Por qué las clases populares no votan a la izquierda y qué hacer para corregirlo

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  El resultado de las elecciones catalanas ha reabierto un debate clásico en la izquierda política: la cuestión de la afinidad política e ideológica de las clases populares. El hecho de que en los barrios obreros catalanes haya sido primera fuerza Ciudadanos ha hecho disparar de nuevo todas las alarmas. Pero no es la primera vez que sucede. En estas mismas páginas, y también en sus libros, Esteban Hernández han ido destacando partes de este proceso desde hace años. La pregunta que tanto él como otros nos hacemos es la siguiente: ¿cómo es posible que los estratos sociales más bajos, las clases populares e incluso la clase obrera tradicional, esté optando por políticas de derechas como solución a sus problemas?

  Lo primero que cabe advertir es que éste no es un fenómeno que se circunscriba sólo a nuestro país. En el año 2016 el politólogo Luis Ramiro publicó un estudio sobre la izquierda radical europea en el que se ponía de relieve que no existe una relación directa entre pertenecer a un estrato social desfavorecido y votar a un partido radical de izquierdas. O, dicho claramente, que los partidos de la izquierda radical europea dicen representar a las clases populares pero éstas no se sienten representadas. Este estudio, y muchos otros, han demostrado que el votante medio de la izquierda radical europea no tiene nada que ver con el perfil del votante típico de los partidos de extrema derecha que están ganando peso en Europa y Estados Unidos. Como hemos explorado en otro lugar, el perfil de ese votante es el de una persona desempleada, poco cualificada, muy expuesta a la competencia económica internacional y con sentimientos nacionalistas que se realzan como una forma de protección ante esa situación general de vulnerabilidad. El problema general, por lo tanto, es que la izquierda no está siendo capaz de atraer a las personas más afectadas por la crisis y por la globalización neoliberal, y ese lugar lo están ocupando los partidos de derechas cuyos proyectos, además, tienen en muchos casos un espíritu reaccionario, racista y antidemócrata.

  La tesis que defiendo aquí es que el problema no está en cómo representar a las clases populares sino en cómo ser parte de esas clases populares. Durante décadas la izquierda política europea se ha ido desconectando de los estratos sociales más bajos con discursos cada vez menos vinculados a sus problemas cotidianos al tiempo que ha abandonado la construcción de redes sociales en barrios, vecindarios y centros de trabajo. En lugar de eso la izquierda ha concentrado su actividad en la participación en diferentes ciclos electorales y ha basado su crecimiento electoral en los sectores ideologizados de las autoconsideradas clases medias. Mientras eso sucedía, la globalización ha ido transformando las relaciones económicas y de clase en los países desarrollados, empobreciendo a las clases populares y haciendo descender de escalones a parte de la clase media. Este proceso está lejos de acabar. Transitamos hacia una sociedad polarizada, de enormes desigualdades y en la que la izquierda sólo tendrá oportunidad de ganar la batalla a la derecha si es capaz de volver a penetrar en los barrios populares a través de prácticas que conecten con sus problemas cotidianos y materiales. Nuestro mundo se asemeja cada vez más al del siglo XIX que al de la llamada época dorada del capitalismo.

Cómo hemos llegado hasta aquí

  Cuando Marx y Engels escribieron sobre la clase obrera en el siglo XIX, ésta sobrevivía en unas condiciones verdaderamente miserables. Además, ambos fueron testigos de cómo los beneficios del crecimiento económico recaían exclusivamente en unas pocas manos, la de los propietarios de las grandes industrias y de los bancos. Y en su estudio del capitalismo llegaron a la conclusión de que esa situación se mantendría o se radicalizaría hasta la revolución. Es más, pensaban que la proletarización de la mayor parte de la población sería inevitable: tenderos, artistas, profesionales y otros trabajadores no industriales acabarían convirtiéndose en proletarios pobres como consecuencia del propio funcionamiento del sistema. Quedaría un puñado de capitalistas y una gran masa, que sería mayoría, de empobrecidos trabajadores asalariados.

  Sin embargo, las predicciones de Marx y Engels sobre la polarización parecieron desvanecerse a finales del siglo XIX y, sobre todo, tras la II Guerra Mundial. Gracias a las luchas obreras los trabajadores occidentales consiguieron hacerse copartícipes de los beneficios del crecimiento económico. Incluso aunque ese crecimiento derivara del saqueo y expolio de otros pueblos del mundo mediante la colonización. Ya a comienzos del siglo XX surgieron las tesis de la aristocracia obrera de Lenin y del imperialismo de los autores marxistas que trataban de explicar por qué la clase obrera se estaba “aburguesando” a costa del sudor de los trabajadores de los países colonizados. Pero empezaba también a nacer la llamada clase media, trabajadores que ya no vivían en condiciones de subsistencia sino que aspiraban a ser propietarios de viviendas y de automóviles y que disfrutaban de los servicios públicos arrancados a las clases dominantes a través de las huelgas y la lucha política. El compromiso keynesiano de posguerra consistió en institucionalizar el conflicto capital-trabajo y en repartir los beneficios del crecimiento de la productividad. Pero ahí estaba la paradoja: la victoria de la clase obrera occidental en la conquista de sus derechos supuso también el cambio de agenda de sus organizaciones políticas.

  El problema, como señaló Adam Przeworski en su magnífico libro Capitalism and social democracy, es que emergió un dilema político-electoral. Lo que sucedió realmente es que creció la heterogeneidad entre los asalariados, de modo que ahora cabía dirigirse exclusivamente a la clase trabajadora tradicional, que era una minoría, o tratar de incorporar nuevos sectores sociales que no necesariamente tenían los mismos intereses. La primera opción te condenaba a perder las elecciones, y la segunda a desnaturalizarte. La solución natural de la mayoría de los partidos europeos fue la de mantener cierta retórica obrerista al tiempo que se adaptaba el discurso para llegar más allá de la clase trabajadora tradicional. De ese modo, la gran atención de la izquierda política se fue desplazando progresivamente hacia los sectores que más crecían y que además suponían el grueso de los votantes en los sistemas electorales: la llamada clase media. De forma correspondiente, los discursos fueron cambiando y la atención a las condiciones materiales de vida (salarios, pobreza, etc.) fue perdiendo peso en beneficio de las condiciones inmateriales de vida (calidad de la democracia, cuestiones de igualdad horizontal, etc.) No sorprendentemente también el propio marxismo hizo en los años cincuenta y sesenta un giro cultural similar, dejando a un lado la Economía Política –y la temática de la explotación- y priorizando las cuestiones culturales y psicológicas –y la temática de la alienación y la identidad-, como bien recuerda Perry Anderson en Consideraciones sobre el marxismo occidental. Nunca dejaron de existir los trabajadores manuales no cualificados, la categoría más próxima a la clase obrera sobre la que teorizó Marx y que aún hoy representa el 25% de la fuerza laboral en España, pero fueron dejándose de lado.

Qué está sucediendo en las clases populares

  Paradójicamente, desde los años ochenta nuestro mundo se va pareciendo cada vez más más al de Marx y al del siglo XIX. La globalización neoliberal ha significado la liberalización del comercio mundial, las deslocalizaciones de las grandes empresas productivas, la privatización de las empresas públicas, la reducción de los sistemas fiscales progresivos y, en suma, el progresivo desmantelamiento del Estado Social. Con dos consecuencias esenciales, una de carácter nacional y otra de carácter internacional.

  La primera es que la desigualdad dentro de cada país se ha disparado de nuevo, especialmente si comparamos el enriquecimiento del 1 por ciento más rico de cada país con el resto de la población. Como demostró Thomas Piketty en Capital in the twenty-first century, justo antes de la crisis el porcentaje sobre el total de riqueza del 1 por ciento más rico de Estados Unidos alcanzó los niveles de 1929. Esa concentración de la riqueza había disminuido radicalmente desde la II Guerra Mundial como consecuencia de los mecanismos redistributivos del Estado, pero empezó a crecer de nuevo a partir de los años ochenta. Hay que recordar que en la década de los años cincuenta el tipo impositivo marginal máximo –el tipo más elevado que se paga, lógicamente los ricos- era de hasta el 90% en Reino Unido o Estados Unidos, mientras que actualmente ronda el 40% en esos países. De ahí que David Harvey y otros autores hayan definido al neoliberalismo como la revuelta de las élites frente a los mecanismos redistributivos del Estado Social. O, dicho de otra forma, los ricos se cansaron de pagar los servicios públicos a los pobres y ya no tenían miedo a la revolución, así que organizaron una verdadera contra-revolución para acabar con las conquistas de la clase trabajadora.

  La segunda es que la globalización está generando ganadores y perdedores también a nivel mundial, como demuestran los datos del libro Global inequality de Branko Milanovic. Los ingresos reales de las clases populares de Europa y Estados Unidos se han estancado o han caído en las últimas décadas mientras han subido los ingresos reales de las clases medias urbanas de los países asiáticos y sobre todo de los superricos de todos los países del mundo. Dicho de otra forma, la globalización ha aumentado la desigualdad dentro de cada país, entre los poseedores de capital financiero y los trabajadores manuales, por ejemplo, pero también ha provocado que a nivel mundial el salario de un trabajador asiático se vaya pareciendo cada vez más al de un trabajador europeo medio. Esta es, exactamente, una predicción típicamente marxista: el desarrollo del capitalismo a nivel mundial igualaría las condiciones de vida de los trabajadores mientras haría aún más ricos a los propietarios de capital de todo el mundo. Un mundo dividido en clases y no en naciones.

  Ambas consecuencias están interrelacionadas. Por ejemplo, no es que la clase obrera industrial haya desaparecido, sino que se ha deslocalizado desde Europa hacia Asia. La incorporación de China e India al mercado mundial es la incorporación de más de 1.100 millones de personas para competir con otras a lo largo de todo el mundo. Esa nueva realidad opera como presión a la baja de los salarios en las diferentes secciones productivas europeas en las que se están especializando los países asiáticos. Por ejemplo, aquellos sectores expuestos a la competencia internacional, por lo general los de menor valor añadido, tienden a tener salarios más bajos. Y España, que está tecnológicamente atrasada, sufre especialmente ese drama. De igual manera, la globalización permite una mayor división del trabajo dentro de cada empresa, con procesos de deslocalización parcial y subcontrataciones, lo que lleva a que algunas empresas ofrezcan salarios muy altos y otras salarios muy bajos. Todo ello aumenta aún más la desigualdad de ingresos entre las clases populares, especialmente las no cualificadas, y las clases altas.

  La consecuencia más obvia de estas transformaciones es que las estructuras de clase de los países occidentales, incluyendo España, están polarizándose. La globalización neoliberal está produciendo una nueva división entre ganadores y perdedores a nivel mundial y nacional que está quebrando al estrato intermedio de la sociedad occidental, las llamadas clases medias. Hay quien ha hablado, entre ellos Esteban Hernández, de «el fin de la clase media». Pero más bien lo que está ocurriendo es que la clase media se está polarizando, con sus estratos sociales más altos manteniendo su posición y con los estratos sociales más bajos empeorando la suya. Los análisis del politólogo Pau Marí-Klose para España revelan que durante la crisis en nuestro país la distancia entre la clase media-alta y la clase media-baja ha aumentado.

  Y por lo general los estudios económicos demuestran que el elemento clave es la cualificación formal y la estructura productiva. A mayor cualificación, más posibilidades de caer en el club de ganadores, pues se accede a puestos de trabajo más protegidos de la competencia internacional y que reparten más valor añadido. El problema es que la estructura productiva opera como limitante, como sucede con el caso español. Puedes tener a mucha gente muy cualificada pero que no es absorbida por la ausencia de tejido industrial de alto valor añadido, lo que lleva a la sobrecualificación.

  Llama la atención, por ejemplo, que otro estudio de Raúl Gómez, Laura Morales y Luis Ramiro revelara que el tipo de votantes de los partidos anticapitalistas tradicionales (como los partidos comunistas ortodoxos de Portugal o Grecia) y de los partidos de nueva izquierda (como Izquierda Unida o el Bloco de Esquerda en Portugal) apenas se diferencian en términos de edad, género, ubicación territorial o conciencia de clase, pero que sí hubiera diferencia en que los votantes de la nueva izquierda tienden a estar más cualificados que los votantes de los partidos tradicionales. En el caso español, en un reciente estudio publicado en 2017, Luis Ramiro y Raúl Gómez encontraron que el tipo de votante de Podemos y de IU tenía el mismo perfil, a saber, el de personas progresistas altamente cualificadas. Este tipo de estudios sugiere que la izquierda radical española está menos conectada aún a los perdedores de la globalización. Sus votantes no son los que más sufren.

  Por lo tanto, lo que ocurre en España, como en toda Europa, es que el viejo mundo del compromiso de clase y de una clase media que sostiene el Estado Social está tocando a su fin. Con ella, las ilusiones de amplios sectores sociales que se autoconsideraban de clase media se desvanece. Milanovic, en su ya citado libro, considera que en los años ochenta en España había un 34% de personas situadas objetivamente en la clase media, y que en el año 2010 ese porcentaje era del 31%. Una dinámica descendente que se estaría dando en todos los países, especialmente aguda en Estados Unidos y Reino Unido. Por otra parte, la socióloga Belén Barreiro ha tratado este tema en su libro La sociedad que seremos y desvela que el porcentaje de personas que se consideran subjetivamente de clase media ha descendido desde el 63,4% de 2007 hasta el 52,3% del 2014, cifras aun significativamente altas.

  Y es cierto que las políticas neoliberales han causado esto, pero también es cierto que ha sucedido como respuesta a la propia lógica de un sistema capitalista que por su propia naturaleza es global. El ascenso de políticas proteccionistas de carácter nacionalista, como ocurre con la extrema derecha, hay que entenderlo desde esta lógica de defensa frente a estas amenazas de empobrecimiento. En otros casos la ilusión consiste precisamente en mantener la ilusión, esto es, en prometer a los votantes que volverán los tiempos de antaño y que las llamadas clases medias recuperaran su posición. Como si no existieran los 1.100 millones de nuevos trabajadores chinos e indios o no existiera la coerción de la competencia a nivel mundial. Como si quisiéramos ignorar, en definitiva, que lo que está en juego es el lugar de Europa y sus ciudadanos en el sistema económico mundial.

Cómo llegar a las clases populares

  Lo importante, a mi juicio, es tener presente que la clase social no es solo una entidad objetiva que puede analizarse en los estudios económicos clasificando a la sociedad a partir de distintos criterios. La clase social es también un constructo social, una identidad, que se va construyendo en la práctica política. La clave es, entonces, cómo se construye clase social o, dicho de otra forma, cómo se consigue unir en un mismo proyecto político a la clase trabajadora que sufre la crisis y la globalización.

  Algunas de las propuestas existentes son de carácter discursivo y consisten, fundamentalmente, en adaptar los discursos a las nuevas realidades políticas. Si las estructuras de clase han cambiado, parece evidente que los discursos políticos tienen que adaptarse a esos cambios. Esto es tan obvio que parece insultante tener que repetirlo. El problema es que esto por sí sólo no vale. La construcción de relatos o narrativas, es decir, de historias que intentan atraer a una base social es insuficiente. Además, en comparación con los recursos para contar historias de otros partidos de derechas, financiados por los ricos, las posibilidades de éxito se reducen exponencialmente.

  Otras propuestas que se han dado son de ánimo organizativo, como las que sugieren la creación de una cuota obrera que obligue a las organizaciones a tener representantes de esos estratos sociales. Esta idea, recuperada hace poco por Nega y Arantxa Tirado en su libro La clase obrera no va al paraíso, recuerda la extendida prohibición que existió durante mucho tiempo entre los partidos socialistas respecto a la aceptación de militantes de extracción social burguesa. En todo caso, esta idea sería totalmente innecesaria si las cosas se hicieran bien, es decir, si la izquierda fuera de las clases populares y no sólo se limitara a representarla.

  La clave, a mi juicio, reside en la práctica material. Y este es un terreno desgraciadamente inexplorado por la izquierda europea actual. Se trata de aceptar que las subjetividades se crean sobre todo en la práctica, y que una organización que reside y está presente en el territorio, o que directamente está situada allá donde se da un conflicto político, es la que consigue convertirse en el instrumento de las clases populares.

  Esto es algo que el movimiento obrero del siglo XIX siempre tuvo presente. De hecho, la función principal del SPD era formar a la clase más allá de las instituciones, esto es, en la práctica cotidiana. Como recordaba Antoni Domenech en su El eclipse de la fraternidad en esa red se incluían «grandes sindicatos; cooperativas agrícolas; mutualidades; bolsas del trabajo; ligas campesinas; secciones y círculos socialistas y anarquistas; asociaciones deportivas y recreativas; círculos culturales; muchedumbre de periódico e imprentas; casas del pueblo; ateneos obreros; bibliotecas y teatros culturales; universidades populares; escuelas de formación de cuadros sindicales y políticos; cajas de seguro de enfermedad; cooperativas de consumo…». Los grandes empresarios alemanes tenían absolutamente claro que la fuerza del SPD provenía no tanto de sus votos como de su presencia en la sociedad y de esas vastas redes sociales. El SPD logró el 34% de los votos en 1912 precisamente como consecuencia de esa fuerza. Algo que el fascismo italiano de Mussolini sabía muy bien cuando mandó a los violentos grupos de las camisas negras a destruir el tejido social que el comunismo italiano estaba construyendo en su país.

  En la actualidad, cuando nuestro país y toda Europa ha iniciado una tendencia hacia las condiciones laborales del siglo XIX, conviene tener muy presente estas enseñanzas. Y recordar, sobre todo, que la función esencial de una organización política es convertirse en una sociedad alternativa, algo que se consigue siendo parte del tejido social y no sólo tratando de representarlo. Si somos inteligentes en la izquierda europea, comprenderemos que la mejor manera de combatir a la extrema derecha, de ganar las elecciones y de poner en marcha un nuevo proyecto de país es precisamente a través del despliegue práctico y material de nuestra organización en todos los espacios de socialización. Y quizás todo empiece por preguntarnos si realmente nuestro objetivo es representar a las clases populares o ser las clases populares.

Alberto Garzón

Fuentes: Alberto Garzón El Confidencial

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XV. 1822: La Confederación.

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EXISTE UN DRAMA HISTÓRICO EN LA geografía del Nordeste brasileño. Doscientos años atrás, Pernambuco era una de las provincias más grandes de Brasil. Con 278 mil kilómetros cuadrados, su territorio era del tamaño de Rio Grande do Sul y un poco inferior al de Maranhão. La franja litoral comenzaba en los peñascos de la desembocadura del rio São Francisco, que hoy delimita Sergipe y Alagoas, y se prolongaba hasta Paraíba. En el interior, los dominios pernambucanos avanzaban por el sertón hasta la actual frontera entre Bahia, Minas Gerais y Goiás, a menos de doscientos kilómetros de Brasilia, formando el dibujo de una calabaza – o jerimum, para los nordestinos -, larga y delgada. Incluía, entre otras ciudades importantes, Barreiras, hoy un municipio baiano y uno de los mayores productores de soja del país. Esta geografía se alteró de forma brusca a comienzos del siglo XIX. En menos de una década, Pernambuco perdió dos tercios de su extensión original, quedando reducido a una parcela de tierra de 98.311 kilómetros cuadrados, del tamaño de la pequeña Santa Catarina e inferior a Ceará y a Piauí. Entre 1817 y 1824, la provincia fue sistemáticamente recortada, despedazada, castrada y expoliada en su territorio por razones políticas.

     El régimen de adelgazamiento forzoso en sus dominios fue el precio que Pernambuco pagó por las guerras y revoluciones que lideró en ese periodo. A lo largo de la historia, otros varios estados y provincias tuvieron cambios en su territorio. Paraná fue parte de São Paulo hasta 1853, año en que consiguió su autonomía. Mato Grosso fue dividido a mediados de 1977. Once años después fue el turno de que Goiás perdiera su mitad norte, transformada en el actual estado de Tocantins. En todos estos casos, sin embargo, los cambios obedecieron a criterios prácticos, con el objetivo de facilitar la administración de las nuevas regiones, hasta entonces distantes y mal atendidas por sus antiguas capitales. Pernambuco es el único caso de división territorial como castigo por la rebeldía. Ninguna región brasileña promovió tantas revoluciones de consecuencias tan drásticas.

     El primer recorte aconteció después de la revolución de 1817, cuando los pernambucanos se sublevaron contra el rey don Juan VI y proclamaron una república independiente. Derrotados, perdieron Alagoas, transformada en provincia autónoma. El segundo ocurrió siete años después, como resultado de la Confederación del Ecuador, rebelión también de tendencia separatista y republicana. Esta vez, la amputación fue bastante mayor: por decisión del emperador Pedro I, Pernambuco perdió su antigua Comarca de São Francisco, que correspondía al 60% de su territorio, transferida “provisionalmente” a Minas Gerais. Tres años más tarde, la comarca sería incorporada, también “provisionalmente” a Bahia, donde permanece hasta hoy. “La mutilación obedeció sólo a motivos políticos, al deseo de evitar que llegasen hasta Minas Gerais los inquietos revolucionarios”, afirmó el periodista e historiador pernambucano Barbosa Lima Sobrinho, autor de un estudio sobre el asunto.

     La proclamación de la Confederación del Ecuador, en 1824, fue consecuencia directa de la disolución de la Constituyente. Como mostró el capítulo anterior, diferentes visiones de Brasil se confrontaron en la asamblea convocada en 1822 por don Pedro. Una de ellas era la de los federalistas. Este grupo albergaba tanto a republicanos como a monárquicos constitucionalistas y se concentraba en Pernambuco, hasta entonces la provincia que más desconfianzas alimentaba respecto de las intenciones del emperador en la conducción de los asuntos brasileños. Las reclamaciones eran antiguas. Una de las razones de la Revolución de 1817 habían sido las tasas e impuestos cobrados para sostener la corte de don Juan VI en Rio de Janeiro. Nada menos que el 32% de la recaudación total de la provincia fue transferida a la corte en 1816. Con la Independencia, muchos pernambucanos temían la posibilidad de sustituir la opresión de la metrópoli portuguesa por la tiranía de un gobierno en el Sudeste del país.

     Los federalistas defendían que el Brasil independiente se constituyese en una asociación de provincias más o menos autónomas. Cada una tendría su propio presidente, parlamento, fuerzas armadas, presupuesto, tesoro, entre otras prerrogativas. Sería, por tanto, un país más parecido al actual, en que los estados, organizados en una federación, eligen los gobernadores y diputados encargados de hacer las leyes en las asambleas legislativas, poseen magistrados y jueces locales, cobran impuestos y administran el presupuesto, además de controlar sus propias policías militares. José Bonifácio, al contrario, quería un gobierno monárquico y fuerte centralizado en Rio de Janeiro, con la excusa de que eso evitaría el riesgo de fragmentación territorial.

     A causa de estas divergencias, Pernambuco se adhirió con mucha reticencia a la causa de don Pedro en 1822. La condición era que el emperador mantuviese la promesa de convocar la Constituyente y aceptar sus decisiones. Los argumentos de los federalistas se basaban en una sutileza según la cual Brasil se hacía independiente de Portugal, pero todavía no constituido como imperio. Esta segunda etapa dependía de un “pacto social” a ser celebrado en la Constituyente. Sería en la asamblea donde los brasileños de las diferentes regiones definirían la forma ideal de gobierno para el nuevo país. “Sin representación nacional, sin cortes soberanas que […] formen nuestra Constitución, no hay imperio”, afirmaba el padre carmelita Joaquim do Amor Divino Caneca, líder de los federalistas pernambucanos, más conocido como fray Caneca. “Bajo esta condición es como aclamamos a Su Majestad”.

     Fray Caneca formó parte de una de las generaciones más revolucionarias de la historia brasileña. Nacido en Recife en 1779 – diez años antes de la Revolución Francesa y tres después de la Independencia norteamericana -, se ordenó sacerdote en 1801. Después de su ordenación, cambió el apellido Silva Rabelo por Amor Divino y añadió Caneca porque era hijo de un portugués tonelero (artesano especializado en la fabricación de toneles, barriles, vasijas y utensilios domésticos como palanganas, platos y tazas). Estudió en el famoso Seminario de Olinda, uno de los pocos centros intelectuales del Brasil colonia donde se podían discutir las ideas que llegaban de Europa y Estados Unidos. Recibió clases de geometría, retórica y filosofía racional y moral. Los poemas que escribió sugieren que, a pesar del voto de castidad, estuvo enamorado de una mujer llamada Marília, con quien aparentemente tuvo hijos. Después de participar en la fracasada Revolución de 1817, estuvo preso en Bahia, quedando libre en 1821 por decisión de las cortes de Lisboa.

     En opinión de fray Caneca, en 1824 Brasil tenía todas las condiciones para formar un estado republicano y federativo. No lo era hasta ese momento sólo porque los brasileños habían confiado en el juramento de don Pedro de respetar la Constituyente. La disolución de la asamblea, además de confirmar las sospechas respecto de la índole autoritaria del emperador, significaba que el acuerdo había sido roto. Por tanto, cada provincia podría seguir el camino que le pareciese más adecuado. “Está disuelto el pacto, y Brasil seguirá su destino a través de la más sangrienta guerra”, bramaba fray Caneca. “¡De Rio [de Janeiro], nada, nada; no queremos nada!”. Era una parodia de la carta en la que don Pedro decía a su padre don Juan VI no querer nada de Portugal. Cipriano Barata, diputado baiano en las cortes portuguesas, que huyó a Inglaterra y se refugió en Recife al regresar a Brasil, afirmaba que Pernambuco no bajaría la cabeza ante los actos de fuerza del emperador porque “el pueblo está atento y no es bruto como el de Bahia”.

     La historia de la Confederación del Ecuador muestra que las divergencias de opiniones en la época de la Independencia no eran sólo una cuestión de preferencias, como en un duelo entre aficiones de fútbol. Resultaban de un violento choque de intereses implicando poder, dinero y prestigio. Hasta finales del siglo XVIII, la clase dirigente pernambucana estaba dominada por los dueños de fábricas, productores de azúcar y dueños de vastas porciones de tierras fértiles en la Zona da Mata sur. Componían lo que el historiador Evaldo Cabral de Mello llamó la “azucarocracia” y tenían sus intereses profundamente enraizados en la metrópoli portuguesa, que compraba y revendía su producto en régimen de monopolio. Las décadas siguientes, sin embargo, surgió una nueva clase de ricos y prósperos productores y comerciantes. Estaba ligada a la producción del algodón, concentrados en la Zona da Mata norte, parte de la pradera y del sertón. Como mostró el capítulo 3, este grupo ya no dependía tanto de la metrópoli porque vendía su producción a las modernas fábricas de la Revolución Industrial inglesa, equipadas con telares mecánicos movidos a vapor. La intermediación de Portugal en este caso no interesaba a los productores brasileños ni a los compradores ingleses, porque sólo encarecía y dificultaba las relaciones comerciales entre las dos partes.

     Los reflejos de esto en la política fueron inevitables. Mientras que los fabricantes de la Zona da Mata sur eran conservadores y tradicionalistas, más fieles a la corona portuguesa y a su extensión en Rio de Janeiro tras la mudanza de la familia real, los nuevos productores de algodón de la Zona da Mata norte se mostraban permeables a las ideas revolucionarias que llevaron a la quiebra a los antiguos intereses y monopolios. El conflicto se extendió a las provincias vecinas – Paraíba, Rio Grande do Norte y Ceará – en las que la producción algodonera se había vuelto igualmente significativa. Fueron estos diferentes perfiles económicos los que se enfrentaron en la Revolución de 1817 y nuevamente en la Confederación del Ecuador. “Nuestro periodo revolucionario fue un movimiento establecido en la subregión algodonera y en el núcleo urbano y comercial de Recife”, apuntó Evaldo Cabral de Mello.

     La primera junta de gobierno de Pernambuco, después de la convocatoria de las cortes portuguesas, estaba presidida por Gervásio Pires Ferreira, rico comerciante de Recife y veterano de la Revolución de 1817, también castigado con prisión en Bahia. Apoyado por los grades productores y exportadores de algodón, Gervásio intentó en los primeros meses reafirmar la autonomía de Pernambuco, manteniendo una posición equidistante entre Lisboa y Rio de Janeiro. Felicitó a don Pedro por el Día de la Permanencia, mientras enviaba un oficio a las cortes portuguesas declarándose separado del príncipe regente. A comienzos de agosto de 1822, mandó una delegación a Rio de Janeiro con un mensaje en el que reiteraba tímidas “protestas de obediencia”. Terminada la audiencia, don Pedro apareció en las ventanas del Palacio Imperial y gritó a la multitud reunida en la plaza: “¡Pernambuco es nuestro!”. Lo era, pero no mucho. La adhesión formal sólo sería el 26 de agosto. Aún así, Gervásio rechazó obedecer las órdenes del ministro de Hacienda para que las reservas de pau-brasil fuesen a partir de entonces enviadas a Rio de Janeiro con el objeto de ayudar a amortizar la deuda del Banco de Brasil.

     Gervásio cayó en octubre, sustituido por la “Junta dos Matutos”, compuesta por los señores de la “azucarocracia”. Ésta, sí, apoyó a don Pedro de forma decidida ante la promesa de que el gobierno imperial no aboliría la esclavitud y protegería sus propiedades en caso de ser atacadas “por gentes de color”. Aún así, la política en la provincia se mantuvo inestable en los meses siguientes. La noticia de la disolución de la Constituyente fue la gota que colmó el vaso. Al llegar a Recife a mediados de noviembre de 1823, puso fin a la tibia luna de miel entre los pernambucanos y don Pedro I. En diciembre, el “Gran Consejo” – colegio electoral compuesto por hacendados, comerciantes, jueces, curas e intelectuales – se reunió en la catedral de Olinda y sustituyó la ya debilitada “Junta dos Matutos” por otra, presidida por Manuel de Carvalho Paes de Andrade.

     Hijo de un funcionario público portugués, Paes de Andrade era un rico comerciante y hacendado. Tenía lazos con la masonería tanto como fray Caneca, Cipriano Barata y otros muchos revolucionarios pernambucanos. Tras la derrota de 1817, se refugió en los Estados Unidos, cuyas ideas políticas lo cautivaron de tal manera que bautizó a sus tres hijas con los nombres de una ciudad y dos estados norteamericanos: Filadelfia, Carolina y Pensilvania. En contrapartida, detestaba a los portugueses. “La perfidia y la crueldad son las dos notas que distinguen a los portugueses de los otros pueblos de Europa”, escribió en abril de 1824. “Barbarie y amor a la esclavitud fue lo que les correspondió en herencia”.

     La elección de Paes de Andrade colocó a los pernambucanos en enfrentamiento directo con el emperador, que el día 25 de noviembre del mismo año había nombrado otro presidente para la provincia, Francisco Paes Barreto, futuro marqués de Recife, dueño de fábricas en la Zona da Mata sur. Nuevamente reunido el 8 de enero, el “Gran Consejo” se rebeló contra el nombramiento y mantuvo a Paes de Andrade en el cargo. Exigió también que don Pedro cancelase la disolución de la Constituyente y llamase de nuevo a todos los diputados elegidos, incluyendo al grupo que había sido detenido y deportado después de la “Noche de la Agonía”. El emperador todavía intentó una reconciliación sustituyendo a Paes Barreto por el minero José Carlos Mayrink da Silva Ferrão, hermano de Marília de Dirceu, la musa inspiradora del poeta y desleal Tomás Antônio Gonzaga. A esas alturas, sin embargo, los ánimos estaban tan exaltados que el minero rechazó asumir el cargo.

     Todo el primer semestre de 1824 fue dedicado a la preparación de la guerra en Pernambuco. Paes de Andrade mandó capturar cuatro fragatas y goletas de la Marina imperial que se encontraban en aguas de la provincia. Una de ellas, la fragata Independência ou Morte, fue rebautizada por Constituição ou Morte. También mandó hacer dos navíos a vapor en Inglaterra y media docena de cañoneras y una corbeta con 38 cañones en los Estados Unidos. Ninguno llegaría a tiempo de defender la Confederación. El gobierno imperial, a su vez, envió a Pernambuco una pequeña flota bajo el mando del capitán John Taylor, el mismo que en julio de 1823 persiguiera a la escuadra portuguesa desde Salvador hasta las inmediaciones de la desembocadura del río Tajo, en Lisboa. Después de bloquear el puerto de Recife durante algunos días, Taylor tuvo que volver a Rio de Janeiro ante los rumores de que Portugal había mandado una poderosa flota con el objetivo de recapturar la capital brasileña.

     La Confederación del Ecuador fue oficialmente proclamada el 2 de julio de 1824. Paes de Andrade convocó a las provincias del norte a unirse a Pernambuco en la constitución de un país “análogo al sistema norteamericano” y no siguiendo más el ejemplo de la “encanecida Europa”. La frontera de la nueva nación sería la margen izquierda del río São Francisco, de Alagoas hasta Maranhão. En su bandera exhibía un cuadrado con una cruz en el centro y las palabras “religión, independencia, unión, libertad”. Las ramas de café y tabaco, que aparecían en la bandera del imperio brasileño, fueron sustituidas por las de caña de azúcar y algodón. Paes de Andrade también envió un representante a los Estados Unidos encargado de defender el reconocimiento de la independencia de la Confederación. El gobierno norteamericano ignoró la petición.

     En los documentos del gobierno revolucionario no se menciona la palabra república, régimen que, desde la derrota de 1817, “aún no osaba decir el nombre”, según la observación del historiador Evaldo Cabral de Mello. En momento alguno hay referencias a la separación de Brasil. Al contrario, en sus proclamas Paes de Andrade invitaba a las demás provincias a unirse a la causa de los pernambucanos. Era sólo una apariencia. Como las demás regiones permanecían firmes en su apoyo a don Pedro, en la práctica la creación de la Confederación sólo podría llevar a la división del país. Y las simpatías republicanas de los líderes del movimiento, casi todos veteranos de la Revolución de 1817, eran innegables.

     La provincia que más apoyó a los pernambucanos en la Confederación del Ecuador fue Ceará. A comienzos de 1824, al saber de la disolución de la Constituyente, las cámaras de Quixeramobim e Icó proclamaron la república y declararon a don Pedro destronado. En abril, el presidente Pedro José da Costa Barros fue destituido por Tristão Gonçalves de Alencar Araripe y José Pereira Filgueiras, héroes de la expulsión de los portugueses en Piauí y Maranhão. Alencar Araripe, que también participó en la Revolución de 1817, escribió a Paes de Andrade en abril de 1824: “Está hecha nuestra íntima unión, tanto de reciprocidad de sentimientos, como de riesgos y peligros”.

     La reacción de don Pedro I al saber de la proclamación de la Confederación fue inmediata y devastadora. Además de suspender las garantías constitucionales en la provincia, mandó tropas por tierra y mar y amputó el territorio pernambucano retirando de él la Comarca de São Francisco. A medianoche del 28 de agosto, vencido el plazo final para la rendición (el día anterior) los navíos de guerra mandados por el almirante Cochrane comenzaron a bombardear las casas y las iglesias de piedras blancas de la vieja ciudad de Recife, mientras el ejército del brigadier Francisco de Lima e Silva, padre del futuro duque de Caixas, invadía la provincia por el sur. Paes de Andrade incluso intentó sobornar a Cochrane ofreciéndole la suma de cuatrocientos contos de réis, el equivalente a 80 mil libras esterlinas (cerca de 25 millones de reales actualmente), para que cambiase de bando. El almirante, que tenía mucho más dinero que recibir de don Pedro, lo rechazó.

     A finales de agosto, el brigadier Lima e Silva hizo una proclama a los revolucionarios:

Malvados, temblad. La espada de la Justicia está a días de cercenaros la cabeza, rendíos o […] estas bravas tropas que mando entrarán como si fuese por un país enemigo. No esperéis más benevolencia, el modo de vuestro juicio no admite apelación; una comisión militar, de la cual soy presidente, es la que os ha de hacer el proceso y mandaros castigar.

     La capital pernambucana fue ocupada el día 12 de septiembre. Paes de Andrade se refugió a bordo de una fragata inglesa. Volvería de Inglaterra, donde permaneció exiliado, después de la abdicación de don Pedro I para retomar una exitosa carrera política en la que sería presidente de la provincia y senador del Imperio. Otro personaje importante de la Confederación, el poeta José da Natividade Saldanha, se asiló en Venezuela y después en Bogotá, hoy capital de Colombia, donde ejerció la abogacía y falleció en 1830. Fray Caneca con lo que quedaba del desharrapado ejército de la Confederación emprendió una larga jornada por el sertón rumbo a Ceará. Fue interceptado y prendido el día 29 de noviembre. Dieciséis confederados fueron condenados a muerte – once en Pernambuco y cinco en Ceará.

     La mañana del 13 de enero de 1825, día de la ejecución de fray Caneca, las tropas ocuparon las principales calles y encrucijadas de la vieja ciudad de Recife. El objetivo era impedir cualquier manifestación popular. Caneca dormía profundamente cuando el capellán fue a llamarlo a la celda en la que estaba prisionero. Antes de subir al patíbulo, se le sometió a un ritual humillante de destitución de las órdenes sagradas. Colocado frente a un altar improvisado y bajo la vigilancia de los soldados, que hicieron un círculo en torno a él, fue ornamentado con todas las vestiduras usadas en la celebración de la misa. Inmediatamente, dos sacerdotes fueron retirando uno a uno los paramentos sacerdotales, hasta dejarlo sólo con pantalón y camisa, como un simple civil. Llevado a lo alto del patíbulo, de donde pendía la cuerda de la horca, tres verdugos sucesivamente se negaron a ejecutarlo. Al tener conocimiento, la comisión militar presidida por Francisco Lima e Silva mandó que fuese “arcabuceado” (fusilamiento con tiros de arcabuz) en el muro del fuerte de Cinco Pontas. En cuanto la víctima cayó, la tropa gritó vivas “a Su Majestad Imperial”, “a la Constitución” y a la “Independencia de Brasil”. Recogido por los carmelitas en un humilde féretro de madera, su cuerpo fue enterrado en una de las catacumbas de la orden.

     En 1972, año del Sesquicentenario de la Independencia, cuando los restos mortales de don Pedro I fueron trasladados de Portugal a Brasil, parte del pueblo pernambucano, y estando al frente el Instituto Histórico y Arqueológico, pidió que el barco pasase de largo en Recife. La petición fue rechazada. En plena dictadura militar, protestas de esta naturaleza eran impensables. Los restos del emperador fueron solemnemente venerados en el Palacio Campo das Princesas, como querían los militares, patrocinadores del traslado. Todavía hoy, sin embargo, persiste entre los pernambucanos la sensación de que, por lo menos en ese pedazo de Brasil, no había motivos para rendirle homenajes.

Laurentino Gomes

XIV. 1822: El Trono y la Constituyente.

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EL DÍA 12 DE OCTUBRE DE 1822, fecha de la aclamación del emperador Pedro I, amaneció nublado y lluvioso en Rio de Janeiro. Pero ni la lluvia ni las ráfagas de viento consiguieron alterar la primera gran fiesta cívica del Brasil independiente. Tras el amanecer, la ciudad fue despertada por una ensordecedora salva de cañones disparados desde las fortalezas situadas en la entrada de la bahía de Guanabara y desde los navíos de guerra anclados en el puerto. A las nueve llegaron al campo de Santana – actual plaza de la República – dos brigadas del Ejército. Una de ellas estaba mandada por José Maria Pinto Peixoto, aquel mismo oficial que promovió una rebelión contra don Pedro la víspera del famoso viaje del príncipe a Minas Gerais a comienzos del año. De rebelde, y promovido de teniente coronel a brigadier, se había convertido en uno de los más fieles aliados de don Pedro y así permanecería el resto de su vida. Las calles estaban ocupadas por la multitud y de los balcones pendían colchas, toallas bordadas y otros aderezos. Los moradores vistieron sus mejores ropas y salieron a las ventanas para ver el espectáculo. “Señoras que, por la elegancia de sus vestidos, en los que sobresalían los colores verde y amarillo y la riqueza de sus adornos, ofrecían una escena capaz de despertar sentimientos de alborozo en el alma más tibia”, describió el periódico O Espelho.

     En el centro de la plaza fue erigido un palacete especialmente para la ocasión. Ostentaba los nuevos símbolos nacionales creados por un decreto de don Pedro el día 18 de septiembre. En verde y amarillo, el escudo de armas y el distintivo, también llamado “orla nacional”, combinaban elementos de la heráldica portuguesa, como la esfera armilar (representación de la bóveda celeste y del imperio) y la cruz de la Orden de Cristo, con motivos tropicales: una rama de café y otra de tabaco alrededor de un campo verde. Era una simbología con doble sentido. El verde representaba las florestas, pero también era el color tradicional en el escudo de la real familia de Braganza. El amarillo remitía simultáneamente al oro de Brasil y al color de la casa de Lorena, usada en Austria por los Habsburgo de la emperatriz Leopoldina.

14. Escudo de armas del Imperio de Brasil

     Don Pedro salió del palacio de Quinta da Boa Vista, en São Cristóvão, a las diez, acompañado por doña Leopoldina y por la hija mayor de la pareja, la princesa y futura reina de Portugal, Maria da Glória, entonces con un año. El nuevo emperador cumplía 24 años aquel día, catorce de los cuales los había pasado en Brasil. La guardia de honor, compuesta por soldados paulistas y fluminenses, abría el cortejo, precedida por ocho batidores. El color y diseño de los uniformes se inspiraban en la vestimenta del Ejército austríaco. Les seguían tres muchachos representando la diversidad racial brasileña: un indio, un mulato y un negro. Detrás venía el coche imperial flanqueado por cuatro pajes y escoltado por un destacamento más de la guardia de honor. Dos coches con autoridades y nobles de palacio cerraban el séquito.

     Al llegar al campo de Santana, don Pedro fue recibido con gritos y vivas de la multitud. Al subir al palacete, donde ya estaban los ministros y otras autoridades, oyó un largo discurso del presidente del Senado de la Cámara, José Clemente Pereira, y aceptó solemnemente el título de emperador y defensor perpetuo de Brasil. El pueblo reaccionó con entusiasmo aún mayor, agitando pañuelos blancos. Era una consagración popular como nunca se había visto en Brasil. Muchas personas se abrazaban y lloraban. Según el pintor Jean-Baptiste Debret, que registró la escena, el mismo emperador también lloró, dando “pleno desahogo a la sensibilidad de su alma, oprimida por el aluvión de sentimientos que la asaltaban”. Nuevamente la ciudad se estremeció bajo el estruendo de 101 tiros de cañón seguidos de dos descargas de la infantería.

14. Aclamación de don Pedro

     Terminada la ceremonia, Leopoldina y su hija se marcharon en un carruaje. Don Pedro prefirió disfrutar por completo de su nueva condición de héroe nacional. Salió a pie, en medio de la muchedumbre, a pesar de la amenaza de lluvia. Caminó hasta la capilla Imperial bajo un palio sostenido por representantes de varias cámaras y acompañado por la guardia de honor, jueces, funcionarios públicos y gente del pueblo. Durante el recorrido pasó por cinco arcos triunfales, mientras “nubes de flores” eran arrojadas desde todas las ventanas, según un testigo. Al llegar a la iglesia, fue saludado por el obispo y asistió al Te Deum, ritual de acción de gracias. La etapa siguiente transcurrió en el Pazo Imperial, actual plaza XV, donde fue nuevamente recibido por una salva de 101 cañonazos. Finalmente, la ceremonia del besamanos, una antigua tradición de la monarquía portuguesa en la que los súbditos hacían cola para besar la mano del soberano y presentarle respetos.

     La fiesta se repetiría el día 1 de diciembre, fecha de la coronación de don Pedro. El emperador apareció bajo una túnica verde, calzando botas de montar – de caña larga, hasta las rodillas, y espuelas – y usando una capa también verde en forma de poncho forrada de raso y bordada en oro. Un amito (pequeño lienzo sobre los hombros, prendido por un cordón alrededor del cuello) hecho con barbillas de tucán recordaba el arte plumífero de los indígenas brasileños. Una vez más, la elección de colores y cintas revelaba el cuidado en señalar una ruptura bajo control. El día 1 de diciembre era también el aniversario de la familia real de Braganza. Fue ese día, en 1640, al término de los sesenta años de la Unión Ibérica con España, cuando el primer rey de la dinastía, don Juan IV, llegó al trono portugués. El mensaje, por tanto, era claro: Brasil se separaba de Portugal, pero los vínculos que unían a la monarquía en los dos países se mantenían.

     Proclamada la Independencia, aclamado y coronado el emperador, todavía gravitaban muchas incertidumbres y preocupaciones en el horizonte del nuevo Brasil. El ambiente estaba más por el enfrentamiento que para celebraciones. “El imperio era nuevo y frágil”, observó el historiador británico Brian Vale. “Bajo el clima de euforia por la victoria subyacían las tensiones políticas y un incipiente republicanismo”. Realmente, había dos guerras en marcha en los años que siguieron al Grito del Ipiranga – una externa y otra interna. La primera, resultado del choque de intereses entre brasileños y portugueses, se resolvería en los campos de batalla, como se vio en capítulos anteriores, y después con negociaciones diplomáticas. La otra guerra sería entre los propios brasileños en razón de las profundas diferencias de opinión respecto de la forma de organizar y conducir el nuevo país.

     Monárquicos absolutistas y liberales, republicanos y federalistas, abolicionistas y esclavistas, entre otros grupos, se enfrentarían por primera vez en la Asamblea General Constituyente y Legislativa, cuyo objeto era organizar el nuevo país. Allí aparecieron los temas que dominarían la arena política del Primer Reinado y también reivindicaciones enteramente nuevas, como la libertad religiosa y de pensamiento, los derechos individuales y a la propiedad, la prensa sin censura y el gobierno ratificado por el consentimiento general. La Constitución sería la fiadora de un nuevo “pacto social”, expresión igualmente nueva en el vocabulario político brasileño. La agitación tenía como foco irradiador los periódicos. En el Correio do Rio de Janeiro, el periodista João Soares Lisboa defendía “Pedro I sin II”. O sea, la monarquía sería una solución transitoria. Después, república.

     El debate se expresaba también en el modo de vestir, en los adornos y en el vocabulario. El lazo verde y amarillo, adoptado después del Grito del Ipiranga, definía la frontera entre brasileños y portugueses. El uso de una flor en la solapa, la siempreviva, indicaba la adhesión a las ideas republicanas y federalistas. Otra flor, la camelia, era el símbolo de los abolicionistas. El sombrero de paja hecho de taquaruçu (bambú gigante), expresaba el espíritu indigenista más exaltado. Costaba tres patacas, o 960 réis, mientras que un sombrero de fieltro, redondo, de fabricación europea, símbolo del partido conservador, llegaba a Rio de Janeiro por 8 mil réis. Los diputados constituyentes usaban chaqueta y chistera (sombrero redondo de copa alta). Era la indumentaria de la aristocracia brasileña. Los portugueses eran llamados “pés de chumbo” (pies de plomo), “chumbáticos“, “chumbistas” o “chumbeiros“. Respondían llamando a los brasileños “cabras“. También estaban los “corcundas” (chepados), definición de los absolutistas, opositores de los “constitucionais” (constitucionales).

     Convocada por don Pedro en junio de 1822, la Constituyente sólo sería instaurada un año más tarde, el día 3 de mayo de 1823, pero acabaría disuelta seis meses después, el 12 de noviembre. Entre la convocatoria y la disolución fueron diecisiete meses de tumulto, en que las pasiones políticas brasileñas se expresaron por vez primera de forma desenfrenada. Las discusiones giraban en torno al papel del emperador.

     Un grupo sostenía que la legitimidad y el poder del soberano eran delegados por la nación brasileña. Aclamado por el pueblo, el emperador habría de someterse a la constitución, a ser elaborada por los representantes del pueblo. Por tanto, no podría invocar derecho divino o dinástico (como heredero de la corona portuguesa) para ejercer su autoridad de forma arbitraria. Era el grupo de los llamados liberales, tenidos por demócratas y antimonárquicos, ligados a las corrientes más revolucionarias de la masonería, como el abogado Joaquim Gonçalves Ledo, el clérigo Januário da Cunha Barbosa, el brigadier Domingos Alves Branco Muniz Barreto y el juez de derecho portugués José Clemente Pereira. La segunda corriente, los liberales moderados del ministro José Bonifácio, mantenía que la autoridad del emperador, proveniente de la tradición y de la herencia histórica, se sostenía por sí misma. Era, por tanto, superior a la de la Constituyente y a la de todo el resto de la sociedad brasileña.

     La primera crisis de la Constituyente irrumpió ya antes de su institución. Estaba relacionada con la llamada cláusula del juramento previo. El 17 de septiembre de 1822, tres días después del retorno de don Pedro de su histórica jornada en São Paulo y en los márgenes del Ipiranga, José Clemente Pereira, presidente del Senado de la Cámara, envió una circular a las cámaras de las demás provincias. Gestado en las reuniones de la masonería en Rio de Janeiro, el documento proponía aclamar a don Pedro emperador de Brasil el día 12 de octubre. Pero había una salvedad importante. No sería un emperador cualquiera, sino un “emperador constitucional”, cuyos poderes estarían limitados por una constitución. Además, tendría que jurar la Constitución aún antes de que fuese elaborada. Esta era la cláusula del juramento previo. José Bonifácio usó toda su influencia como ministro y jefe de la masonería para impedir que don Pedro jurase, a ciegas, una constitución que todavía no existía. Llegó a amenazar con encarcelar a Clemente Pereira en una fortaleza de Rio de Janeiro en caso de que insistiese en incluir la cláusula del juramento el día de la aclamación.

     Avanzado y liberal en la defensa de las cuestiones sociales, Bonifácio se reveló en el poder tan autoritario y conservador como el propio don Pedro. Usó mano de hierro para silenciar a sus adversarios, ordenó prisiones y deportaciones de portugueses sospechosos de conspirar contra la autoridad del emperador y mantuvo una atenta vigilancia sobre el grupo más radical de la masonería. Ledo, Clemente y Januário fueron detenidos y exiliados. La prensa volvió a circular bajo censura. Bonifácio criticaba a los “furiosos demagogos y anarquistas”, miembros de una “facción oculta y tenebrosa” que querían la destrucción del trono al “implantar y diseminar desórdenes, terror y anarquía, perturbando igualmente la reputación del gobierno y rompiendo así el sagrado eslabón que debe unir todas las provincias de este gran Imperio a su centro natural y común”. Según él, el objetivo de la nueva constitución sería “centralizar la unión y prevenir de los agitadores que resultan de principios rebeldes”. El blanco de estas críticas eran, obviamente, los republicanos. Fue en este ambiente de represión y silencio en el que se implantó la Constituyente.

     Amenazados y perseguidos, los radicales abrieron la mano en la cláusula del juramento previo, pero luego surgiría una segunda crisis, relacionada con el derecho de veto del emperador. José Bonifácio defendía el veto absoluto, por el cual don Pedro podría anular o cambiar cualquier artículo de la nueva constitución. El flanco de Clemente Pereira y Gonçalves Ledo discrepaba. El emperador no tenía derecho a veto alguno. Sólo le correspondería cumplir, como cualquier otro ciudadano brasileño, lo que la Constituyente determinase. Un tercer grupo, más moderado, proponía el veto suspensivo, por el cual el emperador podría postergar por tiempo indeterminado la aplicación de un artículo con el que no estuviese de acuerdo. Causa principal de la disolución de la Constituyente en noviembre de 1823, esta divergencia, al contrario que la primera (respecto al juramento previo), nunca sería superada.

     Los miembros de la Constituyente eran escogidos con los mismos criterios de elección que los diputados de las cortes de Lisboa. Los electores eran sólo hombres libres, con más de veinte años, con por lo menos un año de residencia en la localidad en que vivían y propietarios de tierra. A ellos correspondía escoger un colegio electoral que, a su vez, designaba a los diputados de cada región. Éstos a la par tenían que saber leer y escribir y poseer bienes y “virtudes”. En una época en que la tasa de analfabetismo alcanzaba a más del 90% de la población, sólo uno entre cien brasileños era elegible. En el caso de los nacidos en Portugal, tenían que residir por lo menos doce años en Brasil.

     Del total de cien diputados elegidos, sólo 88 tomaron posesión. Era la élite intelectual y política de Brasil, compuesta por magistrados, miembros del clero, hacendados, dueños de fábricas, altos funcionarios, militares y profesores. De este grupo saldrían más tarde 33 senadores, 28 ministros de Estado, dieciocho presidentes de provincia, siete miembros del primer consejo de Estado y cuatro regentes del Imperio, siendo que algunos de ellos ocuparon más de uno de esos cargos. “Casi todas las principales personalidades políticas del Imperio, en la primera mitad del siglo, formaron parte de una Asamblea Constituyente por ninguna otra superada en cultura, probidad y civismo”, señaló el historiador Manuel de Oliveira Lima.

     Muchos de los electos habían representado a Brasil también un año antes en las cortes de Lisboa, como era el caso de Antônio Carlos Ribeiro de Andrada, que en la Constituyente compartiría argumentos con sus hermanos José Bonifácio y Martim Francisco. Una excepción curiosa fue el médico y periodista baiano Cipriano Barata que, a pesar de ser elegido con el mayor número de votos, se negó a tomar posesión. Alegaba que todo no era más que una partida de cartas marcadas controlada por el emperador. En su periódico Sentinela da Liberdade llegó a convocar a la población para formar “un sólo cuerpo macizo con el fin de hacer oposición y disolver cualquier trama que pueda ser inventada para desorganizar el sistema liberal”.

     El lugar de reuniones fue la antigua prisión pública, que en 1808 había sido remodelada por el virrey conde de los Arcos para albergar parte de la corte portuguesa de don Juan. El día de la apertura de sesiones don Pedro llegó al edificio en un carruaje tirado por ocho mulas. Disertó a cabeza descubierta, lo que por sí sólo indicaba alguna concesión al nuevo poder constituido en las urnas. La corona y el cetro, símbolos de su poder, también fueron dejados sobre una mesa.

     Luego, no obstante, el emperador fijó los límites de la tarea encomendada a los diputados: “Una Constitución que, poniendo barreras inaccesibles al despotismo, tan regia y aristocrática como democrática, ahuyente la anarquía y plante el árbol de aquella libertad a cuya sombra debe crecer la unión, la tranquilidad y la independencia de este Imperio, que será el asombro del mundo nuevo y antiguo”. Finalmente, añadió que la asamblea debería elaborar una constitución que fuese “digna de Brasil y de mí”.

     La expresión fue copiada del preámbulo de la Constitución francesa de 1814, en la que el rey Luis XVIII intentaba recuperar algún espacio de poder para la monarquía un cuarto de siglo después de la Revolución Francesa. Los liberales se alarmaron con el mensaje. A su entender, bastaba con que la Constitución fuera digna de Brasil, cabiendo al emperador cumplirla como todo el mundo. “Juzgar si la constitución que se haga es digna de Brasil sólo nos compete a nosotros como representantes del pueblo”, afirmó el diputado minero José Custódio Dias.

     En un artículo del Sentinela da Liberdade, Cipriano Barata resumía la posición de los liberales de la siguiente forma:

Quien presta servicios, los presta a la nación y nunca al emperador, que sólo es una parte de la nación […]. Nuestro emperador es un emperador constitucional y no nuestro dueño. Es un ciudadano que es emperador por favor nuestro y jefe del Poder Ejecutivo, pero no por eso autorizado a arrogarse y usurpar poderes que pertenecen a la nación. […] Los habitantes de Brasil desean ser bien gobernados, pero no someterse a un dominio arbitrario.

     La Constituyente funcionaba cuatro horas al día, desde las diez de la mañana hasta las dos de la tarde. En un país hasta entonces no habituado a proponer, discutir y aprobar leyes, los trabajos tardaban en coger ritmo. “Reclamaciones, quejas y súplicas llovían de toda la vastedad de Brasil”, relató el historiador Octávio Tarquínio de Sousa. Había gente presa, sin causa formal, en todas las regiones. Y todos se creían con derecho a recurrir a la Constituyente en busca de justicia. Los funcionarios mal remunerados pedían aumentos de salario. Ningún requerimiento era ignorado. Luís Caetano, dueño de una taberna en Itaguaí, en el interior de Rio de janeiro, reclamó haber pagado al estado 12.800 réis anuales por la licencia para ofrecer café a sus parroquianos cuando ya desembolsaba 4.800 réis por el derecho a servir comida. El tema consumió largas discusiones hasta que la asamblea llegó a la obvia conclusión de que no le competía decidir cuestiones tan triviales.

     Con tantos asuntos paralelos, sólo el 1 de septiembre, cuatro meses después de instaurada, la asamblea consiguió finalmente leer el proyecto de Constitución que se debería discutir y aprobar. No dio tiempo. En los dos meses que le restaban de vida fue engullida por un increíble torbellino de crisis. El gabinete de José Bonifácio caería a mediados de julio. El motivo fue aparentemente banal. Luís Augusto May, redactor del periódico Malagueta, que se oponía a don Pedro, fue invadido en su casa la noche del 6 de junio de 1823 por un grupo que le dio una paliza y lo dejó con una de las manos inmovilizada. El atentado fue atribuido al grupo de José Bonifácio. Más tarde se descubrió que los responsables eran amigos de don Pedro. Con todo, acusado de excesivo rigor en el trato a sus adversarios, el ministro sería cesado el día 16 de julio.

     En realidad, había una razón mayor y más grave para el cambio de gobierno. Bonifácio chocó con los poderosos intereses de los latifundistas y señores de esclavos al sugerir en la Constituyente la prohibición del tráfico negrero y la abolición gradual de la esclavitud en Brasil. Su proyecto, que nunca llegó a ser presentado, se componía de un preámbulo con 22 páginas y 32 artículos titulado “Exposición a la Asamblea General Constituyente y Legislativa del Imperio de Brasil sobre la Esclavización”. Dos años más tarde, ya en el exilio en París, Bonifácio explicaría las razones de su propuesta:

La necesidad de abolir el comercio de esclavización, y de emancipar gradualmente a los actuales cautivos es tan imperiosa que juzgamos no haber corazón brasileño tan perverso, o tan ignorante que la niegue, o desconozca. […] Cualquiera que sea la suerte futura de Brasil, no puede progresar y civilizarse sin cortar, cuanto antes, por la raíz este cáncer moral, que le roe y le consume las últimas energías de vida, y que acabará por darle una muerte desastrosa.

     Bonifácio, obviamente, cometió un error de cálculo. Creyó que, una vez acallados los radicales republicanos y preservado el poder del emperador, conseguiría avanzar en las reformas sociales que, en su opinión, Brasil tanto necesitaba para considerarse una nación plenamente soberana. Era una ilusión. Dependiente hasta la médula de la mano de obra esclava, la aristocracia rural brasileña aceptaría cualquier cosa de la Constituyente, menos cambios en las estructuras sociales que sostenían la economía brasileña y garantizaban sus privilegios. Brasil era esclavista y así permanecería por más de 65 años, hasta la firma de la Ley Áurea en 1888.

     Con la caída del gabinete, Martim Francisco, hermano de José Bonifácio, sería sustituido en el ministerio de Hacienda por Manuel Jacinto Nogueira da Gama, futuro marqués de Baependi, rico hacendado y gran propietario de esclavos. Ya fuera del gobierno, Bonifácio y sus hermanos se pasaron inmediatamente a la oposición. Juntos crearon el periódico O Tamoio, que dirigió duras críticas al gobierno, lo que contribuyó a agriar aún más las relaciones de la Constituyente con el emperador.

     Las horas que precedieron al cierre de la Constituyente pasaron a la historia como la “Noche de la Agonía”. El día 11 de noviembre, los diputados se declararon en sesión permanente en un último intento de resistir a las presiones de don Pedro y de la tropa que rodeaba el edificio. Todos pasaron la noche en vela. A las once de la mañana siguiente, el ministro del Imperio, Francisco Vilela Barbosa, coronel del Ejército, entró en el recinto. Su indumentaria mostraba el desenlace del gran drama: iba uniformado y con la espada al cinto. El diputado baiano Francisco Gê Acaiaba de Montezuma preguntó cuáles eran las exigencias del emperador. Restricción de la libertad de prensa y expulsión de los Andrada de la Constituyente, respondió Vilela. Los diputados se negaron.

     Dos horas después llegó un oficial con una orden del emperador. La asamblea quedaba disuelta porque “traicionaba su solemne juramento de salvar a Brasil”, según la justificación de don Pedro. Antônio Carlos, última voz en pronunciarse en el recinto, avisó: “Ya no tenemos nada que hacer aquí. Lo que resta es cumplir lo que Su Majestad ordena…”. Era la primera de las muchas veces que el parlamento brasileño habría de plegarse a la fuerza de las armas. A la salida, catorce diputados fueron presos. Entre ellos estaban los tres hermanos Andrada, que serían deportados a Francia, y el padre Belchior, testigo del Grito del Ipiranga.

     En la declaración de disolución de la Constituyente, don Pedro prometió dar al país una constitución “doblemente más liberal de la que la extinta Asamblea acabó de hacer”. Y fue, de hecho, lo que ocurrió. La primera Constitución brasileña, otorgada por el emperador el día 25 de marzo de 1824, era una de las más avanzadas de la época en la protección de los derechos civiles. “Aunque tuviese imperfecciones, era la mejor de entre todos los países del hemisferio occidental, con excepción de los Estados Unidos”, afirmó el historiador Neill W. Macaulay. Fue la Constitución brasileña más duradera. Exitosa al organizar el Estado y discriminar las fronteras entre los diferentes poderes, sucumbió sólo en 1891, sustituida por la primera Constitución republicana.

     Una de las novedades de la Constitución de 1824 era la libertad de culto. La iglesia católica se mantenía como la religión oficial del Imperio pero, por primera vez en la historia brasileña, judíos, musulmanes, budistas, protestantes y adeptos a otras creencias podrían profesar libremente su fe. También aseguraba plena libertad de prensa y de opinión. Nadie podría ser detenido sin acusación formal en investigación policial, ni condenado sin ilimitado derecho a defensa. A pesar de todos estos avances, excluía de los derechos políticos a los esclavos, los indios, las mujeres, los menores de 25 años y a los pobres en general. Sólo podían votar y ser candidatos elegibles los ciudadanos de sexo masculino y “activos”, así definidos según el criterio de la propiedad y renta anual. Para votar era necesario confirmar una renta mínima de 100 mil réis. Para ser candidato a diputado, el mínimo eran 400 mil réis. Y para senador, cargo vitalicio, el doble, 800 mil réis.

     La mayor de todas las novedades, sin embargo, era el llamado poder moderador. Ejercido por el emperador, se constituía en la práctica en un cuarto poder, que se sobreponía y arbitraba eventuales divergencias entre los otros tres – Ejecutivo, Legislativo y Judicial. El artículo 98 de la Constitución afirmaba que el poder moderador era “la clave de toda la organización política, y está delegado privativamente al emperador, como Jefe Supremo de la Nación, y su Primer Representante, para que incesantemente vele sobre el mantenimiento de la independencia, equilibrio y armonía de los demás poderes públicos”. El artículo siguiente afirmaba: “La persona del emperador es inviolable, y sagrada: él no está sujeto a responsabilidad alguna”. Leído al pie de la letra, podría dar a entender que don Pedro I mantenía la condición de monarca absoluto, como habían sido su padre, don Juan VI, su abuela, doña Maria I, y su bisabuelo, don José I. Pero era sólo apariencia. El simple hecho de haber una constitución, aunque otorgada, significaba que el poder del emperador, desde aquel día en adelante, tenía límites.

     La creación del poder moderador se inspiraba en las ideas del pensador franco-suizo Henri-Benjamin Constant de Rebecque (en cuyo homenaje sería bautizado años más tarde uno de los mentores de la República brasileña, el profesor y teniente coronel Benjamin Constant Botelho de Magalhães). En opinión de Benjamin Constant de Rebecque, cabría al soberano mediar, equilibrar y restringir el choque entre los poderes del Estado. Era, por tanto, una tentativa de reconciliar la monarquía con la libertad, los derechos civiles y la constitución. En el caso de Brasil, entre las atribuciones del emperador estaban la facultad de nombrar y deponer libremente a los ministros, disolver la Cámara de los Diputados y convocar nuevas elecciones parlamentarias. Entre 1824 y 1889, don Pedro I y don Pedro II invocaron al poder moderador doce veces para disolver la cámara – una media de una cada cinco años.

     El texto original de la Constitución de 1824 yace actualmente en el Archivo Nacional, en Rio de Janeiro. Su mera existencia es ignorada por cien de cada cien brasileños, con la obvia excepción de abogados constitucionalistas, historiadores y otros estudiosos de las leyes y documentos antiguos. Es un destino muy diferente del reservado a la primera y única constitución de los Estados Unidos, hoy objeto de culto en el santuario en el que está ubicada – el Archivo Nacional norteamericano, situado en Rotunda, en Washington. Guardado en una urna de vidrio a prueba de balas y de humedad, el documento es visitado todos los días por miles de turistas que se aproximan a él con una reverencia casi religiosa. Por la noche, es guardado en un cofre de acero inoxidable revestido por una losa de hormigón de 55 toneladas resistente a un ataque nuclear.

     El tratamiento dedicado a los dos documentos tiene su explicación en sus orígenes. La Constitución de los Estados Unidos es una obra colectiva. Considerada la partida de nacimiento de la moderna democracia norteamericana, fue redactada y firmada por 39 representantes del pueblo reunidos en la Convención de Filadelfia, en 1787. La Constitución brasileña hoy olvidada en Rio de Janeiro es obra de la voluntad de un sólo hombre, el rey. Y, por más avanzada que fuera, el pueblo nunca se reconoció en ella.

   Laurentino Gomes

XIII. 1822: Bahía.

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NINGÚN ESTADO BRASILEÑO CONMEMORA la Independencia de Brasil con tanto entusiasmo como Bahía. Las diferencias comienzan por el calendario. El festivo Siete de Septiembre, marcado en otras regiones por los desfiles militares y escolares en los que el pueblo raramente comparece, es ignorado por la mayoría de los baianos. La verdadera fiesta acontece el día 2 de julio, fecha de la expulsión de las tropas portuguesas de Salvador en 1823. Y sólo pierde en grandiosidad comparado con el Carnaval. Antes del amanecer, miles de personas salen a las calles para participar de los festejos. El desfile comienza a las nueve con el izado de banderas frente al panteón de la Independencia, en el barrio de Lapinha, y sigue por las estrechas cuestas de la ciudad en dirección a la plaza de Campo Grande, donde sólo llega al final de la tarde.

     En todo el recorrido, los habitantes engalanan sus casas, extienden cintas sobre las calles y reúnen a los amigos para celebrarlo. Las alegorías mezclan elementos de fiesta cívica, carnaval y sincretismo religioso. La carroza principal muestra al Caboclo, símbolo del sentimiento nativo, matando una serpiente, representación de la tiranía portuguesa en 1822. “Todos los años el Caboclo aparece con nuevos aderezos incorporados del candomblé, como collares y pulseras”, cuenta Consuelo Pondé, expresidente del Instituto Geográfico e Histórico de Bahía, entidad responsable de la organización del desfile junto con la alcaldía y el gobierno del Estado. “Es una prueba de que la Independencia continúa viva en el corazón del pueblo baiano”.

     Los baianos tienen buenos motivos para celebrarlo. Fueron ellos los brasileños que más lucharon y más sufrieron por la Independencia. La guerra contra los portugueses en Bahía duró un año y cinco meses, movilizó a más de 16 mil personas sólo en el lado brasileño y costó centenares de vidas. También fue allí donde el Brasil independiente corrió el riesgo más serio de fragmentarse. Después de la expulsión de las tropas del general Jorge de Avilez de Rio de Janeiro, en febrero de 1822, la metrópoli portuguesa decidió concentrar en Salvador todos sus esfuerzos militares. El objetivo era dividir Brasil. Las regiones Sur y Sudeste quedarían bajo el control del príncipe regente don Pedro. El Norte y el Nordeste permanecerían portugueses. Aún más, la metrópoli alimentaba la esperanza de que, una vez dominada Bahía, sus tropas podrían atacar eventualmente Rio de Janeiro y desde allí recuperar las demás provincias. El coraje y la determinación de los baianos impidieros que eso pasara. “La resistencia baiana decidió la unidad nacional”, afirma el historiador Tobias Monteiro.

     En 1822, Bahía era un punto estratégico crucial para la consolidación del naciente Imperio Brasileño. Tercera provincia más populosa, después de Minas Gerais y Rio de Janeiro, tenía 765 mil habitantes, de los cuales 524 mil eran esclavos. Una de las ciudades más animadas del mundo, Salvador concentraba una importante industria naval, que hasta entonces producía barcos para las diversas regiones del Imperio colonial portugués. Era también un gran centro exportador de azúcar, algodón, tabaco y otros productos agrícolas. Su principal actividad, no obstante, era el tráfico negrero. El misionero norteamericano Daniel P. Kidder, que visitó la capital baiana algunos años después, quedó impresionado con la cantidad de esclavos en las calles y con el aspecto general de la ciudad, en su interpretación más africana que brasileña:

La ciudad baja no está hecha para causar buena impresión a los visitantes. Los edificios son antiguos, aunque tengan la fachada bonita. Las calles son estrechas, agujereadas y caóticas, congestionadas por porteadores y personas de toda especie. Las alcantarillas sin tratamiento corren en medio de ellas esparciendo un olor repugnante insoportable. Es el segundo mercado comercial de América del Sur. Y todo es cargado en los hombros y cabezas de los esclavos. Son millares de cajas de azúcar y fardos de algodón. Negros altos y atléticos pueden ser vistos moviéndose en parejas o grupos mayores – de cuatro, seis u ocho personas – con pesadas cargas sostenidas entre ellos. Muchos están dispersos por las calles, echados sobre sus cargas o en el suelo, recordando a una gigantesca serpiente negra enrollada bajo el sol. Cantan y bailan mientras caminan, pero el ritmo es lento y melancólico, como en una marcha fúnebre. Otro grupo está dedicado al transporte de pasajeros, en silletas equipadas con poltronas y almohadas.

     Al amanecer del 19 de febrero de 1822, los habitantes fueron despertados por el sonido de tiros disparados en la región más alta de la ciudad, próxima a Campo Grande. Era una rebelión de militares brasileños contra una decisión de las cortes de Lisboa. Según las órdenes de Portugal, el brigadier Manuel Pedro de Freitas Guimarães, brasileño y simpatizante de la causa de don Pedro, iba a ser sustituido en el mando de las tropas de Bahia por el general portugués Ignácio Luís Madeira de Melo, nombrado gobernador militar de la provincia.

     Nacido en 1775 en la ciudad portuguesa de Chaves, Madeira de Melo era un veterano de las luchas contra el ejército de Napoleón Bonaparte en Portugal y conocía bien Brasil. En años anteriores, mandó unidades militares en Salvador y en Santa Catarina. Semianalfabeto, tenía fama de firme y honesto. Durante la guerra en Bahia, el Imperio brasileño intentaría sobornarlo para que cambiase de bando. Un emisario del ministro José Bonifácio le ofreció una gratificación de cien contos de réis en oro y plata, una fortuna para la época, más el puesto de teniente coronel del ejército brasileño. Aunque era un hombre pobre, Madeira de Melo se negó por fidelidad a la corona portuguesa.

     El problema era que, aparentemente, las virtudes del nuevo gobernador militar se limitaban a la honestidad y a la dureza en el trato con los subordinados. Madeira de Melo no tenía sensibilidad ni paciencia para entender la delicada situación política que se estableció en la capital baiana en vísperas de la Independencia. “Es un ignorante, un estúpido”, resumió el diputado José Lino Coutinho, hablando sobre su nombramiento ante las cortes el 30 de abril de 1822. Al asumir el cargo, el inflexible Madeira avisó de que no estaba para juegos. A su entender, la única alternativa de Portugal en aquel momento era el uso de la fuerza militar contra los baianos. “Si Su Majestad quiere conservar esta parte de la monarquía, se necesitan más tropas”, alertó por carta a don Juan VI. “Brasil, después de haberse sublevado y proclamado su independencia, no puede ser restituido a su antiguo estado sino por medio de la guerra”, repetiría en otra carta al rey. Su estilo irritó los ya exaltados ánimos de la población.

     En la revuelta del día 18 de febrero, centenares de oficiales, soldados, milicianos y civiles favorables a la Independencia se acantonaron en el fuerte São Pedro, construcción de la época de la colonia que aún hoy alberga una unidad militar en Salvador. Al comienzo de la tarde del día siguiente, un mensajero del general Madeira se presentó en el lugar exigiendo la rendición de los rebeldes. Le cupo al cirujano del Regimiento de Cazadores, Francisco Sabino Alves da Rocha Vieira, dar la respuesta: “¡No nos entregamos!”. Sabino era un mulato de ojos claros, buen orador, médico y periodista, dueño de una gran biblioteca y fanático de las ideas de la Revolución Francesa. Había sido acusado de matar a su esposa y “se servía de hombre como si fuera mujer”, según un cronista de la época. O sea, era homosexual. En noviembre de 1837, lideraría en el mismo fuerte São Pedro, con el apoyo de los esclavos, una rebelión conocida como la Sabinada, en la que intentó en vano fundar una República Baianense (o Bahiense, dependiendo de la fuente consultada).

     Irritado con la respuesta, Madeira de Melo mandó bombardear el cuartel rebelde. Mientras tanto, portugueses y brasileños se enfrentaban en las calles de Salvador. Saqueos, tumultos y altercados se apoderaron de la ciudad. En cuatro días murieron de doscientas a trescientas personas. El enfrentamiento produjo también los dos primeros mártires de la Independencia. Joana Angélica de Jesus, de sesenta años, madre superiora del convento de Lapa, murió atravesada por heridas de bayoneta al defender el claustro – lugar de aislamiento, frecuentado solo por las hermanas internas – contra un grupo de soldados y marineros portugueses borrachos que intentó invadirlo. El otro mártir fue un sacerdote anciano, el capellán Daniel da Silva Lisboa, brutalmente apaleado a culatazos en el mismo lugar.

     Sin condiciones de resistir al bombardeo portugués, en la madrugada del 20 de febrero, los brasileños abandonaron el fuerte São Pedro. Usaron cuerdas y sábanas para bajar hasta el foso situado al pie de la muralla. De allí desaparecieron por el denso matorral para huir de Salvador y organizar la resistencia en Recôncavo. Asustados por la violencia, cientos de civiles siguieron el mismo camino, evacuando la ciudad con sus familias y las pertenencias que consiguieron cargar. En pocos días, las villas y haciendas de Recôncavo se transformaron en inmensos campos de refugiados brasileños. El resto de Bahia se adhirió en masa a la Independencia de Brasil formando un cinturón de aislamiento a los portugueses fortificados en Salvador.

     El primer pueblo de Recôncavo en pronunciarse fue Vila de Nossa Senhora da Purificação e Santo Amaro, ciudad hoy famosa porque tuvo entre sus habitantes a doña Canô, fallecida en 2012 a los 105 años, madre de Caetano Veloso y Maria Bethânia. El día 14 de junio de 1822, el cabildo de Santo Amaro se reunió para producir un documento memorable. Además de declarar su apoyo a don Pedro, los concejales elaboraron un detallado programa de gobierno para el Brasil independiente. Pedían que el nuevo país organizase un Ejército y una Marina de guerra, un tesoro público y un Tribunal Supremo de Justicia. Proponían también una Junta de Gobierno elegida por el pueblo – novedad extraordinaria en una época en la que el pueblo no era llamado para decidir cosa alguna. Finalmente, defendían la tolerancia religiosa, la creación de una universidad y la atracción de inversores y capitales extranjeros para estimular la industria nacional.

     La semana siguiente, el coronel de milicias José Garcia Pacheco de Moura Pimentel e Aragão reunió cien hombres armados en Santo Amaro y marchó para la vecina villa de Cachoeira. Fue recibido con entusiasmo por la población. Nuevos grupos de voluntarios se unieron a su improvisado destacamento militar. La mañana del 25 de junio, el cabildo de Cachoeira reconoció la autoridad del príncipe regente don Pedro. Los habitantes se reunieron para celebrarlo en la actual plaza de la Aclamación, donde fue hecha una lectura del acta de los concejales seguida de un Te Deum en la iglesia mayor. La fiesta, sin embargo, fue interrumpida por tiros disparados desde una cañonera portuguesa apostada en el río Paraguaçu frente a la ciudad. Portugueses atrincherados en sus casas también abrieron fuego contra las personas que se aglomeraban en las calles. Un tiro de cañón rebotó en la columna de una casa colonial y mató a un soldado que tocaba el tambor en medio de la multitud.

     El tiroteo continuó durante tres días. La primera noche la cañonera portuguesa lanzó continuas ráfagas de metralla sobre las casas de los brasileños. En la oscuridad era fácil identificarlas porque los habitantes habían colocado linternas encendidas en las ventanas para celebrar la decisión del cabildo. Cuando el día amaneció, la situación se invirtió. Una improvisada flotilla de canoas y pequeños barcos de pesca rodeó a la cañonera por todos lados. A falta de equipamientos más modernos, los brasileños usaban escopetas de caza y un cañón antiquísimo, exhibido hasta entonces como reliquia en la plaza de la ciudad. Sin comida ni municiones, la tarde del día 28 el comandante portugués y sus 26 marineros finalmente se rindieron. Fue la más sencilla, y tal vez la más heroica, de todas las batallas navales de la Independencia brasileña.

     Las noticias de los acontecimientos en Bahia repercutieron en todo Brasil. La lluviosa mañana del 21 de mayo los baianos residentes en Rio de Janeiro mandaron celebrar una misa fúnebre en la iglesia de San Francisco de Paula por los muertos de febrero. Don Pedro y la princesa Leopoldina comparecieron con ropa de luto. Tres días después, una comisión de baianos fue al palacio de São Cristóvão para garantizar la fidelidad de la provincia al príncipe regente. Animado por estas demostraciones de apoyo, el día 15 de junio, don Pedro intentó repetir contra el general Madeira de Melo le exitosa bravata que escenificara contra el general Avilez en la semana del Día de la Permanencia. En una carta real ordenó “como príncipe regente de este Reino, del cual juré ser Defensor Perpetuo, (que) embarquéis para Portugal con la tropa que de allí tan incivilmente fue mandada”. Madeira de Melo no lo tuvo en cuenta. En vez de acatar las órdenes del príncipe, fortificó la capital baiana, decretó la ley marcial y permaneció esperando los refuerzos prometidos por Portugal.

     Del lado brasileño, después de la euforia de los momentos iniciales tuvo lugar la preocupación. A pesar del entusiasmo de las decisiones tomadas en Santo Amaro, Cachoeira y ciudades vecinas, al Ejército brasileño le faltaban recursos y organización. Los soldados iban descalzos, hambrientos y con los sueldos atrasados. Muchos morían de tifus y paludismo, fiebres endémicas en Recôncavo. Faltaban médicos, enfermeros, medicinas y hospitales. Las armas eran fabricadas de forma improvisada por los propios oficiales y soldados. En las trincheras encharcadas por la lluvia, los combatientes eran atacados por un gusano llamado bicho-de-pé (bicho del pie) – “no sólo en los pies, sino en todo el cuerpo”, según un testigo.

     Intentando poner algún orden en el caos, el día 6 de julio las autoridades de Recôncavo decidieron crear una Comisión Administrativa de la Caja Militar, después sustituida por una entidad de nombre más pomposo: Consejo Superior Interino de Gobierno. Su objetivo era recaudar y fiscalizar la aplicación de fondos, reclutar voluntarios y organizar la distribución de “municiones de boca y de guerra necesarias para la prosecución de la campaña”, según los términos del acta de la reunión. El mando de las operaciones fue entregado provisionalmente al teniente coronel Felisberto Gomes Caldeira, primo y protegido del general Felisberto Caldeira Brant Pontes de Oliveira e Horta, representante de Brasil en Londres y futuro marqués de Barbacena. Batallones de voluntarios fueron reclutados a toda prisa entre agricultores pobres, esclavos y criollos plantadores de caña, tabaco y mandioca. El más famoso fue bautizado “Voluntarios del Príncipe”, pero se hizo conocido entre los baianos como “Batallón de los Periquitos”, por el color verde usado en el cuello de los uniformes. La tarea definitiva de organizar ese ejército irregular, indisciplinado y carente de todo cabría a un oficial extranjero, el general francés Pierre Labatut.

     Labatut partió de Rio de Janeiro hacia Bahia el día 14 de julio de 1822 con una pequeña flota bajo el mando del jefe de División Rodrigo Antônio de Lamare. Llevaba mosquetes, cañones, pólvora y 274 oficiales. De Lamare tenía órdenes para desembarcar al general francés en Recôncavo y entregar las armas y municiones a las fuerzas brasileñas. Después, debería bloquear la entrada de la bahía de Todos los Santos para evitar que Madeira de Melo recibiese refuerzos de Portugal. La misión, sin embargo, resultó un fracaso. Al aproximarse a Salvador, la flota brasileña fue interceptada por seis navíos de guerra lusitanos. Durante tres días, las dos escuadras navegaron en rumbos paralelos, hasta que De Lamare, sin ánimo para entrar en combate, decidió cambiar de planes y seguir para Maceió.

     Desembarcados en el litoral alagoano, Labatut y sus oficiales siguieron hasta Recife, donde reclutaron más hombres, y sólo entonces marcharon hacia Bahia en un penoso viaje de casi tres meses. Para los portugueses de Salvador fue un alivio. Apenas la flota de De Lamare desapareció en el horizonte, el navío Calypso, trayendo setecientos soldados de Lisboa, entró en el puerto sin ser molestado. El día 30 de octubre, llegaron ocho navíos más con un total de 1.200 soldados, protegidos por la nao Dom João VI, de 74 cañones, uno de los mayores barcos de guerra lusitanos. “El viaje fue una experiencia humillante, que abría perspectivas sombrías para el futuro de Brasil”, escribió el historiador inglés Brian Vale sobre la fracasada incursión de De Lamare.

     Al llegar a Bahia, Labatut estableció su cuartel general en la localidad de Engenho Novo y dio un ultimátum a Madeira de Melo: “General, […] un tiro de vuestra tropa contra cualquier brasileño será señal de nuestra eterna división, […] de que nunca más Brasil estará unido a Portugal. […] Respóndame categóricamente o espéreme, para combatiros”. El terco Madeira de Melo obviamente ignoró el mensaje. El francés renovó la amenaza: “General, el cañón y la bayoneta van a decidir la suerte de los tiranos de Brasil, de los crueles opresores de la excelsa capital de los honrados baianos”.

     Durante diez meses Labatut capitaneó las fuerzas brasileñas, pero el nombramiento de un oficial extranjero para un cargo tan importante causaba desagrado en Bahia. El general hablaba mal la lengua portuguesa e insistía en alistar esclavos en las tropas brasileñas, medida que los dueños de las fábricas de azúcar y aguardiente temían por creer que, una vez armados, los negros se podían volver contra ellos. Rodeado de intrigas por todos lados, Labatut acabaría preso y destituido del mando por sus propios oficiales cinco semanas antes del fin de la guerra. La gloria de entrar en Salvador al frente de las tropas brasileñas el día 2 de julio le cabría a su sustituto, el coronel José Joaquim de Lima e Silva. Era tío del joven Luís Alves de Lima e Silva, futuro duque de Caixas y actual patrón del Ejército brasileño, que también participó de los combates en Bahia como ayudante de teniente en el Batallón del Emperador.

     Labatut todavía combatiría bajo los colores del Imperio en las revueltas que siguieron a la Independencia en Ceará y en la Guerra de los Farrapos de Rio Grande do Sul. Promovido a mariscal de campo, murió en 1849, a los 73 años, en Salvador. El nombre Labatut, sin embargo, se perpetuó de forma curiosa en el folclore del sertón nordestino. En el altiplano de Apodi, en el límite entre Ceará y Rio Grande do Norte, es usado todavía hoy para designar un ente mitológico, semejante al hombre lobo y a la caipora en otras regiones del país. Antropófago, el monstruo Labatut tiene el cuerpo cubierto de largos pelos, los pies redondeados y garras afiladas en la punta de sus grandes dedos. En las noches de viento o de luna llena sale por las calles y caminos desiertos a la caza de viajeros solitarios.

     Mejor organizados después de la llegada de Labatut los brasileños aún así preferían evitar un enfrentamiento directo con los portugueses. En su lugar, decidieron cercarlos en la capital, impidiendo que recibiesen armas, municiones y, principalmente, alimentos. Con las carreteras de acceso a la rica y fértil región de Recôncavo bloqueadas por tierra, Madeira de Melo sólo podía recibir ayuda por mar. De hecho, esto ocurrió durante algunos meses, pero era una opción cara y arriesgada. Mientras las fuerzas brasileñas crecían en número y entusiasmo, el comandante portugués estaba cada vez más aislado y rehén de la ayuda de Lisboa, situada al otro lado del océano, a casi 10 mil kilómetros de distancia.

     En mayo de 1823, también esa ruta de abastecimiento sería cerrada con la entrada en escena del almirante Cochrane y su escuadra de mercenarios y patriotas brasileños. Los precios se dispararon y el hambre asoló la población de Salvador. Una gallina viva, que en Rio de Janeiro era comprada por 880 réis, costaba en Bahia cinco veces más, 4.800 réis. Por el precio de un huevo se compraba una docena en otras regiones. “Nuestras privaciones van creciendo porque no entra en la ciudad ningún género de primera necesidad”, se quejó Madeira de Melo al rey don Juan VI.

     Por dos veces los portugueses intentaron romper el cerco brasileño. Primero, el día 8 de noviembre de 1822 en la localidad de Pirajá, a diez kilómetros del centro de Salvador. El resultado fue la mayor batalla de esta guerra. El enfrentamiento duró diez horas e implicó a cerca de 10 mil brasileños y portugueses. Entre los combatientes estaba la más famosa heroína de la Independencia. Nacida en Feira de Santana, hija de labradores pobres, Maria Quitéira de Jesus Medeiros tenía treinta años cuando Bahia comenzó a levantarse en armas contra los portugueses. Ante la prohibición de mujeres en los batallones de voluntarios, decidió alistarse a escondidas. Se cortó el pelo, disimuló sus senos, se vistió de hombre y se incorporó a las filas brasileñas como el “soldado Medeiros”. Dos semanas después fue descubierta por su padre, que intentó llevarla a la fuerza de vuelta a casa. Los colegas del cuartel, impresionados por la habilidad con que manejaba las armas, solicitaron que se quedase. El oficial comandante estuvo de acuerdo, pero impuso una condición: en vez del uniforme masculino, ella usaría una falda al estilo escocés.

     Maria Quitéira participó por lo menos en tres combates y en todos destacó por su bravura. Antes de ser destituido del mando, el general Labatut le otorgó el puesto de primer cadete. Su sustituto, el coronel Lima e Silva le dispensó un homenaje público describiendo sus hazañas. “Exhibió acciones de gran heroísmo, avanzando, en una de ellas por dentro de un río, con el agua hasta el pecho, hacia una barca que batía reñidamente a nuestras tropas”, señaló. La mayor gloria, sin embargo, le sobrevendría el día 20 de agosto de 1823, cuando Maria Quitéira fue recibida en Rio de Janeiro por el emperador Pedro I y condecorada con la Ordem do Cruzeiro. La inglesa Maria Graham, que la conoció en la ocasión, la describió como “viva, de inteligencia clara y percepción aguda”. Y añadió: “Nada se observa de masculino en sus modos, antes los posee gentiles y amables”. De vuelta a Bahia, Maria Quitéira se casó con un antiguo novio, el agricultor Gabriel Pereira de Brito, con quien tuvo una hija. Murió en Salvador a los 61 años.

     La Batalla de Pirajá también dio origen a un mito. Es la historia del corneta Luís Lopes. Según el relato del historiador Tobias Monteiro, a cierta altura del enfrentamiento los brasileños estaban en gran desventaja, corriendo el riesgo de ser masacrados por los portugueses. Creyendo que la batalla estaba perdida, el mayor José de Barros Falcão de Lacerda había ordenado a Luís Lopes el toque de retirada. Por error, sin embargo, el corneta hizo exactamente lo contrario e invirtió el toque a “¡caballería, avanzar y decapitar!”. Obviamente, no había ningún regimiento de caballería listo para entrar en acción, pero el toque asustó a los portugueses, que huyeron desordenadamente, dando la victoria al Ejército brasileño. La hazaña, demasiado buena para ser verdad, nunca fue comprobada.

     Una segunda tentativa de romper el cerco brasileño ocurrió la mañana del 7 de enero de 1823. Fue un tenaz ataque a la isla de Itaparica, comandado por el propio jefe de la Armada portuguesa, el almirante João Félix Pereira de Campos, recién llegado de Lisboa. De una sola vez, los portugueses lanzaron cuarenta barcas, dos fragatas de guerra y lanchas cañoneras contra la fortaleza de San Lorenzo y el poblado de Itaparica. Botes repletos de soldados y marineros intentaron desembarcar bajo la protección de los navíos. Fue la batalla del todo o nada. Una eventual conquista de la isla habría abierto una brecha en la línea de defensa brasileña alrededor de la bahía de Todos os Santos. Los baianos resistieron valientemente y alcanzaron la victoria después de tres días de combate. Las bajas del bando portugués fueron graves, cerca de quinientos muertos.

     El día 2 de julio de 1823 amaneció radiante en Salvador. El mar estaba sereno, había sol y cielo azul. Al despertar, los habitantes supieron que los portugueses se habían ido de madrugada. El fracaso en los embates de Pirajá e Itaparica sellaron el destino de Portugal en Brasil. Trescientos años después de la llegada de Pedro Álvares Cabral a Porto Seguro, la escuadra lusitana singlaba los mismos mares de vuelta a casa. Dejaba atrás una colonia que en tres siglos se enriqueció y prosperó hasta el punto de volverse un país independiente. A pesar de la prisa del embarque, Madeira de Melo no dejó atrás a nadie – ningún soldado, ningún herido o enfermo. Al partir, llevaba entre 10 y 12 mil personas. Curiosamente, era un número próximo al total de pasajeros que había cruzado el Atlántico rumbo a Salvador quince años antes con la familia real portuguesa. Allí también, al llegar en 1808, el príncipe regente don Juan decretó la apertura de los puertos iniciando el proceso irreversible de separación entre Brasil y Portugal.

     Los primeros soldados brasileños entraron en la ciudad aún de mañana. Ni de lejos recordaban a un ejército victorioso. Eran “hombres descalzos y casi desnudos, mostrando en la miseria de sus andrajos la grandeza de sus sacrificios”, según la descripción del historiador Ignacio Accioli de Cerqueira e Silva. Fueron recibidos con fiesta por los habitantes. Y con fiesta todavía son recordados todos los años el día 2 de julio.

     Bahia decidió el futuro de Brasil en su forma actual, pero la fiesta del Dos de Julio es hoy prácticamente desconocida por los brasileños de las otras regiones. Al contrario que el Carnaval, y a pesar de reunir también a miles de personas, raramente es noticia en periódicos y emisoras de radio y televisión fuera de Bahia. No obstante, un visitante desavisado que llegase a la capital baiana en esa fecha notaría tras desembarcar una nota disonante: el aeropuerto de Salvador, que hace algunos años se llamaba Dos de Julio, cambió de nombre. Ahora se llama Deputado Luís Eduardo Magalhães, en homenaje al político baiano fallecido en 1998. Es una prueba de que el jefe político de la actualidad será siempre más recordado que todas las luchas gloriosas del pasado.

Laurentino Gomes

 

XII. 1822: La batalla del Jenipapo.

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12. La batalla de Jenipapo

EN EL PAISAJE MONÓTONO SALPICADO DE palmeras de carnauba del municipio de Campo Maior, en el sertón de Piauí, yacen algunos de los héroes anónimos de la Independencia de Brasil. Sus tumbas están señaladas por montículos de piedra descuidados y sin identificación en el matorral que cubre las orillas de la BR-343, autovía que une la capital Teresina con la ciudad de Parnaíba, en el litoral piauiense. En medio de ellas se yergue una cruz ennegrecida por el humo y transformada en lugar de peregrinación por la religiosidad popular. A sus pies, pagadores de promesas encienden velas y depositan exvotos – muletas, bastones, dentaduras y trozos del cuerpo humano, como piernas y brazos, modelados en cera, yeso o madera. Algunos años atrás, un gobernador tuvo la idea de levantar allí un monumento de cemento, aunque los visitantes sean raros y esporádicos.

     En ese lugar ocurrió el más trágico enfrentamiento de la Guerra de Independencia. Fue bautizado la Batalla del Jenipapo en referencia al nombre del río en cuyos márgenes brasileños y portugueses se batieron entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde del 13 de marzo de 1823. El resultado fue una masacre: cerca de doscientos brasileños muertos y más de quinientos hechos prisioneros. Las pérdidas representaron un tercio del improvisado destacamento militar brasileño compuesto en su mayoría por vaqueros, comerciantes, algunos concejales, un juez, además de viejos y adolescentes. Los portugueses tuvieron sólo dieciséis bajas.

     Ignoradas actualmente por los brasileños de otros estados, las tumbas de los héroes anónimos del Jenipapo contienen una lección. Es un error creer que las regiones Norte y Nordeste sólo “se adhirieron” al Imperio de Brasil después de que la independencia estuviera asegurada en el sur del país. Según esta interpretación equivocada, la decisión se habría tornado inevitable ante la consolidación del poder de don Pedro en Rio de Janeiro y el debilitamiento de la metrópoli portuguesa envuelta en dificultades políticas y financieras. En realidad, la independencia en esas regiones fue conquistada palmo a palmo a costa de mucha sangre y sufrimiento.

     Con 90 mil habitantes, de los cuales sólo 20 mil blancos, Piauí era en 1822 “un patio de atrás de Brasil”. Al contrario que las demás regiones brasileñas, había sido colonizado desde el campo hacia el mar. Sus primeros ocupantes fueron buscavidas y vaqueros. Al frente de rebaños semisalvajes, habían desalojado a los indios y ocupado los vastos campos ganaderos del sur de la provincia para después avanzar lentamente por el sertón hasta la franja litoral que hoy forma el delta del río Parnaíba. Las comunicaciones con el resto del país eran tan lentas que, en 1811, la provincia tardó casi un año en recibir la carta real con la cual conseguía la autonomía, separada de la antigua capitanía de Marañón. La primera escuela de enseñanza básica en la capital de entonces, Oeiras, fue creada sólo cuatro años más tarde, en 1815.

     A pesar del aislamiento, también era una región típicamente brasileña, mezclada, mestiza, sin distinciones de razas ni colores, como constató su primer gobernador, João Pereira Caldas, en un informe enviado a la corona portuguesa en 1766. “Mi concepto del valor de los hombres de esta capitanía es muy limitado”, afirmó de forma prejuiciosa. “En este sertón, por antiquísima costumbre, la misma consideración tienen blancos, mulatos y negros y todos, unos y otros, se tratan con recíproca igualdad, siendo rara la persona que se aparta de este ridículo sistema”.

     En 1821, ese trozo de Brasil humilde, remoto y escasamente poblado fue confiado por las cortes de Lisboa al mayor portugués João José da Cunha Fidié.

12a. Fidie      Nombrado gobernador militar de Piauí, Fidié desembarcó en Oeiras el día 8 de agosto de 1822, un mes antes del Grito del Ipiranga, con la difícil misión de impedir que las ansias de independencia contaminasen el último pedazo de la antigua colonia todavía fiel a Portugal. En la época de su llegada, una ola revolucionaria barría el campo nordestino. Comenzó en Bahía, en febrero de 1822, y rápidamente se extendería por los demás estados. En Ceará, una junta de gobierno aún fiel a las cortes de Lisboa había sido destituida por una rebelión liderada por el coronel José Pereira Filgueiras, rico hacendado de la ciudad de Crato. Como resultado, el vecino Piauí quedó comprimido entre los intereses brasileños, a esas alturas comprendidos en la demarcación cearense, y los portugueses establecidos en Marañón y Pará.

     Al tomar posesión, el nuevo gobernador apenas tuvo tiempo de calentar la silla. Fue cogido por sorpresa por la noticia de que el día 19 de octubre la cámara de São João de Parnaíba, en el litoral piauiense, había proclamado su adhesión a la causa brasileña en una revuelta liderada por el juez João Cândido de Deus e Silva y por el coronel de milicias Simplício Dias da Silva. Fidié era un soldado experimentado y disciplinado, que destacó en la guerra contra las tropas de Napoleón Bonaparte en Portugal y en España. Como estratega, sin embargo, se reveló un desastre. Al saber de la rebelión en Parnaíba, abandonó la capital Oeiras – objetivo lógico de un eventual ataque de las tropas fieles a don Pedro I – y al frente de 1.100 hombres armados marchó hacia el norte. Su objetivo era castigar a la rebelde Parnaíba e impedir que cualquier foco revolucionario prosperase en la provincia. La lenta travesía a pie de los 660 kilómetros que separan Oeiras del litoral se prolongó por más de un mes en medio de un paisaje reseco y castigado por el sol del sertón piauiense.

     Al llegar a Parnaíba, el día 18 de diciembre, el imprevisor Fidié tuvo dos sorpresas más. La primera fue que no había nadie a quien castigar. El juez João Cândido, el coronel Simplício y los concejales responsables de la proclama del 19 de octubre se habían refugiado en la villa cearense de Granja. Aún así, con la vana ilusión de que podría revertir el curso de la historia, el mayor reunió a los moradores, declaró nulas las decisiones de la cámara, organizó una jura colectiva de fidelidad a Portugal y promovió una ceremonia de acción de gracias en la iglesia principal. Mientras tanto, sus soldados saqueaban y prendían fuego a las propiedades de los revolucionarios refugiados en Ceará. La segunda sorpresa, sin embargo, era devastadora. En su ausencia, la desprotegida capital Oeiras también se adhirió a la Independencia en una conjura tramada en la casa del brigadier Manuel de Sousa Martins, futuro vizconde de Parnaíba.

     Alarmado por las noticias, Fidié dio media vuelta y partió de Parnaíba en dirección a Oeiras el día 28 de febrero de 1823. Esta vez, sin embargo, el desenlace del viaje por el sertón sería muy diferente. La villa de Campo Maior, situada a media distancia entre Parnaíba y la capital, ahora estaba en manos de los revolucionarios brasileños. Al saber de la aproximación del Ejército portugués, el capitán Luiz Estanislau Rodrigues Chaves, comandante de la guarnición local, decidió cerrarle el paso. Como disponía de menos de quinientos soldados, hizo un llamamiento a la población pidiendo voluntarios.

     Al amanecer del día 13 de marzo, cerca de 2 mil personas estaban reunidas frente a la iglesia de Santo Antônio. Era un grupo sin entrenamiento militar, armado con hoces, machetes, cuchillos, escopetas de caza y dos cañones viejos y enmohecidos, todavía de la época del Brasil colonia, que horas más tarde se desmantelarían al disparar los primeros tiros. “Sólo la locura patriótica explica la ceguera de esos hombres que iban a salir al encuentro de Fidié casi desarmados”, ponderó el historiador Abdias Neves.

     Desde la fachada de la iglesia, los brasileños caminaron hasta las orillas del río Jenipapo, situado a diez kilómetros de la ciudad. Como el lecho del río estaba seco debido a la prolongada sequía, usaron los tocones de capim allí remanentes como trincheras improvisadas mientras las tropas portuguesas se aproximaban en dirección opuesta. La batalla comenzó a las nueve de la mañana. Avisado de la presencia de los revoltosos, Fidié dividió a sus soldados en dos grupos, que avanzaron por caminos paralelos hasta el Jenipapo. La caballería atacó primero por la izquierda, mientras que la artillería y la infantería aguardaban más alejadas la señal de avanzar.

     Al oír los primeros tiros, los inexpertos brasileños creyeron que toda la tropa portuguesa estaba concentrada en el flanco izquierdo. Fue un error fatal. En tropel desordenado, abandonaron la línea de defensa que habían formado a lo largo de la orilla del río para concentrarse todos sólo en aquel punto. Esto le dio a Fidié la oportunidad de cruzar el Jenipapo en un punto desguarnecido y tranquilamente montar la artillería en lo alto de una ondulación que despunta sobre la campiña. Al percibir la maniobra, los brasileños ya estaban rodeados, en un lado por la caballería y, en el otro, por once cañones que comenzaron a vomitar sobre ellos una lluvia de fuego. Cuando terminó la refriega, alrededor de las dos de la tarde, el suelo estaba cuajado de cadáveres.

     Para Fidié fue una victoria con sabor a derrota. En el fragor de la batalla, su equipaje personal y todas las reservas de agua, comida, ropas, armas y munición habían sido arrambladas por los sertanejos. Castigada por el inclemente sol, su tropa presentaba un estado tan deplorable al término de los combates que el mayor creyó más prudente no perseguir a los brasileños que huían en desbandada. Prefirió refugiarse en una hacienda próxima a Campo Maior, donde permaneció tres días. Allí también llegó a la obvia conclusión de que sería inútil resistirse a la oleada revolucionaria. La tragedia del Jenipapo demostraba la determinación de los brasileños de luchar por la independencia, incluso de forma desorganizada y a costa de la propia vida. Por eso, en vez de proseguir hasta Oeiras, Fidié decidió cruzar el río Parnaíba y refugiarse en la ciudad marañonense de Caixas, todavía controlada por los portugueses.

     En las semanas siguientes, Piauí se sumergió en el caos. Bandas armadas recorrían las ciudades y las haciendas extorsionando a los portugueses y a cualquier persona sospechosa de estar en contra de la independencia. En la villa de Piracuruca, los soldados desertaron y se unieron a los indios que bajaban de la sierra de Ibiapaba, en la frontera con Ceará, para atacar y robar a los sertanejos. Asustados, los habitantes de los pueblos y haciendas huían de casa y se escondían en medio del páramo. “El robo se envolvía de una aureola luminosa de patriotismo, era considerado acción meritoria”, observó Abdias Neves.

     Sitiado en Caixas por un ejército once veces mayor que el suyo, compuesto por 8 mil piauienses, cearenses, pernambucanos y baianos, Fidié resistió durante tres meses. A finales de julio, sin embargo, llegaron noticias de que en Lisboa las cortes habían sido disueltas. La causa por la que luchaba estaba perdida. Se rindió el día 31 de julio y fue llevado a Rio de Janeiro, de donde volvería a Portugal mediante un indulto del emperador brasileño. Dos semanas más tarde, la junta de gobierno de Marañón subiría a bordo del navío Pedro I para también anunciar al almirante Cochrane su adhesión al Imperio de Brasil.

Laurentino Gomes

XI. 1822: Loco por el dinero.

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11. Thomas A. Cochrane

EN UNA VISITA OFICIAL A LA abadía de Westminster, en Londres, en su condición de presidente de la República de Brasil, el marañonense José Sarney se acercó a una tumba de 1860 situada en el suelo de la parte central de la nave y, sin que sus acompañantes lo percibiesen, pisó con firmeza sobre la lápida. Acto seguido, mirando al nombre grabado en el mármol, susurró: “¡Corsario!”. Fue un momento de ira y venganza. “La pisé, y con gusto”, contó Sarney a un interlocutor tras volver a Brasil. “Es un sujeto por el que no tengo ninguna simpatía”, reforzó en un artículo periodístico. ¿Qué habría hecho el misterioso ocupante del túmulo para merecer un tratamiento tan irrespetuoso por parte de un presidente brasileño?

     Sepultado a los 84 años con honores en Westminster, el escocés Thomas Alexander Cochrane es al mismo tiempo héroe y villano de la Independencia brasileña. El más famoso de los mercenarios contratados por don Pedro, fue el primer almirante de la hasta entonces desorganizada e ineficiente Marina de guerra brasileña. Bajo la mira de sus cañones, las fuerzas portuguesas se rindieron en Bahía, Marañón y Pará, evitando que en 1823 Brasil se fragmentase en dos o tres países menores. También con su ayuda, el naciente imperio brasileño consiguió vencer al año siguiente a la Confederación del Ecuador, movimiento de tendencia republicana y separatista organizado en Pernambuco con el apoyo de los estados vecinos. A pesar de estos grandes hechos, hoy su legado es motivo de controversia entre los brasileños.

     Lord Cochrane, como fue conocido en su época, es particularmente odiado en San Luis de Marañón, ciudad que saqueó sin pudor durante la Guerra de Independencia. “¡Cochrane, falso libertador del norte!”, lo definió el historiador Hermínio de Brito Conde en una obra publicada en 1929. “Es un nombre sombrío ligado a la historia de la ciudad”, añadió Astolfo Serra, autor de la Guía histórica y sentimental de São Luís de Maranhão. “Fue simplemente esto en San Luis: ¡un auténtico pirata! No liberó la ciudad, la saqueó brutalmente”. Las críticas se repiten en el sur del país. “Ningún justo reconocimiento cabe a su nombre (Cochrane) por parte de la posteridad de Brasil”, fulminó el historiador Francisco Adolpho de Varnhagen. Aún siendo el primer almirante de la Armada nacional, está situado en el Museo Naval, de la calle Don Manuel en el centro de Rio de Janeiro, en un minúsculo cuadro junto a la galería que narra hechos y personajes de la historia de la Marina brasileña. Nunca, en casi doscientos años, un barco de guerra brasileño importante fue bautizado con su nombre.

     En la época de la Independencia, Cochrane era una celebridad internacional, comparable hoy a los grandes astros de Hollywood. O, en una comparación más próxima a los brasileños, al rey Pelé en los campos de fútbol y a Ayrton Senna en las pistas de Fórmula 1. Héroe de los mares, alto, delgado, rubio e intrépido, sus hazañas eran celebradas en romances y folletines, discutidas en los periódicos británicos y blanco de la envidia y curiosidad en todo el mundo. Su ascensión rumbo al estrellato comenzó como oficial de la Real Marina Británica durante las guerras napoleónicas. Su primera hazaña ocurrió en 1800. Con apenas 25 años, al mando de la goleta Speedy – una embarcación equipada con catorce pequeños cañones y 84 marineros, relativamente modesta ante los grandes navíos de guerra de la época – consiguió capturar al navío español El Gamo, un barco mucho mayor, armado con 32 cañones de grueso calibre y una tripulación de trescientos hombres.

     Promovido a comandante de la fragata Pallas, le amargó la vida al emperador Napoleón Bonaparte en el mar Mediterráneo imponiendo derrotas humillantes a la escuadra francesa. Ya en el primer viaje capturó tantos navíos franceses y españoles que sus cargas, distribuidas entre la tripulación como botín de guerra, le produjeron una recompensa de 75 mil libras esterlinas – trescientas veces el salario que recibía de la Marina británica y el equivalente a 30 millones de reales actualmente. Mantuvo las costas de España y Francia en tal estado de alarma que se granjeó del propio Napoleón el apodo de “Le Loup de Mer” (Lobo de los Mares, en francés). Más tarde sería contratado como mercenario para luchar en las guerras de independencia de Chile y Perú, contra los españoles; de Brasil, contra los portugueses; y de Grecia, contra los turcos del Imperio Otomano. En todas ellas su actuación fue decisiva.

     Una de sus especialidades era embestir contra flotas de navíos mucho mayores y mejor equipados usando barcos incendiarios que, al entrar en contacto con el enemigo, explotaban y dispersaban llamas en todas direcciones. En la era de la navegación a vela los navíos de guerra eran altamente vulnerables al fuego. Construidos en madera, con el casco revestido de alquitrán, velas de paño, cuerdas untadas con grasa para facilitar su manejo y depósitos repletos de pólvora, casi todo podía entrar en combustión y saltar por los aires en segundos. Cochrane sabía aprovecharse de esta vulnerabilidad como nadie. Curioso e interesado en las nuevas tecnologías, también fue un gran inventor. Sus innovaciones incluían lámparas de convoy usadas en navíos, propulsores a vapor, máquinas de alta presión y armas químicas.

     Otras características, no obstante, contribuyeron a añadir a su fama un trazo de polémica. Cochrane era obstinado, narcisista y fanático del dinero. Se desentendía con frecuencia de sus superiores. Elegido miembro del parlamento por el distrito londinense de Westminster gracias a la repercusión de sus hazañas navales, inició una campaña de denuncia contra el almirantazgo británico, acusando al alto mando naval de corrupción, abuso de poder y mala administración. Su actitud lo hizo aún más popular entre sus subordinados y electores, pero atrajo la ira de la aristocracia británica. Lord St. Vincent, blanco también de sus acusaciones, definió a Cochrane como “un romántico avaricioso del dinero y mentiroso”.

     En 1814, la suerte se volvió contra él. Ese año, Cochrane se vio envuelto en un escándalo en la bolsa de Londres. Todo comenzó con una burda manipulación de información en una época en que las noticias tardaban semanas en viajar de una capital europea a otra. Un hombre que se hacía pasar por coronel francés apareció en la ciudad inglesa de Dover y anunció que Napoleón Bonaparte había muerto. La noticia era falsa. Napoleón no sólo estaba bien vivo sino que continuaría ejerciendo su poder e influencia en el destino de Europa hasta su derrota definitiva en la batalla de Waterloo, al año siguiente. El rumor, sin embargo, hizo disparar el precio de las acciones en la bolsa. Algunos inversores, obviamente implicados en el complot, hicieron una fortuna vendiendo sus papeles rápidamente. Cochrane era uno de ellos. La investigación descubrió que el supuesto coronel había ido a la casa del almirante antes de la apertura de la sesión, donde se cambió de ropas para esconder el uniforme francés, también falso. En base a esta evidencia, Cochrane fue considerado culpable de conspiración, multado y condenado a un año de prisión.

     Su popularidad en Londres, sin embargo, era tan grande que fue reelegido para el parlamento mientras aún estaba en la cárcel. Dispuesto a asumir el nuevo mandato, huyó de prisión la madrugada del 6 de marzo de 1815, cuando le faltaban cuatro meses para completar la condena, y se dirigió al parlamento. Acabó capturado allí mismo y devuelto a las rejas hasta cumplir el resto de la pena. Ya en libertad, continuó teniendo el apoyo de los electores, pero su carrera política y militar en Inglaterra había llegado a su fin. Expulsado de la Marina, perdió también el título de nobleza que le había sido concedido en sus tiempos de gloria – el de Caballero de la Orden del Baño. Comenzaba ahí, sin embargo, la segunda y más notable fase de su carrera: la de libertador de pueblos alrededor del mundo.

     Las guerras napoleónicas habían dejado al antiguo imperio colonial español en América del Sur hecho jirones. Desde el Caribe a la Tierra de Fuego, en el extremo sur del continente, los “caudillos”, como entonces eran conocidos los jefes políticos locales, se habían aprovechado de la situación para organizar ejércitos en defensa de los territorios bajo su control. En Argentina, el proceso de independencia comenzó en 1810, con la llamada Revolución de Mayo, y concluyó el 9 de julio de 1816, con la Declaración de Tucumán, que proclamó la total separación de las Provincias Unidas del Río de la Plata de España. En el norte, Simón Bolívar había establecido en 1811 la República de Nueva Granada, que después se dividiría en Colombia y Venezuela. En 1817, una expedición liderada por el general José de San Martín, héroe de la independencia argentina, cruzó la cordillera de los Andes, derrotó a los españoles en la batalla de Chacabuco y puso a Chile bajo el liderazgo de Bernardo O’Higgins, un chileno hijo de irlandeses. El paso siguiente sería la liberación de Perú, cuya autonomía fue proclamada en 1821.

     Para consolidar estos avances, sin embargo, faltaba el dominio de los mares. Con una línea de litoral tan extensa como la de Brasil, Chile y Perú, continuaban hostigados por los navíos españoles, que perjudicaban el abastecimiento y el comercio en las ciudades costeras. La tarea de expulsarlos fue confiada a Cochrane. El almirante aceptó la invitación, pero antes de partir concibió un llamativo plan: secuestrar al emperador Napoleón Bonaparte, que desde 1815 estaba prisionero de los ingleses en la isla de Santa Elena, una roca solitaria situada en el Atlántico Sur. Cochrane creía factible atacar por sorpresa la isla, rendir a los carceleros ingleses y convencer al general francés  para que le acompañara hasta Chile. Allí, Napoleón sería proclamado emperador de una confederación formada por las excolonias españolas, lo suficientemente grande para contraponerse al peso geopolítico de los Estados Unidos en el hemisferio americano.

     Curiosamente, el proyectado secuestro de Napoleón era un plan semejante al concebido en 1817 por los líderes de la Revolución Republicana en Pernambuco. En mayo de aquel año, los revolucionarios pernambucanos enviaron a los Estados Unidos al comerciante Antonio Gonçalves da Cruz, el Cabugá, con el objetivo de reclutar ex-oficiales franceses exiliados en territorio norteamericano. Con su ayuda, esperaban liberar a Napoleón de los ingleses y llevarlo a Recife, donde el emperador lideraría la revolución contra el rey don Juan VI para, seguidamente, volver a París y reasumir el trono de Francia. Al igual que éste, el plan de Cochrane fracasó. El almirante pasó todo el mes de agosto de 1818 en la ciudad francesa de Boulogne en compañía de su mujer, Kitty, a la espera del navío a vapor Rising Star, que había mandado construir en Inglaterra para luchar en Chile. La construcción del navío, sin embargo, se retrasó y, ante las noticias de que los españoles estaban ganando terreno contra los chilenos, decidió seguir para su destino final, sin parar en Santa Elena.

     En su condición de mercenario al servicio de la libertad en pocos meses el genial Cochrane consiguió destrozar a la armada española en el litoral chileno y peruano con maniobras osadas que cogían al enemigo por sorpresa y no le daban tiempo a reaccionar. Una noche, penetró silenciosamente en el puerto de Valdivia, una fortaleza marítima natural en la costa chilena formada por rocas altísimas, donde los españoles suponían que sus barcos estaban seguros. Protegidos por la oscuridad, Cochrane y su tripulación desembarcaron en pequeños botes de remo, escalaron las rocas, rindieron a los centinelas y capturaron todos los navíos, cañones, armas y municiones. Con este único golpe de audacia, aniquilaron el poder naval español en la región.

     Luego, no obstante, comenzaron las desavenencias por el dinero. Cochrane acusaba al general José de San Martín de no pagarle las recompensas concertadas antes de la contratación. Sin llegar a un acuerdo, el almirante robó una embarcación en la que San Martín había guardado todo el tesoro público de Perú como precaución ante un ataque que los españoles preparaban en las montañas. Parte del dinero fue usada para pagar los salarios de la tripulación. El resto se lo embolsó Cochrane. Además, contrariando las órdenes de San Martín y O’Higgins, emprendió algunas acciones de pura piratería saqueando dos ciudades y capturando un convoy de mulas que, sin tener nada que ver con la guerra, transportaba una carga de oro y plata perteneciente a una compañía norteamericana. Con la misión cumplida y las relaciones rotas en la América española, Cochrane volvió su atención hacia Brasil.

     En 1822, iniciada la Guerra de Independencia, el gobierno brasileño necesitaba desesperadamente un líder que organizara su Marina. Los almirantes disponibles tenían poca experiencia en combate. Peor: todos eran portugueses y, por tanto, sospechosos en relación a la causa brasileña. El candidato más probable, el vicealmirante Rodrigo José Ferreira Lobo, comandante de la flota en el río de la Plata, tenía fama de incompetencia y cobardía. Era también odiado por buena parte de los brasileños por la brutalidad con que había reprimido la Revolución Pernambucana de 1817. La sugerencia de contratar a lord Cochrane partió de Felisberto Caldeira Brant Pontes, representante brasileño en Londres. “Sólo su nombre es suficiente para aterrorizar a nuestros enemigos”, escribió Brant a José Bonifacio el 6 de mayo de 1822. “A decir verdad, yo nunca confiaría en los marineros portugueses, pero si son mezclados con británicos y norteamericanos la situación puede mejorar”. En la carta, Brant añadía un detalle fundamental: “Dicen que le gusta mucho el dinero…”.

     El día 13 de septiembre, una semana después del Grito del Ipiranga, un mensaje secreto de José Bonifacio llegó a las manos del agente brasileño en Buenos Aires, Antônio Manuel Corrêa da Cámara, con instrucciones para ir a Chile y entregar a Cochrane la invitación para unirse a las fuerzas brasileñas contra los portugueses. “El gobierno le hará todas las promesas que sean recíprocamente ventajosas, dándole además a entender que tanto mayores serán estas ventajas e intereses cuanto mayor sea la presteza con que él se presente en este puerto”, escribía el ministro en clave de urgencia. La orden fue cumplida el día 4 de noviembre. “La gloria lo llama”, escribió Cámara al almirante escocés. “Un príncipe generoso y una nación entera están esperándolo”. El día 11 de diciembre, el gobierno de Brasil publicó un decreto por el cual “todas las presas (cargas) tomadas en la guerra serán propiedad de quien las capture”. Era todo lo que Cochrane necesitaba para decidirse.

     El almirante llegó a Rio de Janeiro el 13 de marzo de 1823. Traía a bordo a una nueva amiga, la viajera inglesa Maria Graham, de 37 años, que había quedado viuda algunos meses antes cuando su marido, capitán de la Marina británica, murió al cruzar el terrible cabo de Hornos, en el extremo sur del continente. En Brasil, Graham se convertiría en amiga y confidente de la emperatriz Leopoldina y sería contratada como preceptora de la princesa Maria da Glória. También dejaría un registro precioso de la realidad brasileña de la época en forma de grabados y diarios de viaje. Algunos biógrafos insinúan que habría habido una relación amorosa entre Cochrane y Maria Graham, aunque el siempre cuidadoso historiador británico Brian Vale dice que no hubieron evidencias de eso.

     Además de la viajera inglesa, al anclar en los muelles de Rio de Janeiro, el almirante traía en la bodega de su barco un baúl conteniendo oro y plata por valor de 10 mil libras esterlinas – cerca de 3 millones de reales al cambio actual. Era sólo la mitad del dinero que había obtenido como recompensa por las victorias sobre los españoles en el Pacífico. El resto fue enviado a Inglaterra.

     Al día siguiente de su llegada a Brasil, Cochrane fue invitado por don Pedro I a acompañarlo en la inspección a los navíos anclados en el puerto. Fue una decepción. Los barcos parecían hasta razonables, pero la tripulación estaba compuesta por la “peor clase de portugueses”, en descripción del almirante. “Nunca he tenido bajo mi mando un grupo tan incompetente”. También quedó sorprendido al oír a don Pedro repetir varias veces que los combates se darían contra “las fuerzas parlamentarias portuguesas”. Entendió, por tanto, que se trataba de una guerra “meramente contra las cortes y no contra el rey o la nación portuguesa”, según anotó en su diario.

     El primer combate contra los portugueses, en Bahía, fue un fiasco. Cochrane dejó el puerto de Rio de Janeiro el día 1 de abril con cinco navíos. Otros dos se encontraban en estado tan precario que fueron dejados atrás. En sus memorias el almirante relató que la tripulación de la nave capitana, la Pedro I, estaba compuesta por 160 marineros ingleses y norteamericanos y 130 esclavos recién liberados, más un grupo numeroso “formado por la golfería de la capital”, reclutado a la fuerza en los días anteriores. Al aproximarse a Salvador, fue sorprendido por una flota portuguesa casi tres veces mayor que la suya – catorce navíos equipados con 380 cañones. La fuerza brasileña tenía sólo 234 cañones. Por suerte, los portugueses no eran grandes lobos de mar: al intentar salir por la bocana del puerto, encallaron el mayor de los navíos, la nao Dom João VI, retrasando la batalla en una semana.

     Cuando finalmente comenzó el enfrentamiento, el día 4 de mayo, Cochrane se dio cuenta de cuán frágiles eran los recursos a su disposición. En el lado brasileño, los barcos fueron blanco de numerosos actos de sabotaje por parte de los marineros portugueses. En la corbeta Liberal y en los bricbarcas Real Pedro y Guaraní, la tripulación, toda portuguesa, rechazó entrar en acción, declarando que “¡los portugueses no se baten contra portugueses!”. El depósito de pólvora de la nao Pedro I – el navío en que viajaba el propio Cochrane – fue cerrado con candado, impidiendo que los brasileños llevasen munición al combés durante la batalla. Para empeorar la situación, los cañones funcionaban mal, las velas de tan podridas se rompían al menor soplo de viento y la pólvora era de tan mala calidad que los proyectiles sólo alcanzaban la mitad de la distancia necesaria. Corriendo el riesgo de sufrir una derrota humillante y hasta incluso ser capturado, Cochrane prefirió huir.

     El frustrado ataque a Bahía sirvió de lección. La tripulación portuguesa fue sustituida por nuevos reclutas brasileños y mercenarios ingleses y norteamericanos, más fieles a la causa de la independencia. Los navíos recibieron nuevos equipamientos, armas y munición comprados en Europa. En vez de atacar una segunda vez a los barcos portugueses, Cochrane decidió bloquearlos en el puerto de Salvador, impidiendo que sus adversarios – ya sitiados por el Ejército brasileño en Recôncavo – recibiesen abastecimiento y refuerzos. Fue una sabia decisión. Menos de dos meses después, el día 2 de julio de 1823, toda la escuadra lusitana, compuesta por diecisiete barcos de guerra y 75 mercantes, dejó la capital baiana rumbo a Portugal. Cochrane salió en su persecución consiguiendo capturar dieciséis barcos y hacer 2 mil prisioneros.

     Una fragata brasileña, la Niterói, bajo el mando del capitán John Taylor, cruzó el océano Atlántico persiguiendo a los portugueses hasta las inmediaciones de la desembocadura del río Tajo, en Lisboa. Llevaba a bordo a un voluntario de apenas quince años: el gaucho Joaquim Marques Lisboa, futuro almirante y marqués de Tamandaré, héroe de la Guerra de Paraguay y actual patrón de la Marina de guerra de Brasil. Un acoso tan intrépido dejó a los portugueses atemorizados. Percibieron, por primera vez, que su excolonia llevaba el cuchillo entre los dientes: a pesar de las enormes dificultades, a naciente Marina brasileña no sólo reunía condiciones de defender la independencia, sino que, en caso de que las hostilidades continuasen por mucho tiempo, podría armarse de valor y atacar a la propia metrópoli en Europa. Durante algunos meses, esto fue motivo de rumores y sobresaltos en Portugal.

     Habiendo cumplido su misión en Bahía, Cochrane dirigió su atención hacia las dos últimas provincias brasileñas que aún se mantenían fieles a Lisboa, Marañón y Pará. En rigor, a esas alturas, sólo Pará permanecía portugués. A finales de julio de 1823, todo el interior de Marañón estaba ocupado por un ejército de 8 mil voluntarios marañonenses, piauienses y cearenses adeptos a la Independencia. La rendición de la capital, São Luís, era sólo cuestión de tiempo. Cochrane, sin embargo, consiguió atribuirse él solo toda la gloria usando la astucia para acelerar un hecho ya consumado e inevitable. Al aproximarse a São Luís, izó la bandera británica, en vez de los colores brasileños. Los militares que vigilaban el puerto creyeron que se trataba de un navío inglés, neutral en el conflicto, y enviaron a su encuentro el bricbarca Dom Miguel con mensajes de bienvenida. Al subir a bordo, sin embargo, el oficial encargado de entregar los papeles se dio cuenta de que estaba en un navío brasileño. Fue preso inmediatamente, pero Cochrane decidió liberarlo con la condición de que llevase una carta al gobernador militar, Agostinho de Faria, en la que exigía la capitulación de la ciudad. Al día siguiente, el 28 de julio, la junta de gobierno, ya sabedora de la aproximación del Ejército brasileño por el interior, anunció la adhesión de la provincia al imperio de Brasil.

     En Belém, la astucia fue todavía mayor. Por indicación del almirante, el día 10 de agosto de 1823, el capitán inglés John Pascoe Grenfell fondeó su navío – el mismo bricbarca Dom Miguel capturado en São Luís y rebautizado Maranhão – frente a la ciudad y mandó avisar a los portugueses de que, más allá de la línea del horizonte, esperando órdenes para atacar, estaba toda la flota imperial brasileña bajo el mando del propio Cochrane. Era un farol. El único navío en la región era el capitaneado por Grenfell. Cochrane se había quedado en São Luís. Aislados y sin comunicaciones por tierra con las demás capitales, los portugueses prefirieron no correr el riesgo y entregaron la capital paraense sin disparar un solo tiro.

     Después de la rendición, Belém se sumergió en el caos. Escenas de vandalismo dieron cuenta de la ciudad. Un marinero portugués hirió a Grenfell de un navajazo en las costillas. Por la falta de sitio en las cárceles, un grupo de 256 paraenses fue encerrado el día 20 de octubre en la bodega del navío Diligente, anclado bajo el ardiente Sol en los muelles del puerto. Al atardecer del día siguiente se descubrió que sólo cuatro prisioneros continuaban vivos. Los cuerpos de los demás 252 estaban apilados unos sobre otros, transformando la bodega del Diligente en una tumba flotante. Otros tres también morirían al día siguiente, dejando un único superviviente.

     Mientras tanto, después de obtener la rendición portuguesa en São Luís, Cochrane se dedicaba al saqueo metódico de la ciudad haciéndose de un patrimonio en la época estimado en 100 mil libras esterlinas – equivalentes a cerca de 30 millones de reales en valores de hoy. Incluía todo el dinero depositado en el tesoro público, en la aduana, en los cuarteles y en otros departamentos, además de propiedades particulares y mercancías almacenadas a bordo de 120 navíos y embarcaciones menores anclados en el puerto. Prácticamente, el almirante trató a la capital de Marañón como si fuese toda ella un territorio enemigo conquistado – y no una parte de Brasil liberada de la ocupación portuguesa. Los habitantes se rebelaron pero, bajo la mira de los cañones, acabaron forzados a aceptar sus exigencias. Los bienes y mercancías aprehendidos fueron despachados para Rio de Janeiro, donde Cochrane esperaba que fuesen confirmados como botín de guerra para ser repartidos entre él y sus oficiales.

     A pesar del comportamiento brutal y mezquino en São Luís, Cochrane fue recibido en Rio de Janeiro como un héroe nacional y agraciado por don Pedro con la recién creada Ordem do Cruzeiro do Sul y el título de marqués de Marañón – decisión que a los marañonenses incluso hoy les suena a ofensa. Los festejos por las victorias en el Norte y en el Nordeste, no obstante, duraron poco. Como ya pasara en Chile y Perú, las relaciones de Cochrane con las autoridades brasileñas se agriaron por razones financieras. Contrariando las expectativas del almirante, no todos los bienes capturados en Salvador, São Luís y Belém, evaluados en 250 mil libras esterlinas en total (cerca de 75 millones de reales actualmente), fueron aceptados en Rio de Janeiro como botín de guerra. Parte fue devuelta a sus dueños originales. Las reclamaciones de Cochrane fueron dirigidas a la Justicia.

     En ese intermedio, a pesar de las divergencias y a cambio de nuevas recompensas, el almirante ayudó al Imperio a subyugar a la Confederación del Ecuador bloqueando el puerto de Recife. Al término de los combates en Pernambuco, Cochrane volvió a São Luís, donde creía tener cuentas que ajustar. Según sus cálculos, el gobierno de Marañón todavía le debía 85 mil libras esterlinas (cerca de 25 millones de reales de hoy), pero anunció que se conformaba con recibir 21 mil libras (cerca de 6 millones de reales), menos de un cuarto del total, si el pago era inmediato. Nuevamente bajo la amenaza de los cañones, las autoridades tuvieron que entregar el dinero, que el almirante usó para comprar algodón de los propios productores marañonenses y enviarlo a Inglaterra.

     El día 18 de mayo de 1825, habiendo extorsionado a los marañonenses por segunda vez, Cochrane dio por terminada su participación en la guerra de la Independencia de Brasil. Su última acción fue lamentable. En una repetición del comportamiento que tuvo en Perú, secuestró un barco brasileño, la fragata Piranga, de cincuenta cañones, y se la llevó a Inglaterra. Construida en 1817 en Bahía con el nombre de União y rebautizada en 1822 con la denominación indígena del riachuelo de la Independencia (Piranga), era la misma fragata que los militares portugueses pretendían usar en el secuestro de don Pedro en la semana de la Permanencia. Abandonada en el puerto inglés de Spithead sólo volvería a Brasil seis meses más tarde.

     Mientras, Cochrane partía hacia Grecia, donde la lucha contra los turcos otomanos le reportaría más de 100 mil libras. Murió en 1860, ya rehabilitado por el gobierno británico y transformado en héroe nacional con derecho a exequias en Westminster. Catorce años después, en 1874, el Imperio brasileño acordó pagar a sus herederos más de 40.298 libras esterlinas, poniendo fin a una disputa de medio siglo. Su reputación de héroe de la Independencia, sin embargo, estaba irremediablemente manchada.

   Laurentino Gomes

X. 1822: La guerra.

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10. La guerra

BRASILEÑOS Y PORTUGUESES QUE HOY SE encuentran en las panaderías de São Paulo y en los restaurantes de Lisboa, toman cerveza juntos en las playas de Natal y Fortaleza, confraternizan en los partidos del Vasco de Gama en Rio de Janeiro o se deleitan con las mismas telenovelas y miniseries de TV retransmitidas en las dos orillas del Atlántico no tienen idea del clima de odio y enfrentamiento que envolvió a estos dos pueblos el año de la Independencia de Brasil. Mientras en la metrópoli y en su antigua colonia crecía la radicalización de los discursos y escritos, en las calles las personas eran cazadas a golpe de porra y puntapiés o incluso asesinadas a sangre fría. “Empapad la tierra con la sangre de los tiranos portugueses”, pregonaba el médico y periodista Cipriano Barata en el periódico Sentinela da Liberdade en abril de 1823. “Desgarrad de una vez las entrañas de esos monstruos”.

     La semana del Día de la Permanencia – Dia do Fico, en Brasil -, grupos armados de portugueses recorrían las calles de Rio de Janeiro en actitud desafiante ante los brasileños que apoyaban la decisión del príncipe regente de contrariar a las cortes de Lisboa y permanecer en Brasil. “Esta cabronada se lleva a palos”, gritaban. En Bahía, la procesión de la tradicional fiesta de San José, santo patrón de los comerciantes portugueses, fue dispersada el día 19 de marzo de 1822 por una lluvia de piedras lanzadas desde lo alto de los mogotes por hijos de esclavos, supuestamente por órdenes de sus señores brasileños. Dos días después, oficiales y soldados lusitanos fueron nuevamente abucheados y obligados a huir bajo una granizada de piedras disparada en el barranco de los Zapateros. Respondieron rompiendo cristales de ventanas y farolas en las calles o atrincherándose en casas y edificios públicos con las armas en la mano.

     Mientras tanto, una pintoresca guerra paralela, sin armas, ocurría en las páginas de los periódicos y en las oficinas de registro de nacimientos. Estaba caracterizada por actitudes simbólicas, como el cambio de nombres portugueses  por denominaciones indígenas de árboles y animales silvestres para mostrar la adhesión a la causa brasileña. En Bahía, el periodista y abogado negro Francisco Gomes Brandão, futuro vizconde de Jequitinhonha, pasó a firmar como Francisco Gê Acaiaba de Moctezuma con el objetivo de “animar al pueblo y hacer bien visible el resentimiento baiano contra los lusitanos y […] probar su firme adhesión a la causa de Brasil”. La elección del nuevo nombre agasajaba simultáneamente a una tribu indígena (Gê), a un árbol brasileño (Acaiaba) y al penúltimo emperador azteca de Méjico (Moctezuma), capturado por el conquistador español Hernán Cortés. En las páginas del periódico Volantim del 30 de octubre de 1822, casi toda la tripulación y los pasajeros del navío Bonfim, recién llegado de Pernambuco al puerto de Rio de Janeiro, también anunciaban el cambio de nombres. El sacerdote Antônio de Sousa, de Alagoas, avisaba que de allí en adelante sería conocido por Antônio Cabra-Bode. El maestro Joaquim José da Silva pasó a firmar como Joaquim José da Silva Jacaré. El piloto José Caetano de Mendonça añadió Jararaca al apellido. Su colega, José Maria Migués, también añadió al apellido portugués, Migués, el brasileño Bentevi y se justificó:

José Maria Migués, el piloto, anuncia públicamente que los sentimientos liberales con que la naturaleza lo dotó, y la terrible aversión que siempre tuvieron los honrados pernambucanos al monstruoso despotismo, no lo dejan dudar por más tiempo del desprecio que tiene a los viles sarcasmos de los portugueses falsamente denominados defensores de la libertad, una vez que el egoísmo que reina en corazones tan avaros intenta esclavizar al Imperio Diamantino y, queriendo el anunciante no discrepar de la unión sentimental con sus nobles, ruega a los señores brasileños y enemigos del despotismo lo reconozcan por José Maria Bentevi.

     Un mito recurrente respecto de la Independencia de Brasil se refiere al carácter pacífico de la ruptura con Portugal. Según esa visión, todo se habría resumido a una negociación entre el rey don Juan VI y su hijo don Pedro con algunas escaramuzas aisladas y casi sin víctimas. Es un error. La Guerra de Independencia fue larga y extenuante. Duró 21 meses, entre febrero de 1822 y noviembre del año siguiente. En este periodo, miles de personas perdieron la vida en las rozas, colinas, mares y ríos en que se trabó el conflicto. El número de combatientes fue mayor que el de las guerras de liberación de la América española en la misma época. Sólo en Bahía cerca de 16 mil brasileños y 5 mil portugueses intercambiaron tiros durante un año y cuatro meses.

     Desgraciadamente, no existen estadísticas fiables respecto del número de muertos, pero las evidencias indican haber sido mayor de lo que se imagina. En Piauí, entre doscientos y cuatrocientos brasileños cayeron en cinco horas de combate en la trágica y simbólica Batalla de Jenipapo, ocurrida el día 13 de marzo de 1823. En Bahía, de doscientas a trescientas personas murieron en las calles de Salvador entre los días 18 y 21 de febrero de 1822, pero curiosamente no se sabe el número de víctimas en la mayor de todas las batallas, la de Pirajá, trabada en los alrededores de la ciudad el día 8 de noviembre del mismo año. En este caso, existen vagas referencias a “más de doscientos enemigos” muertos – o sea, portugueses. Otros quinientos lusitanos habrían muerto en un ataque a la isla de Itaparica en enero de 1823. En Pará, 255 hombres murieron entre los días 20 y 21 de octubre de 1823 en las bodegas de un navío anclado en los muelles de Belém y convertido en prisión improvisada bajo el Sol abrasador de la Amazonía.

     La suma de estos números imprecisos con informaciones todavía más confusas sobre los enfrentamientos en otras regiones hace razonable suponer que la Guerra de Independencia brasileña costó entre 2 mil y 3 mil víctimas. Es una cifra relativamente baja comparada con los 25 mil muertos de la Guerra de Independencia de Estados Unidos, de 1775 a 1783. Aun así, sería precipitado y simplista afirmar que la separación de Portugal resultó de un proceso pacífico y negociado entre la colonia y su antigua metrópoli.

     La guerra fue entablada en dos frentes simultáneos. En el sur, las tropas portuguesas resistieron más de un año en Montevideo, capital de la provincia Cisplatina, entonces parte del Imperio brasileño. Sitiadas por el general Carlos Frederico Lecor, barón y futuro vizconde de Laguna, se rindieron el 18 de noviembre de 1823. El otro frente de combate se extendió por las regiones Norte y Nordeste, cuyas provincias se dividieron en 1822. Fuertes reductos de los comerciantes portugueses, Pará y Marañón simplemente ignoraron el Grito del Ipiranga y declararon apoyo ilimitado a las cortes de Lisboa. Piauí y Alagoas también permanecieron obedientes a Portugal por algún tiempo. Rio Grande do Norte y Ceará se sumergieron en un periodo de gran confusión, de cual saldrían fieles a Rio de Janeiro. Pernambuco se resistió, pero también se adhirió a la causa de don Pedro I. La suerte de la Independencia, sin embargo, se decidiría en Bahía, posición estratégica escogida por los portugueses para resistir y, en su caso, reconquistar a partir de allí las demás provincias consideradas rebeldes.

     La ruptura formal entre Brasil y Portugal aconteció a comienzos de 1822, después del Día de la Permanencia, cuando las cortes declararon a don Pedro y a sus ministros rebeldes y comenzaron los preparativos militares para atacar la antigua colonia. El día 17 de junio, el representante brasileño en Londres, Felisberto Caldeira Brant Pontes, comunicó al gobierno de Rio de Janeiro que seiscientos hombres armados en cuatro navíos habían salido de Lisboa hacia Bahía. El día 20 de agosto, un nuevo informe anunciaba la partida de 1.500 soldados a bordo de una escuadra armada que incluía al navío Dom João VI, con 74 cañones. El 18 de septiembre, una tercera expedición estaba siendo preparada con 2 mil hombres. En Londres circulaban rumores de que toda la guarnición portuguesa de Montevideo sería trasladada a Bahía, con el objetivo de hacer de Salvador una ciudad inexpugnable a los ataques brasileños.

     Al tener conocimiento de noticias tan alarmantes, los brasileños se prepararon para la guerra. El día 1 de agosto de 1822, don Pedro y su gobierno declararon “enemigas” las tropas que fuesen enviadas de Portugal a Brasil. Lanchas y navíos portugueses tal vez capturados deberían ser incendiados o hundidos. El príncipe también determinaba la fortificación de los puntos más vulnerables y recomendaba que, en caso de desembarco exitoso de las tropas enemigas, las autoridades deberían recurrir a la “cruda guerra de cuarteles y guerrillas” mediante la retirada de poblaciones, rebaños y víveres hacia el interior, hasta la victoria final contra los invasores. El día 11 de diciembre, un decreto confiscó todos los bienes y propiedades de los portugueses que no se hubiesen adherido a la independencia. Al día siguiente, los navíos brasileños fueron autorizados a capturar en alta mar cualquier barco de bandera portuguesa y a apropiarse de la carga que transportasen.

     Debido a la tardanza en las comunicaciones con Europa, la guerra en los primeros meses generó un juego del escondite, repleto de rumores, en que ninguno de los dos lados sabía exactamente lo que el adversario planeaba ni cuáles eran las fuerzas de que disponía. La única certeza era que tanto Portugal como Brasil se encontraban en estado de penuria, con las arcas públicas vacías y sin dinero para contratar y pagar oficiales y soldados, comprar armas y municiones y soportar un conflicto que exigía esfuerzos en ambos hemisferios.

     En este enfrentamiento de desharrapados, sin embargo, Portugal tenía de inicio una ventaja: era un país centenario, organizado y reconocido por sus vecinos europeos, que le podían hipotecar apoyo político o ceder préstamos. Esa organización se extendía a Brasil, cuyas Fuerzas Armadas – aunque precarias – todavía eran portuguesas hasta la víspera de la Independencia. Toda la línea de mando, compuesta en su mayoría por oficiales nacidos en Portugal, respondía a las órdenes de Lisboa. Brasil, al contrario, comenzaba todo de cero. Hasta 1822, no tenía Ejército ni Marina de guerra. El propio gobierno, que acababa de constituirse con José Bonifacio al frente del Gabinete, funcionaba de forma desorganizada e improvisada. Las órdenes de Rio de Janeiro no eran acatadas por la mayoría de las provincias, todavía fieles a Portugal. Sin reconocimiento internacional, las perspectivas de apoyo diplomático eran nulas. Préstamos, sólo con intereses desorbitados.

     El nuevo gobierno sabía que, en un territorio con más de 8 mil kilómetros de litoral y separado de la metrópoli por el océano Atlántico, el dominio de los mares sería absolutamente crucial para asegurar la Independencia. Era una lección que los colonos norteamericanos aprendieron rápidamente y que se reveló decisiva en la guerra contra Inglaterra. En diciembre de 1775, antes aún de la declaración de independencia, una de las primeras medidas del congreso de los Estados Unidos fue ordenar la construcción de trece cruceros con poder de fuego suficiente para enfrentarse a la poderosa Marina británica. La fuerza naval se constituyó desde entonces en un pilar estratégico de la defensa norteamericana. En 1814, los Estados Unidos botaron la primera embarcación militar movida a vapor, el Demologos, construido bajo la supervisión de Robert Fulton, inventor de la nueva tecnología. Seis años más tarde, en 1820, ya tenían el mayor barco de guerra del mundo, el North Carolina, con tres cubiertas y 102 cañones.

     Brasil no tenía nada de esto. Según los cálculos del historiador naval británico Brian Vale, a comienzos de 1822 don Pedro podía contar con, como máximo, ocho navíos de guerra fiables con un total de doscientos cañones, mientras que los portugueses tenían catorce embarcaciones equipadas con el doble de poder de fuego. Además, controlaban Salvador, el principal polo de la industria naval portuguesa hasta entonces. En Rio de Janeiro, las instalaciones navales y un número considerable de embarcaciones portuguesas habían caído bajo control de los brasileños tras la expulsión de la División Auxiliadora del general Avilez. Todo esto, sin embargo, se encontraba en avanzado estado de abandono, con fortificaciones en ruinas, barcos semipodridos, cuerdas y maderamen carcomidos por el bálano y otros gusanos marinos.

     La organización de una fuerza naval fiable y poderosa era, por lo tanto, la mayor prioridad del primer gabinete organizado por José Bonifacio. Embarcaciones de diseño anticuado, que habían llegado de Portugal con la corte en 1808 y estaban abandonadas en los muelles, fueron reparadas a toda prisa. Los listados comenzaron a recorrer el país con el objetivo de recoger fondos para la compra de navíos, armas y municiones. Para dar ejemplo, el emperador y la emperatriz hicieron las primeras donaciones. La respuesta fue inmediata. Era la primera vez que los brasileños se movilizaban en torno a una causa común. Hasta incluso personas humildes enviaban contribuciones a Rio de Janeiro, algunas de pequeño valor, pero muy simbólicas, como anillos de boda y noviazgo.

     El día 12 de febrero de 1823, don Pedro entregó solemnemente al país el bricbarca Caboclo, de dieciocho cañones, primer buque comprado gracias a la cooperación nacional. Al mes siguiente, una barco más, la fragata Nightingale fue rebautizada como Guaraní e incorporada a las fuerzas imperiales con sus velas restauradas y la carga completa de carbón que traía de Inglaterra. En los diques de Rio de Janeiro el movimiento era incesante. El propio emperador solía pasar el día allí. Llegaba al amanecer, subía a los astilleros y distribuía órdenes hasta el anochecer.

     Desgraciadamente, sólo voluntad y sacrificio no eran suficientes para vencer a Portugal. Además de precisar de un número mucho mayor de barcos, Brasil se enfrentaba con una dificultad adicional: faltaban oficiales y marineros para mandar y defender las embarcaciones. En esa época, había en el país cerca de 160 oficiales de marina, casi todos portugueses venidos con la corte de don Juan en 1808. Aparte de pocos, no eran de fiar. Nadie tenía la seguridad de cómo reaccionarían si se tuviesen que enfrentar a sus compatriotas en una batalla. Los temores se confirmaron en enero de 1823, cuando el primer oficial y la tripulación de la goleta Maria Teresa, encargados de proteger a otros tres barcos con armas y municiones destinadas a los brasileños de la provincia Cisplatina, se rebelaron, prendieron al comandante y entregaron los navíos y la carga a las fuerzas portuguesas acuarteladas en Montevideo.

     Las dificultades del mar se reproducían en tierra. El Ejército brasileño heredó la estructura de las fuerzas portuguesas de la época de la colonia, organizadas en cuerpos de primera, segunda y tercera líneas. Las tropas de primera línea, formadas por militares profesionales que recibían un sueldo por permanecer en el servicio activo, estaban dominadas por oficiales fieles a Portugal. Las otras dos – segunda y tercera líneas – eran fuerzas de reserva, constituidas por regimientos de milicias y suplentes, sólo convocadas en caso de emergencia. Sus integrantes, en su mayoría brasileños, no recibían sueldo y normalmente formaban parte de los grupos de guardaespaldas o seguridad que los coroneles locales mantenían en sus haciendas. Aunque fuesen más leales a la causa brasileña que las tropas de primera línea, tenían la desventaja de estar mal entrenadas y estar dispersas por el territorio, sin un mando unificado y seguro.

     Además, en todo Brasil predominaba una aversión generalizada al servicio militar. Los soldados eran reclutados de forma arbitraria por coroneles y caudillos locales. En las ciudades de Vila Rica (actual Ouro Preto), Sabará y São João del-Rei, hubo casos en que la población fue convocada para reunirse en la plaza central con la excusa de que allí habría una ceremonia religiosa o un comunicado importante. Al aproximarse, sin embargo, los chavales eran sorprendidos por los soldados de la corte que los enlazaban con cuerdas y los enviaban a Rio de Janeiro.

     Los nuevos reclutas llegaban a la capital encadenados unos a otros por el cuello y vigilados por guardias a caballo. Algunos, los más rebeldes, llevaban también los pies esposados. Viajaban días seguidos sin comer. En 1826, ya bastante después de terminada la Guerra de Independencia, Ceará ofreció 3 mil reclutas al emperador. Embarcados para Rio de Janeiro en la bodega de un navío, 553 de ellos murieron de hambre y sed durante el viaje. En los cuarteles la disciplina era brutal. Los infractores y perezosos eran castigados con palizas, latigazos o planchadas (azotes con la hoja de la espada usada como plancha).

     El pavor al servicio militar entre la población pobre del interior era tan grande que muchos jóvenes se amputaban dedos de los pies y de las manos en la tentativa de huir del reclutamiento. Por esta razón, un decreto del 7 de enero de 1824 ordenaba que no fuesen dispensados los candidatos que “tuvieren falta de dientes, de un dedo en la mano derecha o del ojo izquierdo”. Quien tenía dinero o prestigio recurría a los jefes locales para obtener la dispensa. Al pasar por la ciudad de Castro, en Paraná, en 1820, el botánico francés Auguste de Saint-Hilaire encontró a los moradores locales en una gran agitación. Más de mil personas se habían refugiado en Rio Grande do Sul, intentando escapar al reclutamiento. “Las casas estaban vacías y abandonadas”, registró el francés. “En la práctica, el reclutamiento forzado alcanzaba sólo a las clases más humildes y desprotegidas”, explicó el historiador militar gaucho Juvêncio Saldanha Lemos. “Pero fueron esos hombres los que, humilde y anónimamente, ampararon la Independencia”.

     Sin tiempo, dinero ni condiciones de construir barcos y entrenar y reclutar hombres en territorio brasileño, la solución fue buscar refuerzos en Europa. El momento era particularmente favorable para este tipo de iniciativa. Con el final de las guerras napoleónicas, los países europeos eran un granero de buenos oficiales, marineros y navíos militares. En 1822, Inglaterra tenía 134 navíos de guerra en los mares, menos del 20% de los 713 encargados en 1813, cuando Napoleón estaba en el auge de su poder. El resto de la flota permanecía ocioso en los puertos. De los 5.450 oficiales, el 90% estaba desempleado o vivía en régimen de medio sueldo.

     Fue en ese manantial en el que el brasileño Felisberto Caldeira Brant Pontes comenzó su pesquería. Las ofertas brasileñas no eran de las mejores. Un teniente recibiría ocho libras esterlinas al mes, un tercio menos de lo que ganaba en la Marina británica en tiempo de guerra. En compensación, tendría un contrato de, como mínimo, cinco años. Al final de este plazo, si optase por volver a Inglaterra, tendría derecho a una pensión vitalicia equivalente a la mitad del salario en activo. En septiembre de 1822, Brant informó desde Londres que un antiguo oficial británico, James Thompson, había ofrecido dos fragatas equipadas con armamento, oficiales y marineros. José Bonifacio mandó comprar las dos. Un mes más tarde, Brant recibió instrucciones para comprar cuatro más pagando con préstamos o bonos del tesoro nacional.

     La compra de barcos y la contratación de mercenarios dieron algún respiro a las esperanzas brasileñas, pero presentaban un nuevo problema. En 1819, para evitar la evasión de oficiales y marineros, Inglaterra había promulgado una ley – llamada Foreign Enlistment Act – prohibiendo que sus ciudadanos prestasen servicios a gobiernos extranjeros en calidad de mercenarios. Preveía sanciones tanto para los infractores ingleses como para los países envueltos en esas contrataciones. Siendo Inglaterra la principal potencia marítima y económica del planeta, todo cuidado era poco. Medidas semejantes fueron adoptadas en otros países como Austria, Prusia y Suiza.

     Para burlar estas leyes, los representantes brasileños comenzaron a reclutar mercenarios bajo el disfraz de colonos agricultores. En los documentos, los marineros eran identificados como “trabajadores”, mientras que los oficiales aparecían como “supervisores” o “capataces”. Al ser enviado a Europa, en agosto de 1822, el alemán Jorge Antonio von Schäffer, amigo y prestamista de la emperatriz Leopoldina, recibió de José Bonifacio instrucciones para contratar “tiradores que bajo el disfraz de colonos serán transportados a Brasil, donde deberán servir como militares por espacio de seis años”. Muchos de los contratados, sin embargo, no eran tiradores ni mercenarios profesionales. Eran simples campesinos pobres que embarcaban para Brasil engañados por falsas promesas.

     En anuncios publicados en los periódicos alemanes, el astuto Schäffer prometió cielos y tierra en nombre del emperador brasileño a quien estuviese dispuesto a emigrar a Brasil. Los beneficios incluían viaje pagado, un buen lote de tierras, subsidio diario en dinero del gobierno los dos primeros años, caballos, bueyes, ovejas y otros animales, en proporción al número de componentes de cada familia, concesión inmediata de la ciudadanía brasileña, libertad de culto religioso y exención de impuestos durante diez años. Era todo mentira. Al llegar a Brasil, los alemanes reclutados por Schäffer descubrían que, antes de tomar posesión de tan soñada tierra, irían a la guerra. Muchos murieron mientras sus familias esperaban meses antes de ser enviadas a São Leopoldo, en Rio Grande do Sul. Dejadas en la miseria, sólo la firmeza y el espíritu de solidaridad las salvaron de la indigencia o de la muerte mientras esperaban en vano que padres y maridos volviesen de los campos de batalla.

     La Guerra de Independencia fue decidida por la bravura de los patriotas brasileños, de los colonos y mercenarios extranjeros, pero también por un cambio abrupto en el rumbo de la política portuguesa. En julio de 1823, llegaron de Europa noticias de que las cortes constitucionales de Lisboa habían sido destituidas después de una rebelión encabezada por el infante don Miguel, hermano menor de don Pedro. Como resultado, el rey don Juan VI era nuevamente restituido en sus poderes de monarca absoluto.

     Para los adeptos al constitucionalismo portugués de las provincias del Norte y Nordeste de Brasil fue un jarro de agua fría. La causa por la que habían luchado durante los meses anteriores se disolvió en el aire. La inesperada mudanza en la antigua metrópoli significaba que estaban entregados a su propia suerte. A partir de aquel momento, no recibirían más apoyo militar, financiero o político del otro lado del Atlántico. Mientras tanto, en Rio de Janeiro, el gobierno de don Pedro I se fortalecía con cada nueva victoria militar o adhesión cosechada en las provincias hasta entonces resistentes. Ese mismo mes de julio, los portugueses evacuaron Salvador, donde habían resistido durante un año y cuatro meses. Enseguida, fue el turno para que Marañón y Pará se adhirieran al Brasil monárquico e independiente.

     La historia de la rendición portuguesa en las provincias del Norte y del Nordeste estuvo marcada por la presencia del almirante Lord Thomas Cochrane, un escocés loco por el dinero y héroe maldito de la Independencia de Brasil.

Laurentino Gomes

 

El odio que nos consume

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CANAL CULTURA

discriminacion xenofobia

Estos monopolios mediáticos se encargan de llenar nuestra mente de odio y miedo hacia los diferentes.

Por Edward Valesco – Opinión para Canal Cultura

Todos los días mueren violentamente miles de personas en el mundo, ya sea por las guerras, la delincuencia, los regímenes totalitarios, las inhumanas políticas públicas de salud, etc. Y en todo ello, está la mano criminal de personas que no ven a las demás, las que son diferentes, como iguales, sino como enemigos, como peligros inminentes o latentes, como objetos para usar, como engranajes que deben amoldarse a la maquinaria insaciable del sistema de producción en el que vivimos y cuyo motor principal es el odio y el miedo.

Porque sembrar el odio y el temor en las mentes de las personas los hace más fácilmente manipulables. De ahí el desesperado interés de los adalides emblemáticos de la ultraderecha que se aprovechan de hechos como los atentados…

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IX. 1822: El hombre sabio.

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9a. José Bonifácio

TRES AÑOS ANTES DE LA INDEPENDENCIA DE BRASIL, José Bonifácio de Andrada e Silva pidió autorización al rey don Juan VI para volver a Santos, ciudad en que nació, en el litoral paulista. Después de vivir 36 años en Europa, se sentía viejo y cansado. Quería morir en paz al lado de sus familiares. Como era funcionario graduado de la corona portuguesa, dependía de aprobación para continuar recibiendo sus honorarios en Brasil. Las peticiones, insistentes, se repetían hacía más de una década, pero siempre eran denegadas. “Estoy enfermo, afligido y cansado”, se quejaba a don Rodrigo de Sousa Coutinho, futuro conde de Linhares, ya el 26 de mayo de 1806. “”Después de que termine mi tiempo en Coimbra, voy a ponerme a los pies de Su Alteza Real (el príncipe regente don Juan) para que me deje ir a acabar el resto de mis cansados días en los campos de Brasil cultivando lo que es mío”. En 1819, la autorización fue finalmente concedida.

     Al regresar a Brasil tenía 56 años, edad relativamente avanzada para la época. Hasta allí, tuvo una vida memorable. Había partido para Europa en 1783, con apenas veinte años. En la Universidad de Coimbra estudió derecho, filosofía y matemáticas. Alumno brillante, ganó una beca para estudiar química y mineralogía en otros países europeos. Estuvo en Alemania, Bélgica, Italia, Austria, Hungría, Suecia y Dinamarca. En París, primera escala de su viaje, fue testigo en 1790 y 1791 del furor de la Revolución Francesa. Algunos años más tarde estaría en las trincheras de Portugal, luchando contra las tropas invasoras del emperador Napoleón Bonaparte, mientras la corte de don Juan huía a Brasil. Por eso, en 1819, el hombre que habría de pasar a la posteridad como “el patriarca de la independencia” ya creía haber cumplido su destino. Sólo quería que le dejasen pasar el resto de su vida como un modesto agricultor en Santos.

     Lo que José Bonifacio no imaginaba era que su gran papel en la historia todavía estaba por acontecer. A él le cabría ser el principal consejero del príncipe regente y futuro emperador don Pedro I en un momento crucial para la construcción de Brasil. Bonifacio estuvo al frente del gobierno de don Pedro durante unos escasos dieciocho meses, de enero de 1822 a julio de 1823, pero ningún otro hombre público brasileño hizo tanto en tan poco tiempo. Sin él, Brasil hoy probablemente no existiría. En la Independencia, Bonifacio era “un hombre que tiene un proyecto de nación”, en definición del historiador y periodista Jorge Caldeira. Creía que la única manera de impedir la fragmentación del territorio brasileño tras la separación de Portugal sería equipararlo con un “centro de fuerza y unidad” bajo un régimen de monarquía constitucional y el liderato del emperador Pedro I. Fue esa la fórmula de Brasil que triunfó en 1822.

     Hasta aquel momento faltaba un eslabón que uniese los diversos grupos de interés en la sociedad brasileña, compuesta de comerciantes, traficantes de esclavos, hacendados, empresarios, extractores de oro y diamantes, clérigos, magistrados, abogados, profesores y funcionarios públicos. Antes de su llegada al gobierno, el príncipe oscilaba entre la presión de las tropas portuguesas en Rio de Janeiro, portavoces de las cortes de Lisboa, y los grupos más radicales de la masonería, que veían en él un mero instrumento para de hecho llegar a la república. Otro foco de influencia eran los amigos bohemios y oportunistas a los que se ligó en su juventud, como es el caso del barbero Plácido de Abreu y del alcahuete Francisco Gomes da Silva, el Chalaza. Le correspondió al Patriarca la tarea de apartarlo, aunque temporalmente, de esas influencias nocivas y realizar la soldadura entre los diferentes materiales ideológicos en vísperas de la Independencia. “El lazo entre tales intereses y el príncipe fue obra de José Bonifacio”, escribió Raymundo Faoro en su obra clásica Los dueños del poder.

     Nacido en 1763, Bonifacio era cuatro años mayor que el rey de Portugal, don Juan VI, y tenía edad para ser padre de don Pedro. Cuando el príncipe nació, en 1798, ya era uno de los científicos más respetados y admirados de Europa. Entre otras realizaciones, publicó tratados para mejorar la pesca de la ballena, la plantación de bosques y la recuperación de minas agotadas en Portugal. Como mineralogista, su especialidad, describiría doce nuevos tipos de minerales. Uno de ellos, la petalita, sería usada en 2008 para hacer los hornos microondas más eficientes y económicos. En homenaje al brasileño, en 1868 el científico norteamericano James Dwight Dana bautizaría el descubrimiento de una roca con el nombre de andradita.

     A pesar de la diferencia en el saber, en la experiencia y en la edad, Bonifacio y don Pedro se complementaban en la forma inquieta de vivir. El Patriarca pasó a la historia como un hombre sesudo y austero. Es una imagen equivocada. Bohemio y de vaso lleno, solía terminar las madrugadas bailando lundu – ritmo musical típico del Brasil colonial – encima de una mesa. Recogía su cabello en una cola de caballo en la nuca. En las ceremonias y ocasiones importantes escondía la coleta bajo el cuello de la chaqueta. Era poeta y buen narrador de historias. Como don Pedro, amaba a las mujeres y tuvo innumerables amantes que le dieron dos hijas bastardas. Manejaba bien la espada y se rumoreaba que había matado a cuatro hombres en duelo. Al encontrarlo en Rio de Janeiro, la viajera inglesa Maria Graham quedó inmediatamente seducida. “Era un hombre pequeño, de rostro delgado y pálido; […] sus formas y su conversación impresionaban pronto al interlocutor”, anotó en su diario. “Lo encontré rodeado de chicos y niños, algunos de los cuales él ponía en sus rodillas y acariciaba; se veía fácilmente que era muy popular entre la gente menuda”.

     Reacción semejante tuvo el barón Guilherme Luís von Eschwege, mineralogista alemán, al conocerlo años antes en las minas de Figueiró dos Vinhos, en Portugal. “Bajo y delgado, con un rostro pequeño y redondo, en el que se destacaba la nariz curva y con algo de aristocrático, ojos negros, menudos, pero muy brillantes, cabello negro, fino y liso, recogido en una trenza escondida en el cuello de la chaqueta”, registró. En el tercer botón de la chaqueta marrón, “bastante raída”, exhibía la condecoración de la Orden de Cristo, que recibió por relevantes servicios prestados a Portugal. En el bolsillo derecho, una especie de corneta con cinta roja, emblema de la magistratura. En la cabeza, un sombrero redondo con el distintivo de los colores portugueses. La casa en que vivía era simple y rústica, equipada con una modesta mesa de pino, bancos de piedra y sillas con asiento y respaldo de paja. La cocinera, “bigotuda y sin dientes”, según Eschwege, usaba zuecos sin calcetines. Bonifacio le pareció vanidoso y arrogante. Cuando alguien le elogiaba alguna obra en el departamento que dirigía, respondía sin titubear: “Fui yo quien lo hizo”. Si el tono era de crítica, sin embargo, replicaba: “Es obra del burro e imbécil gestor que no cumplió mis órdenes”.

     Ese estilo imperturbable de vivir fascinó de inmediato al joven don Pedro cuando lo encontró a comienzos de 1822. “No tengo que recomendarle actividad por conocer que en ella me es igual”, escribió el príncipe al ministro, en una carta despachada desde São João del-Rei el 3 de abril de 1822. Finalizaba diciendo: “Dios le dé años bastantes de vida para que de común acuerdo conmigo acabemos la gran obra comenzada y que con su cooperación espero acabar”. La gran obra era, obviamente, la Independencia de Brasil – y en ella don Pedro elegía a Bonifacio como su más próximo colaborador.

     En Rio de Janeiro, el príncipe lo visitaba diariamente, sin solicitar audiencia. Cuando tenía algún asunto para discutir, montaba su caballo y se dirigía a casa del ministro, situada en el centro de la ciudad. Ni siquiera se tomaba la molestia de avisar que estaba llegando. El diplomático francés Jean-Baptiste Maler cuenta que pasaba por la puerta de la casa de Bonifacio cuando oyó a alguien preguntar si la persona que acababa de entrar era don Pedro. “Sí, es el príncipe, ayudante de órdenes de José Bonifacio”, fue la respuesta que Maler oyó, en tono irónico.

     En São Paulo, los Andrada formaban la élite de una provincia orgullosa que, a pesar del aislamiento, acompañaba con interés las grandes transformaciones en Europa y Estados Unidos. Responsables de las colonizaciones y expediciones que en los siglos anteriores habían civilizado los campos y expandido las fronteras de Brasil, los paulistas de comienzos del siglo XIX estaban lejos de ser todos catetos o pueblerinos. Al viajar por la región en vísperas de la Independencia, el botánico francés Auguste de Saint-Hilaire los definió como “hombres altivos, intrépidos, habituados a una vida áspera de luchas, fatigas y privaciones”.

     El Patriarca era el segundo hijo de Bonifacio José Ribeiro de Andrada y Maria Bárbara da Silva, próspera familia de comerciantes que en el siglo XVIII se había enriquecido con el trueque de oro por esclavos, herramientas y otras mercancías. Su abuelo, el comerciante portugués coronel José Ribeiro de Andrada, había llegado a Brasil en la gran oleada migratoria desencadenada por el descubrimiento de minerales y piedras preciosas en Minas Gerais. La riqueza acumulada en ese periodo había permitido a la familia enviar a cuatro de sus diez hijos a estudiar a Coimbra, el centro formador de la élite colonial brasileña. De ellos, además de José Bonifacio, otros dos tendrían un papel de importancia en la Independencia de Brasil. El abogado Antônio Carlos, recién salido de prisión por implicación en la revolución pernambucana de 1817, sería diputado en las cortes de Lisboa y en la Asamblea Constituyente de 1822 y ministro en el Segundo Reinado. El mineralogista Martim Francisco ocuparía el cargo de ministro de Hacienda en el primer gobierno de don Pedro, encabezado por su hermano mayor José Bonifacio. Juntos, los tres saldrían para el exilio en Europa después de la disolución de la Constituyente, en 1823. Y de allá sólo Bonifacio volvería seis años después para asumir, en 1831, la función de tutor de los hijos de don Pedro I.

     Los Andrada eran “insolentes y orgullosos”, según el historiador Octávio Tarquínio de Sousa. A comienzos del siglo XIX, se enfrentaron varias veces al gobernador de São Paulo, Antônio José da Franca e Horta, un hombre autoritario nombrado por la corona portuguesa que se jactaba de no depender o merecer la atención de la “liga del pueblo”. En uno de los enfrentamientos, hicieron una queja formal al príncipe regente don Juan. En el documento, firmado por toda la familia y encabezado por la madre, Maria Bárbara, los Andrada recordaban que São Paulo era “una capitanía […] a la que Portugal debe el descubrimiento y colonización de casi todo el interior de Brasil”. Años más tarde, en una de las sesiones de las cortes de Lisboa, Antônio Carlos gritó al percibir que los demás diputados no prestaban atención a su discurso: “¡Silencio!¡Aquí desde esta tribuna hasta los reyes han de oírme!”.

     En el Brasil de 1822, José Bonifacio desempeñó un papel equivalente al de Thomas Jefferson en la Independencia de los Estados Unidos. Con tres diferencias, todas a favor del brasileño. Jefferson, que también vivó en París en la época de la Revolución Francesa, se dejó seducir por el ardor revolucionario y, durante algún tiempo, creyó sinceramente que el régimen de terror y los miles de ejecuciones en la guillotina eran aceptables en nombre del avance de las nuevas ideas políticas. “El árbol de la libertad necesita ser regado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos”, afirmó al justificar los excesos de los revolucionarios franceses. “Es su forma natural de crecer”. Bonifacio, al contrario, tuvo miedo y aprendió mucho con lo que vio en las calles de París. Se dio cuenta de que la energía de las masas, sin control y no canalizada en instituciones como el parlamento, podía ser tan nociva como la tiranía de un soberano absoluto, o incluso más. Por eso, se esforzó para impedir que el proceso de independencia escapase del control de las instituciones monárquicas y desaguase en república, régimen para el cual creía que Brasil aún no estaba preparado en virtud de la enorme proporción de esclavos, analfabetos y miserables que componían la sociedad brasileña. La segunda diferencia es que Jefferson no tenía ningún sentido del humor. Era un hacendado aburrido y aferrado al protocolo. Bonifacio, al contrario, era afable, divertido y adoraba contar chistes.

     La tercera y principal diferencia estaba relacionada con la esclavitud. El año en que escribió la declaración de independencia norteamericana – por la cual “todos los hombres nacen iguales” y con derechos que incluían la libertad -, Jefferson era dueño de 150 esclavos y tenía entre sus principales actividades el tráfico negrero. Como buen representante de la aristocracia rural del estado de Virginia, se batió hasta el final de su vida contra cualquier propuesta de abolición del esclavismo. A su entender, por tanto, todos los hombres nacían libres y con derechos, siempre que fuesen blancos. Bonifacio, al contrario, nunca tuvo esclavos y era un abolicionista convencido. “Es tiempo pues, y más que tiempo, de que acabemos con un tráfico tan bárbaro y carnicero”, afirmó respecto de la compra y venta de cautivos africanos. “Es tiempo también de que vayamos acabando gradualmente hasta con los últimos vestigios de esclavitud entre nosotros, para que vengamos a formar en pocas generaciones una nación homogénea, sin la que nunca seremos verdaderamente libres, responsables y felices”.

     Curiosamente, a pesar de la diferencia de opiniones sobre la esclavitud, los dos estadistas tenían un apetito sexual que excedía las fronteras raciales. Jefferson tuvo innumerables hijos con una de sus esclavas, Sally Hemings. Nunca los reconoció. La paternidad sólo fue comprobada en 1998 en pruebas genéticas a los descendientes de Sally, trabajo que hasta hoy el linaje blanco de la familia Jefferson intenta desacreditar. Bonifacio también tuvo amantes negras y mulatas, aunque sólo existan noticias de dos hijas ilegítimas con mujeres blancas – una nacida en París y otra en Portugal. Su visión respecto de la diversidad racial brasileña era generosa y optimista. “Nosotros no conocemos diferencias ni distinciones en la familia”, anotó. Creía que el mestizaje racial brasileño era una virtud de la que el país podría beneficiarse en el futuro. “El mulato debe ser la raza más activa y emprendedora, pues reúne la vivacidad impetuosa y la robustez del negro con la movilidad y la sensibilidad del europeo”, escribió, anticipando parte de las ideas que en el siglo XX darían fama al sociólogo pernambucano Gilberto Freyre, autor de Casa-grande et senzala.

     En un país de analfabetos, rural y atrasado, José Bonifacio era más viajado, cosmopolita y bien preparado que cualquier estadista o intelectual portugués o brasileño de su tiempo. Era un hombre avanzado en las ideas y en los planes para Brasil. “Él estaba frente a todos, era un vanguardista de su época, en medio de aquellos fantasmas y fósiles que lo circundaban”, observó el historiador José Honorio Rodrigues. En 1819, al obtener la autorización del rey para volver a Santos con su mujer, la irlandesa Narcisa Emilia O’Leary, y tres hijas – de las cuales una ilegítima -, traía una biblioteca particular con 6 mil volúmenes y una gran colección de minerales. Después de pasar 36 años en Europa, quedó impactado al observar que la ignorancia y la explotación de mano de obra esclava resistían entre sus aristócratas con el mismo vigor de la época en que partió. “En Brasil hay un lujo grosero a la par que infinitas privaciones de cosas necesarias”, registró al llegar.

     Un resumen de las ideas de Bonifacio puede ser observado en las instrucciones que escribió para la bancada paulista en las cortes de Lisboa, en 1821. Las “Memorias y Apuntes del Gobierno Provisional para los Señores Diputados de la Provincia de São Paulo”, título del documento, son un conjunto notable de propuestas innovadoras, que todavía hoy tendrían sentido en Brasil. Además de la preocupación por la unidad brasileña, Bonifacio defendía la catequización de los “indios bravos”, la transformación de los esclavos en “ciudadanos activos y virtuosos” y una reforma agraria que sustituyese el latifundio improductivo por la pequeña propiedad familiar. El plan incluía educación básica gratuita para todos y la creación de “por lo menos una universidad” para la enseñanza superior de medicina, filosofía, derecho y economía. Más sorprendente todavía era la propuesta de transferir la capital, de Rio de Janeiro a una ciudad a ser creada en las cabeceras del río São Francisco, en la región próxima a la sierra de Canastra, en el centro-oeste de Minas Gerais, con el objetivo de promover y facilitar la integración nacional – proyecto que sería ejecutado en otra región del centro-oeste brasileño un siglo y medio después por Juscelino Kubitschek, responsable de la construcción de Brasilia.

     La cuestión fundamental, no obstante, era la esclavitud. Y, como se verá en los capítulos siguientes, ella habría de sellar el destino de Bonifacio al frente del gobierno de don Pedro porque agitaba el pedestal sobre el que se asentaban todas las relaciones sociales de Brasil hasta entonces. Hacía trescientos años que el tráfico de esclavos funcionaba como motor de la economía colonial, abasteciendo de mano de obra barata para los trabajos de caña de azúcar, algodón y tabaco, las minas de oro y diamantes y otras actividades. José Bonifacio, sin embargo, creía que Brasil estaba condenado a continuar en el atraso mientras no resolviese de forma satisfactoria la herencia esclavista. No bastaba liberar a los esclavos. Era preciso incorporarlos a la sociedad como ciudadanos de pleno derecho. El régimen de esclavitud, decía él, corrompía todo e impedía que la sociedad evolucionase. El resultado era la degradación de las costumbres públicas y privadas, el lujo y la corrupción en lugar de la civilización y la industria, el atraso en la agricultura, el desperdicio de dinero en la compra de negros para sustituir a los que morían o caían enfermos.

     “¿Cómo podrá haber una constitución liberal y duradera en un país continuamente habitado por una multitud inmensa de esclavos brutos y enemigos?”, preguntaba en el proyecto que presentó en la Constituyente de 1823. “Dirán tal vez que […] la libertad de los esclavos será atacar la propiedad. No os engañéis, señores, la propiedad fue aprobada para el bien de todos. […] Si la ley defiende la propiedad, mucho más debe defender la libertad personal de los hombres, que no pueden ser propiedad de nadie”. Al incluir esas ideas en el documento, Bonifacio introducía un concepto totalmente nuevo en las leyes brasileñas, el de justicia social, que se convertiría en paradigma de los debates nacionales a partir del siglo XX. La ley no debía existir sólo para preservar el orden reinante, proteger la propiedad, regular las relaciones sociales y garantizar los privilegios establecidos. Tenía otra función, transformadora, que era servir de instrumento en una distribución más justa de derechos y oportunidades de manera que compensara el desequilibrio de fuerzas entre los grupos más fuertes y menos favorecidos de la sociedad. “Los negros son hombres como nosotros”, afirmaba.

     La oportunidad de poner todas esas ideas en práctica surgió a finales de 1821, cuando llegó a Santos la noticia sobre los decretos de las cortes que dividían Brasil y ordenaban el embarque de don Pedro para Portugal. Enfermo, atacado por una erisipela, Bonifacio fue buscado una noche lluviosa en su casa del barrio de Santana por Pedro Dias de Macedo Paes Leme, emisario de Rio de Janeiro, que le relató el clima de revuelta contra los portugueses en la capital. El día 24 de diciembre, la Junta Provisional de la Provincia de São Paulo lanzó un manifiesto dirigido a don Pedro. El tono del documento, redactado por Bonifacio, vicepresidente de la Junta, era furioso. Alertaba del “río de sangre que seguro va a correr por Brasil”, en caso de que el príncipe se plegase a las exigencias de la corte y volviese a Portugal:

Su alteza Real […] además de perder para el mundo la dignidad de hombre y de príncipe, volviéndose esclavo de un pequeño número de desorganizadores, tendrá también que responder ante el cielo del río de sangre que seguro va a correr por Brasil con su ausencia, pues sus pueblos, cuales tigres rabiosos, con certeza despertarán del sueño amodorrado en que el viejo despotismo los había sepultado, en que la astucia de un nuevo maquiavelismo constitucional los pretende ahora conservar. Nosotros le rogamos […] que confíe valientemente en el amor y fidelidad de sus brasileños, mayormente de sus paulistas, que están todos preparados para verter la última gota de su sangre, para sacrificar todas sus pertenencias para no perder a un príncipe idolatrado, en quien tienen puestas todas las esperanzas bien fundadas de su felicidad y de su honor nacional.

     José Bonifacio llegó a Rio de Janeiro acompañado de los diputados de São Paulo el día 18 de enero de 1822, una semana después del Día de la Permanencia ya nombrado ministro en ausencia. Angustiada por los acontecimientos de la semana anterior, la princesa Leopoldina fue a encontrarlo a caballo a medio camino entre la Hacienda de Santa Cruz y el puerto de Sepetiba, donde la comitiva desembarcó. Ella sabía que el impulsivo, aunque inexperto, marido necesitaba apoyo y orientación en aquel momento difícil. Al presentar a Bonifacio sus hijos pequeños dijo: “Estos dos brasileños son vuestros patricios y yo pido que tengáis por ellos un amor paternal”.

     El historiador Octávio Tarquínio de Sousa cuenta que don Pedro estaba tan ansioso como Leopoldina por encontrarse con los paulistas. Por eso, los recibió entre las nueve y las diez de la noche, sin que tuvieran tiempo de cambiarse las ropas con las que viajaban. Todos fueron introducidos en palacio por una puerta privada, y allí mismo el príncipe comunicó el nombramiento de Bonifacio. Recibió un sonoro “no” por respuesta. El paulista hizo saber que se disponía a ayudar al príncipe en todo lo que necesitase, menos como ministro. Después de algunos instantes en punto muerto, dio marcha atrás y anunció que aceptaría mediando algunas condiciones. Don Pedro preguntó cuáles eran. Bonifacio pidió una conversación a solas, “de hombre a hombre”. Nunca se supo el contenido del diálogo que siguió entre los dos, pero Bonifacio salió de allí ministro, como quería don Pedro.

     ¿Cuál había sido la condición por él impuesta al príncipe para aceptar el cargo? Tarquínio cree que sería la promesa formal de don Pedro de que no saldría de Brasil en hipótesis alguna. Era esa la base fundamental del proyecto de gobierno de Bonifacio: la Independencia con Brasil unido en torno al príncipe heredero de Portugal. “Aceptaba el puesto de ministro, en pleno proceso revolucionario, para canalizar la solución que le parecía más conveniente: la independencia con la monarquía constitucional, las libertades individuales garantizadas por una autoridad estable y desinteresada”, analizó Tarquínio. En realidad, quería más que eso: una profunda reforma en la estructura social y económica del país, con la extinción del tráfico negrero y la gradual abolición de la esclavitud, la reforma agraria y educación para todos. Sólo la primera parte funcionó, pero bastó para transformarlo en el Patriarca, el personaje más importante de la Independencia de Brasil al lado del propio don Pedro.

     Preso y deportado a Francia después de la disolución de la primera Constituyente brasileña, en noviembre de 1823, José Bonifacio se convertiría en áspero crítico de don Pedro. En el exilio brotaría también uno más de sus muchos y sorprendentes talentos, la poesía. Sus composiciones, publicadas más tarde en el libro El poeta desterrado bajo el seudónimo de Américo Elísio, muestran una obra de calidad bastante razonable, por encima de la media de los brasileños de la época, y muy superior a don Pedro, un poeta mediocre. La viajera inglesa Maria Graham quedó encantada al recibir de Bonifacio uno de esos poemas, que ella definió como “brillante como el sol bajo el que fue escrito, y tan puro como su luz”. Titulado “La creación de la mujer”, es una oda a Eva, compañera de Adán en el Jardín del Edén, y termina con los siguientes versos:

Al verla el hombre / ¡se maravilla, se estremece!

Quiere abrazarla, / ¡corre, enloquece!

Ella responde / soy tu esposa:

Deja la tristeza, / ámame, y goza

     Bonifacio volvió del exilio seis años más tarde para reencontrar a un don Pedro madurado por los difíciles embates políticos a que se enfrentó desde su partida. En una decisión sorprendente, el emperador olvidaría las penas del pasado al nombrarlo responsable de la educación de sus hijos – entre ellos el futuro don Pedro II – antes de abdicar al trono brasileño y también partir para Europa, en 1831. El texto del decreto comprueba el respeto que había entre los dos principales artífices de la Independencia brasileña: “Nombro tutor de mis amados hijos al muy probo, honrado y patriótico ciudadano, mi auténtico amigo José Bonifacio de Andrada e Silva”, escribió don Pedro.

     El nuevo puesto, no obstante, recolocó al antiguo ministro en la diana de sus adversarios políticos. Apartado de la tutoría de don Pedro II en 1833, fue preso por “conspiración y perturbación del orden público”. Lo acusaban de liderar un complot para traer a don Pedro I de vuelta a Brasil. Al anunciar la dimisión de Bonifacio, Aureliano de Souza e Oliveira Coutinho, uno de los ministros responsables de la decisión, escribió a doña Mariana de Verna, camarera mayor de palacio y aliada suya: “Felicidades, mi señora, costó, pero dimos con el coloso en tierra”. Juzgado en rebeldía y absuelto después de dos años, Bonifacio murió a las tres de la tarde del 6 de abril de 1838, en Niterói, cerca de la isla de Paquetá, en la bahía de Guanabara, donde se recogió en exilio voluntario y decepcionado con los rumbos de la política brasileña. Sus restos mortales están hoy depositados en el Panteón de los Andradas, monumento erguido en memoria a la familia del Patriarca en la ciudad de Santos.

Laurentino Gomes

VIII. 1822: La princesa triste.

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8. Leopoldina

MARIA LEOPOLDINA JOSEFA CAROLINA DE HABSBURGO, primera emperatriz brasileña, tenía todo lo que su marido, don Pedro I, valoraba en una mujer, menos lo fundamental: belleza y sensualidad.  “Una rubia feota”, así la definió el historiador Alberto Rangel. “Insignificante, rubia, sin garbo”, la castigó Rocha Martins. “Lo que le sobraba en dotes morales la faltaba en sex appeal“, añadió Octávio Tarquínio de Sousa, biógrafo de don Pedro. Mujer buena casada con el hombre equivocado, Leopoldina reunía un conjunto notable de virtudes en el campo del saber, de la educación, de las buenas maneras y de la sensatez en la forma de actuar. Había nacido en la cuna más dorada de la época: la corte de Austria, una de las más ilustres y educadas de Europa. Heredero del antiguo Sacro Imperio Romano Germánico, su padre, el emperador Francisco I, ocupaba un trono que durante los 350 años anteriores perteneció al mismo linaje, el de los Habsburgo.

     La intelectual y virtuosa Leopoldina era, no obstante, regordeta y descuidada con la ropa y el cuerpo. Prefería coleccionar minerales, mariposas, plantas y animales silvestres a participar de las fiestas y saraos que tanto fascinaban a su marido. Tenía veinte años cuando llegó a Brasil, casada por poderes con el heredero de la corona portuguesa, un año y nueve meses más joven que ella. Al desembarcar en Rio de Janeiro, el 5 de noviembre de 1817, estaba llena de ilusiones respecto del país en que iba a vivir y del hombre con el que compartiría el mismo lecho. Tuvo un papel fundamental en la Independencia, pero enseguida se fue decepcionando con todo y con todos. En nueve años quedó embarazada nueve veces, a una media de embarazo por año, sufrió dos abortos y dio a luz a siete hijos. Murió joven, con menos de treinta años, triste y abandonada por su marido. Al final de su vida, pasó necesidades y se hundió en deudas distribuyendo limosnas a los pobres de Rio de Janeiro. Hoy es venerada con cariño por las capas más humildes de la población brasileña que, entre otros homenajes, asocian su nombre a una estación de la ferrovía Central de Brasil y a escuelas de samba como la Imperatriz Leopoldinense, en Rio de Janeiro, y la Imperatriz Dona Leopoldina, en Porto Alegre.

     Leopoldina era la quinta heredera de una familia de doce hermanos. Creció ensombrecida por las guerras que habrían de rediseñar el mapa político de Europa después de la Revolución Francesa. En 1797, año de su nacimiento, Napoleón Bonaparte obtuvo las primeras victorias contra su padre en la región norte de Italia. Cuatro años antes, su tía abuela, la reina de Francia Maria Antonieta, había sido decapitada en la guillotina en París. Las décadas siguientes serían de pérdidas y sufrimientos, a medida que el otrora vasto territorio de la dinastía austríaca era conquistado y quebrantado por las armas francesas. En más de una ocasión su familia tuvo que huir apresuradamente ante la aproximación del enemigo.

     La suprema humillación vendría en 1810, año en que su hermana mayor, Maria Luisa, se vio obligada a casarse con el odiado emperador francés a cambio de la promesa de una paz que se revelaría efímera. Con la connivencia de la Iglesia, Napoleón decidió anular su primer matrimonio, con la emperatriz Josefina, bajo la justificación de que ella no la daba un heredero. Leopoldina vio la partida de su hermana para Francia como la inmolación de una víctima inocente en el altar de los intereses de la política. En nombre de los mismos intereses, siete años más tarde sería su turno de partir para América.

     En la corte de Viena, las princesas eran preparadas de forma metódica para servir al Estado, lo que significaba concebir y parir la prole más numerosa y saludable posible para sus futuros maridos príncipes, reyes y emperadores. En esta misión, el amor y la felicidad en el matrimonio eran cosas accesorias con las que nunca deberían contar. “Una princesa nunca puede actuar como quiere”, escribió Leopoldina en 1816 a su hermana Maria Luisa, a esas alturas ya separada de Napoleón también por imposición política. “Nosotras, pobres princesas, somos como dados que se tiran y cuya suerte o azar depende del resultado”, repetiría en otra carta diez años después.

     A la espera de la suerte que le tocaría en ese juego, Leopoldina se sumergió pronto en la rigurosa rutina de estudios y clases de etiqueta. De niña, su día estaba dividido entre oraciones, clases con profesores particulares, comidas formales, trabajos en el jardín, paseos, ejercicios de lectura y memorización, encuentros con miembros de la familia, idas al teatro de vez en cuando, visitas a exposiciones y museos, participación en eventos benéficos y también recepción de visitantes extranjeros. Era una educación que premiaba el rigor del protocolo, desestimaba los excesos y procuraba anular cualquier deseo que no cuadrase con los objetivos oficiales.

     El resultado puede medirse en el manual de conducta que escribió para sí misma en 1817, año de su boda con don Pedro. Titulado “Mis conclusiones”, el texto en francés contiene las siguientes instrucciones:

  • Me vestiré con toda la modestia posible; 
  • Mi corazón estará eternamente cerrado al espíritu perverso del mundo;
  • Lejos de mí los gastos inútiles, el lujo nocivo, los adornos indecentes, las mundanerías y las vestimentas escandalosas;
  • Dios me libre de estar a solas con un hombre, por más sabio que parezca, en un lugar solitario.

     Su boda con don Pedro, como mandaba la tradición, envolvía altos intereses del delicado juego de ajedrez que se estableció entre las monarquías europeas tras la caída de Napoleón, en 1815. Exiliado en los trópicos desde 1808, don Juan VI necesitaba estrechar lazos entre la corona portuguesa y los Habsburgo austríacos como forma de contraponerse a la excesiva influencia de Inglaterra en sus dominios. Austria, a su vez, también quería sacar a Portugal de la órbita inglesa, pero tenía especial interés en fortalecer el régimen de monarquías en América, un continente asolado por las revoluciones republicanas. Pieza estratégica en este juego, Leopoldina aceptó sin cuestionar su destino porque así fue educada desde su nacimiento.

     Le cupo al marqués de Marialva, embajador portugués en París, pedir la mano de la princesa y firmar los papeles en nombre de don Pedro. Interesado en mostrar que la corte de Rio de Janeiro no era tan frágil como se imaginaba en Europa, Marialva protagonizó en Viena un espectáculo grandioso. La descripción es del historiador paranaense Jurandir Malerba:

El 17 de febrero de 1817, Marialva entraba en Viena con un cortejo formado por 41 carrozas tiradas por seis caballos, acompañadas por criados a ambos lados vestidos con ricas libreas. El séquito del ministro se componía de 77 personas entre pajes, criados y oficiales, a pie y montados. Seguían los coches de la casa imperial, flanqueados por sus lacayos y detrás asistidos por los hombres del servicio. Cerraban el cortejo las carrozas de los embajadores de Inglaterra, Francia y España. […] El 1 de junio en la capital austríaca, mandó construir asombrosos salones en los jardines del Augarten de Viena, donde se realizó un baile para 2 mil personas entre ellas la familia imperial austríaca, todo el cuerpo diplomático y toda la nobleza. Habiendo iniciado el baile a las ocho, a las once se sirvió una ceremoniosa cena, en la que, se cuenta, el emperador y su familia fueron servidos en una mesa de cuarenta cubiertos, siendo la vajilla de oro; los demás, en vajilla de plata. Costo: 1 millón de florines o 1,5 millones de francos.

     Es una cifra formidable. En la época, un par de zapatos costaba en Viena cinco florines. O sea, con 1 millón de florines, el dinero gastado por el marqués de Marialva, se podía calzar a toda la población de Americana, en el interior de São Paulo, o de la bella e histórica ciudad de Oporto, situada en la desembocadura del río Duero, en Portugal. Son ambos centros urbanos con cerca de 200 mil habitantes actualmente.

     Ya casada en los papeles, Leopoldina salió de Viena el 3 de junio de 1817 y llegó a Rio de Janeiro cinco meses después, en un viaje de 8 mil kilómetros con escalas en Livorno, en Italia, Lisboa, y Funchal, en la isla de Madeira. Su equipaje se componía de 42 cajas de la altura de un hombre conteniendo, además del ajuar, una biblioteca, sus colecciones de ciencias naturales, los regalos de boda y un detalle macabro: tres ataúdes ricamente ornamentados, para la eventualidad de llegar a morir durante el viaje. Sólo el equipaje ocupaba casi un barco entero, pero su séquito incluía la camarera mayor, Ana Maria, condesa Von Kuenburg, un camarero mayor, seis damas de compañía, cuatro pajes, seis nobles húngaros, seis guardias austríacos, seis chambelanes, un limosnero mayor, un capellán, además de la mayor expedición científica que hasta entonces visitara Brasil.

8. Desembarco de Leopoldina

Desembarco de Leopoldina

     Compuesta de naturalistas, dibujantes y pintores, la misión traía, entre otros, al médico y mineralogista Johann Baptist Emanuel Pohl, al paisajista Thomas Ender y a los botánicos  Johann Baptist von Spix y Karl Friedrich Philipp von Martius. Este grupo volvería a Europa con cargas exóticas de insectos y pájaros disecados, animales vivos, muestras de rocas y plantas, además de un grupo de indios botocudos, exhibido como curiosidad antropológica a los refinados cortesanos austríacos. Los indios tuvieron una vida corta y trágica en Europa, según el historiador y periodista Patrick Wilken. Thomas Ender produjo más de setecientas acuarelas de paisajes y tipos humanos, buena parte de ellas expuesta hoy en la Academia de Bellas Artes de Viena.

     Antes de viajar al encuentro del marido, Leopoldina leyó todo lo le llegó a las manos sobre Brasil. Se encantó con la posibilidad de estudiar las famosas rocas brasileñas, fuente de la riqueza mineral que sustentaba la prosperidad de la metrópoli portuguesa. En una carta a su tía Luisa Amelia, Gran Duquesa de la Toscana, confesó: “El viaje no me da miedo. Incluso creo que es predestinación, pues siempre tuve atracción por América y, hasta de niña, decía que quería ir allí”. La mineralogía era, de lejos, su asunto preferido. Ya en 1810, con trece años, escribía a su hermana mayor, Maria Luisa, diciendo que podría pasar todo el día en el Gabinete de Mineralogía de Viena sin comer.

     Por las cartas, se observa que el Brasil de los sueños de la joven princesa austríaca se parecía más a un parque temático de las películas de Steven Spielberg que a la tierra ruda, salvaje, de bichos venenosos, nubes de mosquitos y Sol inclemente en que viviría sus posteriores nueve años siguientes. El encantamiento persistió algún tiempo después de su llegada a Rio de Janeiro, como muestra en esta carta a su familia:

Brasil es un verdadero paraíso, hay una incontable cantidad de plantas, arbustos y árboles, principalmente especies de palmeras que nunca había visto ni en invernaderos; estoy coleccionando pájaros. […] Aquí se ven centenas de colibrís, papagayos, grandes ararás […] y urubús reales volando. […] Ayer subí a pie una montaña muy alta donde existen las mayores y más famosas mariposas; no capturé ninguna porque eran del tamaño de un pájaro y mi red, muy pequeña.

     En ese idílico lugar de llegada, su marido aún se presentaba como un príncipe encantado y no el hombre duro, autoritario e infiel con el que se enfrentaría más tarde. “Hace dos días que estoy junto a mi esposo, que no es sólo guapo, sino también bueno y comprensivo; […] estoy muy feliz”, contó a su hermana el 8 de noviembre de 1817. “Mi muy querido esposo no me dejó dormir”, reveló a su padre el mismo día, insinuando que las noches de la pareja eran bastante animadas. Al desembarcar, había besado los pies de su suegro, don Juan VI, y de su suegra, Carlota Joaquina. Don Pedro fue a recibirla a bordo. Juntos recorrieron a pie las calles del centro de la ciudad engalanadas con pétalos de rosas y arcos triunfales, en medio de salvas de cañón y los aplausos de la multitud. “Todos son ángeles de bondad”, afirmó en la misma carta a su padre, refiriéndose a la familia real portuguesa. “Especialmente mi querido Pedro, que además de todo es muy culto”.

     Era todo un terrible engaño. En la familia real portuguesa no había ángeles de bondad ni personas cultas. La corte de don Juan era conservadora, beata, lúgubre y repleta de intrigas estimuladas por el matrimonio de conveniencia entre el rey y la reina. Hacía más de una década, desde 1804, que don Juan y Carlota Joaquina no vivían juntos. Al llegar a Rio de Janeiro, en 1808, ella se fue a vivir con sus hijas a una finca en Botafogo. Él prefirió la Quinta da Boa Vista, que consiguió del traficante de esclavos Elias Antônio Lopes. Las vísperas de la Independencia, portugueses y brasileños se desafiaban en una red de conspiraciones y maledicencias que volvían el aire en la corte irrespirable.

     Rápidamente la dura realidad de los trópicos se impondría a los sueños de la princesa. Rio de Janeiro era insalubre, repleto de enfermedades propagadas por la miríada de insectos que infestaban los pantanos y albañales sin tratamiento. Por falta de letrinas, la basura y los desechos de las casas eran arrojados a la calle o evacuados en las playas. En los alrededores del palacio de la Quinta da Boa Vista no existían árboles ni calzadas, lo que resultaba en un gran barrizal en la estación lluviosa. “Había un enorme estercolero junto al palacio, que producía un hedor bestial sólo disipado en la época de los torrentes que todo lo llevaban al mar”, relató un extranjero. De esa alcantarilla a cielo abierto provenían nubes de mosquitos que flagelaban la corte en las noches de verano. “La América portuguesa sería un paraíso terrenal si no hubiera un calor insoportable de 88 grados [Fahrenheit] y muchos mosquitos”, afirmó Leopoldina en una carta del 24 de enero de 1818, admitiendo por primera vez que el paraíso no era todo lo completo que imaginara.

     Después del desembarco tuvo también su primer susto, al descubrir que su marido era epiléptico. Nadie le habló sobre esto en Viena. “Mi esposo estuvo un día muy enfermo de los nervios y me dio un miedo horrible, pues pasó de noche y yo era su único socorro”, escribió a su padre el 27 de diciembre de 1817. Otra sorpresa estaba relacionada con el difícil genio del príncipe, dado a explosiones de mal humor que asustaban a la princesa. “El carácter de mi marido es extremadamente exaltado”, se quejó en 1821. “Todo lo que levemente denote libertad le es odioso. Así sólo puedo continuar observando y permanecer llorando en silencio”.

     A pesar de todo, el matrimonio fue relativamente feliz los primeros tres años. La pareja acostumbraba a pasear a caballo por la floresta de Tijuca, cazar mariposas y observar la naturaleza. A veces, Leopoldina acompañaba al marido en la revista a las tropas. De noche iban al teatro o tocaban juntos en palacio. “Como mi esposo toca muy bien casi todos los instrumentos, yo lo acompaño al piano y en cierta forma tengo la satisfacción de estar todo el tiempo junto a la persona querida”, escribió a su tía en enero de 1818.

     Las comidas eran hechas en lados diferentes, él servido por un cocinero portugués, ella por uno francés. Una curiosidad: a la hora de dormir, don Pedro mandaba cerrar y vigilar hasta el día siguiente los aposentos de la princesa. ¿Por celos? El historiador portugués Eugénio dos Santos da una explicación más plausible: Leopoldina quedaba encerrada para que el príncipe no fuese sorprendido por la mujer en sus famosas escapadas nocturnas. Después de que las luces de palacio se apagaban, don Pedro salía por la ciudad, vagando por bares, prostíbulos o casas de amantes hasta la madrugada. De vuelta, aún pasaba revista a la guardia palaciega para asegurarse de que todo fue bien mientras estuvo fuera.

     Al final de la tarde del 4 de abril de 1819, Domingo de Ramos, fuegos artificiales lanzados desde la Quinta da Boa Vista y del morro del Castillo anunciaron la gran noticia: Pedro y Leopoldina finalmente eran padres. La primera princesa nacida en Brasil y futura reina de Portugal fue bautizada con el nombre de Maria da Glória. Por determinación del Senado de la Cámara (equivalente a la actual Cámara Municipal), aquella noche los moradores de la ciudad pusieron luminarias en las ventanas. “Es fuerte, llena de encanto y la cara del padre”, escribió Leopoldina a su tía. Contaba también que la vida de la pareja ahora se reducía a cuidar de la hija, que iba de brazo en brazo. “Estoy viviendo una felicidad perfecta, en una quietud que amo, cuidando de mi hija y viviendo solamente para mi esposo y mis estudios”, anotó. “Estoy muy, muy feliz y contenta”.

     Después de Maria da Glória, Leopoldina daría a don Pedro seis herederos más, uno por año:

  • En 1820, Miguel, muerto al nacer;
  • En 1821, João Carlos, muerto a los once meses;
  • En 1822, Januária Maria Carlota, que vivió hasta 1901;
  • En  1823, Paula Mariana, muerta diez años después;
  • En 1824, Francisca Carolina Joana, fallecida en 1898;
  • En 1825, Pedro de Alcântara, el emperador Pedro II de Brasil, muerto en 1891, dos años después de la Proclamación de la República.    

                                                            8. Leopoldina e hijos

     La secuencia de embarazos y partos después se cobró su precio. La princesa de ojos muy azules y piel rosada que llegó a Brasil en 1817 se convirtió en una matrona. Por comodidad, no usaba chaleco ni corsé, como era la moda entre las mujeres elegantes de la época. La falta de estos aderezos dejaba a la vista un cuerpo flácido y curvas exageradas. El francés Jacques Étienne Victor Arago la describió como una gitana mal vestida, con el pelo desaliñado, que parecía no haber sido peinado en una semana. “Ningún collar, ningún pendiente o anillo en los dedos”, registró. “La blusa demostraba haber sido usada mucho tiempo, el calzón estaba arrugado y gastado en varios lugares”.

     A medida que Leopoldina engordaba y descuidaba su apariencia, don Pedro se iba volviendo más exagerado en las aventuras extraconyugales. Lo que antes era disimulado después se tornó público. La princesa, a su vez, se involucraba cada vez más en el remolino de los acontecimientos políticos que precedieron a la Independencia. Autora de un perfil psicológico del personaje basado en las cerca de 850 cartas conocidas de su autoría, la psicoanalista Maria Rita Kehl, profesora y doctorada por la Pontifícia Universidade Católica de São Paulo (PUC), afirma que 1821 fue el año de los cambios decisivos en la vida de Leopoldina, que habrían de sellar su destino en Brasil. Por las cartas, se observa que la princesa, antes carente de afecto y aprobación, rápidamente da lugar a la mujer adulta que encara la vida sin ilusiones. En los textos, Leopoldina aparece más directa, más agresiva, a veces irónica. “La violencia de esa transformación […] le costó la salud y la vida”, constató Maria Rita Kehl.

     La primera transformación está relacionada con su implicación en la política brasileña, que la llevaría a desempeñar un papel fundamental en la Independencia, al lado de José Bonifácio de Andrada e Silva. En esta fase, Leopoldina se distancia de las ideas conservadoras de la corte de Viena y adopta un discurso más liberal en favor de la causa brasileña. Fue ella quien convenció a José Bonifácio a aceptar el nombramiento para el ministerio en enero de 1822, cargo que el paulista insistía en rechazar por todavía no confiar en don Pedro. La declaración de Independencia, en septiembre, escrita por José Bonifácio, fue firmada por ella y enviada a don Pedro, que aún estaba en São Paulo. O sea, desde un punto de vista formal, la Independencia fue hecha por Leopoldina y Bonifácio, cabiendo al príncipe sólo el papel teatral de proclamarla en la colina del Ipiranga. Después de esto, Leopoldina se empeñó a fondo en el reconocimiento de la autonomía del nuevo país por las cortes europeas, escribiendo cartas a su padre, emperador de Austria, y a su suegro, rey de Portugal.

     La segunda gran transformación ocurre en su vida privada. Es la desilusión con el marido, con la mediocridad de la vida social en Rio de Janeiro, y la resignación de nunca más volver a Europa al percibir que estaba abandonada a su propia suerte en Brasil. En mayo de 1821 escribió a su hermana: “Comienzo a creer que se es mucho más feliz de soltera; […] ahora sólo tengo preocupación y sinsabores, que engullo en secreto, pues reclamar es aún peor; infelizmente veo que no soy amada”. Al año siguiente, su marido se enamoraría apasionadamente de Domitila de Castro Canto e Melo, la futura marquesa de Santos. La semana de ese encuentro decisivo, víspera del Grito del Ipiranga, Leopoldina escribió a su marido reclamando por la falta de noticias. Es un texto fatalista, en el que la princesa todavía usa términos cariñosos intentando agarrarse al tenue hilo de esperanza que luego se rompería:

¡Mi querido y amado esposo!

Le confieso que tengo ya muy poca voluntad de escribirle, no siendo merecedor de tantas finezas. Hace ocho días que me dejó y aún no tengo ninguna línea suya. Normalmente cuando se ama con ternura a una persona, siempre se encuentran momentos y ocasiones de probarle su amistad y amor. Estamos todos bien y todo muy tranquilo gracias a Dios. Reciba mil abrazos y recuerdos míos con la certeza de ser ésta la última carta. (ininteligible) necesidad urgente de tener noticias suyas. De ésta su amante esposa, Leopoldina.

     Lo peor vendría después. Llevada por don Pedro de São Paulo a Rio de Janeiro, Domitila pasó a merecer todas las atenciones, regalos y distinciones del emperador, mientras Leopoldina iba siendo eclipsada y humillada en público. Abandonada por el marido, recibía cada vez menos dinero para la casa y el sustento de los hijos. La marquesa, al contrario, ostentaba joyas y regalos, comerciaba influencias con diplomáticos y altos funcionarios del gobierno, señalaba a familiares para cargos y honores de la corte y vivía suntuosamente. Leopoldina comenzó a marchitarse, tragada por la depresión que segaría su vida prematuramente. “A los veinte y pocos años era una mujer envejecida, deprimida y poco orgullosa”, observó Maria Rita Kehl.

     Un aspecto particularmente melancólico en el descenso al abismo está relacionado con las finanzas de Leopoldina. Al morir, en 1826, estaba tan endeudada que el parlamento brasileño tuvo que votar una dotación presupuestaria de emergencia para pagar a sus acreedores. Su biógrafo, Carlos Oberacker Jr., cree que gastó el dinero “en socorrer a los necesitados, y no para sí misma”, probablemente por convicciones religiosas. Dice que raras veces recibía de don Pedro la mensualidad estipulada en el contrato de matrimonio y que, “en estos casos, todavía la cedía al marido que, por medios poco elegantes, acostumbraba a defraudarla”. La emperatriz era, de hecho, una mujer muy caritativa. Pero aparentemente los gastos implicaban otras necesidades.

     Educada en el fasto de la corte de Viena, Leopoldina tenía escasas nociones de economía doméstica y le costó entender las enormes dificultades afrontadas por la corte del marido después de la partida de don Juan VI, en 1821. En una carta del año anterior, por ejemplo, Leopoldina le pedía a su hermana que le mandase vacas y toros de raza suiza para organizar una pequeña granja. En petición semejante, al encargado de negocios de Austria en Rio de Janeiro, barón Wenzel de Mareschal, añadía seis vacas, dos toros, yeguas y garañones que serían dados al marido y al suegro, don Juan VI. En otra ocasión, solicitaba la compra de un perro pastor húngaro. Las peticiones eran muchas: animales de silla, carruajes, cajas de música, anillos de marfil, libros, partituras. Con las arcas vacías y sin dinero para cumplir con los compromisos públicos, don Pedro fue obligado a tomar medidas que incluían el recorte de su propio salario, como se vio en el capítulo 3. También confiscó la mensualidad de Leopoldina. Por la lista de compras que enviaba a sus familiares y diplomáticos brasileños y portugueses en Europa, Leopoldina parecía no darse cuenta de esto.

      En 1820, tres años después de llegar a Brasil, estaba financieramente quebrada y solicitó al barón Wenzel de Mareschal una ayuda de 24 mil florines – el equivalente hoy a cerca de 500 mil reales -, orientándolo para que lo mantuviese todo en secreto. Como no fue atendida, recurrió a su padre, que, igualmente, no la socorrió:

Es inmensamente penoso para mis sentimientos de alemana y austríaca recurrir al señor, mi querido padre, por una cuestión financiera; pero ¿en quién puedo tener confianza? […] Gastos imprevistos, dispuestos y pensiones a familias necesitadas y a la servidumbre, que, desgraciadamente, ponen todas sus esperanzas en mí, me obligaron a desembolsar la cuantía de 24 mil florines. No puedo pagar esa deuda, y aún menos mi esposo; mi mensualidad no me es pagada, o, cuando lo es, la retiene mi marido, de quien no puedo arrancarla, pues él también la necesita.

     Sin alternativa, Leopoldina pasó a depender de un prestamista, el alemán Jorge Antonio von Schäffer, que le arreglaba préstamos con intereses abusivos a cambio de favores en la corte. Schäffer es de esos personajes secundarios que viven en la sombra y fascinan a los historiadores cuando salen a la luz. Era un “borracho contumaz”, según Octávio Tarquínio de Sousa, “emérito en el juego de vaciar botellas”. Nacido en 1779 en la actual región de Baviera, se formó en medicina y emigró a Rusia. Ejercía la función de médico de la policía de Moscú en 1812, año en Napoleón Bonaparte ocupó la ciudad y acabó derrotado por el riguroso invierno ruso. Premiado por el zar con el título de barón, Schäffer se afilió a la masonería y vivió en Alaska y en Hawái. Del Pacífico Sur embarcó en un navío portugués y llegó a Rio de Janeiro, en 1818, después de hacer escalas en Australia y China. Como hablaba bien el alemán y ostentaba un título de nobleza, conquistó la confianza de la princesa Leopoldina, que, en sus cartas, lo trataba de “excelente Schäffer”. En 1822, pasó una temporada en Europa como enviado de José Bonifácio con la misión de reclutar mercenarios para la Guerra de la Independencia. Antes, no obstante, fundó en el sur de Bahía la colonia alemana de Frankental y allí murió en 1836, ahogado en alcohol.

      “¡Excelente Schäffer! Quiera tener la bondad de enviarme hoy el conto de réis, la extrema necesidad me obliga a importunarlo otra vez”, escribió Leopoldina al amigo usurero el 8 de enero de 1822, víspera del Día de la Permanencia. “Procure por el amor de Dios arreglarme 120 mil florines o 40 contos en monedas de aquí, si no quedo en una posición desesperada”, afirmó en otra correspondencia, de marzo de 1825. Presionada por los acreedores y amargada por el marido confesó a su hermana en septiembre de 1824: “No reconocerías nunca en mí a tu vieja Leopoldina; mi carácter animado y juguetón se transformó en melancolía”.

      Era el comienzo del fin. En noviembre de 1826, don Pedro partió para Rio Grande do Sul con el objetivo de acompañar de cerca los desdoblamientos de la Guerra Cisplatina. El día 29, enferma y deprimida, Leopoldina presidió la reunión del consejo de ministros. Fue su último compromiso público. En las horas siguientes comenzó a tener fiebre alta y crisis convulsivas. El día 2 de diciembre, abortó el feto de un niño. Estaba en su noveno embarazo. Murió a las 10h15 del día 11 de diciembre, un mes antes de cumplir los 29 años.

     Las circunstancias de su muerte son todavía hoy un misterio. Rumores de la época decían que habría sido agredida por don Pedro con un puntapié en la barriga durante una discusión en presencia de la marquesa de Santos. El día 20, antes de partir para el sur, don Pedro promovió un besamanos de despedida. Domitila estaba presente, pero Leopoldina se refugió en sus aposentos alegando fiebre alta. Irritado por la ausencia de la emperatriz, don Pedro habría intentado arrastrarla a la fuerza hasta la sala de la ceremonia tirándole del brazo. Ante su obstinada resistencia, le habría soltado la patada en el abdomen.

      También según esos rumores, al ser golpeada por su marido, Leopoldina se habría caído por una escalera y fracturado el fémur. La exhumación de sus restos mortales, hacha 186 años después por la arqueóloga e historiadora Valdirene do Carmo Ambiel, de la Universidad de São Paulo, se encargó de desmentir esta sospecha. En las pruebas de imagen realizadas en el laboratorio del Hospital das Clínicas de São Paulo entre febrero y septiembre de 2012, se constató que Leopoldina nunca tuvo fractura de fémur – lo que, obviamente, no significa que nunca hubiera sufrido agresiones físicas por parte del marido.

     La última carta a su hermana, dictada a la marquesa de Aguiar a las cuatro de la mañana del 8 de diciembre de 1826, tres días antes de morir, parece confirmar esas agresiones:

Reducida al más deplorable estado de salud y habiendo llegado al último punto de mi vida en medio de los mayores sufrimientos, tendré también la desgracia de no poder yo misma explicarte todos aquellos tormentos que ha tiempo existían impresos en mi alma. […] Hace casi cuatro años […] que por el amor de un monstruo seductor me veo reducida al estado de la mayor esclavitud y totalmente olvidada por mi adorado Pedro. Últimamente acabó de dar la prueba definitiva de su total olvido respecto a mí, maltratándome en presencia de aquélla misma que es causa de todas mis desgracias. Me faltan fuerzas para recordar tan horroroso atentado que será sin duda la causa de mi muerte.

     La noticia de su muerte propagó la conmoción por la ciudad. El pueblo salió a las calles llorando. Los esclavos se lamentaban a gritos: “Nuestra madre murió. ¿Qué será de nosotros?”. La casa de la marquesa de Santos, señalada como culpable del sufrimiento de la emperatriz, fue apedreada. Al saber de la muerte de Leopoldina, don Pedro retornó a toda prisa a Rio de Janeiro y se recluyó en un luto de ocho días. Por las cartas y notas que dejó, se sabe hoy que el luto fue más aparente que real. Ya la noche siguiente a su regreso, don Pedro fue a enjugar sus lágrimas a la cama de la marquesa de Santos.

Laurentino Gomes