Antes de salir para Aranjuez tuve ocasión de conocer en Madrid la mezcla de misticismo y concupiscencia que hace hervir el corazón de los españoles. En el altar mayor de la capilla de San Jerónimo había una imagen de la Virgen dando de mamar a su Hijo. El seno, admirablemente pintado, emocionaba a todos los que lo miraban; y los espectadores eran muchos, porque la capilla estaba siempre llena de fieles que iban a postrarse ante “la Virgen del hermoso seno” y dejaban regalos en su altar.
 Una guardia de honor, formada por granaderos reales, velaba día y noche aquella “santa ubre que lactaba al Hijo del Padre Eterno” . Esto, como he dicho, ocurría antes de mi salida para Aranjuez. De vuelta a Madrid pedí al cochero que no pasase por la calle de San Jerónimo, para evitar la congestión de carruajes y peatones que la hermosa imagen provocaba; pero el cochero me indicó que la calle estaba desierta y, en efecto, pasamos sin dificultades por delante de la capilla.
 Pregunté la razón de aquel súbito cambio y me contestaron: “Id a la capilla y lo sabréis”. Fui  enseguida y a la primera ojeada descubrí la clave del enigma. La Virgen seguía estando allí, pero el “hermoso seno” había desaparecido. Un mal pintor había recubierto aquellos suaves contornos con una capa sucia de pintura que los ocultaba a la vista.
 Luego supe que, habiendo fallecido el antiguo capellán, su sucesor, más austero y más bruto, había hecho mutilar de esta manera la santa imagen. Había obrado mal, tanto como cristiano como en su calidad de negociante, porque el error amenazaba con arruinarle. Ni visitantes, ni genuflexiones, ni regalos. Un idiota lo hubiese comprendido, pero el nuevo capellán no supo comprenderlo…
 – Reverendo -le dije-, como amante de la buena pintura vengo a testimoniaros la pena que me ha causado la vista de vuestra Virgen tan horriblemente mutilada. ¿Qué motivos os han podido inducir a cometer un acto que vuestros pobres serán los primeros en lamentar, ya que la Virgen era una fuente de limosna para ellos?
 – Quizá sí, señor, pero precisamente la belleza de esta imagen la hacía indigna de representar a la madre del Salvador.
 – Espero que no haréis a la Virgen la injuria de creer que fuese fea…
 – Señor, no acostumbro a comentar con los demás mis propias acciones. Pero todos los días celebro misa en el altar, y no me avergüenzo de confesar que la visión de esa pintura me ocasionaba peligrosas distracciones y me turbaba los sentidos.
 – Entonces os convenía hacer lo que hizo Orígenes, “qui se castravit propte regnum caelorum” (*). Creedme, reverendo, imitando a aquel santo varón, lo que habríais sacrificado no vale ni de lejos lo que valía la imagen…
                                                                               
(*) que se cortó los cojones por el reino de los cielos
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