio real. Uno de sus ministros más poderosos, don Rodrigo de Sousa Coutinho, el conde de Linhares, responsable del traslado de la familia real portuguesa a Brasil, habría sido masón.

     Las logias fueron prohibidas después de la Revolución Pernambucana de 1817, pero volvieron a funcionar en 1821. El día 17 de junio de 1822 todas ellas se congregaron en la Gran Oriente de Brasil a iniciativa de João Mendes Viana, gran maestre de la Comercio y Artes, de Rio de Janeiro. La fecha está considerada el momento en que la masonería fluminense rompió definitivamente sus lazos con el Gran Oriente Lusitano y se convirtió a la causa de la Independencia brasileña, siguiendo el ejemplo de las logias pernambucanas. El entonces poderoso ministro José Bonifácio fue elegido gran maestre, pero sería sustituido cuatro meses más tarde por nada menos que el príncipe regente don Pedro en un golpe tramado por el grupo rival, de Joaquim Gonçalves Ledo.

     El paso de don Pedro por la masonería es meteórico. Por lo menos oficialmente. Iniciado en la logia Comercio y Artes el día 2 de agosto de 1822 con el nombre de Guatimozín – en homenaje al último emperador azteca -, fue promovido al grado de maestre tres días después y elevado al puesto máximo de la organización, el de gran maestre, dos meses más tarde. Ejerció la función sólo diecisiete días. El 21 de octubre (una semana después de su aclamación como emperador), mandó cerrar e investigar las logias que lo habían ayudado a proclamar la Independencia. Cuatro días después, sin que las investigaciones hubiese siquiera comenzado, determinó la reapertura de sus trabajos “con su antiguo vigor”.

     Hay fuertes indicios, sin embargo, de que don Pedro frecuentase las actividades de la masonería bastante antes de esto. En el Museo Imperial de Petrópolis hay una carta que el entonces príncipe regente escribió a José Bonifácio con vocabulario y signos masónicos el día 20 de julio de 1822, fecha anterior a su iniciación oficial: “El Pequeño Occidente acomete la osadía de hacer regalos al Gran Oriente, dos cartas de Bahia y algunos papeles periódicos de la misma tierra hace poco llegados. Tierra a quien el Supremo Arquitecto del Universo tan poco propicio ha sido. Es lo que se ofrece por ahora remitir a éste que en breve espera ser su súbdito y I . Pedro“. En la esquina superior izquierda de la página, hay un dibujo de un sol y la palabra Alatia, en la que las letras fueron sustituidas por una escuadra, un compás, un martillo, una pala de albañil y un ojo. La firma está acompañada del símbolo de los tres puntitos en forma de pirámide que indican la filiación masónica.

     El comportamiento aparentemente errático y contradictorio del emperador en relación a la masonería es una prueba de que la institución estuvo lejos de funcionar como un cuerpo monolítico en 1822, decidiendo de forma unísona los destinos del país en sus reuniones secretas. O que, en otra hipótesis, haya sido una víctima inocente de las arbitrariedades de don Pedro I. Según una acusación muy común entre los masones actualmente, el emperador traicionó su juramento al mandar cerrar las logias y prohibir sus actividades. Pagaría por esto en 1831, al ser obligado a abdicar al trono brasileño en un movimiento otra vez liderado por la masonería.

     En realidad, la masonería usó y fue usada por los diferentes grupos de presión en la época de la Independencia, de acuerdo con las circunstancias del momento. En el episodio del Día de la Permanencia, en el Grito del Ipiranga y en el de la aclamación del emperador, salió triunfante. Saldría victoriosa nuevamente en 1831, en la abdicación del emperador. En la disolución de la Constituyente y en la Confederación del Ecuador, perdió. Fue, por tanto, un elemento importante en el poderoso juego de presiones que se estableció en el momento en que Brasil daba sus primeros pasos como nación independiente, pero no el único ni el más decisivo.

Laurentino Gomes