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CUANDO ERAN ADOLESCENTES EN RIO de Janeiro, los hermanos Pedro y Miguel tenían entre sus diversiones favoritas los juegos de guerra. El pintor francés Jean-Baptiste Debret cuenta que los príncipes “organizaban y comandaban ejércitos formados por los hijos de los esclavos, de negritos y mestizos”, que se enfrentaban en la Quinta da Boa Vista, en São Cristóvão, donde vivían, o en la Real Hacienda de Santa Cruz, donde pasaban las vacaciones de verano. En una de esas ocasiones, Debret presenció “un asalto victorioso de chiquillos capitaneados por don Pedro sobre la guardia real de São Cristóvão, obligando a huir a los soldados”. En 1832, esos inocentes juegos de críos se tornarían realidad. Durante los dos años siguientes, los dos hermanos protagonizarían la más larga y cruenta guerra civil de la historia de Portugal. El enfrentamiento entre los liberales, bajo el mando de don Pedro, y los absolutistas, liderados por don Miguel, dejó miles de muertos en los mares, campos y ciudades y abrió heridas que tardarían más de un siglo en cicatrizar.

     Diferentes en todo, los hermanos nacieron con el sino cambiado en relación a los padres. Don Pedro, el preferido de don Juan, heredaría la índole de la madre, Carlota Joaquina. Era activo, inquieto, aventurero y enamoradizo. Don Miguel, el protegido de Carlota, tenía el carácter del padre. Menos impulsivo que su hermano, estaba apegado a la etiqueta, a la tradición y al protocolo. Sus rasgos físicos delicados alimentaban los rumores de que tenía inclinaciones homosexuales, sospecha que también acompañó a su padre en Brasil. El periodista José Antônio Dias Lopes, gran especialista en historia gastronómica portuguesa y brasileña, descubrió otra diferencia, muy curiosa, entre los dos príncipes: a don Miguel, al contrario que a toda la descendencia de los Braganza, no le gustaban el caldo de gallina ni los pollos asados en manteca, manjares favoritos de don Pedro y su padre, don Juan. Su plato predilecto era la carne de caza.

     En una familia marcada por la intriga y por las conspiraciones, hasta su filiación era puesta en duda. Don Miguel nació en 1802, cuando el matrimonio de sus padres ya flaqueaba. Los rumores, obviamente nunca comprobados, lo señalaban como el resultado de un romance entre Carlota Joaquina y don Pedro José Joaquim Vito de Meneses Coutinho, sexto marqués de Marialva, de quien habría heredado los rasgos físicos y el gusto por la equitación. Laura Junot, marquesa de Abrantes – mujer del general Jean Andoche Junot, comandante de las tropas francesas que invadieron Portugal en 1807 -, divulgó en sus memorias una versión aún más mordaz. Según ella, don Miguel sería hijo de João dos Santos, casero de la Quinta do Ramalhão, donde Carlota Joaquina acostumbraba a veranear. Una coplilla popular de la época satirizaba la supuesta traición:

Dom Miguel não é filho / D’El Rei Dom João

É filho de João dos Santos / Da quinta do Ramalhão

Nem de Pedro / Nem de João

Mas do caseiro / Do Ramalhão       

     Diferentes en la apariencia, en el carácter y en los gustos personales, los hermanos habrían de diverger profundamente también en política. Masón, admirador de Napoleón Bonaparte y lector de los ilustrados franceses, don Pedro fue un monarca liberal y modernizador de las leyes y costumbres de su tiempo. Don Miguel, al contrario, era conservador, contrario al régimen constitucional y adepto al absolutismo real. Fueron estas divergencias las que desembocaron en la guerra civil.

    Desde la muerte de don Juan VI, en 1826, la crisis política portuguesa se había agravado. Dos decisiones tomadas por don Pedro todavía en Rio de Janeiro – la amnistía a los presos políticos y la concesión de una Constitución liberal – dividieron a Portugal por la mitad. “El país profundo, rural, tradicionalista, legitimista, clerical, cerrado sobre sí mismo, se identificaba con don Miguel”, anotó el historiador portugués Eugénio dos Santos. “Don Pedro recogía la simpatía de una franja de población urbana, […] de intelectuales y burgueses, muchos de ellos fugitivos del régimen absoluto”.

     En la ciudad de Oporto, en cuanto se supieron las decisiones de don Pedro, el gobernador militar, el general João Carlos de Saldanha de Oliveira e Daun, nieto del marqués de Pombal, se adhirió a los liberales y envió una delegación a Lisboa para exigir el inmediato juramento de la nueva Carta constitucional. Los absolutistas reaccionaron con levantamientos militares en varias ciudades. Todavía esperanzado con una solución pacífica, don Pedro nombró a su hermano regente de Portugal en un decreto del 3 de julio de 1827, pero impuso dos condiciones: don Miguel debía jurar la nueva Constitución y casarse con su sobrina y legítima heredera al trono, Maria da Glória, que se convertiría en reina de hecho cuando alcanzase la mayoría de edad.

     Aparentando aceptar las exigencias de su hermano, don Miguel dejó el exilio en Viena y desembarcó en Lisboa el día 22 de febrero de 1828. Fue recibido con júbilo por los absolutistas. En su condición de regente, en marzo disolvió las cámaras, cesó al gobierno, prohibió la ejecución del himno constitucional, apartó a los gobernadores liberales y convocó las cortes para decidir quien asumiría el trono en lugar de don Juan VI. En julio de 1828, él mismo fue declarado rey legítimo con mandato retroactivo al 10 de marzo de 1826, fecha de la muerte de su padre, lo que anulaba todos los actos de don Pedro y también ilegitimaba la pretensión de su hija, Maria da Glória, al trono portugués.

     Entronizado con el nombre de don Miguel I, el nuevo rey tenía el apoyo de la gran nobleza, cuyos intereses estaban amenazados por los liberales, y de la Iglesia católica, que lo veía como la salvación contra las semillas anticlericales plantadas por la Revolución Francesa. Sacerdotes y obispos usaban los púlpitos de las iglesias en todo el país para envenenar al pueblo contra la transformación de los tiempos. El día 15 de marzo de 1829, el Vaticano anunció la excomunión de todos los liberales portugueses. En enero de 1834, ya al final de la guerra, el mismo don Pedro sería excomulgado por el papa Gregorio XVI. “Su Majestad ha sido elegido para expulsar de este Reino escogido a los Masones, que son los más astutos y fieles discípulos que el demonio ha tenido”, disertó en 1832 el predicador real del palacio de Bemposta, Francisco do Santíssimo Coração de Maria Cardoso e Castro Magalhães, refiriéndose a la campaña de don Miguel contra la masonería, sustentáculo de los liberales.

     En los meses siguientes a la aclamación de don Miguel, el clima de terror se instaló entre los portugueses. En marzo de 1829, había 23.190 personas en las prisiones. Otras 40.790 habían emigrado a América o países vecinos. Se construyeron horcas en varias ciudades para ejecutar a los adversarios políticos. Se estima en 1.122 el total de opositores asesinados. El episodio de mayor repercusión fue el ahorcamiento de diez liberales el día 7 de mayo de 1829 en Oporto. Después de ejecutados en dos patíbulos levantados en la plaza Nova, actual plaza de la Libertad, a los muertos se les cortaron las cabezas que quedaron expuestas varios días en las ciudades de Oporto, Feira, Aveiro y Coimbra. En el mismo proceso, otras trece personas fueron condenadas al exilio en África e India. Antes de partir, cuatro de ellas recibieron azotes en plaza pública. El nuevo gobierno también confiscó 17.317 propiedades y mandó quemar 868 casas. “Lo peor era el odio, el odio que se propagaba como una mancha corrosiva”, registró el coronel jubilado inglés Hugh Owen, residente en la ciudad de Oporto y testigo ocular de la guerra civil.

     Incapaces de resistir el ímpetu absolutista, el general Saldanha y los demás jefes liberales de Oporto huyeron a Inglaterra y España, desde donde comenzarían a tramar la destitución del nuevo rey. Ya en julio de 1828, mes de la ascensión de don Miguel al trono, una revuelta liberal irrumpió en la isla Terceira, en las Azores, que se convertiría en los años siguientes en un santuario de la resistencia contra el absolutismo. Allá se trasladaron en marzo del año siguiente los líderes refugiados en Inglaterra. El 11 de agosto, una flota miguelista trató de reconquistar la isla. Al intentar desembarcar en la actual playa de la Victoria, fue rechazada por la tropa mandada por el conde de Vila Flor, futuro duque de Terceira. Fortalecidos, los liberales comenzaron a ocupar las islas vecinas hasta que consiguieron dominar todo el archipiélago.

     Los acontecimientos de Portugal estimularon en don Pedro I, ya impopular y desprestigiado en Brasil, su conocida atracción por los grandes desafíos. A los 23 años se había convertido en el héroe del nuevo mundo al proclamar la Independencia brasileña. Ahora, era su tierra natal, el viejo terruño portugués, la que lo atraía y fascinaba. La causa era noble y ofrecía unas oportunidades únicas de gloria. “Don Pedro sentía así la irresistible seducción del papel que le destinaba la Historia”, escribió el historiador Tobias Monteiro. “Ser el reformador de las instituciones políticas de Portugal y prolongar en el Viejo Mundo la obra de reconstrucción liberal iniciada en América”. La guerra contra don Miguel sería su último acto como hombre de dos patrias, en la definición de Octávio Tarquínio de Sousa: “La de adopción (Brasil) lo abandonaba, mientras que la de nacimiento (Portugal) lo atraía”. Por la causa de su hija, Maria da Glória, don Pedro consumiría sus últimos tres años de vida.

     A mediados de 1828, aún sin saber del golpe emprendido por su hermano en Lisboa, don Pedro decidió enviar a Maria da Glória a Viena, donde quedaría al cuidado de su abuelo, Francisco I, hasta el momento del planeado matrimonio con su tío. La princesa zarpó de Rio de Janeiro bajo la protección del marqués de Barbacena, todavía fiel aliado del emperador brasileño. Al llegar a Gibraltar, Barbacena tuvo conocimiento de las alarmantes noticias de Portugal y decidió cambiar de planes. Desconfiando de un apoyo velado del gobierno austríaco a don Miguel, llevó a Maria da Glória a Inglaterra y, después de seis meses de expectativa, la devolvió a su padre en Rio de Janeiro.

     Después de abdicar al trono brasileño, en 1831, don Pedro asumió el título de duque de Braganza y desembarcó en Europa en busca de apoyo diplomático y financiero para la guerra contra su hermano. A primera vista, el escenario le parecía favorable. En Francia, el nuevo rey liberal, Luis Felipe, era su primo. En Inglaterra también hubo cambios. El conservador lord Wellington, héroe de la victoria contra Napoleón Bonaparte en Waterloo, fue sustituido en la jefatura del gobierno por lord Grey, también afecto a la causa liberal. Al caer, Wellington se inclinaba a reconocer a don Miguel como legítimo gobernante de Portugal. El nuevo gabinete decidió postergar la decisión y dar alguna oportunidad a los opositores comandados por don Pedro. La simpatía política, sin embargo, no se convirtió de inmediato en apoyo militar y financiero. El duque de Braganza fue homenajeado y tratado con deferencia tanto en Londres como en París, pero ninguno de los dos gobiernos estuvo de acuerdo en darle el soporte necesario.

     El fracaso de las primeras negociaciones obligó a don Pedro a iniciar la campaña contra su hermano en condiciones precarias. Al partir de las Azores, el 27 de junio de 1832, mandaba un ejército romántico, que tenía entre sus filas a dos futuros escritores y poetas famosos – Alexandre Herculano y Almeida Garrett -, pero cuyas perspectivas de victoria parecían remotas. La tropa estaba compuesta por 7.500 voluntarios, muchos de ellos sin ningún entrenamiento militar, mientras que el ejército de don Miguel sumaba una fuerza diez veces mayor, de 80 mil oficiales y soldados regulares. Por la falta de dinero, el pago de los sueldos iba tres meses atrasado.

     Sin alternativas, sólo le quedaba a don Pedro gastar parte de la fortuna que había acumulado en Brasil. Todavía en las Azores, autorizó el reintegro de 12 mil libras esterlinas de su cuenta del banco Rothschild para financiar los gastos del ejército. También buscó seducir a portugueses ricos ofreciéndoles ventajas en los negocios públicos en caso de victoria. Uno de ellos, Joaquim Pedro Quintela do Farrobo, segundo barón de Quintela, aceptó ayudar a los liberales a cambio de la promesa de que tendría por doce años el monopolio de la distribución de tabaco en Portugal. Pagó por el contrato 1.200 contos anuales, mientras que en Lisboa había ofertas de 1.400 contos anuales. El deterioro de 6 millones de cruzados a la Hacienda pública fue el precio cobrado por la ayuda en un momento de desesperación.

     Al anochecer del día 7 de julio de 1832, los centinelas miguelistas apostados en Villar do Paraíso, aldea de pescadores al sur del río Duero, descubrieron en la línea del horizonte las velas de la escuadra liberal, que se aproximaba a la costa portuguesa. Cerca de las nueve de la noche, los tambores anunciaron la noticia a todos los habitantes de la ciudad. El desembarco comenzó al final de la mañana del día siguiente. El lugar escogido, Arnosa de Pampelido, es una playa de arenas gruesas batida por el viento situada en la localidad de Mindelo, algunos kilómetros al norte de Oporto. En la época era también conocida como la playa de los Ladrones debido a las bandas de salteadores y contrabandistas que la frecuentaban. Hoy rebautizada como playa de la Memoria, se destaca en el paisaje por un obelisco al pie del cual una placa pintada por los gamberros anuncia: “Donde el viejo Portugal acaba y el nuevo comienza”.

     Para los habitantes de Oporto, fueron horas de tensión y miedo. Todos creían que la ciudad – la segunda más importante de Portugal, después de la capital, Lisboa – sería atacada por los liberales y que el ejército miguelista la defendería hasta el último hombre. Curiosamente, no fue lo que ocurrió. Los miguelistas evacuaron Oporto sin intercambiar tiros con la menguada fuerza liberal que se aproximaba. Este permanece hasta hoy como el mayor misterio de la guerra civil portuguesa. Los oficiales de don Miguel no sólo dejaron de proteger la ciudad, sino que allí abandonaron miles de armas, balas y municiones, incluyendo cincuenta cañones. Ni siquiera se preocuparon de mantener los dos puntos estratégicos vitales de la región – la fortaleza de Foz, crucial para el control de las entradas y salidas de barcos en el estuario del Duero, y la importantísima sierra del Pilar, desde donde se tiene el dominio de ambos márgenes del río, incluyendo la ciudad de Oporto y su vecina Vila Nova de Gaia.

     Si los absolutistas hubieran mantenido esas dos posiciones, la derrota de don Pedro habría estado sellada nada más empezar. Al desembarcar, el ejército liberal estaba exhausto y hambriento. Su artillería no pasaba de un obús y dos cañones que, en ausencia de animales de carga, eran tirados con mucho sacrificio por los soldados. Los historiadores barajan tres posibles explicaciones para el comportamiento misterioso de los absolutistas. En una primera hipótesis, habrían tenido como objetivo aislar a los liberales en Oporto, transformando la ciudad en una ratonera, de la que sólo saldrían humillados o muertos. La segunda estaría relacionada con las supuestas y veladas simpatías del principal comandante miguelista, el vizconde de Santa Marta, a la causa de don Pedro. La tercera explicación sería la incompetencia pura y simple, de la que los oficiales de don Miguel darían renovadas pruebas a lo largo de la guerra.

     A falta de un caballo de gran porte, don Pedro entró en Oporto montando un percherón, pequeño animal de carga y trabajo que un vecino atento a la causa liberal le proveyó en el trayecto de la playa a la ciudad. Era el sino irónico que lo acompañaba en los momentos de gloria: había sido en un animal tosco como éste, un “penco” en la descripción del padre Belchior, en el que hizo el Grito del Ipiranga, diez años antes. Sus soldados lo acompañaban llevando en la boca de los fusiles manojos de hortensias recogidos al borde del camino, y cuyos pétalos azules y blancos reproducían los colores símbolo de la monarquía constitucional. Las horcas de la plaza Nova fueron desmontadas. Los presos, liberados. El verdugo João Branco, odiado por la crueldad con la que ejecutaba a los adversarios, fue fusilado a tiros de espingarda. Los residentes, no obstante, reaccionaron con una mezcla de alivio y aprehensión. La ciudad famosa por las luchas libertarias, de la que siete siglos antes el príncipe Alfonso Henriques saliera para expulsar a los moros de Lisboa y consolidar el reino de Portugal, celebraba la llegada del ejército liberal, pero sabía que el futuro era incierto y peligroso.

     Los temores se confirmaron más tarde. Lo que parecía un paseo al comienzo rápidamente se transformó en una pesadilla. Las fuerzas miguelistas abandonaron la ciudad, pero no la guerra. Al contrario, después de la primera retirada, cerraron un arco en torno a Oporto, impidiendo la entrada de personas, armas, municiones y alimentos. Los liberales, de hecho, habían caído en una ratonera. Los meses siguientes fueron de hambre, enfermedad, desesperación y mucho sacrificio. Ninguna ayuda llegaba de fuera. Bacalao, carne, aceite, cebollas y otros ingredientes de la cocina tradicional local desaparecieron del mercado. Hambrientos, soldados y moradores cazaban perros, gatos, burros, caballos y roedores en terrenos baldíos y áreas pantanosas. La madera de las casas era usada para encender hogueras con las que se intentaba apaciguar el frío. En marzo el pagamento del sueldo de la tropa ya iba un año atrasado. Una epidemia de cólera diezmó a millares de personas.

     En medio de la adversidad don Pedro se reveló el jefe militar delicado y carismático que habría de quedar para siempre en la memoria de la ciudad de Oporto. Le cabía al “rey-soldado”, como pasó a ser llamado desde entonces, cuidar de la defensa de la ciudad y también alimentar y celar por la supervivencia de cerca de 60 mil habitantes, prisioneros del cerco junto con su ejército. Los días lluviosos de invierno, recorría la ciudad a pie, con las botas cubiertas de barro y usando un capote militar largo hasta los pies, que lo protegía del frío. Incansable e hiperactivo, se implicaba en todo. Bajaba a las trincheras, orientaba a los tiradores, supervisaba los almacenes, visitaba hospitales y heridos, participaba de las reuniones para la toma de decisiones estratégicas. A veces, se exponía a riesgos innecesarios. En un lugar llamado Batería Victoria, situado en la parte alta de la ciudad, una bala disparada desde el margen opuesto del río Duero mató a un oficial que estaba a su lado. Otra rebotó en la pared de la iglesia vecina y pasó rozando la cabeza del emperador.

     Curiosamente, a pesar de la situación angustiosa, todavía encontraba tiempo para pasear, divertirse y, detalle aún más sorprendente, cortejar. Al partir a la guerra, había dejado a la emperatriz Amélia y a sus dos hijas – Maria da Glória y Maria Amélia – en Francia. Después, incomodadas por el trato poco cortés recibido de las autoridades francesas, las tres se mudaron a Inglaterra, de donde partirían para Lisboa en septiembre de 1833. Cuando ya llevaba lejos de su mujer diecinueve largos meses, don Pedro buscó consuelo en brazos plebeyos. Todavía en las Azores, mientras organizaba la expedición, se enredó con una monja, Ana Augusta Peregrino Faleiro Toste, de 23 años, campanera del convento de la Esperanza en la isla Terceira. Con ella, la famosa “máquina triforme” del emperador entraría en acción una vez más: Ana Augusta dio a luz al último hijo bastardo de don Pedro, un niño que, bautizado con el mismo nombre que el futuro Pedro II de Brasil – Pedro de Alcântara -, murió pronto y fue enterrado con honores por los jefes liberales isleños. Algunos historiadores dicen que don Pedro habría tenido un último lance amoroso durante el Cerco de Oporto, con una comerciante de lozas de la calle Assunção. El resultado en este caso habría sido una infección venérea, con la que el emperador conviviría hasta su muerte en septiembre de 1834.

     Iniciado en julio de 1832, el Cerco de Oporto duró hasta mediados del año siguiente. En total los miguelistas hicieron 29 ataques a la ciudad. Algunos fueron repelidos de forma desesperada por los liberales cuando los adversarios ya ocupaban calles y plazas importantes. Según los cálculos del coronel Owen, el total de muertos entre los liberales fue de 2.792 soldados. O sea, de cada dos voluntarios que habían embarcado con don Pedro en las Azores, uno murió. El ejército miguelista, sin embargo, tuvo bajas mucho mayores, 23.004 hombres. Las víctimas civiles fueron estimadas en cerca de 3 mil, de las cuales mil alcanzadas por el fuego de los cañones y fusiles y 2 mil por enfermedades.

     En medio de la carnicería, hubo también episodios pintorescos que hoy forman parte del anecdotario de la historia portuguesa. Uno de ellos fue el fiasco de un arma que se esperaba decisiva para la victoria de los miguelistas. Era un poderoso cañón-obús Paixhans donado a don Miguel por João Paulo Cordeiro, que se había enriquecido con el monopolio del comercio de tabaco con Brasil. Bautizado como “mata-malhados” en referencia al apodo con el que los liberales eran conocidos (malhados), el cañón fue llevado en comitiva desde Lisboa a Oporto durante varias semanas. De tan pesado, eran necesarias trece yuntas de bueyes para arrastrarlo por las carreteras y caminos agujereados. Se cuenta que en todas las ciudades y pueblos por los que pasaba era expuesto a la visita de los habitantes y rociado con agua bendita por los párrocos y frailes adeptos a la causa absolutista.

     Posicionado en los barrancos del río Duero, con el cañón apuntando al centro de la ciudad de Oporto, después del primer tiro, sin embargo, el “mata-malhados” se reveló una decepción. El disparo era tan potente que reventaba los tímpanos de los artilleros. La violencia del estampido descolocaba el arma de su posición, haciendo que perdiese la mira. Calibrarla de nuevo exigía enorme esfuerzo, a tal punto que los miguelistas desistieron de usar toda su capacidad de tiro y pasaron a cargarlo con sólo media carga de pólvora. Al cabo de algunos días, se volvió tan inofensivo que se convirtió en motivo de mofas entre los abnegados moradores de Oporto.

     El cerco fue roto gracias a una rápida secuencia de acontecimientos que cambiarían el rumbo de la guerra en menos de dos meses. En Londres, el embajador informal de los liberales, don Pedro de Sousa Holstein, marqués de Palmela, consiguió de los ingleses, después de mucha insistencia, el apoyo que don Pedro buscaba desde el comienzo de la campaña. El día 1 de junio de 1833, cinco navíos de guerra a vapor británicos, mandados por el almirante Charles Napier, aparecieron en la desembocadura del río Duero trayendo piezas de artillería, 150 marineros y 322 soldados experimentados y bien entrenados. Tres semanas después, Napier burló la vigilancia del enemigo y, en un golpe de audacia, desembarcó en el Algarve, extremo sur del territorio portugués, 2.500 soldados al mando del duque de Terceira. Esta tropa avanzó rápidamente por el Alentejo en dirección a Lisboa, mientras que en el mar el genial Napier obtenía una victoria memorable al destruir la escuadra de don Miguel cerca del cabo San Vicente. En seguida, sus barcos entraron por el Tajo y bloquearon la capital que, sin resistencia, fue ocupada el día 24 de junio.

     El día 28, don Pedro dejó Oporto en dirección a la capital, donde fue recibido triunfalmente. La guerra en Portugal, sin embargo, estaba lejos de terminar. Don Miguel se refugió en Santarém, tradicional reducto absolutista, y de allí pasó a dirigir la resistencia en las ciudades del interior. La capitulación sólo llegó el 26 de mayo de 1834. Según las condiciones del tratado de rendición, firmado en la localidad de Évora Monte, don Miguel pudo partir con seguridad hacia el exilio, ahora con carácter definitivo.

     Incluso después de la capitulación oficial, los absolutistas impondrían un último y siniestro sacrificio a los habitantes de la heroica ciudad de Oporto. La noche del 16 de agosto de 1833, los miguelistas que se retiraban de la ciudad resolvieron incendiar los almacenes de la Compañía de Viñedos del Alto Duero, en Vila Nova de Gaia, donde estaban guardados 17.374 barriles de vino y 533 de aguardiente. El objetivo era evitar que las existencias fuesen vendidas o hipotecadas por los ingleses para financiar la reconstrucción nacional planeada por los liberales. Olas de fuego bajaron en dirección al Duero como un torrente de lava volcánica. El río se tiñó de rojo. El daño, de 2.500 contos de réis, fue un durísimo golpe a las ya abatidas finanzas nacionales.

     Al final de la guerra, el coronel Owen hizo una lista de veinte factores que habrían contribuido al triunfo liberal contra todas las aparentes adversidades. La victoria al comienzo de la campaña era tan improbable que Owen bautizó su lista como “los veinte milagros”. “Nunca hubo una causa perdida en el abismo de lo imposible como la de los liberales”, explicó. “Nunca ninguna otra fue auxiliada por tantos acontecimientos imprevistos e improbables”. La lista incluía el cambio de escenario político en Europa, la incompetencia de los ministros y oficiales de don Miguel, “la energía inaudita y sin parangón de los habitantes de Oporto” y, finalmente, la última y más importante de todas las explicaciones: “La milagrosa conservación de la existencia de don Pedro, que duró el tiempo necesario para la ejecución de sus planes, bajo el padecimiento de una dolencia mortal”.

     El legado de don Pedro en la historia portuguesa sería largo y profundo. Con pequeñas alteraciones, la Constitución liberal otorgada en 1826 regiría los destinos del país hasta 1910, año de la Proclamación de la República. Los colores azul y blanco, símbolos de la monarquía liberal de su hija, doña Maria II, se mantendrían en la bandera hasta ser sustituidos, ese mismo año, por los colores actuales, verde y rojo, emblema de los republicanos. Su obra modernizadora de leyes y costumbres maduró con el fin de la guerra contra su hermano. Por un lado, actuó con rigor al confiscar los bienes de la Iglesia católica, extinguir el diezmo que gravaba algunas actividades económicas para sostener a los conventos y, finalmente, expulsar de Portugal a las órdenes y autoridades eclesiásticas que habían apoyado la causa absolutista. Por otro, impidió la venganza de los liberales más exaltados, que defendían la prisión y las penas de muerte para los derrotados. En su lugar, concedió una amnistía a los adversarios y permitió que su hermano partiese hacia el exilio, sin represalias. Era su rasgo característico – imponerse primero y contemporizar después. “Sólo vencía para perdonar”, afirmó el historiador Alberto Pimentel.

     El pueblo portugués, sin embargo, quería sangre. Nadie se conformaba con el trato generoso dispensado a los hombres que tantos sufrimientos habían impuesto al país. Cierta noche, al llegar al teatro San Carlos, en Lisboa, don Pedro fue rodeado por la multitud enfurecida, que lanzaba barro y piedras a su carruaje. Indiferente a los gritos y ofensas, subió al palco acompañado de su mujer e hijas. La platea lo recibió con lentos abucheos. Algunas personas lanzaron monedas en su dirección, insinuando que había vendido su propio honor al contemporizar con los derrotados. Pálido, el emperador tuvo un acceso de tos. Su pañuelo blanco quedó rojo de sangre. Estaba tuberculoso. Sorprendida por la escena, la multitud hizo silencio. Don Pedro guardó el pañuelo y, con voz ronca, ordenó que siguiese el espectáculo. Era el anuncio del fin. La gloria alcanzada en los campos de batalla se cobraría de él un precio altísimo, aún mayor del que ya había pagado al abdicar al trono brasileño en 1831: su propia vida.

Laurentino Gomes

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