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“¡Señor Barón, Su Excelencia está preso!” 

(TENIENTE ADOLFO PENA, al dar la voz de prisión al Barón de Ladário, ministro de Marina, en la mañana del 15 de noviembre de 1889)


EL QUINCE DE NOVIEMBRE ES una fecha sin prestigio en el calendario civil brasileño. Al contrario que el Siete de Septiembre, Día de la Independencia, conmemorado en todo el país con desfiles escolares y militares, el festivo de la Proclamación de la República es una fiesta tímida, generalmente ignorada por la mayoría de personas. Su popularidad ni de lejos se compara con la de algunas celebraciones regionales, como el Dos de Julio en Bahia, el Trece de Marzo en Piauí, el Veinte de Septiembre en Rio Grande do Sul o el Nueve de Julio en São Paulo. Estas efemérides exaltan victorias, enfrentamientos o revueltas locales, respectivamente, de la expulsión de los portugueses de Salvador; la Batalla del Jenipapo en el sertón piauiense al final de la Guerra de Independencia; el inicio de la Guerra de los Farrapos y la Revolución Constitucionalista liderada por los paulistas en 1932. Son eventos históricos que no todos los brasileños conocen, pero con los que la población local se identifica fuertemente. Esto no ocurre con la fecha de creación de la República brasileña.

     Personajes republicanos como Benjamin Constant, Quintino Bocaiúva, Rui Barbosa, Deodoro da Fonseca y Floriano Peixoto son nombres omnipresentes en las plazas y calles de las ciudades brasileñas, pero pregunta a cualquier estudiante de enseñanza media quiénes fueron estos hombres y la respuesta ciertamente tardará en venir. En las escuelas se enseña más sobre el portugués Pedro Alvares Cabral, descubridor de las tierras de Santa Cruz, como aún se conocía a Brasil en 1500, o Tiradentes, el héroe de la Conspiración Minera de 1789, que sobre los creadores de la República, episodio bastante más reciente, ocurrido hace poco más de un siglo. La historia republicana es menos conocida, menos estudiada e incluso menos celebrada que la de los héroes y eventos del Brasil monárquico e imperial, que cubren un periodo más corto, de sólo 67 años.

     A juzgar por la memoria ciudadana nacional, Brasil tiene una República poco amada.

     Este extraño fenómeno de indiferencia colectiva encuentra sus explicaciones en la forma como se procesó el cambio de régimen. El día 15 de noviembre amaneció repleto de promesas cuyo significado en la época las masas pobres, analfabetas y recién salidas de la esclavitud desconocían. En las proclamas y discursos de los propagandistas republicanos, se anunciaba el fin de la tiranía representada por el “poder personal” del emperador Pedro II. Se decía que un carcomido sistema de castas y privilegios, heredado también de la época de la colonización portuguesa, acababa de ser tirado por tierra. En la nueva era de prosperidad general, inaugurada por la República, la construcción de un futuro glorioso estaba al alcance de la mano. Habría menos injusticia y más oportunidades generales. Llamados a participar de la conducción de los destinos nacionales, todos los brasileños tendrían, finalmente, vez, voz y voto.

     Había, sin embargo, una contradicción entre las promesas y la realidad de aquel momento. Al contrario de lo que hacían suponer los discursos y anuncios oficiales, la República brasileña no resultó de una campaña con una intensa participación popular. En su lugar, fue establecida por un golpe militar con escasa y tardía participación de los líderes civiles. A pesar de la intensa propaganda republicana por medio de la prensa, panfletos, reuniones y comicios, la idea del cambio de régimen político no prosperaba entre la población. En la última elección parlamentaria del Imperio, realizada el 31 de agosto de 1889, el Partido Republicano obtuvo solamente dos diputados y ningún senador. Los votos recogidos por sus candidatos en todo el país no llegaron al 15% del total escrutado. El resultado era peor que el obtenido cuatro años antes, en el proceso de 1885, cuando fueron elegidos para la Cámara tres diputados republicanos, entre ellos los futuros presidentes de la República Prudente de Morais (1894-1898) y Campos Salles (1898-1902). Sin eco en las urnas, los civiles encontraron en los militares el elemento de fuerza que les faltaba para el cambio de régimen. La República brasileña nació desligada de las calles. “El pueblo asistió a aquello atónito”, según una famosa frase del periodista Arístides Lobo, testigo de los acontecimientos.

     Otra incongruencia aparece en la forma como esta historia viene siendo contada. “Un paseo militar” es la descripción más común que se ve en los libros sobre la Proclamación de la República. La facilidad con que se derribó un  régimen y se proclamó otro la mañana del 15 de noviembre, sin reacción popular, sin intercambio de disparos, sin protestas, parecía confirmar, una vez más, el mito de que las transformaciones políticas brasileñas se procesan siempre de forma pacífica. Esta imagen, sin embargo, se desenfoca por completo cuando se avanza un poco en el calendario. Derribada la Monarquía, el sueño de libertad y ampliación de derechos rápidamente se disipó. En algunos años, el país estaba sumergido en una dictadura bajo el mando de Floriano Peixoto, el “Mariscal de Hierro”, a quien todavía hoy se le atribuye el papel de salvador de la República.

     La sangre que dejó de correr en 1889 se vertió en profusión en los diez años siguientes, resultado del choque entre las expectativas y la realidad del nuevo régimen. Dos guerras civiles, sumadas a la Revuelta de la Armada, dejarían marcas profundas en el imaginario brasileño. En el sur, los dos años y medio de combates de la Revolución Federalista costaron la vida de más de 10 mil pica-paus y maragatos, como eran llamados los combatientes de los dos lados del conflicto. En el sertón de Bahia, el sacrificio épico del pueblo de Canudos resultó en la muerte de otras 25 mil personas y en una historia de humillación para el Ejército brasileño, derrotado en tres expediciones consecutivas por un bando de forajidos y sertaneros pobres y mal armados, bajo el liderazgo mesiánico de Antônio Conselheiro, al que se le atribuía, erróneamente, la amenaza de la restauración de la Monarquía. Sumadas las 35 mil víctimas, la República pagó en sangre un precio infinitamente mayor que la Guerra de Independencia, cuyo número de muertos quedó entre 2 mil y 3 mil combatientes brasileños y portugueses.

     Las heridas abiertas en estos conflictos marcaron profundamente la primera fase republicana brasileña, en la que los militares intentaron organizar el nuevo régimen mediante la censura de prensa, el Parlamento cerrado más de una vez, la prisión y la deportación de opositores políticos a los confines de la Amazonia. La devolución del poder a los civiles, con Prudente de Morais y Campos Salles, respectivamente tercero y cuarto presidentes, no aproximaría el poder a las calles. La llamada República Vieja, periodo que va hasta 1930, se caracterizaría por una ecuación política muy semejante a la de los últimos años del Imperio. En esta República – también conocida como “de los Gobernadores” o “del Café con Leche” – no habría lugar para el pueblo, tanto como no lo había en la de los militares de 1889. Quien mandaba era la misma aristocracia rural que había repartido las cartas en la época de la Monarquía.

     La disparidad entre las promesas y la práctica republicanas esclarece, en parte, la actual falta de prestigio del Quince de Noviembre en el calendario civil nacional.

     Aún hoy, pocos eventos de la historia brasileña están tan repletos de controversia como la caída de la Monarquía, en 1889. En el libro Da Monarquia à República: momentos decisivos, la profesora Emília Viotti da Costa, de la Universidad de São Paulo, hace una detallada reconstrucción respecto de la forma como esa secuencia fue narrada e interpretada por los historiadores, cronistas, científicos sociales y otros estudiosos en los últimos 124 años. Según ella, esta es una historia marcada por el permanente conflicto entre vencedores y vencidos, entre republicanos y monárquicos, entre militares y civiles, a los que más tarde vinieron a unirse los muchos decepcionados con la experiencia republicana.

     Según la versión de los vencedores, la República habría sido siempre una aspiración nacional. Si ideario estaría en la génesis de la Conspiración Minera, de la Revolución Pernambucana de 1817, en la Confederación del Ecuador en 1824, en la Revolución de los Farrapos de 1835 y en innumerables otros conflictos y rebeliones sofocados primero por la corona portuguesa, y después, por el Imperio brasileño. Según este punto de vista, la Monarquía habría sido una solución apenas temporal, impuesta por las élites brasileñas sobre la voluntad de la nación en nombre de la defensa de sus intereses personales o de clase. La República sería, por tanto, una etapa inevitable del proceso histórico nacional, sólo aplazada por las circunstancias de cada momento.

     En la versión de los derrotados, al contrario, el Imperio, en puesto de ruina, habría sido la salvación de Brasil. Sin Monarquía, argumentan, el país se habría fragmentado fatalmente en la época de la Independencia, en tres o cuatro naciones autónomas que hoy heredarían como denominador común sólo sus raíces coloniales y la lengua portuguesa. Al emperador le cupo el papel de mantener a Brasil unido, apaciguar los conflictos, tratar con tolerancia y generosidad a los adversarios, además de convertir un territorio salvaje y escasamente habitado en un país integrado y respetado entre las demás naciones. Desde esta perspectiva, la Monarquía tendría raíces culturales e históricas más profundas que la República en la nacionalidad brasileña, con fuerza suficiente para afrontar los desafíos del futuro, en caso de no haber sido abortada por un traicionero cuartelazo la mañana del 15 de noviembre de 1889.

     Observando el pasado, se percibe que las dos visiones carecen de consistencia. La proclamación de la República fue más el resultado del agotamiento de la Monarquía que del vigor de las ideas y de la campaña republicanos. “La República fue el resultado lógico de la descomposición del régimen monárquico”, afirmó el historiador pernambucano Oliveira Lima. Durante 67 años, el Imperio brasileño funcionó como un gigante con pies de barro. Los salones del Imperio intentaban imitar el ambiente y los hábitos de Viena, Versalles y Madrid, pero la estructura real se componía de pobreza e ignorancia. Había una flagrante contradicción entre la corte de Petrópolis, que se juzgaba europea, y la situación social dominada por la mano de obra cautiva, en la que más de 1 millón de esclavos eran considerados propiedad privada, sin derecho alguno a la ciudadanía. En este Brasil de fingimiento, destacaba una nobleza constituida, en su mayoría, por hacendados dueños o traficantes de esclavos. Eran ellos los sustentáculos del trono que, en contrapartida, les confería títulos de nobleza no hereditaria, tan efímera como la misma experiencia monárquica brasileña.

     Toda esta complexión política comenzó a colapsar en 1888, con la firma de la Ley Áurea, que abolía la esclavitud en el país. Los barones del café del Valle del Paraíba, que dependían de la mano de obra cautiva, se sintieron traicionados por la corona. Si hubiera dependido de ellos, la esclavitud habría continuado algunos años más. En el asunto de la abolición, sostenían que los propietarios debían ser indemnizados por el Estado. Y esto no ocurrió. Como resultado, la ley Áurea le dio más combustible a la causa republicana. Muchos antiguos señores de esclavos, que hasta algunos meses antes se decían fieles súbditos del emperador, se adhirieron rápidamente a la República.

     En su estudio sobre la Proclamación de la República, el historiador pernambucano José Maria Bello demostró que republicanos civiles y militares fueron sólo una parte de las fuerzas que, directa o indirectamente, contribuyeron a la caída del Imperio. Una de ellas – y tal vez la más fuerte – era la compuesta por los propios monárquicos, “para los cuales el Imperio había perdido su último encanto”. Este “vasto y peligroso partido de los derrotados” incluía a liberales, reformadores, abolicionistas y federalistas – gente como el pernambucano Joaquim Nabuco y el baiano Rui Barbosa que, hasta la víspera del Quince de Noviembre, se mantenían en cierta forma fieles a la Monarquía, pero exigían de ella reformas capaces de dar alguna perduración al régimen. Estaba también el grupo de los “disgustados y displicentes”, como los hacendados heridos por la abolición de la esclavitud. Todos estos grupos, directa o indirectamente, unieron fuerzas para dar el empujón fatal que sellaría el destino del Imperio brasileño.

     Súmase a esto el descontento reinante en los cuarteles desde el final de la Guerra del Paraguay, factor decisivo en la caída de la Monarquía. Oficiales y soldados se consideraban maltratados por el gobierno del Imperio. De ahí a conferir carta blanca al mariscal Deodoro da Fonseca para derribar el trono fue sólo un paso. “La intervención militar en la política y en la sociedad es síntoma de flaqueza tanto del Estado como de la sociedad”, observó el historiador norteamericano Frank D. McCann, autor de Soldados de la patria, un secundado estudio sobre la historia del Ejército brasileño. “El sentimiento más generalizado no era el de la creencia en la República, sino el del escepticismo hacia las instituciones monárquicas”, registró el brasileño Oliveira Vianna al reflexionar sobre las promesas del Brasil monárquico, con sus instituciones liberales, los rituales de la nobleza y sus palacios de cristal en Petrópolis, y la dura realidad de la esclavitud, del analfabetismo y del fraude electoral.

     El Imperio brasileño cayó inerte, incapaz de movilizar fuerzas y reaccionar contra el golpe liderado por Deodoro. A pesar de todas las evidencias de una conspiración en marcha, el emperador Pedro II permaneció en Petrópolis hasta la tarde del 15 de noviembre, ignorando los consejos para actuar de alguna forma. Al llegar a Rio de Janeiro, había perdido un largo y precioso tiempo, creyendo ingenuamente que al final todo volvería a la normalidad. “Conozco a los brasileños, esto va quedar en nada”, había dicho aquel día. Sólo en la madrugada del 16 de noviembre, cuando el gobierno provisional republicano ya había sido anunciado, fue cuando don Pedro reunió a sus consejeros más próximos e intentó en vano organizar un nuevo gobierno. Ya era tarde. En las provincias, la única reacción a favor de la Monarquía ocurrió en Bahia, sorprendentemente liderada por el mariscal Hermes Ernesto da Fonseca, comandante de Armas de Salvador y hermano de Deodoro. Al recibir las noticias del golpe en Rio de Janeiro, Hermes da Fonseca anunció que permanecería fiel al emperador. Capituló algunas horas más tarde al saber que su propio hermano lideraba la conjuración republicana y que don Pedro II, a esas alturas, ya iba camino del exilio en Europa. “En verdad, la monarquía no fue derribada, ella se desmoronó”, anotó el periodista francés Max Leclerc, que recorría Brasil en esa época.

     A pesar de todas las conquistas de su largo reinado, el legado de don Pedro II permanece todavía hoy envuelto en controversias. Buena parte de ellas resultan, obviamente, del cambio de régimen, en 1889. Don Pedro era, en aquel momento, la personificación de la Monarquía. Enturbiar su imagen representaba, para los vencedores republicanos, una conveniente forma de legitimar al nuevo régimen. La campaña republicana se esforzó siempre en señalarlo como un hombre discrecional, detentor de un poder personal nocivo para las instituciones. Para los perdedores monárquicos, al contrario, el Quince de Noviembre representaba el fin de un sueño, en el cual el emperador era el depositario de las grandes esperanzas por las que el país estaría muchas décadas recuperándose en el futuro. Algunos historiadores, afines al antiguo régimen, se esforzaron en crear la figura de un soberano austero, culto y educado, bien intencionado y totalmente dedicado al interés público, cuya acción era constantemente solapada por ministros y jefes políticos corruptos e interesados. Es el caso de Oliveira Vianna, autor del hoy clásico El ocaso del Imperio. “Eran realmente los ministros los que desfiguraban las intenciones del monarca”, escribió el historiador. “Eran los ministros los verdaderos culpables de todas las deformaciones del régimen”.

     Igualmente discutible es también hoy el papel desempeñado por el otro protagonista de esta historia, el alagoano Manoel Deodoro da Fonseca, un militar anciano y enfermo, cuyas fuerzas en 1889 se encontraban tan agotadas como las del propio emperador Pedro II. Convertido tardíamente a las ideas republicanas, Deodoro actuó aparentemente movido más por el resentimiento contra el gobierno imperial que por cualquier convicción ideológica. Como se verá en los capítulos iniciales de este libro, el mariscal se resistió hasta donde pudo a promover el cambio de régimen, como exigían los líderes civiles y los militares encabezados por el profesor y teniente coronel Benjamin Constant. Al contrario de lo que reza la historia oficial, en ningún momento el mariscal proclamó la República a lo largo de aquel día 15 de noviembre y sólo lo hizo avanzada la noche, ante la presión de sus compañeros de armas y también por la torpeza política del emperador que, en una desastrosa e inútil tentativa de resistencia, designó para la jefatura del gobierno justamente  al mayor de todos los adversarios políticos de Deodoro, el senador liberal gaucho Gaspar Silveira Martins.

     Transcurrido más de un siglo de los eventos de 1889, ¿qué evaluación se podría hacer hoy de la República brasileña?

     Una república puede tener muchas caras. De los 193 países que actualmente componen la Organización de las Naciones Unidas (ONU), 149 se definen como republicanos, o sea, el 77% del total. Difícil, no obstante, es la tarea de establecer con claridad el régimen que los gobierna. Corea del Norte, por ejemplo, es oficialmente llamada “república democrática popular”, aunque sea gobernada por una dinastía, la de los Kim. El poder hereditario, que pasa de una generación a otra dentro de la misma familia, es una característica de los regímenes monárquicos. China se autodenomina igualmente una “república popular”, pero está gobernada por una oligarquía de partido único, comunista en teoría y capitalista en la práctica, con escasa participación popular. Inglaterra, con su estable y secular sistema representativo, en el que todo el poder, de hecho, emana del pueblo y en su nombre es ejercido, podría ser considerada hoy una democracia republicana. Prefiere, sin embargo, ser llamada monarquía parlamentaria, en la que la reina ejerce un papel meramente figurativo. Brasil, Argentina, Alemania y Estados Unidos son repúblicas federales, pero cada cual tiene su propio sistema electoral, diferentes instituciones y diferentes grados de autonomía para sus estados y provincias.

     La nomenclatura, por tanto, no explica por sí sola lo que es un régimen republicano. Para entenderlo, es preciso estudiar las raíces de cada pueblo y su cultura, o sea, el complejo conjunto de creencias, valores, sueños, aspiraciones y dificultades que lo mueve o paraliza a lo largo de la historia.

     Durante décadas, el brasileño rechazó, con cierta razón, identificarse con su tortuosa historia republicana, permeada de golpes militares, dictaduras, intervenciones y cambios bruscos en las instituciones y brevísimos periodos de ejercicio de la democracia. La buena noticia es que esa historia poco amada tal vez esté finalmente cambiando. Brasil exhibe hoy al mundo casi tres décadas de ejercicio continuado de democracia, sin rupturas. Esto nunca antes pasó. Es la primera vez que todos los brasileños están siendo, de hecho, llamados a participar de la construcción nacional. A pesar de las dificultades obvias del presente, las promesas republicanas comienzan a ser puestas en práctica en forma de más educación, más salud, más trabajo y más oportunidades para todos.

     Es curioso observar que este momento de transformación coincide también con otro fenómeno enteramente nuevo en la sociedad brasileña. Es el interés por el estudio de la historia de Brasil. Puede ser observado en el mercado editorial de libros, que nunca vendió tantas obras sobre el tema, y en el gran número de titulares de revistas, sites de internet y otras publicaciones dedicadas al asunto. ¿Por qué su historia se hizo un tema popular en los últimos años? Existen varias respuestas posibles, pero una de ellas es seguramente que los  brasileños están mirando al pasado en busca de explicaciones para el país de hoy. De esta manera buscan también equiparse más adecuadamente para la construcción del futuro. Esto es también una excelente noticia. Una sociedad que no estudia su historia no puede entenderse a sí misma porque desconoce sus raíces y las razones que la trajeron hasta aquí. Y, si no consigue entenderse a sí misma, probablemente tampoco estará preparada para construir su futuro de forma organizada. El estudio de la historia es hoy, quizá más que cualquier otra disciplina, una herramienta fundamental en la construcción del Brasil de nuestros sueños en un nuevo ambiente de democracia.

     El propósito de este libro es ofrecer una modesta contribución en este ambiente de transformación y renovado interés por la historia de Brasil. Fiel a la fórmula de mis obras anteriores – 1808 y 1822 – procuro usar aquí el lenguaje y la técnica periodísticas como recursos que creo capaces de hacer de la historia un tema accesible y atrayente para un público más amplio, no habituado a interesarse en el asunto. Creo que, escrita en el lenguaje adecuado, la historia puede volverse un tema interesante, irresistible y divertido sin, no obstante, patinar en la banalidad. Este desafío es hoy especialmente importante cuando de trata de atraer la atención de una generación joven bastante opuesta a la lectura.

     Como obra de cuño periodístico, este libro no pretende, ni podría, ofrecer respuestas a las cuestiones más profundas envueltas en la historia republicana, sobre la cuales innumerables y buenos estudiosos académicos ya se volcaron con diferentes grados de éxito a lo largo de los años. El objetivo es tan sólo relatar bajo la óptica del reportaje algunos de los momentos más cruciales de esta época, como forma de sacarlos de la relativa oscuridad en que se encuentran hoy en la memoria nacional. Cabrá a los lectores reflejar si de ellos es posible sacar lecciones que sean útiles en la edificación del futuro. “Cualquiera que sea el futuro, para nosotros, que creemos en una nación fuerte e indivisible, es consolador ver los obstáculos vencidos”, observó cierta vez el historiador Américo Jacobina Lacombe. “Esto nos anima a entrever un futuro justo y próspero”.

     Finalmente, una breve explicación sobre la estructura de este libro: los capítulos 1 y 2 anticipan, como en fotografías instantáneas, dos momentos de la Proclamación de la República. El primero es un acontecimiento repleto de simbolismo – la pintoresca historia de un príncipe de la familia imperial cogido por sorpresa por el cambio de régimen, destituido de sus títulos y honores y de la misma condición de ciudadano brasileño mientras tripulaba un barco de la Marina de Guerra nacional al otro lado del planeta. El segundo es una descripción de la secuencia de eventos en las horas que precedieron a la caída del Imperio. Los cuatro capítulos siguientes ofrecen un panorama del Segundo Reinado, un perfil del emperador Pedro II y de las transformaciones del revolucionario siglo XIX que afectarían profundamente al ambiente político, económico y social de Brasil. Los capítulos 7 al 13 tratan sobre la campaña republicana, la Cuestión Militar, la Abolición, en 1888, y de sus protagonistas. Los capítulos 14 al 17 retoman, con mayor detalle, los eventos relacionados con el cambio de régimen, el exilio y la muerte de Pedro II en Europa. La parte final del libro está dedicada a la implantación y consolidación del nuevo régimen, incluyendo un pequeño balance, en el último capítulo, de la historia republicana brasileña hasta los días actuales.

Laurentino Gomes,

Ytu, São Paulo, abril de 2013

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