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El Chipé

El Chipé

 El 19 de julio de 1936 se produjo en Cartagena un hecho que, mitificado por la tradición, permanece aún en la memoria popular. Fue la muerte de Juan Vicente Fernández, alias el Chipé, un individuo de etnia gitana natural de Alhama de Murcia.

 El suceso que originó los acontecimientos no hubiera pasado de ser un intento de homicidio que, seguramente, hubiera dado con los huesos de el Chipé en la cárcel, lugar bastante conocido por él, de no ser por la tremenda tensión y confusión que se vivían en Cartagena a causa de la sublevación del ejército de Marruecos que había tenido lugar dos días antes de los hechos y por las implicaciones políticas del personaje, sicario de la derecha cartagenera más reaccionaria.

 Lo que hizo que el Chipé, un vulgar delincuente, llegara a las páginas de la historia fue el intento de asalto y linchamiento en Comisaría, entonces situada en la Calle de San Diego, la necesaria ejecución por la autoridad de facto y el arrastre, ahorcamiento y quema de su cadáver por varios cientos de cartageneros.

 En 1918, la casa de la familia de los Chipé estaba en la Plaza de los Carros. Juan Vicente era el cuarto hijo de José Vicente Vargas, natural de Alhama de Murcia. La mayor de los hermanos era Dolores, le seguían Sebastián, Joaquina, Juan y Asunción. Dolores estaba casada con Antonio Vargas el Lili y vivían en San Antón.

 En la Plaza de los Carros los Chipé ejercían su oficio de esquiladores y trapicheadores de ganado. Por aquellas fechas, era lugar de parada de los arrieros y, cercana adonde se celebraba el mercado de animales, era una ubicación idónea para los Chipé, que allí se desenvolvían como pez en el agua.

 El apodo Chipé, sin duda tiene su origen en el caló chipén, que significa verdad, cabal o bien hecho. José Vicente Vargas, esquilador, cuando terminaba un trabajo decía “me ha quedao chipé”, por lo que llegó a ser conocido por esta expresión que pasó, como era costumbre, a su familia.

 La primera muerte atribuida a el Chipé fue la de su cuñado el Lili, casado con su hermana mayor Dolores. Ésta, cansada de recibir malos tratos y palizas, decide refugiarse en casa de sus padres. Allí va a buscarla el Lili con su padre pero, ante la imposibilidad de acceder a la vivienda, deciden marcharse. Es entonces cuando se encuentran con los Chipé Sebastián y Juan y se enzarzan en una fuerte discusión. El Lili saca una pistola y dispara a Sebastián sin alcanzarle. Éste, también armado, dispara contra el padre mientras Juan arremete contra el Lili asestándole tres puñaladas en el pecho que acaban ocasionándole la muerte.

 La noche del 19 de septiembre de 1920, el Chipé se encuentra en una taberna del barrio de San Antón muy frecuentada por arrieros, bebedores, cantaores y troveros. Estaba con tres amigos, Asensio, José y Miguel tomando vinos entre tarantas y soleares. Bajo los efectos del alcohol, comienza una discusión subida de tono sobre quién tenía que pagar: se reparten bofetadas y el Chipé se lleva unas cuantas. Su reacción fue sacar su pistola y disparar a José y a Asensio, pero no pudo continuar ya que recibió una puñalada en la espalda que le dejó gravemente herido. A partir de ese momento se le prohíbe el paso por San Antón siendo advertido de las consecuencias. Algún tiempo después el sereno Francisco Paredes Cano, avisado por los vecinos de la presencia de el Chipé en la taberna del tío Pepe Soto, le abordó avisándole de que no debía pisar nunca más el barrio de San Antón pero, ante la bravuconería de el Chipé, el sereno tuvo que desenfundar el chuzo. Fue entonces cuando el Chipé salió corriendo para no aparecer por allí en varios años.

 El único oficio que se le conocía a el Chipé eran los trabajos de carga y descarga que, esporádicamente, realizaba en el puerto. En una ocasión en que el futbolista Bafalliu consiguió empleo en el muelle, apareció por allí el Chipé y le conminó a dejar el trabajo, por habérselo dado a él el capataz. Ante la negativa de Bafalliu, el Chipé hizo amago de sacar su navaja, a lo que contestó Bafalliu propinándole un golpe con la pala que tenía en las manos, volándole la gorra por los aires y perdiendo las alpargatas mientras huía por la calle Gisbert perseguido por el futbolista, que en ese momento desconocía la identidad de su oponente. Por este incidente el capataz le dijo a Bafalliu: “aquí siempre tendrás trabajo”.

 En Cartagena el Chipé era muy conocido y todos sabían de su falta de escrúpulos y de su historial delictivo. Es irónico que un tipo cobarde cuando se le plantaba cara y débil físicamente, de un metro sesenta de estatura bastante enclenque y encorvado, pudiera causar pavor sólo al escuchar su apodo. El personaje, conocedor de sus limitaciones físicas, nunca salía desarmado. Estuvo implicado en muchas reyertas que hoy se conocen por la tradición, ya que desaparecieron los archivos policiales durante la guerra civil. Algunas de ellas se produjeron en los bares del Molinete, de donde era habitual.

 A finales de los años 20 es empleado por algunos miembros de la derecha cartagenera como matón, tarea que seguiría realizando durante la época de la República, protegiendo a los que pegaban carteles electorales a cambio de dinero y favores que recibía cuando era detenido por sus fechorías, que era muy a menudo.

 Fue un delincuente de poca monta temido por su abultado historial lleno de sangrientas peleas con arma blanca y pistola, sus innumerables idas y venidas de la cárcel y, aunque no era un hombre valiente ni fuerte físicamente, sino todo lo contrario, cobarde y enjuto, su fama le precedía y era temido en toda Cartagena, quizás por el hecho de que el boca a boca fuera amplificando sus andanzas.

 Se vivían momentos de cambio. La clase obrera y trabajadora, hasta entonces subyugada a la voluntad del patrón que se creía su dueño y señor, empezaba a rebelarse. En febrero de 1936 el Frente Popular gana las elecciones legislativas, hecho que llenó de inquietud a los caciques que habían disfrutado de innumerables privilegios y que ahora sentían cómo su poder se veía amenazado. Durante la campaña electoral se llevaron a cabo multitud de mítines por parte del Frente Popular y de la coalición de derechas. En toda España se vivían actos de violencia entre seguidores de ambos bandos. Tristemente conocidos son los incendios de iglesias, la quema de imágenes y las agresiones a curas y monjas llevados a cabo por parte de radicales de izquierdas.

 En Cartagena ocurría lo mismo y fueron habituales los enfrentamientos durante la campaña electoral, por lo que ambos grupos disponían de personal de seguridad que protegía sus actos, aspecto en el que el Chipé destacó negativamente. Los hechos que provocaron su muerte quizá tengan mucho que ver con su actividad política.

 Aquel domingo 19 de julio, en Cartagena se vivían momentos de nerviosismo y de incertidumbre. Dos días antes, el general Franco se había trasladado de incógnito a Marruecos y había sublevado al ejército iniciando un golpe de estado contra el gobierno de la República. En ese momento, todos se preguntaban qué alcance podían tomar los acontecimientos: si la República sofocaría el golpe o si éste se propagaría al resto de la península. Corrían rumores de todo tipo.

 Sobre las doce del mediodía muchos cartageneros se agolpaban a las puertas del edificio de Capitanía, en las Puertas de Murcia, para recabar información. Entre ellos se encontraba el Chipé. Alguien le informó de que el golpe estaba triunfando y decidió ir a celebrarlo a un bar de la calle Balcones Azules habitualmente visitado por él.

 Posteriormente, corrieron noticias de que la sublevación había fracasado y que el apoyo sólo había sido en África y en algunas capitales de provincia. Ante esto, dos jóvenes de las Juventudes Socialistas, Patricio Zaragoza y Leopoldo Satorre, decidieron ir en busca de el Chipé. Sabían dónde encontrarlo y, al llegar al bar, intentaron detenerlo por cómplice del levantamiento y por traidor a la República. El Chipé, sin mediar palabra, asestó una puñalada a cada uno de los jóvenes pero alguien le golpeó en la cabeza dejándolo en el suelo semiinconsciente. No tardó en aparecer por allí la Guardia de Asalto que lo detuvo conduciéndolo a Comisaría, que se encontraba en la Subida de San Diego. Los jóvenes fueron atendidos de sus heridas en el Hospital de Caridad que estaba por entonces en la calle San Vicente.

 La noticia de lo ocurrido se extendió rápidamente por la ciudad, las versiones eran dispares, como suele suceder cuando las noticias corren de boca en boca, y los hechos se magnificaron de tal forma que se concentró una multitud ante Comisaría exigiendo la entrega del reo para hacer justicia. Ante la negativa de los funcionarios de policía a las pretensiones de la masa enfervorecida, se formó una comisión popular que se trasladó al Ayuntamiento para entrevistarse con el alcalde, César Serrano. Éste también se negó a la entrega pero, viendo la magnitud que estaban tomando los hechos, decidió enviar a Antonio Martínez Norte, miembro de la C.N.T. y del Comité que se había hecho cargo del Ayuntamiento, con un vehículo oficial y chófer para trasladar al preso desde Comisaría a la nueva cárcel de San Antón, inaugurada en febrero de ese mismo año.

 El vehículo subió por la calle Saura para eludir a la muchedumbre, entrando por la puerta de atrás de Comisaria. Al comprobar la situación, se decidió actuar rápido: montaron a el Chipé en el coche pero entretanto, desde el interior del edificio, alguien avisó al gentío de lo que se estaba fraguando. Acto seguido, la muchedumbre se trasladó por la calle de la Gloria hasta la parte trasera de Comisaría, cortando el paso del vehículo oficial.

 La situación era muy tensa, cerca de dos mil personas cerraban el paso al vehículo que custodiaba e intentaba llevar al reo a la cárcel de San Antón. Antonio Martínez Norte intentó sin éxito avanzar unos metros entre la multitud pero fue imposible, tenía que tomar una decisión rápida y lo hizo. Estaban atrapados en la calle Sor Francisca Armendáriz y la muchedumbre comenzó a zarandear y golpear el vehículo. Antonio Martínez Norte lo vio claro. Sacó su arma y dirigiéndose a el Chipé le dijo: “Chipé, te voy a hacer un favor”. El detenido recibió un disparo en la base del cráneo que le causó la muerte. Seguidamente, Martínez Norte lo sacó del vehículo entregando el cuerpo del malogrado Chipé a la chusma y así, ante la confusión, el coche pudo abandonar el lugar.

 Muchos de los allí concentrados quedaron sorprendidos al ver el cadáver inerte a sus pies. La mayoría fue abandonando el lugar pero los más exaltados, un grupo de unos trescientos no conforme con su muerte, buscaron cuerdas, lo ataron por la cabeza y lo llevaron arrastrando hasta el Paseo de los Mártires de la Libertad, hoy Paseo de Alfonso XIII. Se dirigieron luego a la casa del veterinario Ramón Mercader, conocido derechista y protector de el Chipé, que lo contrataba como conductor de su carro para los viajes y también de guardaespaldas. Al llegar a la Plaza de España, se detuvieron donde vivía Mercader gritando: “Aquí tienes a tu protegido, tu cochero ha sido ajusticiado”.

 La marcha continuó por la calle del Carmen, Puertas de Murcia, calle Mayor y Plaza del Ayuntamiento en dirección al puerto. La cabeza de el Chipé golpeaba contra los adoquines. Llegados al muelle se les ocurrió que hacía mucho calor y pensaron en darle un remojón al cadáver, que debía de estar acalorado después de tan largo paseo. Después se dirigieron por el Paseo del Muelle hacia la zona de bares que se instalaban en verano. En la terraza del bar La Palma Valenciana colgaron el cadáver, después lo descolgaron y, atándolo por los pies, continuaron arrastrándolo hasta la Cuesta del Batel. Al llegar a las Puertas de San José, en la Plaza Bastarreche, lo rociaron de gasolina e intentaron prenderle fuego, pero el cuerpo no ardía ya que aún estaba mojado, así que pensaron que ya había sido suficiente y allí abandonaron el cadáver. Tuvo que ser a la mañana siguiente cuando miembros de la Cruz Roja recogieron al difunto y lo trasladaron al cementerio de los Remedios.

La muerte y posterior vejación del cadáver de el Chipé ha quedado en el recuerdo popular, surgiendo el dicho “te has de ver como el Chipé“, utilizado para dar a entender a otro el peligro de continuar en su postura errada.

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