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2. La Revolución Francesa

DIEZ KILÓMETROS AL NORTE DEL CENTRO de París hay un tesoro generalmente ignorado por los millones de turistas que todos los años invaden la capital francesa. Es la basílica de San Dionisio (Saint-Denis, en francés), monumento gótico del siglo XII localizado en las proximidades del Estadio de Francia, en el que la selección brasileña de fútbol perdió de forma humillante la final de la Copa del Mundo de 1998. En la cripta de esa catedral, existen dos grandes cajas de piedra escondidas en un corredor mal iluminado y cubiertas por lápidas de mármol en las que están grabadas decenas de nombres y fechas. Guardan los huesos de los reyes de Francia y son un testimonio aterrador de la tempestad política que barrió el mundo en las décadas que precedieron la Independencia de Brasil.

 

     Patrón de Francia, San Dionisio es personaje de historia insólita. Según la tradición, salió de Italia el año 250 en compañía de otros seis misioneros con el objetivo de evangelizar la Galia, región bajo dominio romano habitada por los galos, el pueblo bárbaro célebre por el cómic de Astérix y Obélix. Perseguido por las autoridades romanas, acabó decapitado en la colina de Montmartre, hoy lugar de otra iglesia famosa, la del Sacré Coeur (Sagrado Corazón), pero su martirio tuvo un desenlace inesperado. Reza la leyenda que, en cuanto el verdugo asestó el golpe mortal, el santo se levantó, cogió su propia cabeza, que, separada del cuello, se desangraba en el suelo, y con ella entre las manos caminó cerca de seis kilómetros hasta un antiguo cementerio galo-romano, donde finalmente se tumbó y fue sepultado. Sobre su tumba, transformada en centro de peregrinación en la Edad Media, el rey Dragoberto I mandó erguir una iglesia sobre la cual después sería construida la catedral destinada a ser la necrópolis real de Francia. Allí serían enterrados durante mil años todos los reyes franceses, con excepción de tres.

     Esta práctica milenaria fue interrumpida de forma violenta por la Revolución Francesa. En 1793, los revolucionarios invadieron la catedral, saquearon los túmulos reales y arrojaron todos los huesos en un terreno baldío de la vecindad. Durante un cuarto de siglo, los restos mortales de los hombres y mujeres más poderosos de Francia permanecieron abandonados en medio del lodo y el matorral. En 1817, después de la restauración de la monarquía, el rey Luís XVIII ordenó que fuesen devueltos a la basílica. El problema fue que, a esas alturas, era imposible saber qué hueso pertenecía a qué rey o reina. La solución fue lacrarlos todos juntos en dos cajas de piedra, donde hoy costillas y fémures medievales se mezclan de forma indistinta con cráneos renacentistas y clavículas modernas.

 

     El osario de San Dionisio de París es un ejemplo del embrollo de la historia entre el fin del siglo XVIII y el comienzo del XIX. Fue en ese clima en el que se dio la Independencia de Brasil. Si hasta los huesos de los reyes podían ser metidos en una fosa común, ¿qué límite habría para la furia de las ideas revolucionarias que asolaban el mundo en aquel periodo? Y no eran reyes cualesquiera. En los túmulos profanados yacían los restos de Clóvis I, que se convirtió en el primer rey de los francos tras derrotar en el año 486 a Afranio Siagrio, el último gran general romano del norte de la Galia. Su conversión al cristianismo fue un paso decisivo para la consolidación de la nueva religión en los territorios que hoy componen Francia. En una tumba vecina estaban los huesos de Carlos Martel, el hombre que, al vencer en la batalla de Poitiers, en 732, impidió que los moros, ya dueños de la península Ibérica, ocupasen el resto de Europa y barriesen del continente los últimos vestigios de la civilización occidental establecida por los romanos. Su nieto, Carlomagno, está considerado hoy el “padre de Europa”. Como emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, aseguró la reunificación del continente devastado por las guerras entre los señores feudales en la Edad Media. Allí también estaba sepultado el fulgurante Luis XIV, llamado el “Rey Sol” y autor de la frase “El Estado soy yo”, símbolo del poder absoluto de los monarcas en el siglo XVII. En resumen, eran hombres que habían creado un orden propio que los revolucionarios franceses se encargaron de echar abajo.

     La Revolución Francesa barrió el mundo con el ímpetu de un vendaval. Estalló en 1789 con la caída de la Bastilla – prisión parisina donde eran encerrados criminales comunes y disidentes políticos -, llevando a miles de condenados a la guillotina, la máquina de cortar cabezas inventada por el médico Joseph-Ignace Guillotin. Se estima que más de 17 mil personas fueron ejecutadas en plaza pública. Otras 23 mil habrían muerto sin juicio o derecho a defensa. Entre las víctimas, estaban nada menos que el rey Luis XVI y la reina María Antonieta, decapitados en 1793. Las ejecuciones eran una tentativa de purgar los vicios del viejo régimen monárquico, que la revolución buscaba derribar. El furor de esa tempestad fue tan grande que, a primera vista, nadie conseguiría controlarla, ni siquiera sus propios líderes. Se transformó luego en una “revolución autofágica”, o sea, un movimiento que devoraba sus fuerzas internas. En la fase más aguda del terror, varios líderes importantes de la revolución, como los abogados Maximiliano Robespierre y George Jacques Danton acabaron muertos en la guillotina. Otra víctima famosa fue el científico Antoine-Laurent de Lavoisier, considerado el “padre de la química moderna” y autor de la frase “En la naturaleza nada se pierde, nada se crea, todo se transforma”.

 

     Sumergida en el caos político, Francia se vio amenazada de invasión por sus vecinos. Eran todos países dominados por regímenes monárquicos, cuyos soberanos no se conformaban con la novedad en pleno corazón de Europa ni querían que se transformase en ejemplo para el resto del continente. Es en ese momento cuando entra en escena un joven oficial llamado Napoleón Bonaparte. Durante los años siguientes, Napoleón se revelaría el mayor genio militar que la humanidad había conocido desde el Imperio Romano. En una serie de victorias fulminantes, a él le cupo imponer por la fuerza de los cañones las ideas que la Revolución fracasó en poner en práctica en los acalorados debates de las asambleas generales. Imbuido de los ideales revolucionarios de 1789, pero consciente de que eran necesarios orden y fuerza para ejecutarlos, Napoleón destronó, prendió, exiló y humilló a los monarcas del continente. En 1804, se consagró emperador de los franceses y pasó a poner a sus propios parientes en los tronos de los reinos que había subyugado. También implementó un programa de reformas que rediseñaría el mapa político de Europa y creaba nuevos patrones de organización y gobierno de las sociedades a partir de entonces.

     A mediados del siglo XIX, el efecto de la revolución se había extendido como una onda sísmica por el mundo. Todos los gobiernos europeos habían sido afectados por convulsiones políticas, incluyendo la conservadora Inglaterra. Las únicas excepciones eran los dos grandes imperios situados en la franja oriental del continente, Rusia y el Imperio Otomano, pero éstos también caerían de forma estrepitosa en las décadas siguientes. Los demás habían sido obligados por la presión de las calles a hacer concesiones hasta entonces consideradas inadmisibles. La Iglesia, sólido pilar del viejo orden, fue perseguida y expropiada en varios países. Solo en Francia, entre 2 mil y 3 mil curas y monjas fueron ejecutados. Al igual que la basílica de San Dionisio, centenares de templos, conventos y monasterios fueron profanados. El propio papa sería hecho prisionero. “Todo lo que es sólido se descompone en el aire”, proclamaría el pensador alemán Karl Marx, padre de la ideología comunista que habría de radicalizar aun más los cambios en el transcurso del siglo XX. “La gran lección de la Revolución Francesa fue que”, después de ella, “ningún régimen sería legítimo sin la participación popular”, escribió T. C. W. Blanning, profesor de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra.

 

     Otro acontecimiento, igualmente decisivo, había precedido al vendaval francés. Fue la Independencia de los Estados Unidos, que resultó en la creación de la primera democracia republicana de la historia moderna. Al separarse de la monárquica y conservadora Inglaterra, en 1776, trece años antes de la Caída de la Bastilla, los norteamericanos crearon el laboratorio donde serían probadas con éxito las ideas que los filósofos iluministas habían desarrollado en las décadas anteriores. Es preciso recordar que, hasta entonces, todo el poder emanaba del rey y en su nombre era ejercido. Era así como los países habían sido gobernados desde siempre. Pensadores como el escocés David Hume, el inglés John Locke y los franceses Montesquieu, Jean-Jaques Rousseau, Denis Diderot y Voltaire sostenían, sin embargo, que era posible limitar el poder de los reyes o hasta incluso gobernar sin ellos. El Iluminismo preconizaba una nueva era, en que la razón, la libertad de expresión y de culto y los derechos individuales predominarían sobre los derechos divinos invocados por los reyes y por la nobleza para mantener sus privilegios.

     Durante mucho tiempo todo esto funcionó apenas como teoría, intensamente discutida en los salones y cafés parisinos. Hasta entonces, democracia y república eran conceptos probados por breves periodos en la Antigüedad, especialmente en Grecia y en Roma, en ciudades o territorios muy pequeños. ¿Sería posible aplicar esas teorías al mundo moderno para gobernar sociedades mayores y más complejas? Cupo a los norteamericanos demostrar que, sí, era posible invertir la pirámide del poder. A partir de ahí, todo el poder emanaría del pueblo (por medio de elecciones directas) y en su nombre sería ejercido (por sus representantes en el parlamento o en la presidencia de la República). La figura del rey se volvía innecesaria.

 

     El paradigma de la nueva era aparecía pues en el certificado de nacimiento de los Estados Unidos. Redactada por el abogado, hacendado y futuro presidente Thomas Jefferson, la declaración de independencia americana anunciaba que “todos los hombres nacen iguales” y con algunos derechos inalienables, incluyendo la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La afirmación cambiaba todo porque, hasta entonces, estos derechos eran siempre concedidos por alguien – el rey, el emperador, el papa -, y de la misma forma podrían ser tomados o comprados, dependiendo de las circunstancias. El texto de Jefferson serviría de inspiración para que, trece años después, el marqués de Lafayette, noble francés que había luchado al lado de los norteamericanos en la Guerra de Independencia contra Inglaterra, escribiese la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Proclamada por los revolucionarios franceses, sería adoptada un siglo y medio más tarde, con algunas adaptaciones, como la carta de principios de las Naciones Unidas: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.

     La Revolución Francesa y la Independencia Americana son las más conocidas, aunque no las únicas, transformaciones provocadas por el poder corrosivo de las ideas en las décadas que precedieron la Independencia brasileña. Prácticamente todas las áreas de actuación humana fueron afectadas por ellas, incluyendo las artes, la ciencia y la tecnología.

     En la música, Ludwig van Beethoven, considerado el mayor compositor de todos los tiempos, sorprendía al mundo en Viena con los acordes de la Quinta sinfonía y de la Heroica. En la literatura, el alemán Johann Wolfgang von Goethe escribía los dos volúmenes de Fausto, su ópera prima, en la que el protagonista, Mefistófeles, se debate entre un mundo armónico (aunque monótono y previsible) de paz, belleza y seguridad y las tentaciones de otro mundo instigador y desafiante – el de las transformaciones aceleradas en un escenario repleto de miedo, muerte e inseguridad respecto al futuro. En Madrid, el pintor Francisco de Goya también revolucionaba el arte pintando figuras y ambientes sombríos, que incluían los fusilamientos en masa ejecutados por las tropas de Napoleón al invadir España, en 1808. La obra de estos tres artistas tiene en común la peculiaridad de retratar en tonos épicos los tiempos tenebrosos que la humanidad vivía en aquel momento.

 

     Todo cambió también en sanidad y en medicina. La creación de las primeras policías sanitarias en Europa y el descubrimiento de la vacuna contra la varicela consiguieron controlar las epidemias que hasta entonces diezmaban a gran parte de la población. La reducción de la mortalidad por el control de las enfermedades, combinada con nuevas técnicas agrícolas, que aumentaron la oferta de alimentos en Europa durante el siglo XVIII, produjo una revolución demográfica en el continente. La población de algunos países más que se dobló; en Francia, saltó de 20 millones a 30 millones de habitantes. Todo esto significaba más gente para los levantamientos revolucionarios en las calles y también más carne para los cañones de las guerras y conflictos de aquel periodo. Se calcula que más de 3 millones de personas habrían muerto durante las guerras napoleónicas, entre 1792 y 1815, lo que representaba cerca del 2% del total de la población de Europa en la época.

     Hubo también profundos cambios en la tecnología. A finales del siglo XVIII, los ingleses reinventaron los medios de producción con la máquina de vapor. Hasta entonces, toda la capacidad de producción estaba limitada a la fuerza física del cuerpo humano, de algunos animales de carga empleados en esas actividades (como bueyes, caballos y camellos) o a precarios ingenios mecánicos, como norias, poleas y molinos de viento. Con el uso de la tecnología del vapor, los ingleses consiguieron multiplicar esa producción en escala exponencial en los primeros años. En menos de un siglo, el volumen de comercio en los puertos de Londres se triplicó. Entre 1800 y 1830, el consumo de algodón por las industrias textiles en la región de Liverpool saltó de 5 millones a 220 millones de libras, aumentando 44 veces en apenas tres décadas. Esta nueva escala, hasta entonces nunca vista, exigía nuevos consumidores. Por esta razón, los ingleses defendían el liberalismo económico, doctrina que predica la libertad de comercio sin restricciones de fronteras nacionales. Sus fábricas producían cantidades monumentales de tejidos, herramientas y máquinas y querían venderlos donde hubiese consumidores interesados en comprarlos.

 

     Además de cambiar la escala mundial de producción de bienes y mercadurías, la Revolución tuvo un impacto gigantesco en los transportes y en las comunicaciones. Un viaje entre Inglaterra y Australia, que tardaba seis meses en la época de los barcos de vela, fue reducido a cinco semanas con la introducción de los navíos a vapor. Entre Portugal y Brasil, la reducción fue de dos meses a quince días. Hasta 1810, una paloma mensajera tardaba una semana para llevar una carta de Londres a París. Con los barcos de vapor, el tiempo disminuyó a dos días. Con la invención del telégrafo, en 1832, el mismo mensaje podía ser transmitido en una fracción de hora. Máquinas de producir papel e imprentas movidas a vapor también redujeron el coste de libros y periódicos transformándolos en productos accesibles a las capas más pobres de la población. Eran los vehículos de las nuevas ideas que estaban transformando el mundo. A comienzos del siglo XIX, ya había 278 periódicos editados en Londres.

     La oleada de innovaciones en Europa y Estados Unidos llegaría con algún retraso a Brasil, pero tuvo un efecto igualmente devastador. Situada al otro lado del mundo, la América portuguesa fue mantenida hasta 1808 como una colonia analfabeta, aislada y controlada con rigor. La prohibición de manufacturas incluía la industria gráfica y la publicación de periódicos. La circulación de libros estaba sometida a tres instancias de censura. El derecho de reunión era vigilado. La educación se limitaba a los niveles más básicos y a una minoría muy restringida de la población. De cada diez brasileños, solo uno sabía leer y escribir. Las primeras universidades solo aparecerían a comienzos del siglo XX. En un discurso en las cortes de Lisboa, el 2 de septiembre de 1822, el diputado piauiense Domingos da Conceição reivindicaba el estado de ignorancia en que vivían inmersos los 70 mil habitantes de su provincia, todos analfabetos. “Son 70 mil ciegos que desean la luz de la instrucción pública”, afirmó. En esa época, Piauí apenas tenía tres escuelas de enseñanza elemental, situadas a 340 kilómetros (setenta leguas, según el diputado) una de otra. El salario de un profesor, de 60 mil reis anuales, equivalía a un tercio de lo que se pagaba a un capataz de esclavos en las haciendas.

 

     Era una situación muy diferente a la de los Estados Unidos, donde la cultura protestante había creado una colonia alfabetizada, emprendedora, habituada a participar de las decisiones comunitarias y a mantenerse bien informada sobre las novedades que llegaban de Europa. En 1776, el año de la independencia, el nivel de vida en Estados Unidos ya era superior al de su propia metrópolis, Inglaterra. La circulación de periódicos llegaba a 3 millones de ejemplares al año, marca que Brasil solo alcanzaría dos siglos después. Como la práctica religiosa incluía leer la Biblia en casa y en los cultos dominicales, hasta los esclavos estaban alfabetizados. El índice de analfabetismo se aproximaba a cero. Había nueve universidades, incluyendo la prestigiosa Harvard, fundada en 1636. El espíritu emprendedor hizo florecer una próspera industria naval, fuerte lo suficiente para que en 1801 el nuevo país ya tuviese una Marina de guerra en condiciones de bloquear y bombardear Trípoli, la capital de Libia, en represalia por los ataques de piratas que sus navíos sufrían en la costa de ese país.

     A pesar del aislamiento y del atraso, las ideas revolucionarias llegaban a Brasil, pero generalmente de forma clandestina, en publicaciones de contrabando o reuniones de sociedades secretas, como la masonería. Viajaban también en el equipaje de la pequeña élite brasileña que tenía la oportunidad de estudiar en Coimbra y otras universidades europeas al final del periodo colonial. En 1787, cuando todavía era embajador en París, Thomas Jefferson fue abordado por el carioca José Joaquim da Maria, el Vendek, estudiante de la universidad de Montpellier. Quería ayuda de los Estados Unidos para hacer una revolución en Brasil. Jefferson, que tenía otras preocupaciones más urgentes, lo rechazó, pero discutió el llevar el caso al Departamento de Estado americano. Vendek murió al año siguiente, antes de volver a Brasil. Esas ideas estarían detrás de la Conspiración Minera, de la Revuelta de los Sastres en Bahia, de la Revolución Pernambucana de 1817, de la propia Independencia en 1822 y de otros innumerables movimientos de rebelión regional, como la Confederación de Ecuador, en 1824. “Las revoluciones se contagian como la sarna”, escribiría en 1823 un asustado Francisco Sierra y Mariscal, rico armador de Bahia, dueño de los navíos que hacían el comercio entre Lisboa y América del Sur.

 

     Las actas del proceso judicial de la Conspiración Minera registran la aprensión de una gran cantidad de libros prohibidos en casa de uno de los conspiradores, el clérigo Luís Vieira da Silva, en la ciudad de Mariana. Abarcaba la edición íntegra de la Enciclopedia, escritos de Montesquieu e innumerables obras de historia, geografía, ciencias naturales – todas en francés y vetadas por la censura de la corona portuguesa. En 1794, el conde de Resende, entonces virrey de Brasil ordenó una investigación para averiguar las actividades de la Sociedad Literaria de Rio de Janeiro, grupo que se reunía periódicamente para discutir las novedades que llegaban de fuera de la colonia. La indagación apuntó varios entusiastas de la Revolución Francesa. Lo más sorprendente es que en la lista de acusados no solo había intelectuales, como profesores, médicos, curas, poetas y abogados. Incluía también un ebanista, un zapatero, un orfebre y un tallista. Como testigos, fueron llamados sastres, grabadores y torneros.

     Algunos años más tarde, en 1798, la llamada Revuelta de los Sastres (también conocida como Conjuración Baiana), en Salvador, implicó igualmente a personas de origen humilde que, en la investigación ordenada por la corona portuguesa, fueron acusadas de “francesía”, o sea, defender las nociones y los principios políticos de la Revolución Francesa e imitar a los revolucionarios hasta en la forma de vestirse. Uno de los líderes de la revuelta, João de Deus Nascimento, mulato libre y sastre, proponía que “todos se hiciesen franceses para vivir en igualdad y abundancia”. Fue ejecutado y descuartizado en una plaza del centro de la capital. Su cabeza quedó expuesta frente a la casa en que vivía. Los demás pedazos del cuerpo, dejados a la intemperie en varios puntos de la ciudad para que fueran consumidos por el tiempo.

 

     El acceso a estas novedades por las capas más pobres de la población era la prueba de que la colonia brasileña, sin universidades, sin libros, sin periódicos o comunicaciones regulares, seguía atentamente los acontecimientos en Europa. Y esto sería decisivo al llegar el momento de romper lazos con Portugal. Habituada a tres siglos de letargo, la antigua América portuguesa sería sacudida por el vendaval de las nuevas ideas que barría el mundo. Un nuevo país nacería de la tempestad.

Laurentino Gomes.   

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